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viernes, 17 de marzo de 2017

Propósitos y beneficios del estudio personal de la Biblia

Propósitos y beneficios del estudio personal de la Biblia

“Los que instruyen a las multitudes en el camino de la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad”
(Daniel 12: 3, NVI)


A

ntes de continuar con lo medular de esta obra, quisiera referirme brevemente a los propósitos y beneficios que encierra el estudio serio de las Sagradas Escrituras.
         Entre todos los beneficios que podríamos obtener del estudio personal de la Biblia destaco los siguientes:

1.   El estudio personal de la Biblia nos ayuda a comprender mejor las Escrituras
En el Antiguo Testamento, los levitas tenían la misión de enseñar al pueblo la ley de Dios y ayudarles a comprenderla. En los días de Nehemías, “ellos leían con claridad el libro de la ley de Dios y lo interpretaban de modo que se comprendiera su lectura” (Nehemías 8:8, NVI). En el Nuevo Testamento, esa misión la cumplió Jesús y sus discípulos. Después del encuentro de Jesús con los caminantes a Emaús y una vez que ya estaban en casa, el Gran Maestro les dijo:
“Recuerden lo que les dije cuando estaba con ustedes: “Tenía que cumplirse todo lo que dice la Biblia acerca de mí.” Entonces les explicó la Biblia con palabras fáciles, para que pudieran entenderla” (Lucas 24: 44, 45, TLA).
Actualmente, es el Espíritu de Dios el que nos lleva a toda verdad y nos enseña los secretos del Altísimo escondidos en su Palabra.
El amado médico Lucas dejó en claro a su amigo Teófilo que el propósito de su trabajo de investigación era poner en orden lo acontecido con Jesús para que, en definitiva, pudiese conocer bien la verdad de aquello en lo cual había él sido enseñado (Lucas 1: 4). Y el anciano Pablo hablaba a los romanos acerca de aquellos que “creen saber lo que Dios quiere y, cuando estudian la Biblia, aprenden a conocer qué es lo mejor” (Romanos 2: 18, TLA).
Conocer la verdad mantiene al creyente en alerta frente al engaño y las falsificaciones. No podemos confrontar el error sin primero conocer cabalmente lo que es la verdad, lo correcto y lo verdadero. El estudio concienzudo de las Escrituras permite tener un acercamiento diario a la fuente de toda verdad: Jesús. Estudiar la Biblia personalmente, en forma diaria y con oración, reforzará nuestras convicciones y nuestro conocimiento de las Sagradas Escrituras.
A un joven huérfano, Elena G. de White escribió:
“Estudia con diligencia la Palabra de Dios para que no estés en la ignorancia respecto a las artimañas de Satanás y para que aprendas en forma más perfecta el camino de la salvación”.[1]
De igual forma, en sus consejos a la iglesia remanente, el espíritu de profecía amonesta:
“Nuestras convicciones necesitan ser reafirmadas diariamente mediante la oración humilde, sincera, y la lectura de la Palabra. Aun cuando cada uno de nosotros tenemos una individualidad, aun cuando cada uno debemos sostener nuestras convicciones firmemente, éstas deben ser sostenidas de acuerdo a la verdad de Dios y con la fortaleza que él nos imparte”.[2]
En resumen, todo estudio bíblico serio y acucioso procurará, de una u otra manera, ayudarnos a entender con mayor claridad y detalles las simples, pero poderosas enseñanzas de las Escrituras. Con ayuda del Espíritu de Dios es posible esto y mucho más.

2.   El estudio personal de la Biblia fortalece la vida espiritual
Otro de los beneficios derivados del estudio personal y acucioso de las Escrituras es que nuestra vida espiritual se verá cada vez más fortalecida. Recordemos que la vida espiritual debe alimentarse de alimento espiritual. “La Palabra de Dios es el verdadero maná”.[3] Jesús enseñó a sus seguidores:
“Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará”.
El pueblo respondió entonces: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer”.
Y Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan del Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo… Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás… Yo soy el pan que descendió del cielo… Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre… El que come de este pan, vivirá eternamente”.
Luego de este discurso, muchos murmuraban, se cuestionaban e incluso dejaron al Señor. “Muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él”. Pero Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, declaró:
“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6: 27-68, RVR60).
Más adelante el mismo apóstol Pedro escribiría a la iglesia:
Más bien, busquen todo lo que sea bueno y que ayude a su espíritu, así como los niños recién nacidos buscan ansiosos la leche de su madre. Si lo hacen así, serán mejores cristianos y Dios los salvará” (1 Pedro 2: 2, TLA).
Y Pablo exhortaba a Timoteo, su amado y fiel hijo espiritual:
Si enseñas la verdad a los miembros de la iglesia, serás un buen servidor de Jesucristo. Estudiar y obedecer las enseñanzas cristianas, como tú lo haces, es lo mismo que alimentarse bien” (1 Timoteo 4: 6).
Las palabras del Señor son verdadero alimento. Nuestra alma se tonifica, nuestro espíritu recobra nuevo aliento y nuestras fuerzas espirituales parecen renacer. Cada vez que tenemos un encuentro con la Palabra de Dios, la vida del hombre interior se ve fortalecida y nuestros ánimos mejoran. Nuestro corazón salta de alegría y parecen arder nuestros huesos. En este respecto, el testimonio de los discípulos camino a Emaús es en sobremanera elocuente:
“¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24: 32, NVI).
Y el profeta Jeremías confesó:
“Hay días en que quisiera no acordarme más de ti ni anunciar más tus mensajes; pero tus palabras arden dentro de mí; ¡son un fuego que me quema hasta los huesos! He tratado de no hablar, ¡pero no me puedo quedar callado!” (Jeremías 20: 9, TLA).
También el salmista da fe del poder renovador de la Palabra de Dios:
“La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento” (Salmos 19: 7, NVI).
Hay días en nuestra experiencia espiritual que nuestras fuerzas decaen y tratamos de alimentarla con el maná del cielo, la Palabra de Dios. Pero aún así, parece que nada funciona. Nuestra fe vacila y nuestra creencia en un Dios poderoso preocupado de nosotros parece desaparecer. Pero el estudio ferviente de la Biblia tiene el efecto contrario. El estudio personal de las Sagradas Escrituras fortalece la fe y nuestra creencia en Dios, trae consuelo en los días de ansiedad y ayuda a mirar el futuro con esperanza, la esperanza que Cristo nos da.
Jesús declaró a sus discípulos:
“Si le creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creen lo que él escribió, ¿cómo van a creer mis palabras?” (Juan 5: 46, 47, NVI).
Y Pablo exhortó a los hermanos de la naciente iglesia en Roma:
Todo lo que está escrito en la Biblia es para enseñarnos. Lo que ella nos dice nos ayuda a tener ánimo y paciencia, y nos da seguridad en lo que hemos creído” (Romanos 15: 4, TLA).
La fortaleza de las Palabras de Vida es comparada con una espada de dos filos, “la espada del Espíritu”, poderosa para que “cuando hable –dijo Pablo-, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio” (Efesios 6: 17, 19, NVI).
El mismo apóstol declaró:
“Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intensiones del corazón” (Hebreos 4: 12, NVI).
La imagen de la espada aguda de dos filos se repite en el libro de las Revelaciones de Juan. En este libro profético, Jesús aparece en toda su gloria como sumo sacerdote del santuario celestial, caminando en medio de su pueblo en forma continua y, según el testimonio del vidente, “de su boca salía una aguda espada de dos filos” (Apocalipsis 1: 16; 2: 12, NVI). Esa espada es su Palabra con la cual habla, anima, exhorta, fortalece y reprende a su amada iglesia. Con esa misma espada, es decir, con el poder de su Palabra, fueron creados los cielos y la tierra, y somos recreados continuamente cada vez que nos alimentamos de ella. Interesantemente, ese mismo poder Jesús utilizará para destruir a sus enemigos:
“Por lo tanto, ¡arrepiéntete! De otra manera, iré pronto a ti para pelear contra ellos con la espada que sale de mi boca” (Apocalipsis 2: 16, NVI).
“De su boca sale una espada afilada con la cual herirá a las naciones” (Apocalipsis 19: 15, NVI; cf. 19: 21).

3.   El estudio personal de la Biblia produce gozo
Como fruto del Espíritu Santo, el gozo cristiano es parte del estilo de vida de un hijo de Dios. Inunda el corazón y trasciende hacia los que nos rodean. Bueno, el contacto personal y diario con las Escrituras produce un gozo inefable que ninguna otra disciplina cristiana puede igualar.
Ya había comentado la experiencia deleitosa que resultaba ser el encuentro con la Palabra de Dios de los profetas y de los salmistas. En definitiva, aquella experiencia debería ser la nuestra también. Resumo, en palabras de sus protagonistas, esta gozosa vivencia:
“Todopoderoso Dios de Israel, cuando tú me hablaste, tomé en serio tu mensaje. Mi corazón se llenó de alegría al escuchar tus palabras, porque yo soy tuyo” (Jeremías 15: 16, TLA).
Así que todos se fueron y organizaron una gran fiesta para celebrar que habían entendido la lectura del libro de la Ley. Todos fueron invitados a la fiesta, y comieron y bebieron con alegría” (Nehemías 8: 12, TLA).
Dios bendice a quienes aman su palabra y alegres la estudian día y noche” (Salmos 1: 2, TLA).
Los preceptos del Señor son justos, porque traen alegría al corazón” (Salmos 19: 8, DHH).
Quiera el Señor agradarse de mis pensamientos, pues sólo en él encuentro mi alegría” (Salmos 104: 34, DHH).

4.   El estudio personal de la Biblia da inteligencia y sabiduría
El testimonio continuo de las Escrituras es que su lectura y profundo estudio agudiza las facultades de la mente. En su lenguaje poético los salmistas afirman:
“El mandato del Señor es fiel, porque hace sabio al hombre sencillo” (Salmos 19: 7, DHH).
“Sus mandamientos son puros y nos dan sabiduría” (Salmos 19: 8, TLA).
“Me has hecho más sabio que a mis perseguidores, porque tus enseñanzas están siempre conmigo.
“Entiendo más que mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación.
“Comprendo mejor que los ancianos, porque obedezco tus mandamientos…
“Tus mandamientos me han dado inteligencia; por eso odio toda senda de mentira…
“La enseñanza de tus palabras ilumina; y hasta la gente sencilla las entienden” (Salmos 119: 98-100, 104, 130, RVC).
Por su parte, el apóstol Pablo en su segunda carta a su fiel hijo espiritual, les escribe recordándole:
Recuerda que desde niño has leído la Biblia, y que sus enseñanzas pueden hacerte sabio, para que aprendas a confiar más en Jesucristo y así seas salvo” (2 Timoteo 3: 15, TLA).
Elena G. de White afirmó en varias oportunidades el poder de las Escrituras para agudizar y expandir la mente. Al respecto ella escribió:
“Dios ha provisto en su Palabra los medios necesarios para el desarrollo mental y espiritual”.[4]
“Como medio de educación intelectual, la Biblia es más eficaz que cualquier otro libro o que todos los demás libros juntos […] El estudio de la Biblia fortalecerá y elevará el intelecto como ningún otro estudio puede hacerlo”. [5]
“Nada concede más vigor a los poderes mentales que el contacto con la Palabra de Dios”. [6]
“El esfuerzo hecho para comprender las grandes verdades de la revelación imparte lozanía y vigor a todas las facultades. Expande la mente, aguza las percepciones y madura el juicio. El estudio de la Biblia ennoblecerá, como ningún otro estudio, el pensamiento, los sentimientos y las aspiraciones. Da constancia en los propósitos, paciencia, valor y perseverancia; refina el carácter y santifica el alma. Un estudio serio y reverente de las Escrituras, al poner la mente de quienes se dedicaran a él en contacto directo con la mente del Todopoderoso, daría al mundo hombres de intelecto más robusto y más activo, como también de principios más nobles, que los que pueden resultar de la más hábil enseñanza de la filosofía humana”.[7]
Como ya fue antes dicho, el estudio personal de las Escrituras por parte de Jesús fue lo que lo mantuvo incólume frente a las amenazas. Pero no sólo eso. El profundo conocimiento de los Sagrados Escritos hizo que se despertaran en él desde muy joven sus facultades mentales. A los doce años podía dialogar de tú a tú con los grandes intelectos de su tiempo, sin temor ni vacilación y sin sentirse menoscabado. Mientras discutía con ellos en el Templo de Jerusalén, haciendo y respondiendo preguntas, les demostraba que su comprensión de la Ley era tan abarcante y aguda, a tal punto que todos ellos “se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas” (Lucas 2: 47, DHH).

5.   El estudio personal de la Biblia promueve la obediencia a la voluntad de Dios
El salmista elogia a quienes han hecho de la Ley de Jehová su delicia y su continua meditación y entiende que su pasión por la Palabra de Dios le mantiene alejado de los malvados pecadores y blasfemos, de tal manera que es feliz. “Ese hombre -concluye el poeta- es como un árbol plantado a la orilla de un río, que da su fruto a su tiempo y jamás se marchitan sus hojas. ¡Todo lo que hace, le sale bien!” (Salmos 1: 3, DHH).
Jesús también elogió a aquellos que están dispuestos a escuchar y hacer la voluntad de Dios. El dijo: “El que escucha lo que yo enseño y hace lo que yo digo, es como una persona precavida que construyó su casa sobre piedra firme. Vino la lluvia, y el agua de los ríos subió mucho, y el viento sopló con fuerza contra la casa. Pero la casa no se cayó, porque estaba construida sobre piedra firme” (Mateo 7: 24, 25, TLA). Ambas personas, el hombre bienaventurado y el hombre prudente, tienen algo en común: se gozan en cumplir con la voluntad del Señor manifestada en su Palabra escrita y permanecen firmes en el día de la adversidad.
La inspiración nos aconseja: “Debería enseñarse al estudiante de la Biblia a acercarse a ella con el espíritu del que aprende. Debemos escudriñar sus páginas, no en busca de pruebas que apoyen nuestras opiniones, sino para saber lo que Dios dice”.[8]
En este respecto y siguiendo la misma línea de ideas, el documento Métodos de estudio de la Biblia establece:
“La investigación de la Escritura debe estar caracterizada por un deseo sincero de descubrir y obedecer la voluntad de Dios más bien que buscar a apoyo o evidencia para ideas preconcebidas”.[9]
Por sobre nuestras propias opiniones acerca de la vida o de nuestras ideas acerca del mundo y de lo que le rodea, por sobre nuestros conceptos y preconceptos, innatos o adquiridos, debe imperar un enfático “Así dice el Señor”.
Conocer la voluntad de Dios nos mantiene alejados del pecado y con una disposición del corazón hacia lo bueno. Satanás sabe aquello y hará siempre un esfuerzo desmedido para hacernos perder el hábito espiritual de estudiar las Escrituras de manera personal y con oración. En este respecto, el espíritu de profecía nos advierte:
“Bien sabe Satanás que todos aquellos a quienes pueda inducir a descuidar la oración y el estudio de las Escrituras serán vencidos por sus ataques”.[10]
“Muchas veces las tentaciones parecen irresistibles, y es porque se ha descuidado la oración y el estudio de la Biblia, y por ende no se pueden recordar luego las promesas de Dios de oponerse a Satanás con las armas de las Santas Escrituras. Pero los ángeles rodean a los que tienen deseos de aprender cosas divinas, y en situaciones graves traerán a su memoria las verdades que necesitan”.[11]
En cambio, y ante la pregunta “¿Cómo puede el joven limpiar su camino?”, el salmista respondía con total seguridad:
¡Obedeciendo tu palabra! […] En mi corazón he atesorado tus palabras, para no pecar contra ti” (Salmos 119: 9, 11, RVC).
El apóstol Juan elogia la sana disposición juvenil de obedecer las Escrituras y les escribe a los jóvenes de la iglesia en Éfeso diciendo:
Les he escrito también a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y han aceptado la palabra de Dios en su corazón, y porque han vencido al maligno […] El mundo se va acabando, con todos sus malos deseos; en cambio, el que hace la voluntad de Dios vive para siempre” (1 Juan 2: 14, 17, DHH).

6.   El estudio personal de la Biblia prepara al creyente para defender y compartir la verdad
El apóstol Pedro nos recuerda en su Primera Carta escrita a la iglesia cristiana que debemos estar siempre preparados para presentar defensa y razón de nuestra preciada fe, de las verdades que ostentamos y de la esperanza que abrigamos en el corazón. Él nos dice:
Manténganse siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes” (1 Pedro 3:15, RVC).
La forma más práctica de hacer esto posible es conociendo, comprendiendo y memorizando las verdades que vamos a defender y compartir. Jesús prometió que el Espíritu Santo nos guiaría a toda verdad (cf. Juan 16:13) y nos recordaría, por tanto, esas verdades en las distintas circunstancias en que fuera necesario. Jesús afirmó:
Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, los consolará y les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14:26).
Memorizar las preciosas Palabras de Dios nos mantendrá en alerta para defender y compartir la verdad. Como ya fue comentado, el maestro Pablo compara a la Palabra de Dios con la espada del Espíritu (Efesios 6:17) y afirma que “la palabra de Dios es más cortante que una espada de dos filos” (Hebreos 4:12, TLA). Juan, el revelador, por su parte, tuvo una visión de Cristo como Aquel que tiene una espada aguda y de doble filo saliendo de su boca (Apocalipsis 1:16; 2:12; 19:15). A través de estas figuras se representa el poderoso “Escrito está” con el cual Cristo y su iglesia podrán hacer frente al adversario y a todo aquel que se oponga a la verdad. Asimismo, Elena G. de White comenta:
“El que estudia la Biblia se arma también de argumentos bíblicos para hacer frente a las dudas de los incrédulos y eliminarlas por la clara luz de la verdad […] Los que han escudriñado las Escrituras pueden estar siempre fortalecidos contra las tentaciones de Satanás, cabalmente equipados para toda buena obra y preparados para dar una razón de la esperanza que hay en ellos a todo aquel que así lo demande”.[12]
Y, en la perspectiva del tiempo del fin, se nos advierte:
“Sólo los que hayan fortalecido su mente con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto… La hora crítica se acerca. ¿Hemos asentado los pies en la roca de la inmutable Palabra de Dios? ¿Estamos preparados para defender firmemente los mandamientos de Dios y la fe de Jesús?”[13]
Consideremos con más detenimiento la afirmación anterior. En el libro de Apocalipsis, el Señor nos invita a leer, escuchar y guardar las palabras en él escritas porque “el tiempo de su cumplimiento está cerca” (Apocalipsis 1:3, NVI). Es decir, el estudio de la Palabra de Dios debe hacerse a la expectativa del cumplimiento de las señales relacionadas con el tiempo del fin. El pueblo de Dios debe estar apercibido frente a los engaños y amenazas presentes en nuestra época y debe hacerlo con un concienzudo escudriñamiento de la Palabra de Dios. Las Sagradas Escrituras serán la salvaguarda para aquellos que, como recios árboles, se mantengan firmes, en pie, en el tiempo del fin.
Tal como el salmista David y el profeta Ezequiel afirmaban en sus escritos, y tal como Jesús enseñaba en sus parábolas, los que se deleiten en hacer la voluntad de Dios manifestada en su Palabra, los que sean hacedores y no simples oidores de las enseñanzas del Maestro, se mantendrán firmes como árboles (Salmos 1:3; Ezequiel 17:8) y no serán arrasados cuando las aguas de las humanas filosofías arrastren todo a su paso, pues su fe está cimentada en la sólida roca de la Palabra de Dios (Mateo 7:24).

7.   El estudio personal de la Biblia cambia la vida
Sin lugar a dudas, el mayor beneficio que obtenemos del estudio personal de las Sagradas Escrituras es la renovación del hombre interior y la trasformación del carácter a la imagen del Salvador. Si hay un argumento a favor del poder de las Escrituras en la vida del ser humano es precisamente este punto: la trasformación de la vida. Para quienes hemos sido cristianos desde niños, quizás no nos sea una tarea fácil reconocer el momento exacto de nuestra conversión, sin embargo cuando somos testigos de cómo cientos de personas que en algún momento de sus vidas se han puesto en contacto con la poderosa Palabra del Señor son regenerados en su vida, obras y carácter a semejanza de Jesús, entonces entendemos el valor y el impacto que las Escrituras tienen en la vida de un hombre o de una mujer. Esta trasformación es un verdadero milagro, difícil de comprender, pero no imposible de alcanzar o experimentar.
De acuerdo a la comprensión que Pablo ostentaba de las Escrituras, éstas tenían como propósito último, más allá del mero conocimiento intelectual o doctrinal, la transformación interna del ser humano. El apóstol afirmó que las Escrituras son útiles y necesarias para instruir, corregir y reprender. Así, en definitiva, “los servidores de Dios estarán completamente entrenados y preparados para hacer el bien” (2 Timoteo 3: 17, TLA).
El autor Richard J. Foster comenta, y con mucho sentido, que, “cuando acudimos a La Escritura no acudimos a acumular información, sino a ser cambiados”.[14]
Así lo entendía, de igual manera, Elena G. de White. Sobre el poder transformador de las Sagradas Escrituras, ella declara:
“La Palabra de Dios dará la norma correcta de lo que es bueno y lo que es malo, y de los principios morales”.[15]
“Por el estudio de las Escrituras obtenemos un conocimiento correcto de cómo vivir a fin de disfrutar de la mayor felicidad sin sombra”.[16]
“La Palabra de Dios es para nosotros una reproducción de la mente de Dios y de Cristo”.[17]
“En la palabra de Dios está la energía creadora que llamó a los mundos a la existencia. Esta palabra imparte poder, engendra vida. Cada orden es una promesa; aceptada por la voluntad, recibida en el alma, trae consigo la vida del Ser infinito. Transforma la naturaleza y vuelve a crear el alma a la imagen de Dios”.[18]

Ejemplos en la Escrituras de estudiosos de las Escrituras

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento es testigo de hombres y mujeres fieles que hicieron de la Palabra de Dios su compañera de toda la vida. De igual manera, fieles cristianos de todas las épocas han abrigado en sus manos las sagradas páginas del Libro de los libros.

Esdras
Del sacerdote y gobernador Esdras se dice que era “un escriba con amplios conocimientos de la ley que el Señor y Dios de Israel había dado a Moisés”. Era un “profundo conocedor de los mandamientos y estatutos que el Señor había dado a Israel” y un “escriba erudito en la ley del Dios del cielo”. “Esdras se había entregado de corazón al estudio de la ley del Señor, y a cumplirla y enseñarla a los israelitas, con todas sus normas y ordenanzas” (Esdras 7: 6, 10-12, RVC). Tanto fue así, que el propio rey Artajerjes le comisionó personalmente para instruir en la ley de Dios a todo aquel, anciano, adulto, joven o niño, que no la conociese en Israel (cf. Esdras 6: 18; 7: 14, 21, 25).
En relación a los esfuerzos e influencia de Esdras, Elena G. de White escribió:
“Los esfuerzos de Esdras para hacer revivir el interés en el estudio de las Escrituras adquirieron carácter permanente por la obra esmerada a la cual dedicó su vida para preservar y multiplicar los Escritos Sagrados. Recogió todas las copias de la ley que pudo encontrar, y las hizo transcribir y distribuir. La Palabra pura así multiplicada y puesta en las manos de mucha gente, le comunicó un conocimiento de valor inestimable […]
“Dondequiera que actuase Esdras, revivía el estudio de las Santas Escrituras. Se designaban maestros para que instruyesen al pueblo; se exaltaba y se honraba la ley del Señor. Se escudriñaban los libros de los profetas, y los pasajes que predecían la llegada del Mesías infundían esperanza y consuelo a muchos corazones tristes y agobiados”.[19]

Daniel
El joven Daniel había sido instruido por sus padres en Judea en las profundas verdades contenidas en los rollos de los profetas. Una vez que estuvo en Babilonia, nada de lo que aprendió allí le pudo hacer olvidar la Sagrada Palabra de Dios aprendida desde niño. Debió haber sido angustiante para Daniel no tener a la mano una copia de las escrituras sagradas, pero haberlas conocido desde muy pequeño y estudiadas con fervor, las mantenía vivas en su memoria.
Cuando, en el primer año del reinado de Darío, hijo de Asuero, rey de los medos, percibió que las profecías de Jeremías estaban por cumplirse, él nos informa:
Yo, Daniel, logré entender ese pasaje de las Escrituras donde el Señor le comunicó al profeta Jeremías que la desolación de Jerusalén duraría setenta años” (Daniel 9: 2, NVI).
Claramente, “ese pasaje” al cual Daniel hace referencia era Jeremías 25: 11 y 12, en donde el profeta anuncia:
Todo este país quedará reducido a horror y desolación, y estas naciones servirán al rey de Babilonia durante setenta años. Pero cuando se hayan cumplido los setenta años, yo castigaré por su iniquidad al rey de Babilonia” (NVI).
Daniel, el profeta de Dios, aunque recibió del Señor visiones, sueños y revelaciones, no por ello dejó de lado o desestimó las Escrituras de su tiempo, sino, como ya lo hemos leído, acudía a ella en busca de orientación y fortaleza, mientras estaba a la espera del cumplimiento de sus oráculos.

Natanael Bartolomé y Felipe[20]
Fue en sus largas jornadas, mientras leía los atesorados rollos de los escritos sagrados, que eran reveladas ante Natanael las grandes verdades acerca del Mesías prometido. Fue en su casa en Caná de Galilea, a la sombra de una añosa higuera, que cada año crecían un poco más sus ansias de alguna vez encontrarse con el añorado Ungido de Jehová. Fue junto a Felipe, su amigo entrañable, que el joven hijo de Tolomeo se permeaba de cada promesa enunciada por Moisés y los profetas. Era un deleite para Natanael bar Tolomeo, especialmente a la hora de la oración sacerdotal, recorrer con sus ojos juveniles, ávidos de saber, la amada ley de Moisés y los entrañables presagios de los antiguos profetas, a la vez que memorizaba cada promesa y cada oráculo concerniente al prometido Ungido del Señor.
Fue en una de esas jornadas de estudio diligente de las Escrituras cuando Felipe entendió que el “Cordero de Dios”, el anhelado Mesías del cual Juan el Bautista les predicaba cada día en Betábara, a orillas del Jordán (Juan 1:28, 29) y del cual habían oído y leído innumerables veces en la sinagoga del pueblo y a la sombra de la higuera en el hogar de Caná, era Jesús, el carpintero de Nazaret. Felipe no pensó en otra cosa que buscar a Natanael (conocido también como Bartolomé) y le invitó a conocerlo.
Cuando Felipe fue a buscar a Bartolomé, Felipe sabía en su fuero interno que su amigo estaría muy interesado en saber que por fin estaba frente al tan largamente esperado Mesías. Natanael no había tenido aún la oportunidad de escuchar las palabras de Jesús, pero había sido atraído a él en su espíritu.  Anhelaba recibir su luz y estaba en ese momento orando sinceramente por ella. Y cuando Felipe le aseguró: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José de Nazaret” (Juan 1:45), resonaron en sus pensamientos los antiguos textos proféticos:
“Saldrá Estrella de Jacob, y se levantará el cetro de Israel” (Números 24:17).
“Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel” (Miqueas 5:2).
“Regocíjate sobremanera, hija de Sion. Da voces de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación” (Zacarías 9:9).
Al comentar sobre estos amigos, el espíritu de profecía nos amonesta:
“Al escudriñar las Escrituras, no debéis procurar interpretar sus declaraciones de tal manera que concuerden con vuestras ideas preconcebidas; antes bien, cual aprendices, allegaos para entender los principios fundamentales de la fe de Cristo. Con ávido interés y ferviente oración acudid a la Palabra de Dios para saber qué es verdad, manifestando el mismo espíritu que reveló Natanael cuando rogó fervientemente al Señor que le diera a conocer la verdad. Todo aquel que busque fervientemente la verdad, será iluminado como Natanael. Jesús lo vio cuando se postró en oración debajo de la higuera, y mientras aún pedía comprensión, vino el mensajero a llamarlo y a conducirlo al manantial de toda luz”.[21]

Jesús
Es loable el uso que Jesús hizo de las Sagradas Escrituras durante su ministerio terrenal. Sus discursos ante el pueblo, su férrea defensa frente a Satanás y a sus oponentes, sus suaves palabras de apoyo a quienes la necesitaban, dan testimonio de una vida consagrada al estudio de la Palabra de Dios. Sin duda, en la tarea de poner en su mente las sagradas enseñanzas de los Rollos Sagrados, José y María tuvieron un rol preponderante. Y dado que Cristo no recibió la instrucción proveniente de los rabinos de su tiempo, los resultados de esa tarea tienen mayores méritos aún.
“En su niñez, juventud y virilidad, Jesús estudió las Escrituras. En su infancia, su madre le enseñó diariamente conocimientos obtenidos de los pergaminos de los profetas, en su juventud, a la hora de la aurora y del crepúsculo, a menudo estuvo solo en la montaña o entre los árboles del bosque, para dedicar unos momentos a la oración y al estudio de la Palabra de Dios. Durante su ministerio, su íntimo conocimiento de las Escrituras dio testimonio de la diligencia con que las había estudiado”.[22]

Pablo[23]
El apóstol Pablo hace alusiones en sus cartas a gran parte del Antiguo Testamento, tanto en su versión hebrea (la Tanak) como en su versión griega (la Septuaginta). Los libros de Moisés y de los profetas eran sus predilectos. También los salmos se encuentran entre sus favoritos. En sus últimos días de vida, en la fría, oscura y húmeda mazmorra Mamertina en Roma, el anciano apóstol rogó a su joven discípulo Timoteo:
Haz todo lo posible por venir a verme pronto […] Cuando vengas, tráeme… los libros, especialmente los pergaminos” (2 Timoteo 4: 9, 13, TLA).
Pablo deseaba tener una Biblia en la cárcel. Anhelaba tener sus rollos personales de las Escrituras, copias del Antiguo Testamento y manuscritos y relatos tempranos de la vida de Cristo que ya circulaban en su tiempo. Aún anciano y a las puertas de la muerte, el apóstol deseaba continuar nutriéndose de la Palabra de Dios.

Loida, Eunice y Timoteo[24]
En Listra no había sinagoga ni tampoco una escuela judía. El peso de la educación de Timoteo recayó en manos de su madre Eunice y de su abuela Loida. A pesar de tener un padre griego y vivir en una ciudad gentil, desde su más tierna infancia, cada sábado y, según la costumbre, dos veces a la semana, Timoteo oía la lectura de la Ley de Moisés o Torah, de los Salmos y de los Profetas, no de parte de los rabinos, sino de parte de su abuela y de su madre (cf. Hechos 16: 1–3; 2 Timoteo 1: 5; 3: 14, 15)
Su propio nombre, “Temeroso de Dios”, le había dado un rumbo distinto a su crianza y educación. Sin ninguna duda, su madre se había empeñado en que ese “dios” a quien Timoteo debía temer no fueran los dioses griegos que adoraba su padre, sino el Dios verdadero, el Dios de Israel.
Sin duda en su hogar se atesoraban porciones del mayor tesoro de su pueblo, la Palabra de Dios. Timoteo recordaba los pequeños rollos destinados para los niños. De la lectura de ellos aprendió la “Shemá”, el “Hallel”, las historias desde la Creación al Diluvio y las leyes ceremoniales (que corresponden a Deuteronomio 4: 6–9, Salmos 113–118, Génesis 1–10 y Levítico 1–8, respectivamente). Estos eran los medios de instrucción que estaban a su disposición. A partir de los tres años, en que comenzaba la educación hogareña de los niños judíos, o por lo menos desde los cinco, en que comenzaba la educación de la Torah, su madre y su abuela le habían instruido en las verdades eternas de las Sagradas Escrituras.
Acerca de la experiencia de Timoteo en su encuentro diario con las Sagradas Escrituras, la pluma inspirada afirma:
“Las lecciones de la Biblia, al entretejerse en la vida diaria, tienen una profunda y perdurable influencia en el carácter. Estas lecciones las aprendía y practicaba Timoteo”.[25]


[1] Testimonios, tomo 2, pp. 280, 281.
[2] Testimonios, tomo 6, p. 401.
[3] Testimonios, tomo 7, p. 186.
[4] La Educación, pp. 123, 124.
[5] Testimonios, tomo 5, p. 658.
[6] Testimonios, tomo 7, p. 217.
[7] El Conflicto, pp. 61, 62.
[8] La Educación, p. 189.
[9] Declaraciones, p. 230.
[10] El Conflicto, p. 333.
[11] El Conflicto, p. 658.
[12] Testimonios, tomo 3, p. 413.
[13] El Conflicto, p. 379.
[14] Richard J. Foster, Celebración de la Disciplina (Peniel, Buenos Aires, 2009), p. 83.
[15] Testimonios, tomo 3, p. 217.
[16] Testimonios, tomo 3, p. 413.
[17] Testimonios, tomo 3, p. 590.
[18] El Camino a Cristo, p. 126.
[19] Elena G. de White, Profetas y Reyes (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1987), pp. 448, 459.
[20] La siguiente sección dedicada a Natanael (Bartolomé) y Felipe es un resumen del artículo titulado Natanael bar Tolomeo, un verdadero israelita, disponible en http://religion-filosofia.blogspot.com/2013/11/natanael-bar-tolomeo-un-verdadero.html
[21] Elena G. de White, Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), pp. 28, 29. En otra obra declara: “Los ángeles del mundo de luz están cerca de aquellos que con humildad solicitan la dirección divina” (El Deseado, p. 115).
[22] La Educación, p. 185.
[23] La siguiente sección dedicada al apóstol Pablo es un resumen del artículo titulado Lecciones de un pergamino, disponible en http://religion-filosofia.blogspot.com/2012/02/leccionesde-un-pergamino-1-las.html
[24] La siguiente sección dedicada a Timoteo es un resumen del artículo titulado El valor de la Palabra en la educación, disponible en http://religion-filosofia.blogspot.com/2012/04/timoteo-y-las-sagradas-escrituras.html
[25] Elena G. de White, Hechos de los Apóstoles (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), p. 167.
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