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domingo, 5 de febrero de 2012

LECCIONES DEL APÓSTOL PABLO

Lecciones de un pergamino[1]



Las Escrituras presentan a Pablo como un apóstol elegido por Dios y dotado de privilegios que pocos han tenido. En sus últimos días solicitó con premura: “Timoteo, el tiempo de mi partida ha llegado. Muchos me han dejado. Ven a verme y trae mis pergaminos” (2ª Timoteo 4: 6, 13). ¿Qué lecciones están escondidas detrás de esta solicitud?

EDUCACIÓN

Pablo fue hebreo según la carne y fariseo en cuanto a la ley (Hechos 23: 6; 26: 5; Filipenses 3: 5, 6). Nacido en Tarso de Cilicia, también era romano, ciudadanía posiblemente comprada por su padre (Hechos 16: 37, 38; 22: 3, 25–29). Tarso era un centro cultural “no insignificante” (Hechos 21: 39) del Imperio Romano, superior a Alejandría y Atenas en el estudio de la filosofía y la literatura, con las cuales Pablo se vinculó tempranamente. Fue educado en sus primeros años por sus padres en Tarso y Jerusalén (Hechos 26: 4) y siendo joven recibió instrucción de grandes maestros: Gamaliel, Ananías y Jesús.

Gamaliel
Pablo ingresó a los quince años en la “casa de interpretación” para ser instruido en la Ley por Gamaliel (Hechos 22: 3), un fariseo, doctor de la ley y “venerado de todo el pueblo” (Hechos 5: 34). Bajo su influencia, Pablo fue un defensor de las tradiciones, aventajó a muchos en el aprendizaje y el celo (Gálatas 1: 14) y, posiblemente, fue un destacado miembro del sanedrín (Hechos 6: 9; 9: 1, 2; 22: 20; 26: 10). Inteligente, talentoso y de un hogar pudiente, Pablo recibió la instrucción basada en las Escrituras hebreas y griegas, aprendió las letras y los números y, en la escuela de Gamaliel, un curso de estudio más esmerado con maestros influyentes.[2] Gamaliel era llamado Rabban, “nuestro maestro”, un escriba de claro criterio, de buena reputación e influencia social,[3] “el fariseo ideal”.[4]

Ananías
Ananías, un cristiano piadoso, de buen testimonio, dirigente de la naciente iglesia en Damasco, fue el mensajero del Señor para Pablo luego de su conversión. Mediante una visión celestial le reconoció como instrumento elegido, le instruyó en el evangelio, le impuso las manos y le bautizó (Hechos 9: 10–19; 22: 12–16). Ananías representa a Cristo y a aquellos designados para actuar en su lugar.[5] Dios “escogió a Ananías en la etapa inicial para transformar a un toro bravo llamado Saulo de Tarso en un manso cordero llamado Pablo”.[6]

Jesús
Pablo se reconoce "apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios" (Efesios 1: 1).  Cristo fue su modelo y maestro personal y el evangelio que anunciaba era su “revelación” (1ª Corintios 11: 1; Gálatas 1: 11, 12, 15–17). Fue al desierto de Arabia para estudiar las Escrituras y recibir instrucción y sabiduría de la Fuente de verdad: Cristo mismo.[7] Pablo poseía el don de profecía y en diversas oportunidades recibió sus visiones y revelaciones de parte del mismo Jesús resucitado.[8] Todo lo mostrado a Pablo dio forma al mensaje que Cristo le encomendó presentar a las iglesias.[9] Por revelación también predijo un naufragio en las aguas del Mediterráneo (Hechos 27: 9, 10).

CAPACIDADES

Se llama a Pablo el más grande y más ilustre maestro humano,[10] el teólogo que desarrolló los fundamentos del cristianismo, hábil orador, predicador, maestro y escritor (1ª Timoteo 2: 7; 2ª Timoteo 1: 11). Con razón Porcio Festo exclamó: “¡Estás loco, Pablo! De tanto estudiar te has vuelto loco” (Hechos 26: 24). Aún así, Pablo aprendió un oficio y se ganó la vida con ello (Hechos 18: 1–3). Era costumbre judía preparar sus hijos para desempeñar un empleo útil. Pablo era “un educado fabricante de tiendas”.[11]

Pablo aprendió los métodos exegéticos rabínicos y fue instruido en la poesía y la filosofía judía y grecorromana. Hacía frente a la ciencia con ciencia, a la lógica con lógica y a la filosofía con filosofía.[12] Su conocimiento de las Escrituras lo atestiguan las veces que la cita en sus cartas: 106 veces basado en la versión hebrea y 40 veces en la versión griega.[13]

Dominaba varios idiomas (1ª Corintios 14: 18): En Jerusalén habló en arameo, “lengua hebrea” del pueblo. También aprendió el hebreo erudito (Hechos 21: 40; 22: 2); a un tribuno habló en griego popular (“koiné”), con el cual escribió sus cartas. También conocía el griego clásico (Hechos 21: 37); conversó con un centurión en latín, lengua usada por el ejército romano (Hechos 22: 25–28).

Conoció y citó los pensadores y escritos de su tiempo: Hechos 17: 28a y Tito 1: 12 cita el poema de Oraculis de Epiménides; Hechos 17: 28b cita el poema Phaenomena de Aratus; y 1ª Corintios 15: 33 cita el poema Thais de Menandro.[14] También alude a otros escritos griegos: la Ascensión de Isaías, Baruc, Enoc, 1ª, 2ª, 3ª y 4ª Macabeos, Sirac y Sabiduría.[15]

Aparte de poseer el don profético, Pablo también tenía el don de sanidad. Sanó a un cojo de nacimiento, al padre de Publio y a otros muchos enfermos, liberó a endemoniados, resucitó a Eutico y se sanó a sí mismo de la picadura de una víbora.[16]

LECCIONES

Durante la persecución romana, Pablo fue arrestado en Troas, llevado a Roma y encadenado como un criminal común en la mazmorra Mamertina. 2ª Timoteo, su última epístola, fue escrita por entonces (c. 66/67 d. C.). Esperaba un segundo juicio y preveía una sentencia de muerte. En ese terrible estado, animó a Timoteo a visitarlo y le solicitó con apremio sus libros (2ª Timoteo 1: 16; 2: 9; 4: 6–21). Finalmente, murió decapitado en la Vía Ostia, antes de la muerte de Nerón.

Aunque anciano y preso, Pablo no había olvidado sus libros. La vida parece triste sin sus libros. Pablo desea tener una Biblia en la cárcel. Anhelaba tener sus rollos personales de las Escrituras: copias del Antiguo Testamento y manuscritos con las palabras y relatos tempranos de la vida de Cristo que ya circulaban en su tiempo. Deseaba continuar nutriéndose de la Palabra de Dios. Pablo era un estudiante asiduo y, a pesar de toda su aflicción, su espíritu está todavía incansablemente activo. “Aun en medio de esas circunstancias tan adversas, el erudito Pablo continuaba investigando las verdades de Dios”.[17] “Lo que más le atraía era la Biblia, y nada más que la Biblia. La aprendió de memoria en dos lenguas… ¿Quién duda de que la Sagrada Escritura le formó su espíritu y le hizo el gran hombre que era? Y no hay que maravillarse, pues la tenía por el mayor tesoro del mundo”.[18] “Eran las palabras de Jesús y la Palabra de Dios lo que Pablo quería por encima de todo cuando estaba preso y esperando la ejecución”.[19] “El no podía permitir que la verdad no se proclamara. El viejo caballero fue un estudiante hasta el fin”.[20]

Esta es la lección de los pergaminos de Pablo: un hombre con facultades superiores, nacido en una ciudad universitaria, educado por grandes maestros, que aprendió un oficio, que recibió altas responsabilidades, dominador de variados idiomas, erudito en las Escrituras y en otros escritos, predicador, apóstol, maestro, sanador y profeta, instruido en su mensaje y misión por el mismísimo Señor Jesús, pero suficientemente humilde como para continuar aprendiendo a los pies del divino Maestro.

¡Qué ejemplo a seguir! “Enseñad los principios sencillos de la Palabra de Dios, haciendo de la Biblia el fundamento de vuestro estudio.  La verdadera educación superior es la que se recibe sentándose a los pies de Jesús y aprendiendo de él […] ¡Oh, hay tanto que aprender, tanto que comprender!  Si perfeccionamos nuestra mente hasta lo máximo de nuestra capacidad, continuaremos durante las edades eternas estudiando los caminos y las obras de Dios”.[21] ¿Estamos nosotros yendo también a los pies del Maestro y leyendo sus “pergaminos” para obtener de ellos lo que será nuestra única salvaguarda en estos días finales de la historia de este mundo? Les invito a formar parte de esta emocionante aventura.



[1] Por Víctor A. Jofré Araya (2003), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Licenciado y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh-UCh. Publicado en la Revista del Anciano, Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, Año 10, No 4, octubre-diciembre 2010, pp. 5-6.
[2] Francis D. Nichol (ed.), Comentario Bíblico Adventista, t. 5, p. 61, 62.
[3] Elena G. de White, Testimonios Selectos, t. 2, p. 110.
[4] Francis D. Nichol, op. cit., t. 5, p. 187.
[5] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, t. 1, p. 397; Dios nos cuida, p. 220.
[6] Charles R. Swindoll, Pablo. Un hombre de gracia y firmeza, p. 54.
[7] Elena G. de White, La Educación, p. 61–64.
[8] Ver Hechos 9: 3–6; 13: 1; 16: 9, 10; 18: 9, 10; 20: 23; 22: 17-21; 23: 11; 26: 19; 27: 23, 24; 1ª Corintios 15: 8; 2ª Corintios 12: 1–4; Gálatas 1: 11, 12; 2: 2; Efesios 3: 3–5.
[9] Elena G. de White, Carta 2, 1889; Carta 105, 1901; Carta 161, 1903; Manuscrito 111, 22 de octubre de 1906.
[10] ________, La Educación, p. 51, 66.
[11] ________, Manuscrito 93, 13 de julio de 1899.
[12] ________, La Educación, p. 67.
[13] Kurt Aland, The Greek New Testament, SBU, 1975, p. 899, 900.
[14] Francis D. Nichol, op. cit., t. 6, p. 352; t. 7, p. 375; Kurt Aland, op. cit., pp. XLIX, 911.
[15] Kurt Aland, op. cit., p. 910, 911.
[16] Ver Hechos 14: 8-10; 16: 16-18; 19: 11, 12; 20: 7-12; 28: 1-10.
[17] Francis D. Nichol, op. cit., tomo 7, p. 367.                                         
[18] Josef Holzner, San Pablo. Heraldo de Cristo, p. 33.
[19] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, t. 12, p. 256.
[20] Charles R. Swindoll, op. cit., p. 364.
[21] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, p. 240.
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