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domingo, 26 de febrero de 2017

Métodos, hábitos y técnicas de estudio de la Biblia

Métodos, hábitos y técnicas de estudio de la Biblia



“El que a lo que ve añade observación, y a lo que lee añade reflexión, está en el camino correcto del conocimiento”
(Caleb Colton)
E

n uno u otro lado de las Escrituras se da testimonio de aquellos para quienes la lectura, el estudio y la meditación en la Palabra de Dios eran un gran deleite y un profundo gozo. El poeta exclamó: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! ¡Son más dulces que la piel en mis labios!” (Salmos 119: 103, RVC). En otro lugar, el salmista se regocija diciendo: “Los preceptos del Señor son rectos: alegran el corazón” (Salmos 19: 8, RVC) y, a continuación, él afirma: “Sus palabras [son] más dulces que la miel, más que el jugo de panales” (Salmos 19: 11, BJ). En otro himno, otro salmista expresa su satisfacción personal de meditar en las enseñanzas del Señor diciendo: “Dulce será mi meditación en él, yo me regocijaré en Jehová”. “Tus estatutos son mi deleite”. “Tu ley es mi delicia”. “Tus mandamientos fueron mi delicia” (Salmos 104: 34; 119: 24, 77, 92, 143, 174, RVR60). El mismo salmista nos comenta acerca de la dicha que alcanza aquel que “se complace en la ley de Yahveh”, que en “su ley susurra de día y noche” y que “en sus mandamientos mucho se complace” (Salmos 1: 2; 112: 1, BJ).
Si bien, para los salmistas las “palabras” o la “ley” del Señor se referían a la Torah, es decir, lo que para nosotros es el equivalente a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, para el mundo cristiano contemporáneo esa experiencia dulce y deleitosa es válida para el estudio de toda la Biblia.
Considerando el resto de las escrituras hebreas, notamos que también los profetas se regocijaron en las Palabras del Señor:
“Fueron halladas tus palabras y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15: 16, RVR60).
“Yo abrí la boca, y me hizo comer el pergamino, y me dijo: Hijo de hombre, aliméntate, llena tus entrañas con este pergamino que te doy. Yo lo comí, y su sabor en mi boca fue más dulce que la miel” (Ezequiel 3: 2, 3, RVC).
Y Juan, encarcelado en Patmos, describió así su propia experiencia con la Palabra de Dios:
“Yo tomé el librito de la mano del ángel, y me lo comí. En mis labios era dulce como la miel” (Apocalipsis 10:10, RVC).
De igual forma, Pablo, el apóstol de las gentes, en su exposición a los creyentes de Roma sobre el valor de la Ley, afirmaba:
“Me complazco en la ley de Dios” (Romanos 7:22, BJ).
Y a los miembros de la naciente iglesia de Colosas les exhortaba:
La palabra de Cristo habite ricamente en ustedes. Instrúyanse y exhórtense unos a otros con toda sabiduría” (Colosenses 3:16, RVC), a la vez que recuerda, aunque con cierta preocupación, a aquellos que alguna vez “gustaron la buena palabra de Dios” (Hebreos 6:5, RVR60).
Según Howard Hendricks[1], destacado educador y conferencista, cada cristiano manifiesta en su experiencia personal tres etapas derivadas de su encuentro con la Biblia que, a su vez, representan tres distintas actitudes hacia el estudio bíblico personal. La primera etapa es llamada aceite de ricino. En esta etapa el creyente estudia la Biblia porque sabe que hacerlo es bueno y provechoso para su crecimiento espiritual, pero a fin de cuentas no le produce mucho gozo ni satisfacción. En la segunda etapa, conocida como cereal, el creyente estudia las Escrituras porque comprende que es nutritivo para la vida espiritual y necesario para el crecimiento del hombre interior, pero al final le resulta algo seco y de poco interés. Finalmente, en la tercera etapa, la etapa fresas con crema, al contrario de las etapas anteriores, el fiel creyente estudia y transmite las verdades de la Biblia con gozo y satisfacción. Sabe y comprende la importancia del estudio bíblico personal, le produce alegría al corazón descubrir nuevas verdades y está dispuesto a predicar y compartir dichas verdades cada día. Se da un festín con la Palabra de Dios.

Hábitos, técnicas y métodos
en el estudio personal de la Biblia

“¿Cómo investigaremos las Escrituras con el fin de entender lo que enseñan? –preguntaba la sierva del Señor-. Debemos abordar la investigación de la Palabra de Dios –respondía- con un corazón contrito, un espíritu de oración y dispuesto a ser enseñado”.[2]
Para que el estudio de las Sagradas Escrituras sea realmente un deleite, como lo fue para los patriarcas, los salmistas, los profetas y los apóstoles, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es necesario desarrollar algunas actitudes y aptitudes que serán útiles para que los frutos de dicho estudio sean de mejor provecho y calidad. Así como la sana nutrición del cuerpo debe seguir, en algunos casos, estrictas normas y regímenes, y ceñirse a las indicaciones rígidas de los especialistas, la alimentación espiritual debe ser fiel a algunas sabias recomendaciones. Entre estos lineamientos, que en absoluto pretenden ser los únicos, se encuentran los siguientes:

1.  El estudio de las Escrituras debe ser un asunto personal

En primer lugar, el estudio de las Sagradas Escrituras es un asunto de índole personal. Nadie puede estudiar la Biblia por otro, ni nadie puede, en realidad, descubrir las mismas lecciones que otro, ni tampoco puede beneficiarse del estudio realizado de manera particular por otros. La verdad no puede ser estudiada ni descubierta si dejamos que otros realicen el trabajo investigativo por nosotros. Nadie puede ni debe pensar por otros, ni deberíamos permitir que nadie piense por nosotros. Independiente de quien se trate o de cuan encumbrado sea su puesto a la vista de los hombres, nadie puede reemplazar en lo más mínimo la investigación bíblica personal.
El estudio bíblico de verdadero significado es el que se realiza de manera personal, a solas con las Escrituras y con Dios. Todos somos, de una u otra manera, responsables de nuestros propios descubrimientos que desenterramos de las ricas vetas de la Sagrada Palabra. Todos y cada uno hemos sido llamados a ser diligentes estudiosos de las Escrituras y nada puede reemplazar el valor del estudio bíblico efectuado por cada creyente en forma individual, en soledad, frente a las páginas sagradas. Las verdades de la Biblia, con toda su riqueza y hermosura, el conocimiento divino que nos proporciona, la autoridad de sus declaraciones, la bendición de su lectura y meditación, podrán ser apreciadas únicamente si las buscamos en forma sincera y ardiente mediante el estudio personal.
En cuanto a esto, el Señor, a través de la inspiración dada a Elena G. de White, nos exhorta y amonesta diciendo:
“Todos debieran llegar a ser estudiantes de la Biblia”.[3]
“Cada uno debe escudriñar la Biblia por su cuenta, de rodillas, delante de Dios, con el corazón humilde y susceptible de ser enseñado como el de un niño”.[4]
“No debemos aceptar el testimonio de ningún hombre en cuanto a lo que enseñan las Escrituras, sino que debemos estudiar las palabras de Dios por nosotros mismos. Si dejamos que otros piensen por nosotros, nuestra energía quedará mutilada y nuestras aptitudes serán limitadas”.[5]

2.  El estudio personal de las Escrituras debe ser un asunto diario

En segundo lugar, el estudio personal de las Sagradas Escrituras es un asunto de todos los días. Tal como el alimento que da vigor a nuestro cuerpo es consumido diariamente, nuestra vida espiritual necesita ser alimentada cada día por el rico alimento espiritual de la Palabra de Dios. El consejo de Dios al gran libertador Josué a las puertas de la conquista de Canaán fue:
Nunca dejes de leer el libro de la Ley; estúdialo de día y de noche, y ponlo en práctica, para que tengas éxito en todo lo que hagas”  (Josué 1:8, TLA).
Además de Josué, los salmistas que cantaban y meditaban en la Palabra y en las obras de Dios (Salmos 1:2; 119:97), el gobernador Nehemías, mientras dirigía la reconstrucción de los muros de Jerusalén (Nehemías 8:18), los fieles conversos de Berea que creyeron a la predicación de Pablo en los días de la naciente iglesia cristiana (Hechos 17:11), todos ellos y muchos más repartidos a lo largo de la historia sagrada y secular, comprendieron muy bien, y sin exagerar, la necesidad, la importancia y el alcance del estudio personal y diario de la Palabra de Dios. “Día tras día –se dice de los bereanos- escudriñaban las Escrituras para ver si era cierto lo que se les decía” (Hechos 17:11, DHH).
Al revisar la historia eclesiástica moderna debemos rendir nuestros respetos a los reformadores, quienes fueron asiduos estudiosos e impulsores del hábito de la lectura y estudio personal y diario de las Escrituras. Por ejemplo, se dice de Martín Lutero, el famoso reformador del s. XVI:
“Por sobre todo, se deleitaba en el estudio de la Palabra de Dios […] Dedicaba al estudio todo el tiempo que le dejaban libre las ocupaciones de cada día, robándole tiempo al sueño e, incluso, envidiando el tiempo dedicado a sus escasas comidas […] Había formulado el voto solemne de estudiar cuidadosamente y de predicar con fidelidad, todos los días de su vida, la Palabra de Dios y no los dichos ni las doctrinas [de los hombres]”.[6]
En relación al hábito de lectura y estudio diario y continuo de las Escrituras, Elena G. de White escribió:
“Dios se había propuesto que la Biblia fuese un libro de instrucción para toda la humanidad en la niñez, la juventud y la edad adulta, y que fuese estudiada en todo tiempo”.[7]
“Los padres deberían consagrar tiempo diariamente al estudio de la Biblia con sus hijos. Sin duda, se requerirá esfuerzo, reflexión y algún sacrificio para llevar a cabo esto, pero el esfuerzo será ricamente recompensado”.[8]
“Debe leerse la Biblia cada día. Una vida de religión, de devoción a Dios, es el mejor escudo para los jóvenes que están expuestos a las tentaciones […]  
“El estudio diario de las preciosas palabras de vida halladas en la Biblia fortalece el intelecto y nos permiten conocer las obras grandiosas y gloriosas de Dios en la naturaleza”.[9]
“Cada día debéis aprender algo nuevo de las Escrituras… Si lo hacéis, hallaréis nuevas glorias en la Palabra de Dios; sentiréis que habréis recibido luz nueva y preciosa sobre asuntos relacionados con la verdad, y las Escrituras recibirán constantemente nuevo valor en vuestra estima”.[10]
Y, haciendo eco de Juan 6: 45 e Isaías 54: 13, la pluma inspirada declara:
“Si amamos las Escrituras, si las escudriñamos cada vez que tengamos ocasión de hacerlo, para enriquecernos con los tesoros que contiene, podemos tener la seguridad de que Jesús nos atraerá hacia él”.[11]
El interés de la iglesia adventista a nivel mundial es restablecer la pasión y el fervor por el estudio diario de la Palabra de Dios. Así fue expresado en una Declaración titulada Resolución acerca de la Santa Biblia, publicada en el año 2005, la cual expresa en una de sus líneas:
“Apelamos a todos los creyentes adventistas alrededor del mundo para que hagan provisión intencional en su rutina diaria para la lectura regular y con oración de las Escrituras”.[12]
De igual manera, en el año 2010, se aprobó una declaración titulada Resolución sobre la Biblia, que expresa en forma enfática:
“Exhortamos a los creyentes adventistas y hermanos cristianos en todas partes a hacer de la Biblia su fuente cotidiana de estudio personal… Que sea un libro abierto en nuestros hogares al cual prestamos atención diariamente”.[13]
El Manual de la iglesia, en el capítulo dedicado a las normas de la vida cristiana, establece:
“La vida espiritual se sostiene por medio del alimento espiritual. Debemos mantener el hábito del estudio devocional de la Biblia y la oración si queremos alcanzar la santidad… Si dejamos de ser el pueblo del Libro, estaremos perdidos y nuestra misión fracasará. Solamente podemos esperar vivir la vida que “está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3: 3) y terminar su obra, si hablamos todos los días con Dios en oración y escuchamos su voz hablándonos desde la Biblia.”[14]
En la experiencia de los hijos de Dios mencionados en los relatos de las Escrituras, en la vida de los valientes reformadores, en la carrera de nuestros esforzados pioneros y también en la experiencia espiritual de todo aquel que aplica su corazón al estudio continuo de las Palabras de Dios, se cumple lo dicho por el salmista:
Dios bendice a quienes aman su palabra y alegres la estudian día y noche” (Salmos 1: 2, TLA).

3.  El estudio personal de las Escrituras debe realizarse en las primeras  horas

Una tercera recomendación es la siguiente: Muy temprano, en las horas quietas de la mañana, antes del bullicio y el ajetreo de cada día, la mente del estudiante debe ponerse en sintonía con la mente de Dios a través de la lectura, el estudio acucioso y la reflexión en las Palabras de Vida del Señor. En las horas frescas del amanecer y antes que las preocupaciones propias de cada día envuelvan la mente, debemos volvernos a Dios y buscarlo con oración en las páginas de su Sagrada Palabra. Dijo el salmista:
Muy temprano me levanto para pedirte que me ayudes, pues confío en tu palabra. Me paso la noche en vela meditando en ella.” (Salmos 119: 147, 148, TLA).
A las palabras de David se unen los sabios consejos de su hijo Salomón:
“Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan” (Proverbios 8: 17, RVR60).
Podemos aprender hermosas lecciones de los hábitos de oración y reflexión de Jesús. El Gran Maestro cada mañana, muy temprano, se dirigía a su santuario en las montañas, para estar en comunión con su Padre Celestial. Muchas veces pasaba toda la noche en oración y meditación, y volvía al amanecer para reanudar su trabajo entre la gente. Cristo tenía la costumbre muy arraigada de buscar la dirección divina muy temprano y, según el testimonio del evangelista Lucas, solía visitar con frecuencia el huerto de los Olivos, el Getsemaní, para meditar, orar y estar a solas con Dios (Lucas 22: 39).
Sobre los hábitos espirituales de Jesús, Elena G. de White comentó:
“En su juventud, a la hora de la aurora y del crepúsculo, a menudo estuvo solo en la montaña o entre los árboles del bosque, para dedicar unos momentos a la oración y al estudio de la Palabra de Dios”.[15]
En un consejo dado a los pastores de sus días (que bien puede ser aplicado a cualquiera de los ministros y creyentes de hoy, ya sean éstos predicadores o maestros), Elena G. de White nos amonesta:
“Levantándose temprano y aprovechando sus momentos, los ministros pueden encontrar tiempo para una investigación detallada de las Escrituras. Deben tener perseverancia, y no perder su objetivo, sino persistentemente emplear su tiempo en el estudio de la Palabra”.[16]
Es en la intimidad de las horas quietas y frescas de la mañana en que la mente está más dispuesta a recibir el consejo de lo Alto y puede, libre de las preocupaciones del día a día, percibir de mejor manera la voz de Dios hablando al corazón a través de su Sagrada Palabra.

4.  El estudio personal de las Escrituras debe realizarse con oración

Siempre las Escrituras deberían ser estudiadas con oración. La oración es el aliento del alma y las Escrituras son su alimento. Cada vez que nos confrontamos con el estudio cuidadoso de la Palabra de Dios es necesario hacerlo con un continuo espíritu de oración. Orar nos hace humildes frente a la grandeza de las Escrituras y nos da una breve percepción de la profundidad de sus enseñanzas. El vasto océano que las Sagradas Escrituras extienden delante de nosotros no puede ser surcado sin antes ponernos en las manos de aquel que las inspiraron.
El estudio de la Palabra de Dios debe ser dirigido por el Espíritu de Dios. Fue el Espíritu divino quien la dio a los hombres a través de los profetas. Dicho así, la oración tiene la virtud de poner nuestra mente en contacto con la mente de Dios. Nos ayuda a poner nuestra debilidad en la fortaleza de Dios y es la mejor manera de pedir al Señor sabiduría para leer, comprender, interpretar y aplicar en forma adecuada las enseñanzas de su Palabra. En palabras del catedrático Ekkerhardt Müller:
“Así tiene lugar un diálogo entre Dios y su Palabra por una parte y el elemento humano por otra”.[17]
La oración ferviente del estudioso de la Biblia responde al clamor del apóstol Santiago:
Si alguno de ustedes requiere de sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios se la da a todos en abundancia y sin hacer ningún reproche” (Santiago 1: 5, RVC).
La oración nos acerca al Altísimo en procura de ayuda, a la vez que solicitamos al Espíritu de Dios que nos muestre la verdad a través de su Palabra inspirada. Debería ser un ejercicio natural buscar la dirección de Dios por medio de la oración pues las cosas espirituales se disciernen en forma espiritual (cf. 1 Corintios 2: 14). Sobre la oración y su irreemplazable valor en el estudio bíblico personal, la inspiración nos aconseja:
“Si estudiamos la Palabra de Dios con interés, y oramos para comprenderla, descubriremos nuevas bellezas en cada línea. Dios revelará preciosas verdades con tanta claridad, que la mente obtendrá de ella verdadero placer, y gozará de una fiesta permanente a medida que se van desarrollando sus sublimes verdades […]
“Les ruego que estudien las Escrituras con humilde oración para que tengan un corazón capaz de comprender, a fin de que puedan enseñar el camino de la vida en forma más perfecta”.[18]
“Los que profesan creer la Palabra deberían orar diariamente para que la luz del Espíritu Santo resplandezca sobre las páginas del Libro sagrado, a fin de que esté capacitados para comprender  las cosas del Espíritu de Dios”.[19]
Cuando leemos de la experiencia espiritual de quienes nos precedieron no podemos menos que exagerar la importancia de estudiar las Escrituras con oración. Por ejemplo, en el período anterior a la Reforma tenemos registros de la vida y obra de los valdenses. De ellos se ha afirmado:
“Al estudiar la Biblia con oración y lágrimas, tanto más los impresionaban sus preciosas enseñanzas y la obligación que tenían de dar a conocer a otros sus verdades”.[20]
Entre los reformadores se destaca Martín Lutero. Él solía decir: “Orar bien es la mejor mitad del estudio”. Y en una oportunidad escribió a un amigo:
“No podemos lograr un entendimiento de las Escrituras ni por medio del estudio ni por medio del intelecto. Tu primer deber es empezar por la oración. Ruega al Señor, por su gran misericordia, concederte el verdadero entendimiento de su Palabra. No hay otro intérprete de la Palabra de Dios que el Autor de esa Palabra”.[21]
Tal como lo mencioné en párrafos anteriores, es de especial interés de la Iglesia Adventista del Séptimo Día a nivel mundial que el pueblo remanente vuelva a ser el Pueblo del Libro y seamos reconocidos por hacer de la Biblia nuestro libro más preciado, más leído y más estudiado. En este contexto se anima a cada creyente:
“Que el estudio de la Biblia esté acompañado de oración y alabanza”.[22]

5.  El estudio personal de las Escrituras debe hacerse considerando “toda” la Biblia como la eterna Palabra de Dios

Una importantísima recomendación en el estudio personal y diario de las Sagradas Escrituras es considerar la Biblia como una unidad y hacer de la totalidad de ella lo que es: la Palabra inspirada de Dios. Jesucristo, en su defensa ante el enemigo, le recordó que, más allá del alimento físico, del pan cotidiano por el cual pedimos a diario (cf. Mateo 6: 11; Lucas 11: 3), debemos alimentarnos de “toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4: 4, RVR60; cf. Deuteronomio 8: 3). El apóstol Pablo, por su parte, nos deja en claro que “toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3: 16, RVR60). Es decir, no existen en la Palabra de Dios porciones con inspiración de segunda mano, de tal manera que debamos aprobar sólo una parte de ella en desmedro del resto o valorar más una sección de ella y considerar de menos valor otras porciones de la Biblia. Siendo Dios el autor último de las Escrituras y siendo el Espíritu Santo quien, en última instancia, las inspiró, entonces la Biblia es un todo armónico con una unidad y armonía fundamental que conjuga todas sus partes como si fueran una sola.
Aún los detalles más mínimos de las Escrituras constituyen para el creyente sincero el claro consejo de Dios y nada de lo que forma parte integral de ella puede considerarse como innecesaria, irrelevante o de menos valor. La Biblia es la Palabra de Dios. Las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios en el lenguaje de los hombres. Dicho en otras palabras: “Todo lo que está escrito en la Biblia es el mensaje de Dios” (2 Timoteo 3: 16, TLA; énfasis añadido). Este principio de la unidad de las Escrituras es conocido como la analogía de la fe y es el fundamento de toda doctrina y enseñanza.
El catedrático Frank M. Hasel lo resume de la siguiente manera:
“Sobre la base de su unidad puede actuar la Biblia como su propio intérprete. Sólo entonces resulta posible presentar una armonía en la doctrina y la enseñanza. Si en ellas no hay una unidad global, buscamos en vano una enseñanza normativa en las Escrituras sobre cualquier asunto concreto. Sin la unidad de las Escrituras, la iglesia no tiene forma de distinguir la verdad del error, ni de repudiar la herejía, no tiene base alguna para aplicar medidas disciplinarias ni de corregir las desviaciones de la verdad divina; las Escrituras perderían su poder liberador y de convicción”.[23]
Moisés fue enfático en más de una oportunidad acerca de la unidad de la Palabra de Dios y amonestó a su amado pueblo en relación a la necesidad de leer, escribir, enseñar, guardar, cumplir y obedecer “todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 19: 17; 27: 3, 8; 28: 58; 29: 29; 31: 12, 24; 32: 46, RVC). Y Josué, fiel al legado recibido de parte de Moisés y como líder espiritual del pueblo de Israel, fue cuidadoso en leer y enseñarles “todas la palabras de la ley, junto con las bendiciones y las maldiciones, conforme a lo que está escrito en el libro de la ley” (Josué 8: 34, RVC).
El testimonio del Nuevo Testamento sobre la unidad de las Escrituras no es menos importante. Pablo afirmó:
“Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3: 16, RVR60).
Por su parte, el apóstol Santiago dijo a sus hermanos cristianos:
“Porque si una persona obedece toda la ley, pero falla en un solo mandato, resulta culpable frente a todos los mandatos de la ley. Pues el mismo Dios que dijo: “No cometas adulterio”, dijo también: “No mates”” (Santiago 2: 10, 11, DHH). 
En este mismo contexto, Cristo nos advierte enfáticamente en contra de la práctica tan arraigada en aquellos que cambian o cercenan las Escrituras siguiendo sus egoístas conveniencias. Jesús afirmó:
De manera que, cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los demás, será considerado muy pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que los practique y los enseñe, será considerado grande en el reino de los cielos.” (Mateo 5: 19, RVC).
Y a los lectores de las profecías contenidas en el Apocalipsis, Jesús también les advirtió enérgicamente:
A todos los que escuchen el mensaje de esta profecía, les advierto esto: si alguien le añade algo a este libro, Dios lo castigará con todas las plagas terribles que están descritas en el libro. Y si alguien le quita algo al mensaje de esta profecía, Dios no lo dejará tomar su parte del fruto del árbol que da vida, ni lo dejará vivir en la ciudad santa, como se ha dicho en este libro” (Apocalipsis 22: 18, 19, TLA).
Las Sagradas Escrituras deben ser consideradas en su totalidad, es decir, los sesenta y seis libros que la conforman, y no sólo una o alguna parte de ella. En su conjunto, los mil ciento ochenta y nueve capítulos en los cuales están divididos el Antiguo y el Nuevo Testamento, conforman la Palabra de Dios, la cual el Señor por medio de su Espíritu ha hecho provisión para que nos llegara en forma escrita a través de las edades. El Espíritu de Dios se ha preocupado de preservar las Escrituras a fin de que cada palabra, versículo, capítulo y libro de la Biblia sean parte de un todo armónico que no deben ser utilizados de manera aislada o fuera del contexto general de todas las Escrituras.
El maestro y predicador que desea ser fiel a las enseñanzas de la Palabra de Dios debe presentarla a la iglesia como un todo integrado y permitir que los creyentes la acepten y la estudien como tal, sin desechar ni desprenderse de ninguna parte de ella, por insignificante que parezca.
El espíritu de profecía también nos advierte en contra de aquellos que mutilan las Escrituras y hacen decir a la Biblia cosas que no están escritas en ella. Si queremos ser estudiosos de las Escrituras, debemos reconocer que:
“El estudiante debería aprender a considerar la Biblia como un todo y a ver la relación que existe entre sus partes […]
“Todas las porciones de la Biblia son inspiradas por Dios y provechosas. Tanta atención merece el Antiguo Testamento como el Nuevo”.[24]
“La Biblia entera es una revelación de la gloria de Dios en Cristo. Aceptada, creída, y obedecida, es el gran instrumento para la transformación del carácter. Y es el único medio seguro para lograr la cultura intelectual”.[25]
“No permitáis que hombre alguno venga a vosotros y comience a disecar la Palabra de Dios diciendo qué es revelación, qué es inspiración, y qué no lo es, sin que lo reprendáis […] No deseamos que nadie diga: “Esto quiero rechazar y esto quiero recibir”, sino queremos tener fe implícita en la Biblia en conjunto y tal como es”.[26]
Cada estudiante sincero de las Escrituras de debe reconocer que la Biblia es la eterna y verdadera Palabra de Dios. Como ya fue mencionado más arriba, el apóstol Pablo enseñó a la iglesia que “todo lo que está escrito en la Biblia es el mensaje de Dios” (2 Timoteo 3: 16, TLA) y elogiaba y agradecía por la actitud de sus hermanos tesalonicenses después de haber recibido el mensaje evangélico de parte de él y de sus colaboradores, pues aquellos reconocieron que aquel mensaje era la Palabra de Dios. Pablo declaró: “Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2: 13, RVR60). De la misma manera, el apóstol Pedro recuerda a los creyentes de la incipiente iglesia cristiana en la ciudad de Roma que “la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo” (1 Pedro 1: 19, NVI).
No sólo en el período apostólico las Escrituras han sido consideradas como la Palabra de Dios. También a través de toda la historia del cristianismo, se ha dado testimonio de la Biblia como tal. En el siglo XVI, el reformador Ecolampadio, refiriéndose a las Sagradas Escrituras afirmó: “En asuntos de fe la Biblia es nuestra Constitución”.[27]

6.  El estudio personal de las Escrituras debe realizarse reconociendo a la Biblia como su propio intérprete

Entre los principios básicos de estudio e interpretación de las Escrituras se encuentra el reconocer que la Biblia es su propio intérprete. Nuestras ideas preconcebidas acerca de alguna temática de las Escrituras deben ser dejadas de lado al acercarnos con corazón sincero a la Palabra de Dios. Todo prejuicio e interpretación privada, todo comentario personal o las opiniones de los comentadores bíblicos o seculares no debería ser considerada como superior o en reemplazo de la voz de Dios. Ni la razón, ni las tradiciones eclesiásticas, ni ningún veredicto humano puede considerarse como normativo por sobre la norma bíblica. La verdad bíblica debe imponerse por sobre las especulaciones humanas.
Si bien Dios nos ha dado a todos las facultades del pensamiento y del razonamiento, tenemos la tendencia, como humanos mortales e imperfectos, a equivocarnos o a confiar demasiado en nuestra propia opinión. La Biblia y la Biblia sola deber ser su propio expositor.
El reconocimiento del principio de la Sola Scriptura fue el impulsor de la Reforma Protestante y lo que gatilló las palabras de Martín Lutero cuando escribe: “No hay otro intérprete de la Palabra de Dios que el autor de esa Palabra”. Así hacía frente a sus enemigos que apelaban a las costumbres, tradiciones y afirmaciones de las autoridades eclesiásticas de su tiempo por sobre la autoridad de las Escrituras y la Biblia y la Biblia sola era su principal argumento.
Juan Wiclef, por su parte, declaró que la única autoridad verdadera era la voz de Dios hablando a través de su Palabra. Enseñó que “la Biblia es no sólo una revelación perfecta de la voluntad de Dios, sino que el Espíritu Santo es su único intérprete, y que todo hombre, por medio del estudio de sus enseñanzas, debe conocer por sí mismo sus deberes”. 
Ulrico Zuinglio, otra luciente estrella de la Reforma, afirmó: “Las Escrituras vienen de Dios, no del hombre, y ese mismo Dios que brilla en ellas te hará entender que las palabras provienen de Dios. La Palabra de Dios… brilla, se explica a sí misma, se autodescubre e ilumina el alma con toda salvación y gracia”.
Con este principio en mente, William Tyndale, el reformador inglés, se preguntaba: “¿Saben quién enseñó a las águilas a encontrar su presa? Bien, -él mismo respondía- ese mismo Dios enseña a sus hijos hambrientos a encontrar a su Padre en su Palabra”.[28]
En la historia de la iglesia adventista del séptimo día, desde sus orígenes y surgimiento como movimiento profético, se vio necesario declarar en forma pública la lealtad al principio protestante de la Biblia y sólo la Biblia como autoridad. Jaime White escribió:
“La Biblia es una revelación perfecta y completa. Es nuestra única regla de fe y práctica”.[29]
Por su parte, Elena G. de White, refiriéndose a este mismo principio, declaró:
“La evidencia de la Palabra de Dios se halla en la Palabra misma. La Escritura es la clave que abre la Escritura”.[30]
“La Biblia es su propio intérprete. Debe compararse texto con texto. El estudiante debería aprender a considerar la Biblia como un todo y a ver la relación que existe entre sus partes […] Una vez buscadas y reunidas [las verdades que forman el gran todo], corresponderán perfectamente unas a otras. Cada evangelio es un complemento de los demás; cada profecía una explicación de la otra; cada verdad, el desarrollo de otra verdad”.[31]
“En la actualidad […] se hace muy necesario volver al gran principio protestante: la Biblia, únicamente la Biblia, como regla de la fe y del deber”.[32]
La metodología de estudio que afirma a la Biblia como su propio intérprete se conoce, en general, como método histórico-bíblico, enfoque bíblico-gramatical, método histórico-gramatical o método gramatical-histórico. Esta metodología reconoce el testimonio de las Escrituras acerca de sí misma. Consiste básicamente en permitir que las Escrituras nos hablen en su propio idioma desde el momento histórico y los lugares en dónde fueron escritos cada libro y en los idiomas originales en que nos fueron transmitidas. Así podemos mirar con los ojos y oír con los oídos de quienes vivieron en los siglos pasados mientras recibían el mensaje divino dirigido a ellos. Cuando superamos las barreras del tiempo, el idioma y la cultura podemos aproximarnos más al texto bíblico y aplicarlo de mejor manera a nuestra experiencia hoy.
Aunque la Palabra de Dios no está condicionada a la cultura o a la historia, sí fue configurada en medio de una cultura e historia determinada, sin embargo trasciende a la cultura y la historia y nos alcanza a nosotros aquí y ahora. Esto quiere decir que lo que significó el mensaje divino a quienes lo recibieron en su contexto particular y original es exactamente lo que significa para nosotros hoy.
Las premisas básicas de método histórico-bíblico son:[33]
1. La Biblia sola es su criterio final y más elevado de la verdad. Las Escrituras son suficientes en sí mismas. Moisés recordó al pueblo:
“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre”  (Deuteronomio 29: 29, RVR60).
Y, amonestando al pueblo en contra de buscar respuestas en los espiritistas y adivinos, el profeta Isaías exclamó:
¡Aténganse a la ley y al testimonio! Para quienes no se atengan a esto, no habrá un amanecer” (Isaías 8: 20, NVI).
Los principios ajenos u opuestos a la Biblia, como los de la filosofía, la psicología o la sociología modernas, o como los de la ciencia y las tradiciones, no deberían controlar la interpretación o el entendimiento del texto sagrado. En este contexto, el espíritu de profecía afirma:
“La Biblia contiene todos los principios que los hombres necesitan comprender, a fin de prepararse para esa vida y la venidera”.[34]
 “Dios nos ha dado en las Escrituras suficientes evidencias del carácter divino de ellas, y no debemos dudar de su Palabra porque no podamos entender todos los misterios de su providencia”.[35]
         2. La Biblia es la Palabra escrita de Dios en su conjunto y no deben estudiarse por separado las diversas porciones de ella. Además, en las Escrituras los aspectos humanos y divinos están vinculados de forma inseparable (cf. 2 Timoteo 3: 16; 2 Pedro 1: 19-21).
         3. La armonía de las Escrituras. Este principio es visto en tres puntos:
         a. Las Escrituras son su propio expositor o su propio intérprete. Esto significa que debemos reunir y estudiar todos los textos que hablan sobre un determinado asunto para poder comprenderlo de manera correcta (cf. Lucas 24: 27).
         b. Existe una unidad fundamental en las Escrituras. Jesús dijo: “La Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10: 35, NVI).
         c. La claridad de las Escrituras. Es decir, los textos más claros y precisos sobre determinado punto de doctrina arrojan luz sobre los textos más difíciles de entender. Hablando de este principio, el apóstol Pedro dio testimonio diciendo:
Los profetas, que anunciaron la gracia reservada para ustedes, estudiaron y observaron esta salvación. Querían descubrir a qué tiempo y a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando testificó de antemano acerca de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que vendría después de éstos.  A ellos se les reveló que no se estaban sirviendo a sí mismos, sino que les servían a ustedes. Hablaban de las cosas que ahora les han anunciado los que les predicaron el evangelio por medio del Espíritu Santo enviado del cielo” (1 Pedro 1: 10-12, NVI).
El espíritu de profecía explica así este principio:
“Algunas porciones de la Escritura son en verdad demasiado claras para ser malinterpretadas; pero hay otras cuyo significado no está en la superficie como para que se vea a primera vista. Se debe comparar pasaje con pasaje. Debe haber un escudriñamiento cuidadoso y una reflexión acompañada de oración. Tal estudio será ricamente recompensado”.[36]
4. Las cosas espirituales deben ser discernidas de manera espiritual (1 Corintios 1: 11-14). El estudio de las Escrituras necesita de la iluminación del Espíritu Santo. Así nos aseguramos de no hacer interpretaciones equivocadas, pues “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14: 32).
El documento Métodos de estudio de la Biblia resume de la siguiente manera el principio de la Sola Scriptura y de la Biblia como su propio intérprete:
         “Creemos que será de utilidad exponer los principios del estudio de la Biblia que son consistentes con las enseñanzas de las mismas Escrituras, preservan su unidad y está basados sobre la premisa de que la Biblia es la Palabra de Dios. Un enfoque así nos conducirá a una experiencia satisfactoria y provechosa con Dios”.[37]

7.  El estudio  personal de las Escrituras debe ser metódico, diligente y con investigación

A fin de recibir el máximo provecho, es necesario que el estudio personal de la Palabra de Dios sea realizado con meticulosidad y diligencia. Debe haber cierto orden, pulcritud y prolijidad en el ejercicio diario de escudriñar la Biblia. Así como en todo orden de cosas, en los quehaceres personales, laborales, académicos y familiares, es preciso tener diligencia, esta buena virtud se hace mucho más necesaria e indispensable cuando se trata de enfrentarse a las sagradas páginas de las Escrituras.
El rey Salomón, bajo la inspiración de Dios, elogió la solicitud y diligencia en el trabajo. El sabio escribió: “Cuando veas alguien que hace bien su trabajo, no lo verás entre gente de baja condición sino que estará en presencia de reyes” (Proverbios 22: 29, RVC). En los tiempos del Nuevo Testamento, el apóstol Pablo exhortaba a los creyentes de la iglesia en Roma a poner solicitud en aquello que requiere solicitud. Él escribió: “Si algo demanda diligencia, no seamos perezosos” y agrega que aquello que emprendamos lo realicemos “con espíritu ferviente” (Romanos 12: 11, RVC). Y si hay un trabajo en el cual debamos ser diligentes es en el sagrado oficio de estudiar y enseñar la Palabra de Dios.
El anciano Pablo aconsejaba a Timoteo a ser diligente en la sagrada obra de usar y predicar la Palabra de verdad: “Haz todo lo posible por ganarte la aprobación de Dios. Así, Dios te aprobará como un trabajador que no tiene de qué avergonzarse, y que enseña correctamente el mensaje verdadero” (2 Timoteo 2: 15, TLA). Y el anciano Pedro nos recuerda cómo “los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación” (1 Pedro 1: 10, RVR60).
Ser diligentes en el estudio bíblico personal es lo que marcará una notable diferencia entre el estudio provechoso, abarcante y nutritivo, que nos llevará a nuevas cimas y a encontrar nuevos tesoros, espiritualmente hablando, o, por el contrario, el estudio pobre e inconsistente que no conduzca a ningún puerto, que resulte ser una empresa completamente infructífera y que no nos cause satisfacción alguna.
Cristo animó a sus discípulos a escudriñar las Escrituras (cf. Juan 5:39). Escudriñar implica indagar, ser sistemáticos, meticulosos, profundizar. Significa que el estudioso debe leer, oír y aplicar las Palabras de Dios (cf. Apocalipsis 1:3). Y si hay un hábito cristiano o una disciplina espiritual que requiere diligencia y solicitud es el estudio de la Palabra de Dios. No debemos dejar de lado en este respecto, el consejo oportuno del espíritu de profecía cuando dice:
“La enseñanza más valiosa de la Biblia no se obtiene por medio de un estudio ocasional o aislado… Muchos de sus tesoros están lejos de la superficie, y sólo pueden ser obtenidos por medio de una investigación diligente y de un esfuerzo continuo”.[38]
“El estudio de la Biblia requiere nuestro más diligente esfuerzo y nuestra más perseverante meditación. Con el mismo afán y la misma persistencia con que el minero excava la tierra en busca del tesoro, deberíamos buscar nosotros el tesoro de la Palabra de Dios”. [39]
“¡Cuánta diligencia debemos manifestar en el estudio de la Biblia y en nuestro celo de difundir la luz! […] Debemos temer la costumbre de estudiar superficialmente la Palabra de Dios”.
“No podemos obtener sabiduría sin atención diligente y sin estudio con oración… Debe haber un escudriñamiento cuidadoso y una reflexión acompañada de oración. Tal estudio será ricamente recompensado”.[40]
Cualquiera que tome las Escrituras para estudiarla debe hacerlo con un profundo espíritu de investigación. Dice el profeta: “Estudien el libro de Dios; lean lo que allí dice” (Isaías 34:16, TLA). Otra actitud muy necesaria al momento de profundizar en el conocimiento de la Biblia es mantener un espíritu de continua indagación. Una cualidad que ningún maestro o predicador de la Sagrada Palabra debería obviar en su vida de estudio personal es el espíritu de investigación, el deseo de indagar continuamente en las preciosas páginas de las Escrituras.
Hablando a los ministros de la iglesia y a los maestros y predicadores de su tiempo, Elena G. de White exhortaba:
“Algunos no estudian la Biblia cuidadosamente. No sienten inclinación por el estudio diligente de la Palabra de Dios […] Los ministros de la Palabra deben tener un conocimiento completo de ella tanto como les sea posible obtener. Deben estar continuamente investigando, orando y aprendiendo”.[41]
Este consejo es pertinente para cada creyente adventista también hoy, ya sea éste un simple estudiante y con mayor razón aún si se trata de un maestro o de un predicador. Lo anterior cobra un mayor sentido en nuestros días, pues las Sagradas Escrituras son blanco acérrimo de falsas acusaciones y tergiversaciones y cada día son más descuidadas y atacadas sin ningún tapujo por quienes las desprecian y se oponen abiertamente a sus claras enseñanzas.
En los días de la reconstrucción de Jerusalén por mano de Nehemías, una de las primeras tareas fue dar a conocer al pueblo la Palabra de Dios. Todo un día estuvieron Esdras, los sacerdotes y los levitas explicando los términos de la Ley de Dios a todos. Niños y jóvenes, adultos y ancianos, hombres y mujeres, participaron de la experiencia de ser instruidos en los requerimientos de la voluntad Dios.
Dice el registro sagrado: “Todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que está frente a la Puerta de las Aguas, y le rogaron al escriba Esdras que llevara el libro de la ley de Moisés, que el Señor le había dado al pueblo de Israel… Todo el pueblo escuchaba con mucha atención la lectura del libro de la ley… Esdras abrió el libro ante todo el pueblo, y como él estaba por encima de los presentes, todos lo vieron y prestaron mucha atenciónLa lectura de la ley se hacía con mucha claridad, y se recalcaba todo el sentido, de modo que el pueblo pudiera entender lo que escuchaba… Y pasaron el día muy alegres, pues habían entendido las explicaciones que les habían dado”.
Tal fue el impacto de la Palabra de Dios en el consciente colectivo y tanto se había despertado en ellos el interés por descubrir y conocer nuevas verdades que “al día siguiente, los jefes de familias de todo el pueblo, y los sacerdotes y los levitas, se reunieron con el escriba Esdras para que les explicara las palabras de la ley” (Nehemías 8: 1-13, RVC).
Al igual que en los días de la reconstrucción, en los primeros años del naciente cristianismo, los creyentes de Berea recibieron la Palabra por boca de Pablo, Silas y sus colaboradores. “Escucharon muy contentos las buenas noticias acerca de Jesús”. Pero no conformes sólo con eso, “todos los días leían la Biblia para ver si todo lo que les enseñaban era cierto” (Hechos 17: 11, TLA). Y así nosotros, que vivimos en los últimos días de la historia de este mundo, tal como si quisiéramos obtener de las minas sus ricas vetas de metales ocultos bajo su superficie, también debemos escarbar de modo que hallemos el precioso depósito en las Santas Escrituras pues contienen los tesoros de verdad que sólo se revelan a quien los busca con fervor, persistencia y devoción.
Otra vez reconozco la herencia intelectual que hemos recibido de parte de los grandes reformadores. Sus disciplinas espirituales del estudio acompañado de oración siguen siendo ejemplos dignos de parangón por cualquier cristiano contemporáneo. Del primero de los reformadores, conocido como el lucero de la Reforma, el sacerdote inglés Juan Wiclef, se escribió:
“Mientras Wiclef aun estaba en el colegio se dedicó al estudio de las Escrituras […] Cuando la atención de Wiclef fue dirigida a las Escrituras se consagró a investigarlas con el mismo empeño que lo había capacitado para conocer a fondo la instrucción que se impartía en los colegios… En la Palabra de Dios encontró lo que antes había buscado en vano […] Exigía que la Biblia fuera restituida al pueblo y que se restableciera su autoridad dentro de la iglesia. Era un maestro entendido y abnegado y un predicador elocuente, cuya vida cotidiana era una demostración de las verdades que predicaba. Su conocimiento de las Escrituras, la fuerza de sus argumentos, la pureza de su vida y su integridad y valor inquebrantables le granjearon la estima y la confianza de todos […] Caracterizaron al primero de los reformadores su pureza de vida, su aplicación incansable al estudio y al trabajo, su integridad incorruptible, y su amor y fidelidad en el ministerio semejantes a los de Cristo”.
La consagración incansable de Wiclef al estudio de la Biblia fue la chispa que encendió e iluminó el movimiento de Reforma. Esa reforma permite que hoy, cinco siglos después, millones de personas libremente lean y estudien sus propias Biblias en su idioma alrededor de todo el mundo. Gracias a ese fervor tenemos este sagrado privilegio.
De la misma manera que Wiclef en Inglaterra, otro de los grandes reformadores, William Tyndale, también era muy dedicado al estudio de las Sagradas Escrituras y un sincero investigador de la verdad. Predicaba sus convicciones personales sin temor alguno e insistía en que todas las doctrinas y verdades fuesen probadas por la autoridad de la Palabra de Dios. “Sin la Biblia –afirmó Tyndale- es imposible establecer a los laicos en la verdad”. Y Juan Calvino en Francia, antes de iniciar su movimiento de Reforma allí, se había dedicado a la meditación, la oración y el estudio de las Escrituras, preparándose para sus deberes futuros.
En la historia de la Iglesia Adventista, una de sus luminarias, el agricultor de origen bautista, William Miller era reconocido porque desde la tierna niñez dio pruebas de su sobresaliente fortaleza intelectual. Sobre sus dotes como estudioso de las Escrituras se declaró:
“Su mente era activa y bien desarrollada y tenía una sed aguda de conocimiento… su amor al estudio y al hábito de reflexionar cuidadosamente, junto con su agudo criterio, hicieron de él un hombre de sano juicio y puntos de vista amplios”.
Y acerca de sí mismo, escribiría el propio Miller: “La Biblia llegó a ser mi estudio principal y puedo decir en verdad que la escudriñaba con gran deleite. Perdí el gusto por otra lectura y apliqué mi corazón a adquirir sabiduría de Dios”.[42]
Como hemos revisado, las Escrituras y la historia eclesiástica nos señalan a una vasta gama de valiosos personajes que hicieron de la Biblia su mejor amiga, hombres que se sumergieron en sus páginas con un profundo espíritu de investigación. Los maestros y predicadores de la iglesia moderna tienen así ejemplos dignos para seguir. Para ellos y nosotros es la siguiente amonestación:
“No profundizamos los suficiente en nuestra búsqueda de la verdad”.[43]
“El verdadero maestro no se contenta con pensamientos indefinidos, una mente indolente o una memoria inactiva. Trata constantemente de progresar más y aplicar mejores métodos. Su vida es de continuo desarrollo”.[44]

8.  El estudio personal de las Escrituras debe ser Cristocéntrico

Otra actitud que se precisa en el estudio de las Sagradas Escrituras es considerar que toda verdad, toda enseñanza, todo sabio consejo proveniente de la Palabra de Dios, incluyendo todas las profecías, giran en torno a la persona y a la obra pasada, presente y futura de Jesús, el Cristo, nuestro Salvador. Desde el Génesis, que nos muestra a Cristo como el gran Dios Creador, pues “por medio de él todas las cosas fueron creadas” (Juan 1: 3, NVI), hasta el Apocalipsis, en donde Cristo es el “Cordero… Señor de señores y Rey de reyes”, “la Palabra de Dios” (Apocalipsis 17: 14; 19: 13, DHH); desde la creación hasta la restauración, toda la Biblia nos da testimonio de nuestro Señor.
“Estudien las Escrituras” –exhortó el Salvador-, pues “son ellas las que dan testimonio en mi favor”. Y agregó: “Si le creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque de mí escribió él” (Juan 5: 39, 46, NVI). Y, según lo que el evangelista Lucas dejó registrado, Jesús aseguró a sus discípulos que desde los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros históricos, los salmos y los libros de los profetas, todos los pasajes de las Escrituras hablaban de él y “que había de cumplirse todo lo que está escrito de mí –dijo el Salvador- en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos” (Lucas 24: 27, 44, TLA).
Este mismo principio estaba presente de manera significativa en las enseñanzas del apóstol Pablo. El anciano portavoz de la fe cristiana estaba convencido de que Jesús era el Cristo, el tan ansiado Mesías anunciado una y otra por todos los profetas. Cierto día sábado, en la sinagoga de Tesalónica, Pablo, “basándose en las Escrituras, les explicaba y demostraba que era necesario que el Mesías padeciera y resucitara” (Hechos 17: 2, 3, NVI). En otro momento, reunido con los dirigentes judíos en su casa-prisión en Roma, “desde la mañana hasta la tarde, Pablo les habló del reino de Dios. Trataba de convencerlos acerca de Jesús, por medio de la ley de Moisés y los escritos de los profetas” (Hechos 28: 23, DHH). De esta manera, Pablo hizo de Jesús el personaje central y el eje focal de su predicación. A los conversos de Corinto les señalaba: “Decidí hablarles sólo de Cristo, y principalmente de su muerte en la cruz” (1 Corintios 2: 2, TLA).
En otras palabras, sin excepción, de tapa a tapa, la Biblia nos habla de Cristo y es un fiel testimonio de su obra a favor de los hombres. Jesús es el principio, centro y fin de las Sagradas Escrituras y de sus profundas enseñanzas. Juan, en Patmos, describió su libro como “la revelación de Jesucristo, que Dios le dio” (Apocalipsis 1: 1, RVR60) y Pablo, poseedor también del don de profecía, escribió a los creyentes de Galacia refiriéndose a la revelación de Jesucristo que él había recibido (cf. Gálatas 1:12).
En el siglo XVII, un puritano inglés resumió de la siguiente forma este principio:
“Mantenga aún a Jesús ante su vista al leer cuidadosamente las Escrituras, como el fin, el alcance y la sustancia de las Escrituras: ¿Qué son todas las Escrituras sino algo así como los pañales espirituales del santo niño Jesús?... por tanto, piense de Cristo como la misma sustancia, tuétano, alma y alcance de toda la Escritura”.[45]
El consejo del espíritu profético nos advierte a no separar a Cristo de las Escrituras, sino más bien estudiarlas desde una perspectiva cristocéntrica. Elena G. de White declaró:
“Sí, la Biblia entera nos habla de Cristo… Si deseas conocer al Salvador, estudia las Santas Escrituras”.[46]
“El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendida y apreciada debidamente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis al Apocalipsis, debe ser estudiada a la luz que fluye de la Cruz del Calvario”.[47]
Y, considerando el estudio el estudio de las profecías bíblicas, Elena G. de White nos recuerda que no podemos estudiar los mensajes proféticos destituidos de la persona de nuestro Salvador. Ella afirma:
“El último libro del Nuevo Testamento se halla lleno de una verdad que necesitamos entender […] Permitid que hable Daniel, haced que se exprese el Apocalipsis, y digan qué es verdad. Pero cualquiera sea el aspecto del tema que se presente, levantad a Jesús como el centro de toda esperanza”.[48]
Así también ha sido la comprensión de la Iglesia Adventista mundial. Al respecto, en la Declaración Las Santas Escrituras del año 1995, se afirma:
“Por sobre todo, las Escrituras dan testimonio de Jesucristo, quien es la revelación última, Dios entre nosotros. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento dan testimonio de él”.[49]

9.  El estudio personal de las Escrituras debe realizarse bajo la perspectiva del Gran Conflicto

El estudioso serio de la Biblia debe escudriñarla cuidadosamente teniendo en mente la perspectiva del Gran Conflicto entre el bien y el mal. Todas las historias desde Génesis al Apocalipsis, desde la creación y la caída hasta la redención, incluyendo la vida de los patriarcas y jueces, reyes y profetas, discípulos y apóstoles, están enmarcadas en la controversia entre Cristo y Satanás.
En el Documento Métodos de estudio de la Biblia, del año 1986, y en la Declaración Resolución sobre la Santa Biblia, del año 2010, se establece claramente:
“Dos temas básicos, relacionados entre sí, corren a través de toda la Escritura: (1) la persona y la obra de Jesucristo; y (2) la perspectiva del gran conflicto”.[50]
“La Biblia nos comunica un mensaje de salvación en el contexto de un conflicto cósmico que revela el carácter amable, misericordioso y justo de Dios”.[51]
En la teología adventista y en todos los lineamientos dados por la erudición basada en las Escrituras es claro que la controversia que se inició en el cielo posterior a la rebelión de Lucifer y que luego se extendió a la Tierra cuando Adán y Eva sucumbieron ante los sofismas satánicos, permean cada página del Sagrado Libro.
En los libros proféticos de Daniel y Apocalipsis, se hace mucho más evidente la existencia de este conflicto. Dice el profeta Juan:
Se desató entonces una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron al dragón; éste y sus ángeles, a su vez, les hicieron frente, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra” (Apocalipsis 12: 7, NVI).
Y Daniel agrega:
El ángel príncipe del reino de Persia se me ha opuesto durante veintiún días; pero Miguel, uno de los ángeles príncipes más altos, vino en mi ayuda, pues yo me había quedado solo junto a los reyes de Persia” (Daniel 10: 13, DHH).
Miguel, el arcángel, es decir Cristo, y su archienemigo Satanás, están confrontados en una guerra sin cuartel en la cual ninguno de nosotros es neutral, una guerra entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, una guerra sin tregua que irá aumentando en intensidad a medida que se acerca el fin de la historia de este mundo, una guerra que pronto llegará a su anhelado final. En esta guerra, Satanás está airado en contra de la iglesia de Dios, sabe que le queda poco tiempo y sus artimañas será cada vez más perniciosas. Pero habrá un pueblo fiel que con el poder de Cristo saldrá victorioso.
Dicen los profetas:
“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!... Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14: 12-14, RVR60).
“Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad… Fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector” (Ezequiel 28: 14-16, RVR60).
Tan grande llegó a ser que desafió al ejército del cielo, y hasta echó por tierra y pisoteó a parte de ese ejército y de las estrellas. Incluso desafió al príncipe de los ejércitos” (Daniel 8: 10, 11, RVC).
El diablo ha sido arrojado del cielo, pues día y noche, delante de nuestro Dios, acusaba a los nuestros… El diablo está muy enojado; ha bajado para combatirlos. ¡Bien sabe el diablo que le queda poco tiempo!... Entonces el dragón se enojó mucho contra la mujer, y fue a pelear contra el resto de sus descendientes, es decir, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y siguen confiando en el mensaje de Jesús” (Apocalipsis 12: 10, 12, 17, TLA).
“El Cordero vencerá, porque es el Señor más grande y el Rey más poderoso. Con él estarán sus seguidores. Dios los ha llamado y elegido porque siempre lo obedecen” (Apocalipsis 17:14, TLA).

10.             El estudio personal de las Escrituras puede realizarse utilizando diferentes métodos

Sin duda alguna, debemos reconocer que el estudio, enseñanza y proclamación de las enseñanzas de la Biblia como Palabra de Dios merecen nuestros pensamientos más frescos, el aplicar nuestros mejores métodos y poner en acción nuestro más ferviente esfuerzo. Un cristiano sincero echará mano de los mejores métodos que estén a su alcance para que la Biblia tenga en sus labios y en sus oídos o en los oídos de sus oyentes o de cualquiera que forme parte de su auditorio, siempre un sabor fresco de vida para vida.
En mi experiencia como estudiante, maestro y predicador de las Escrituras he rescatado lo que, a mi juicio, son los principales métodos de estudio de la Biblia. Estos métodos, utilizados con oración, con diligencia y con profunda investigación, nos pueden conducir a tener una vida espiritual más abundante. Tales métodos nos inducirán a obtener material espiritual de alta pureza para nuestros sermones y se transformarán en una fuente continua de conocimientos para desarrollar clases bíblicas contundentes.
Dichos métodos son los siguientes:
1. Método de estudio devocional.
2. Método de estudio temático.
3. Método de estudio histórico-biográfico.
4. Método de estudio y análisis de palabras o terminológico.
5. Método de estudio y análisis de un versículo, párrafo o capítulo.
6. Método de estudio y análisis de un libro.




Pasos que deben seguirse en cada método elegido y utilizado

Antes de adentrarnos en la dinámica de cada método en particular, debemos notar que existen algunas cualidades que son similares en cada uno de ellos. En general, los elementos comunes a cada método enunciado son cinco: oración, método, memorización, aplicación y espíritu de profecía.
Cada elemento o paso a seguir, será detallado a continuación.

Paso 1: Oración

Ya he mencionado en párrafos anteriores el lugar que ocupa la disciplina espiritual de la oración en el estudio bíblico personal, profundo y serio. Antes de la lectura de la Biblia o consideración del tema, palabra, biografía, historia, versículo, párrafo, capítulo o libro de la Biblia a estudiar, se deben tener momentos de fervorosa oración.
Jamás deberían estudiarse las Sagradas Escrituras sin oración. Debemos orar más y, entonces, alimentarnos de las palabras de vida. El estudio de la Biblia y la oración son prácticas espirituales que están íntimamente ligadas. Son, y deberían serlo siempre, prácticas inseparables.
Todo estudioso de las Escrituras debería iniciar su actividad con una plegaria solicitando la guía y la iluminación del Espíritu de Dios, pues sólo quienes siguen la luz ya recibida pueden esperar recibir la iluminación adicional del Espíritu Santo. Jesucristo afirmó esta verdad a sus discípulos diciendo:
Cuando venga el Espíritu Santo, él les dirá lo que es la verdad y los guiará, para que siempre vivan en la verdad. Él no hablará por su propia cuenta, sino que les dirá lo que oiga de Dios el Padre, y les enseñará lo que está por suceder. También les hará saber todo acerca de mí, y así me honrará. Todo lo que es del Padre, también es mío; por eso dije que el Espíritu les hará saber todo acerca de mí (Juan 16:13-15, TLA).
Y Pablo, inspirado por el mismo Espíritu, afirmó a la iglesia:
Éstas son las cosas que Dios nos ha hecho conocer por medio del Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las cosas más profundas de Dios. ¿Quién entre los hombres puede saber lo que hay en el corazón del hombre, sino sólo el espíritu que está dentro del hombre? De la misma manera, solamente el Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado. Hablamos de estas cosas con palabras que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, y no con palabras que hayamos aprendido por nuestra propia sabiduría. Así explicamos las cosas espirituales con términos espirituales” (1 Corintios 2:10-13).
Sobre la importancia única e irremplazable de la oración solicitando la iluminación divina del Espíritu Santo al momento de iniciar el estudio personal de la Biblia, el espíritu de profecía ha declarado:
“Todos los que acudan a la Biblia con un espíritu dispuesto a ser enseñados y a orar, para estudiar sus declaraciones como la Palabra de Dios, recibirán iluminación divina”.[52]
“Debe haber paciente estudio y meditación y oración ferviente. Todo estudioso, al abrir las Escrituras, debe pedir la iluminación del Espíritu Santo; y la promesa segura es que le será dado”.[53]
La oración será vital en la puesta en práctica de todos los métodos mencionados anteriormente y que serán desarrollados y detallados más adelante.

Paso 2: Método

Más de algún honesto creyente podrá pensar y enseñar que al internarse en las sagradas páginas de la Biblia la intuición es el medio más eficaz para explorar sus enseñanzas. Sin embargo, la experiencia personal nos sugiere que acercarse a las Sagradas Escrituras de manera irrespetuosa, irreverente y sin un ánimo dispuesto puede traer graves consecuencias espirituales. En este respecto, el estudio metódico es esencial. La metodología de estudio elegida aportará más riqueza que un estudio ocasional, descuidado y sin propósito. Un método adecuado será también la base para una interpretación apropiada. Método e interpretación van de la mano, son inseparables. Utilizar de buena manera el método seleccionado, es decir, cualquiera de los seis métodos ya mencionados y que serán explorados y explicados en detalle en los siguientes capítulos, será un buen inicio en la sana interpretación de la enseñanza bíblica.
Sólo quiero detenerme una vez más para mencionar los seis métodos que detallaré en las siguientes páginas:
1. Método de estudio devocional.
2. Método de estudio temático.
3. Método de estudio histórico-biográfico.
4. Método de estudio y análisis de palabras o terminológico.
5. Método de estudio y análisis de un versículo, párrafo o capítulo.
6. Método de estudio y análisis de un libro.
No daré más detalles ahora en este asunto, pues mi intención es que cada método sea expuesto y explicado de manera particular, según las pautas entregadas en la presente obra. Los métodos de estudio de las Sagradas Escrituras señalados más adelante han sido útiles para el autor de estas líneas y para muchos otros. Bajo ese supuesto, creo que serán útiles también para nuestros amados lectores.

Paso 3: Memorización

Un tercer elemento indispensable en el estudio bíblico personal consiste en memorizar un versículo o una porción bíblica que tenga relación con el tema y el método seleccionado.
Este paso es independiente del método escogido, pues cada método pondrá continuamente al estudiante, ya sea éste un maestro o un predicador, en contacto con algún pasaje de las Escrituras que sea de interés espiritual memorizar. Al referirse a este asunto, el consejo inspirado nos exhorta:
“Cada día, varias veces, se deberían consagrar unos momentos dorados y preciosos a la oración y al estudio de las Escrituras, aunque sólo fuese para memorizar un texto, para que en el alma haya vida espiritual”[54].
Aunque la memorización de las Escrituras parece haber pasado de moda y aunque algunos cristianos podrían considerarla como un ejercicio espiritual innecesario e, incluso, infantil, en muchos círculos permanece como parte importante del estudio bíblico.[55]
Se han planteado algunos beneficios para esta práctica espiritual. Uno de ellos se relaciona con el poder espiritual que provee memorizar porciones de la Biblia. Memorizar las Sagradas Escrituras es un arma poderosa con la cual podemos encarar y vencer al diablo. Dijo el salmista: “En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti” (Salmos 119: 11, RVR60).
Al respecto, el escritor Jay Dennis afirma:
“Tener la capacidad de recordar una porción específica de la Biblia llega a ser una gran defensa contra los feroces dardos de la duda que Satanás nos lanza”.[56]
Por ejemplo, haber memorizado las Escrituras fue lo que mantuvo victorioso a Jesús frente a las tentaciones satánicas y frente a las acusaciones e insinuaciones de sus oponentes que tenían como propósito sembrar la duda y la incredulidad en la mente del Salvador. A cada aserto del enemigo, Jesús contestó con un categórico: “Está escrito” (cf. Mateo 4:4, 7, 10; Lucas 4:4, 8, 12). Y a quienes le interrogaban para probarle y hacerlo dudar, incluido a los dubitativos discípulos, Cristo les preguntaba: “¿Cómo está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” (cf. Lucas 10: 26, RVR60, énfasis añadido).[57]
El poderoso “Está escrito” aún resuena a través de las edades como un recordativo constante del poder de la Palabra de Dios en la mente de sus hijos para confrontar al adversario y erradicar la incredulidad y la duda que el enemigo de Dios desea diseminar.
Además de proveer de poder espiritual, la práctica por parte del creyente estudioso de las Escrituras de memorizar diariamente una porción aunque sea pequeña de la Biblia robustece la fe, provee de agudeza y discernimiento espiritual, permite tener a flor de labios un sabio consejo divino para otros en debilidad, estimula un continuo espíritu de meditación en la Palabra de Dios y proporciona respuesta rápida y decisiones inteligentes frente a las contingencias del diario vivir. Sumado a lo anterior, memorizar las Escrituras nos ayuda a apreciar más y mejor a nuestro Dios y a nuestro Salvador, tanto en su obra como en su carácter, nos anima y tonifica espiritualmente, nos otorga nueva comprensión de la sana doctrina bíblica y enriquece nuestros momentos de profunda meditación. La promesa de Jesús en relación a que el Espíritu Santo nos recordará todas las cosas, obviamente se cumple siempre y cuando todas esas cosas estén atesoradas primero en nuestra mente y profundamente enraizadas en nuestro corazón.
En la historia del pueblo de Dios y del cristianismo, se ha enfatizado la memorización como un modo de conservar y transmitir las preciosas verdades de la Palabra Viva de Dios. Al pueblo de Israel Dios, por medio de Moisés, le aconsejó:
Apréndete de memoria todas las enseñanzas que hoy te he dado, y repítelas a tus hijos a todas horas y en todo lugar” (Deuteronomio 6: 6, 7, TLA).
“Apréndanse de memoria estas enseñanzas y mediten en ellas… Enséñenselas a sus hijos en todo momento y lugar” (Deuteronomio 11: 18-20, TLA).
También el sabio Salomón aconsejaba a los lectores de sus proverbios:
“Hijo mío, si das acogida a mis palabras, y guardas en tu memoria mis mandatos… entonces entenderás el temor de Jehová y la ciencia de Dios encontrarás” (Proverbios 2: 1, BJ).
“Querido jovencito: grábate bien mis enseñanzas, memoriza mis mandamientos” (Proverbios 3:1, TLA).
“Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón” (Proverbios 3: 3, RVR60).
“Hijo mío, presta atención a mis palabras; inclina tu oído para escuchar mis razones. No las pierdas de vista; guárdalas en lo más profundo de tu corazón” (Proverbios 4: 20, 21, RVC).
“Hijo mío, guarda siempre en tu memoria los mandamientos y enseñanzas de tus padres” (Proverbios 6:20, DHH).
“Hijo mío, pon en práctica mis palabras y atesora mis mandamientos. Cumple con mis mandatos, y vivirás; cuida mis enseñanzas como a la niña de tus ojos. Llévalos atados en los dedos; anótalos en la tablilla de tu corazón” (Proverbios 7: 1-3, NVI).
De igual forma, en la experiencia de los profetas el imperativo divino era memorizar las palabras dadas por Dios:
“Escucha atentamente todo lo que te voy a decir, y grábatelo en la memoria” (Ezequiel 3: 10, DHH).
Era el deseo de Dios que en el nuevo pacto, su ley y sus enseñanzas fueran puestas en la mente y el corazón de los creyentes. Jehová declaró:
Haré que mis enseñanzas las aprendan de memoria, y que sean la guía de su vida. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31: 33, TLA; cf. Hebreos 8: 10; 10: 16).
No debemos olvidar que, desde un principio, la transmisión oral fue el medio empleado por los patriarcas para dar a conocer, generación tras generación, las historias y los eventos desde la Creación en adelante (e incluso antes de aquello) en los cuales Dios había intervenido en su favor. Adán y sus hijos e hijas, los setitas hasta Noé, luego Abraham, Isaac y Jacob y, finalmente, los doce patriarcas hasta Moisés, todos ellos utilizaron la transmisión verbal de las palabras y los poderosos hechos de Dios. Fue Moisés quien consignó por escrito los primeros cinco libros de nuestras Biblias (además del Salmo 90 y el libro de Job) y desde entonces tenemos la Palabra de Dios escrita. Antes de aquellos días, eran comunicadas y transmitidas en forma oral las enseñanzas y las acciones del Creador.
De José, por ejemplo, sabemos que “en su niñez se le había enseñado a amar y temer a Dios. A menudo se le había contado, en la tienda de su padre, bajo las estrellas de Siria, la historia de la visión nocturna de Betel, de la escalera entre el cielo y la tierra, de los ángeles que subían y bajaban, y de Aquel que se reveló a Jacob desde el trono de lo alto”.[58]
Del apóstol Pablo, el gran maestro después de Cristo, entendemos que, mientras aprendía de Jesús y estudiaba las Escrituras en la soledad y quietud del desierto natural de Arabia, “su estudio lo constituían las Escrituras del Antiguo Testamento atesorados en su memoria”.[59]
Josué, el libertador (Josué 1:8; 8:31, 34; 23:6); el poderoso rey David (1 Reyes 2:3; 1 Crónicas 16:40; 23:18; cf. Salmos 40:7); los reyes Amasías (2 Reyes 14:6; 2 Crónicas 25:4), Ezequías (2 Crónicas 30:5; 31:3) y Josías (2 Reyes 23:21; 2 Crónicas 34:21; 35:12,26); Josúe, el sumo sacerdote, y el gobernador Zorobabel (Esdras 3:2,4), Nehemías (Nehemías 8:15; 10:34,36); los profetas Jeremías (Jeremías 25:13) y Daniel (Daniel 9:11,13); los magos de oriente (Mateo 2:5) y los discípulos de Jesús (Juan 2:17); los apóstoles Pedro (Hechos 1:20; 1 Pedro 1:16), Esteban (Hechos 7:42), Pablo (Hechos 13:33; 23:5; Romanos 1:17; 2:24; 3:4, 10; 4:17; 8:36; 9:13, 33; 10:15; 11:8,26; 12:19; 14:11; 15:3,9,21; 1 Corintios 1:19,31; 2:9; 3:19; 4:6; 9:9; 10:7; 14:21; 15:45; 2 Corintios 4:13; 8:15; 9:9; Gálatas 3:10,13; 4:22,27) y Santiago (Hechos 15:15) y muchos otros héroes de la Biblia, dieron su importancia debida al emblemático “Está escrito”, censurando con ello la positiva práctica cristiana de memorizar las Sagradas Escrituras.
De la historia eclesiástica aprendemos hermosas lecciones en cuanto a la importancia de memorizar las Escrituras. Por ejemplo, en los días oscuros para el cristianismo de la Edad Media, un grupo de creyentes fieles, los valdenses del Valle de Piamonte, consideraban la Biblia como objeto de especial y principal atención y estudio. Hasta ese momento la imprenta aún no se inventaba y todo conocimiento era transmitido en forma oral y manuscrita de una generación a otra. Las Biblias completas eran escasas y difíciles de obtener y, considerando el escenario religioso adverso en que les tocó desarrollar su fe, los valdenses aprendían de memoria los evangelios y muchas de las epístolas. Mateo y Juan se contaban entre sus libros predilectos. Copiaban las Escrituras versículo a versículo, pero innumerables veces debieron echar mano de su memoria para mantener viva la Palabra de Dios. Niños y jóvenes, adultos y ancianos, aprendían de memoria sus preciadas palabras. Acerca de su habilidad de memorizar las Escrituras se nos afirma:
“Muchos eran capaces de recitar grandes porciones del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento”.[60]
Por lo tanto, es un error entender que la memorización de las Sagradas Escrituras es sólo un ejercicio válido para los niños o los más jóvenes de la iglesia o que puede considerarse como una actividad propia de la enseñanza de la Biblia solamente en la infancia o como un recurso del cual podemos echar mano únicamente en los momentos de apremio. En cambio y sin lugar alguno para la vacilación, la memorización de porciones mínimas o extensas de las Escrituras es útil, importante y válida para todo cristiano y cristiana, de cualquier edad, en toda circunstancia y en cualquier etapa de su vida o experiencia espiritual.
Tan importante es el hábito cristiano de memorizar las Escrituras que Elena G. de White aconsejaba:
“Ten tu Biblia a mano, y cuando tengas oportunidad, leéla; retén los textos en tu memoria. Aún cuando caminas por las calles puedes leer un pasaje y meditar en él, hasta que se grabe en la mente”.[61]
Recuerdo a una hermana ya anciana de una de las iglesias que me vieron crecer. Cada vez que deseábamos ser deleitados por sus palabras, la llamábamos para que nos recitara alguno de los Salmos. Ella, con sus más de setenta años de edad, era capaz de repetir de memoria muchos de los largos poemas de los salmistas. En más de una oportunidad mi madre y yo y otros adolescentes de la iglesia estuvimos en su hogar, cuando era aquejada por alguna enfermedad o cuando la ceguera producida por el peso de los años comenzaron a impedirle asistir regularme a nuestro templo. Y allí, en las largas tardes del invierno, nos recitaba los Salmos atesorados en su mente senil. Era un deleite y un aliciente. Un verdadero festín espiritual.
Así como lo era para nuestra anciana hermana, la memorización de las Escrituras es de igual manera un ejercicio importantísimo para aquellos que pretenden transformarse en maestros y expositores de la Palabra. Respecto a la importancia de la memorización de las Sagradas Escrituras por parte de aquellos que, a través de la enseñanza o la predicación, deseen impartir la Palabra a otros y, dado que algunos citan mal las Escrituras, la pluma de la inspiración nos aconseja:
“Los que se dedican de lleno a predicar la Palabra no debieran citar ni un texto incorrectamente. Dios requiere escrupulosidad de parte de todos sus siervos”. Y, agrega con tristeza, que hay quienes que “son tan deficientes en el conocimiento de la Palabra que les resulta difícil citar correctamente de memoria un texto de las Escrituras”.[62] 
“Muchos que profesan ser llamados por Dios para ministrar en la palabra y la doctrina no se dan cuenta de que no tienen derecho a considerarse maestros a menos que estén firmemente respaldados por un serio y diligente estudio de la palabra de Dios… Algunos ni siquiera saben leer correctamente; algunos citan mal las Escrituras”.[63]

Paso 4: Aplicación

Un cuarto paso en el proceso de estudio de la Palabra lo constituye la aplicación. La aplicación consiste, en pocas palabras, en ser capaces de decir o escribir unas pocas líneas enunciando de una manera simple la forma en que las lecciones aprendidas a través de cualquiera de los métodos de estudio utilizados pasarán de la teoría a la acción en la vida del cristiano. Es la forma en que las palabras se transforman en vida y las ideas se convierten en hechos. En otras palabras, responden a la pregunta: ¿De qué manera lo aprendido es útil para mí?
Jesús lo dijo de la siguiente manera: “¿Entienden esto? Dichosos serán si lo ponen en práctica” (Juan 13:17, NVI). Es decir, conocer, entender y aceptar la verdad descubierta a través del estudio personal de las Escrituras se diluye si no lo ponemos en práctica. Y esa práctica producirá en nosotros una profunda felicidad. Según el mismo Jesús, poner en práctica sus enseñanzas es construir sobre roca. No hacerlo es lo mismo que edificar sobre la arena. El Gran Maestro declaró:
El que escucha lo que yo enseño y hace lo que yo digo, es como una persona precavida que construyó su casa sobre piedra firme […] Pero el que escucha lo que yo enseño y no hace lo que yo digo es como una persona tonta que construyó su casa sobre la arena” (Mateo 7: 24, 25, TLA).
Así como Cristo, los apóstoles también exhortaron referente a la necesidad de aplicar en la vida las instrucciones de la ley y del evangelio. Por ejemplo, el apóstol Santiago nos advierte del peligro que entraña ser solamente un oidor olvidadizo y no un hacedor fiel de la Palabra de Dios.
“¡Obedezcan el mensaje de Dios! –escribió el apóstol-. Si lo escuchan, pero no lo obedecen, se engañan a ustedes mismos y les pasará lo mismo que a quien se mira en un espejo: tan pronto como se va, se olvida de cómo era. Por el contrario, si ustedes ponen toda su atención en la palabra de Dios, y la obedecen siempre, serán felices en todo lo que hagan. Porque la palabra de Dios es perfecta” (Santiago 1: 22-25, TLA).
Concluyamos, por tanto, junto al sabio Salomón cuando nos recomienda: “Si en verdad te aprecias, estudia. Bien harás en practicar lo aprendido” (Proverbios 19:8, TLA).
La meta final de todo estudio bíblico, sea para la edificación personal o privada, sea para enseñar a un puñado de creyentes o sea para predicar a una gran multitud, es, en último término, su aplicación. El estudio diario y personal de la Palabra de Dios no es de valor hasta que aplicamos las verdades exploradas y descubiertas en nuestras propias vidas, circunstancias o experiencias espirituales personales. Mediante la aplicación, los rayos de luz de la Palabra de Dios son proyectados sobre el estudiante de modo que pueda responder honesta y favorablemente al mensaje bíblico, fortaleciendo y tonificando la salud espiritual, favoreciendo el crecimiento del hombre interior y fomentando la madurez de la vida cristiana.
El estudioso de las Escrituras debería emplear el tiempo suficiente y necesario para saturarse del significado del texto en estudio y, como consecuencia, debería responder personalmente a la Palabra de Dios. No debería pasar mucho tiempo en que las simples palabras de las Escrituras se conviertan en poderosas acciones de provecho en la vida del estudioso y de todos quienes le rodean. Una aplicación apropiada muestra la relevancia de las enseñanzas espirituales de las Escrituras en la vida diaria de las personas y de la iglesia. De igual forma, la lectura devocional personal, diaria y con oración proporcionará al predicador y al instructor temas para sus sermones y clases bíblicas y le hará descubrir fuentes de incalculable riqueza espiritual en lugares insospechados.[64]
Se ha escrito, y con razón, que las Escrituras tienen su cabeza en el cielo y sus pies sobre la tierra. Es tarea del estudiante, sea éste un hábil predicador o un avezado instructor bíblico, unir ambos mundos a través de un estudio minucioso y de una aplicación adecuada.
“Debemos tomar un versículo y concentrar el intelecto en la tarea de discernir el pensamiento que Dios puso en ese versículo para nosotros”.[65] Además “debemos procurar mirar con los ojos de quienes vivieron hace siglos y oír con sus oídos cuando se les dirigía el mensaje bíblico”.[66]

Paso 5: Espíritu de profecía

         Como adventista del séptimo día, desde mi niñez me familiaricé con el concepto “espíritu de profecía”. Confieso que en un principio, este concepto y algunos similares que los predicadores utilizaban en sus sermones y conferencias, me resultaban extraños. Ciertas veces se usaban palabras y términos tales como “la pluma inspirada”, “la sierva de Dios”, “los Testimonios” o, simplemente, “la hermana White”. A medida que fui madurando mi fe y pude comprender el por qué de la existencia de la Iglesia Adventista como un movimiento profético, dichas expresiones se hicieron parte de mi vocabulario y, cuando comencé a preparar mis propios sermones, los concejos inspirados de los Testimonios se transformaron en una fuente de información e inspiración importante al momento de estudiar e interpretar las Escrituras. Personalmente, creo que el principal aporte de los escritos inspirados de Elena G. de White es darle equilibrio y verdadero sentido a las Escrituras, sobre todo en nuestro tiempo en que la Palabra de Dios es cada vez más despreciada, vilipendiada o mal interpretada.
         Por lo mismo considero que un quinto paso importante en todo estudio bíblico personal es preguntar, consultar e investigar qué dice el espíritu de profecía al respecto de cualquier tema estudiado, independiente del método que haya sido utilizado. No es mala la idea de tener una biblioteca personal del espíritu de profecía. Nuestra iglesia ha hecho esfuerzos para traducir los distintos libros de los que disponemos en diferentes idiomas y hacerlos cada vez más asequibles al pueblo adventista. Para iniciar, la serie El Gran Conflicto será de mucha utilidad. Esta serie está constituida por los libros Patriarcas y Profetas, Profetas y Reyes, El Deseado de todas las gentes, Hechos de los Apóstoles y El Conflicto de los Siglos. De igual manera, la serie de nueve volúmenes de Testimonios para la Iglesia, será de gran ayuda. También es necesario poseer alguna copia de los grandes clásicos: El Camino a Cristo, Primeros Escritos, El Ministerio de Curación, Palabras de Vida del Gran Maestro, El Discurso Maestro de Jesucristo, entre otros.
         En su libro El permanente don de profecía, el fallecido ex–presidente de la Asociación General, Arturo G. Daniells, expone una serie de asertos para probar la veracidad del don profético en la persona de Elena G. de White. Entre ellos, de acuerdo al autor, se encuentran:
Asertos probados por la Palabra[67]: Es decir, todas las predicciones cumplidas y en cumplimiento, en adición a las que aún están por cumplirse. Además, todas sus aseveraciones armonizan con la inspirada Palabra de Dios, a la cual exalta junto con su Ley, afirmando la creación por sobre la evolución, recalcando el origen satánico del mal, del pecado y de la muerte y el origen divino de la redención solamente en Cristo y eficaz por la obra del Espíritu Santo. De igual forma, en todos sus escritos se exalta la figura de Jesucristo como Señor y Salvador.
Asertos probados por sus frutos[68]: El ministerio de Elena G. de White no sólo se abocó a los aspectos teóricos de la fe, sino en su vida, experiencias y ministerio mostró que era una profeta elegida y dirigida por Dios. Ella llamó a la iglesia a una acción universal, declarando que la iglesia remanente es el pueblo escogido por Dios en el tiempo del fin para llevar el mensaje evangélico al mundo, la “verdad presente”. Ayudó a dar orden a todos los aspectos y quehaceres de la iglesia, incluyendo la creación de iglesias, sanatorios, colegios y casas publicadoras, inculcando de esta manera el mensaje de salud, educación y de las publicaciones.
         Acerca de la experiencia profética de la Sra. White, Daniells concluye:
“Los ricos frutos de su vida se han manifestado. Su nombre está inseparablemente vinculado con el gran movimiento evangélico mundial de los últimos días. Los productos de su pluma se hallan en muchos países e idiomas. Los principios que ella enunció siguen siendo temas del más ferviente estudio de parte de pastores, educadores, médicos y laicos cristianos.”[69]
         Debo precisar que, aunque las orientaciones del espíritu de profecía son válidos hoy en día, nunca fue la intención de Elena G. de White (ni tampoco es mi intención al insistir en su importancia) que el estudio de los Testimonios reemplazara al estudio personal y profundo de las Escrituras. De hecho, este libro es acerca de métodos de estudio de las Escrituras y no acerca de los escritos de Elena G. de White.[70]
Sin embargo, y para que no quede duda, transcribo lo que en algún momento, la misma Sra. White escribió sobre sí misma y su relación con las Escrituras. Ella declaró:
         “En mi temprana juventud se me preguntó varias veces: ¿Es usted profetisa? Siempre he respondido: Soy la mensajera del Señor… Mi Salvador me declaró que era su mensajera”. —Mensajes selectos, tomo 1, p. 36.
“El reavivamiento de algún don, o de todos los dones [ella se refiere aquí específicamente al don de profecía], nunca reemplazarán la necesidad de escudriñar la Palabra para aprender la verdad… No es el plan de Dios conducir a su pueblo al amplio campo de la verdad mediante los dones. Pero si después que su pueblo ha escudriñado la Palabra, hay quienes aún no ven la verdad bíblica, o por contención insisten en hacer aceptar opiniones erróneas a los honrados buscadores de la verdad, entonces tiene Dios oportunidad de corregirlos por los dones.”[71]




[1] Citado por Rick Warren en Métodos de estudio bíblico personal (Editorial Vida, Miami, Florida, 2005), p. 10.
[2] Elena G. de White, Testimonios para los ministros (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2013), p. 121. De aquí en adelante será citado como Testimonios para los ministros con las respectivas páginas.
[3] Testimonios, tomo 2, p. 560.
[4] Testimonios, tomo 5, p. 199.
[5] El Camino a Cristo, p. 47.
[6] Elena G. de White, El Conflicto de los Siglos (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), pp. 79, 81. De aquí en adelante será citado como El Conflicto con las respectivas páginas.
[7] El Conflicto, p. 46.
[8] La Educación, p. 186.
[9] Testimonios, tomo 3, pp. 217, 413.
[10] Testimonios, tomo 5, p. 246.
[11] Testimonios, tomo 7, p. 195.
[12] Departamento de Comunicación de DSA, Declaraciones, orientaciones y otros documentos: Compilación 2010 (3ra. Ed., Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2011), p. 285. El documento Resolución acerca de la Santa Biblia fue aprobado en el 58° Congreso de la Asociación General, realizado en St. Louis, Missouri, EE.UU., el 1° de julio de 2005. De aquí en adelante será citado como Declaraciones con las respectivas páginas.
[13] Declaraciones, p. 227. La Declaración Resolución sobre la Biblia fue aprobada y votada en el Congreso de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo día realizada en Atlanta, Georgia, EE.UU., del 24 de junio al 3 de julio de 2010.
[14] Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Manual de la iglesia (6ta. Ed., Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2011), p. 137.
[15] Elena G. de White, La Educación (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1998), p. 185. De aquí en adelante será citado como La Educación con las respectivas páginas.
[16] Testimonios, tomo 2, p. 444.
[17] Ekkerhardt Müller, Pautas para la interpretación de las Escrituras, en: George W. Reid (ed.), Entender las Escrituras (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2010), p. 141.
[18] Testimonios, tomo 2, pp. 303, 308.
[19] Elena G. de White, La oración (Asociación Casa Publicadora Sudamericana), p. 162.
[20] El Conflicto, p. 48.
[21] El Conflicto, pp. 79, 85.
[22] Declaraciones, p. 227.
[23] Hasel, op. cit., p. 47.
[24] La Educación, pp. 190, 191.
[25] Testimonios, tomo 8, p. 333.
[26] Francis D. Nichol (Red.), Comentario Bíblico Adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1992), tomo 7, p. 931.
[27] El Conflicto, p. 115.
[28] El Conflicto, pp. 79, 85, 109, 169.
[29] Jaime White, A Word to the Little Flock, p. 13. Citado por Frank M. Hasel, Presuposiciones en la interpretación de las Sagradas Escrituras, en Reid, op. cit., p. 45 (nota al pie de página).
[30] Testimonios, tomo 8, p. 169.
[31] La Educación, pp. 123, 124, 190.
[32] El Conflicto, p. 217.
[33] Ekkehardt Müller, Pautas para la interpretación de las Escrituras, en Reid, op. cit., p. 138; cf. Koranteng-Pipim, op. cit., pp. 298-312. El método histórico-bíblico no debe ser confundido con el método histórico-crítico predominante en la erudición bíblica actual, que incluye la crítica de las fuentes, de las formas y redaccional, la historia de las tradiciones y la crítica socio-científica.
[34] La Educación, p. 123.
[35] El Camino  a Cristo, p. 56; cf. La Educación, p. 169.
[36] El Camino a Cristo, p. 48.
[37] Declaraciones, p. 228.
[38] La Educación, p. 123. Véase también Testimonios, tomo 6, pp. 403, 407.
[39] La Educación, p. 189.
[40] El Camino a Cristo, p. 48.
[41] Testimonios, tomo 2, p. 443.
[42] Sobre Wiclef, Tyndale y Miller se puede leer en El Conflicto, pp. 61, 140, 169, 212, 213.
[43] Testimonios para los Ministros, p. 134.
[44] La Educación, p. 278.
[45] Citado por Koranteng-Pipim, pp. 306, 307.
[46] El Camino a Cristo, p. 46.
[47] Elena G. de White, El Evangelismo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), p. 142; cf. La Educación, pp. 125, 126.
[48] Elena G. de White, Testimonios para los ministros (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2013), pp. 132, 134.
[49] Declaraciones, p. 67. La Declaración Las Santas Escrituras fue aprobada y votada por la Junta Administrativa de la Asociación General (AD-COM), y publicada por la oficina del presidente, Robert S. Folkenberg, en el Congreso de la Asociación General celebrado en Utrecht, Holanda, entre el 29 de junio y el 8 de julio de 1995.
[50] Declaraciones, p. 227. Métodos de estudio de la Biblia, es un documento presentado por la Comisión de Métodos para el Estudio de la Biblia y aprobado por la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en el Concilio Anual celebrado en Río de Janeiro, Brasil, el 12 de octubre de 1986. Puede ser leído en español también en: Samuel Koranteng-Pipim, Recibiendo la Palabra. ¿Cómo afectan a nuestra fe los nuevos enfoques bíblicos? (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1997), pp. 401-409; George W. Reid (ed.), Entender las Sagradas Escrituras (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2010), pp. 403-413.
[51] Declaraciones, p. 231.
[52] Testimonios, tomo 5, p. 659.
[53] Testimonios para los Ministros, p. 105.
[54] Testimonios, tomo 4, p. 450.
[55] Chantal J. Klingbeil, Mirando más allá de las palabras – Pragmática lingüística y su aplicación a los estudios bíblicos. En: Merling Alomia et al (ed.), Entender la Palabra: Hermenéutica Adventista para el Nuevo Siglo (Editorial UAB, Cochabamba, Bolivia, 2000), p. 134.
[56] Jay Dennis, Los hábitos de Jesús (Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas, 2006), p. 214.
[57] cf. Mateo 11:10; 21:13; 26:24, 31; Marcos 1:2; 7:6; 9:12, 13; 11:17; 14:21, 27; Lucas 2:23; 3:4; 7:27; 19:46; 20:17; 22:37; 24:44, 46; Juan 6:41, 45; 8:17; 10:34; 12:14.
[58] La Educación, p. 52.
[59] La Educación, p. 65.
[60] El Conflicto, p. 45.
[61] El Camino a Cristo, p. 47; cf. La Educación, p. 191.
[62] Testimonios, tomo 2, p. 307.
[63] Testimonios, tomo 2, p. 447.
[64] Véase: Warren, op. cit., pp. 29-42, 209-233; Braga, op. cit., p. 249; Müller, op. cit., pp. 157-163; Koranteng-Pipim, op. cit., 308, 309; William W. Klein, Manual para el estudio bíblico personal (Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas, 2010), pp. 278-283; Gordon D. Fee, Exégesis del Nuevo Testamento. Manual para estudiantes y pastores (Editorial Vida, Deersfield, Florida, 1992), pp. 42, 43.
[65] Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 355. De aquí en adelante será citado como El Deseado con las respectivas páginas. cf. Oscar Hernández, Con la Biblia en mis manos (Asociación Publicadora Interamericana, Miami, Florida, 2000), pp. 66-73.
[66] Müller, op. cit., p. 139.
[67] Arturo G. Daniells, El permanente don de profecía (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1980), pp. 311-331.
[68] Daniells, pp. 332-349.
[69] Daniells, pp. 297, 298.
[70] Sobre métodos de estudio, hermenéutica e interpretación de los escritos de Elena G. de White, se puede leer: George R. Knight, Introducción a los escritos de Elena G. de White (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2014); Juan Carlos Viera, La Voz del Espíritu (Nampa, Idaho: Pacific Press Publishing Association, 1998), pp. 103-122; Herbert E. Douglass, Mensajera del Señor. El Ministerio Profético de Elena G. de White (Asociación Casa Publicadora Sudamericana, Buenos Aires, 2000), pp. 372-443; Cómo interpretar los escritos proféticos, en Gerhard Pfandl, El don de profecía. El lugar de Elena de White en la iglesia remanente de Dios (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2008), pp. 131-144; Los beneficios del don profético, en Gerhard Pfandl, El don de profecía. El lugar de Elena de White en la iglesia remanente de Dios (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2008), pp. 145-157; Gerhard Pfandl, La interpretación de los escritos de Elena G. White, en Advenimiento, volumen 4, pp. 5-14, 2010; Daniel Vera Paredes, El principio Sola Scriptura y los escritos de Elena G. de White como manifestación del espíritu de profecía de acuerdo a la escatología bíblica, en Advenimiento, volumen 4, pp. 15-32, 2010.
[71] Elena G. de White, Review and Herald, 26 de febrero de 1856. Citado por Daniells, p. 310.
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