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miércoles, 15 de abril de 2015

Comentario exegético-devocional del libro del profeta Abdías

Comentario exegético-devocional del libro del profeta Abdías[1]

Introducción

El presente comentario exegético – devocional del libro del profeta Abdías tiene su génesis en los requisitos de la asignatura Ministry and Spiritual Life, dictada por la Dra. Carol Tasker, PhD., y cursada como parte del Magíster en Educación Religiosa impartida por el Adventist International Institute of Advanced Studies (AIIAS) en las dependencias de la Universidad Adventista de Chile durante el verano del año 2012.
Las ideas vertidas son el resultado de las reflexiones y estudio devocional[2] del autor en torno al mensaje profético de Abdías sobre la nación pagana de Edom. El trabajo original fue realizado en un período de veinticinco días entre el miércoles 8 de febrero y el sábado 3 de marzo del año 2012. Posteriormente, se ha ido enriqueciendo y complementando desde esa fecha hasta el presente.
El texto bíblico base utilizado fue la Versión Reina-Valera de 1960 (RVR60). Con el propósito de clarificar o enriquecer alguna idea se hizo uso con el tiempo de otras versiones de la Biblia en español. Estas versiones son: Dios Habla Hoy (DHH), Nueva Versión Internacional (NVI), Reina Valera Contemporánea (RVC) y Traducción en Lenguaje Actual (TLA).
Espero que el presente estudio sea de interés y ayuda de mis lectores y pueda contribuir, por una parte, al conocimiento del mensaje del libro de Abdías y de sus profundas enseñanzas morales y, por otro lado, pueda incentivar el estudio exegético y devocional de otros libros (o porciones de libros) de las Sagradas Escrituras.

Comentario

Abdías 1
“Visión de Abdías”. Esta visión es una “profecía”, una “revelación” dada por Dios, “el Señor” (DHH).
“Abdías” (v. 1a), ’Obadyah, es un nombre hebreo que significa “siervo de Yahweh”. No siempre los siervos de Dios tenían mensajes halagüeños para el pueblo. Muchas veces tuvieron que denunciar sus pecados. En esta oportunidad, el profeta judío Abdías denuncia los pecados de una nación pagana, hermana de Israel, le demuestra su malestar y les manifiesta su retribución.
Es una “visión… en cuanto a Edom” (v. 1b, RVR60). Edom es el nombre de la nación descendiente de Esaú, hermano gemelo de Jacob. Esaú significa “velludo”. Fue llamado así porque al nacer “tenía la piel rojiza y todo el cuerpo cubierto de pelo” (Génesis 25: 25, TLA). Jacob nació asido a su calcañar, queriendo ocupar su lugar. Jacob significa “usurpador” (cf. Génesis 25: 26). Esaú recibió por sobrenombre Edom. Edom significa “rojo”, por el color de pelo de Esaú o por el color del guiso con el cual vendió su primogenitura a Jacob (cf. Génesis; cf. 36: 1, 8, 9, 43). El nombre Edom tiene su raíz en Adam, el nombre del primer ser humano, hecho del polvo de la tierra, la arcilla rojiza, (‘adam, en hebreo) y en este contexto representa lo humano, lo terrenal, lo material y temporal, en contraposición de lo divino, lo eterno y lo espiritual del reino de Dios que se acerca y que se instalará para siempre (cf. v. 21).
Con el tiempo, Esaú se convirtió en hombre del campo y gustaba de la caza. Esaú prefirió el placer y el bienestar temporal antes que los privilegios y sublimes promesas de la primogenitura, dando preferencia a lo pasajero y material en lugar de lo espiritual y eterno. Eso le llevó a casarse con mujeres cananeas. El testimonio de Moisés es el siguiente: “Esaú tenía cuarenta años de edad cuando se casó con Judit hija de Beerí, el hitita. También se casó con Basemat, hija de un hitita llamado Elón. Estas dos mujeres les causaron mucha amargura a Isaac y a Rebeca” (cf. Génesis 26: 35, NVI). Con estas mujeres Esaú tuvo doce hijos. De sus hijos se originó una gran y poderosa nación que se asentó al sur-este de Israel, los edomitas.[3]
Por otro lado, Jacob dio origen a la nación de Israel. Luego de su regreso de la esclavitud de Egipto, los descendientes de Jacob se asentaron en los territorios de Cannán a uno y otro lado del río Jordán. Las doce tribus de Israel llegaron a su apogeo como nación en tiempos de David y Salomón.
Como naciones, Israel y Edom eran enemigas. Los edomitas siempre miraron y trataron con recelo y desprecio a sus “hermanos” israelitas. La enemistad entre Jacob y Esaú perduró con el tiempo y sus relaciones se deterioraron.
En estos primeros versículos, se hace manifiesto que Dios tiene un pleito contra Edom y lo ha hecho público enviando mensajeros a todo el mundo con el mensaje de levantarse en contra de esta nación. Ellos serán, finalmente, los agentes de la justicia del Señor. Dice Jehová: “¡Vamos, marchemos a la guerra contra ella!” (v. 1c, NVI; cf. Jeremías 49: 14). “Naciones, ¡acérquese a escuchar! Pueblos, ¡presten atención! ¡Que lo oiga la tierra…! […] Miren como desciende en juicio contra Edom” (Isaías 34: 1, 5, NVI).
Abdías 2
Dios llama a Edom “pequeño”, “insignificante”, “abatido”, “despreciable” (v. 2; cf. Jeremías 49: 15). ¿Por qué? Porque Edom se ha llenado de “soberbia”, engañándose a sí mismo por el orgullo de su corazón. Hizo para sí moradas altas, entre las peñas del Monte de Seir. Selá era la capital del reino de Edom. Los griegos llamaron a la ciudad Petra, la ciudad de piedra. Se creía inexpugnable, invencible. Llegó a pensar que nadie podría derrotarla. Edom exclamó: “¿Quién me derribará a tierra?” (v. 3, u.p.).
Abdías 3
“¿Quién me derribará a tierra?” (v. 3b, RVR60).
¿Qué pasó con Edom? ¿Qué sucedió que la tornó tan orgullosa al punto de que Jehová se levanta en batalla contra ella? ¿Por qué motivo tenía sus moradas en las hendiduras de las peñas?
¿Cómo puede la soberbia engañar el corazón a tal punto que Dios tenga que tomar al hombre y hacerlo pequeño, abatirlo en gran manera y derribarlo?
Según las Escrituras, los profetas Isaías (Isaías 34: 1-17; 63: 1-6), Jeremías (49: 7-22), Ezequiel (25: 12-14; 35: 1-15), Joel (3: 19-21), Amós (1: 11, 12) y Malaquías (1: 2-5) escribieron profecías y mensajes en contra de la nación de Edom y sus visiones no eran de muy buenas noticias para ella. ¿Tan corrompida se volvió esta nación? ¿Tendrán acaso esas profecías un cumplimiento escatológico? Es decir, ¿tendrá Edom un paralelo en el mundo contemporáneo?
Hoy también Dios se levanta contra la soberbia del corazón humano. El orgullo es un pecado grave a los ojos de Dios. El hombre se exalta a sí mismo, Dios le humilla y le recuerda quién es. El ser humano piensa o cree que todo lo que hace durará para siempre. Dios nos recuerda nuestra temporalidad. No podemos menos que decir: “Señor del cielo y de la tierra, humilla mi corazón día a día para ver tu gloria y ser exaltado por ti cuando regreses. Enternece mi corazón, Señor, para ser humillado continuamente delante de ti”.
Abdías 4
A la pregunta de Edom: “¿Quién podrá arrojarme a tierra?” (v. 3c, NVI), el Señor responde de manera enfática: “Aunque vueles a lo alto como águila, y tu nido esté puesto en las estrellas, de allí te arrojaré” (v. 4, NVI; cf. Job 39: 27, 28). Edom pensaba que por habitar en una “altísima morada” (v. 3b, RVR60) nadie la alcanzaría. Por ejemplo, la ciudad de Selá (llamada Petra por los griegos) estaba en una posición defensiva excelente, ubicada en un angosto valle rodeado por precipicios rocosos (cf. Jeremías 49: 16). La fortaleza montañosa natural en la que el pueblo edomita vivía, le había exacerbado su sentido de seguridad. Habían llegado a depender de aquel refugio entre las peñas. Sin embargo, Jeremías le había advertido: “Tu arrogancia te engañó, y la soberbia de tu corazón” (Jeremías 49: 16, RVR60).
La expresión “altísima morada” (v. 3b, RVR60) nos recuerda a la pretensión de Lucifer. La fraseología y las alusiones de los versículos 3 y 4 son muy similares a la utilizada en Isaías 14: 11-15. Estos textos hablan de ser soberbio (cf. Isaías 14: 11), de caer del cielo (cf. Isaías 14: 12), de caer o ser derribado a tierra (cf. Isaías 14: 12, 15), de estar junto a las estrellas (cf. Isaías 14: 13), de estar en el monte o montaña (cf. Isaías 14: 13), de estar en las alturas de las nubes (cf. Isaías 14: 14), de altas moradas (cf. Isaías 14: 13, 14), de la soberbia de uno (Edom / Babilonia) y la reacción negativa de otro (Dios). En este sentido Edom y Babilonia se parecen.
Edom pregunta: “¿Quién…?” (Abdías 3c); y Babilonia pregunta: “¿Quién…?” (Jeremías 50: 44; cf. Apocalipsis 13: 14; 18: 18). Pero también Jehová pregunta: “¿Quién es semejante a mí y quién me emplazará?” (Jeremías 49: 19, RVR60; cf. Éxodo 15: 11). No olvidemos que el nombre celestial de Jesús es Miguel, que significa “¿Quién como Dios?” (cf. Apocalipsis 12: 7; Daniel 12: 1).
¡Qué abismante contraste! Lucifer se exaltó (Edom también lo hizo) y Jehová la humilló. Jesús se humilló a sí mismo (Filipenses 2: 5ss) y Jehová lo exaltó. Esa es la regla celestial:
“Porque Dios humilla al orgulloso y salva al humilde” (Job 22: 29, DHH).
“El Señor exalta a los humildes, y humilla hasta el polvo a los malvados” (Salmos 147: 6, RVC).
La humildad precede a la honra” (Proverbios 15: 33b, NVI).
“Dios se opone a los orgullosos, pero trata con bondad a los humildes” (Santiago 4: 6b, DHH; cf. 1 Pedro 5: 5).
“Por lo tanto, muestren humildad bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo” (1 Pedro 5: 6, RVC).
Jesús enseñó esta  misma verdad diciendo: “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23: 12, RVC; cf. Lucas 14: 11; 18: 14). Aún en el libro apócrifo de Eclesiástico encontramos la misma enseñanza: “Dios derriba del trono a los orgullosos, y en lugar de ellos pone a los humildes” (Eclesiástico 10: 14, DHH).
Los edomitas confiaban en sus fortalezas de piedra, construidas sobre roca sólida y de difícil acceso. Todo sería destruido, dijo el Señor. Su orgullo no quedaría impune.
Una última reflexión en estos textos: “Si te remontares como águila y aunque en las estrellas pusieses tu nido, de ahí te derribaré” (v. 4, RVR60; cf. Jeremías 49: 16). ¿Podemos escondernos de la presencia Dios? Recuerdo que cuando niño teníamos un pino en el centro del patio trasero de nuestra casa. Era mi lugar personal de meditación y de estudio. Me subía a él cada vez quería estar solo. Había acondicionado una rama de tal manera que incluso podía dormir en ella. Era mi refugio. Era mi “morada en las alturas”. Pero también se transformó en el lugar adonde me escondía cuando hacía alguna travesura. Allí, pensaba yo, mi madre no podría alcanzarme. Sin embargo, ella sabía que yo estaba allí y tarde o temprano debería bajar… Y el castigo llegaba de todas maneras.
El salmista reflexiona: ¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me  estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! Y si dijera: «Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío», ni las tinieblas serían oscuras para ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para ti las tinieblas que la luz! (Salmo 139: 7-12, NVI).
El Señor nos conoce demasiado como para engañarlo. Ni aún nuestros pensamientos escapan de su omnisapiencia. El resto de las Escrituras atestiguan de esta limitada condición humana frente a la infinitud del conocimiento de Dios:
“Oh, Jehová, tú me has examinado y conocido” (Salmo 139: 1, RVR60).
“Yo conozco que todo los puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti” (Job 42: 2, RVR60).
“Pues aún no está la palabra en mi lengua y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Salmo 139: 4, RVR60).
Aunque cavasen hasta el Seol, de allá los tomará mi mano; y aunque subieren hasta el cielo, de allá los haré descender” (Amós 9: 2, RVR60).
Del maestro Jesús se dice que “no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2: 25, RVR60). El mismo apóstol Pedro reconoció este don y aseguró: “Señor, tú lo sabes todo” (Juan 21: 17, RVR60).
Huir de Dios es imposible. Su Espíritu nos alcanza a donde estemos. Pero nos alcanza para devolvernos a hogar, para restaurar y perdonar. El orgullo nos separa de Dios y nos exaltamos, pero el Espíritu de Dios nos acerca a él humillados. La soberbia no agrada al Señor y nos lleva a la perdición. La humildad nos atrae a Cristo. El nos alcanza en donde estemos y nos llama con su Espíritu para estar con nosotros para siempre. “El Espíritu y la esposa dicen: Ven. Y el que oiga diga: Ven, y tome del agua de vida gratuitamente” (Apocalipsis 22: 17, RVR60).
El versículo 4 termina con la misma sentencia escalofriante con que se inicia el versículo 1: “Así ha dicho Jehová”. Cuando Dios habla no se equivoca. Esa fórmula divina era la forma en que los profetas iniciaban sus oráculos. Es Dios quien habla por medio de los profetas. Los profetas y apóstoles escribieron: “Testificaste con tu Espíritu por medio de tus profetas” (Nehemías 9: 20, 30, RVR60). “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3: 16, RVR60) y “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1: 21, RVR60).
La Palabra de Dios es poderosa. Por la palabra de Dios fue creado el universo (Hebreos 11:3). La palabra de Dios es eterna: “La palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40: 8, RVR60). Podemos confiar plenamente en la palabra de Dios.
Abdías 5, 6
En su pleito con Edom (Esaú), la nación orgullosa, Dios examinó todo: “¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú!” (v. 6, RVR60; énfasis añadido). En realidad, el Dios omnisapiente es el único que puede hacerlo. Las Escrituras afirman:
“Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos” (Salmo 139: 2, 3, RVR60; énfasis añadido).
“Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre, la cual escudriña lo más profundo del corazón” (Proverbios 20: 27, RVR60; énfasis añadido).
“Oh, Jehová de los ejércitos, que escudriñas la mente y el corazón” (Jeremías 11: 20; 17: 10; cf. Romanos 8: 27, RVR60; énfasis añadido).
Abdías sigue insistiendo en dos ideas principales:
-      El pecado de Edom fue grande y por su orgullo fue derribado. La soberbia de su corazón llevó a esta nación a la ruina: “¡Cómo has sido destruido!” (v. 5, RVR60).
-      Nada escapa a la vista de Dios: “¡Como fueron escudriñadas las cosas de Esaú!… Sus tesoros escondidos fueron buscados” (v. 6, RVR60; cf. Ezequiel 35: 12, 13).
Aún los ladrones (“robadores”, RVR60, o “despojadores”, según Ezequiel 39: 10; cf. Jeremías 49: 9) dejan algo y sólo roban lo que les basta; y los vendimiadores dejan algo, algún rebusco para los pobres, los huérfanos y las viudas, según las leyes levíticas (v. 5; cf. Levítico 19: 10; Deuteronomio 24: 21). Sin embargo, lo “tesoros” de Esaú/Edom, sus ricas minas de cobre y hierro, sus bodegas llenas de riquezas naturales, “fueron buscados” sin faltar ninguno, por aquel que escudriña los corazones (v. 6).
El Señor había anunciado por Jeremías: “Mas yo desnudaré a Esaú, descubriré sus escondrijos, y no podrá esconderse” (Jeremías 49: 10, RVR60). Dios escudriña y conoce profundamente el corazón del hombre. No hay acción, pensamiento o intención que pueda ser escondida ante él. “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender” (Salmo 139: 6, RVR60). Nuestro conocimiento es parcial, aún de nuestro propio corazón. Dejemos que Dios escudriñe nuestro corazón con su divina lámpara para ser visto tal cual es y pueda socorrernos para que sea cambiado, renovado.
Abdías 7
“Los que estaban de tu parte y decían que eran tus amigos te pusieron trampas y te engañaron; los que compartían tu mesa se volvieron tus enemigos, te echaron de tu propia tierra ¡y tú ni cuenta te diste!” (v. 7, TLA).
Nuestras acciones producen reacciones. Muchas veces esas reacciones son adversas, contrarias y vienen de quien menos uno lo espera, de amigos, familiares, vecinos. Edom hizo lo malo y recibió el pago por su maldad. Sembró orgullo y discordia y cosechó exactamente lo mismo. Dejó a Jehová y fue tras sus “aliados”. Recibió la debida retribución. Sus “aliados”, quienes habían pactado con Edom, lo engañaron (v. 7a) y lo arrojaron hasta los confines (v. 7b). Los que “estaban en paz” con Edom prevalecieron contra él (v. 7c) y los que comían de su mismo pan “pusieron lazo” debajo de sus pies (v. 7d). El profeta exclama con asombro: “¡No hay en ello entendimiento!” (v. 7e, RVR60) o, mejor dicho, “¡Edom no tiene inteligencia!” (v. 7e, DHH). Al respecto, el profeta Isaías se preguntaba: “¿Se acabó el consejo de los inteligentes? ¿Acaso se ha echado a perder su sabiduría?” (Jeremías 49: 2, NVI).
Es verdaderamente incomprensible que aquellos que deberían estar contigo, de un día para otro y sin mediar ningún aviso, te den la espalda. Tenemos en las Escrituras ejemplos claros de esta actitud incomprensible. Por ejemplo, Edom también era descendiente de Abraham e Isaac. Conocía las mismas promesas dadas al padre de la nación hebrea (cf. Génesis 12: 1-3; 15: 1-21; 17: 1-16) y recibió una amorosa bendición de parte de su padre Isaac (Génesis 27: 39, 49). Pero dejó a su Jehová, su Dios. Por otro lado, el propio Israel que tenía las promesas, que fueron depositarios de la santa Ley y que de su simiente nacería el Salvador, dejó a Jehová, su Dios. Igualmente, los judíos no reconocieron al Mesías cuando fue hecho carne y habitó en medio de ellos. También dejaron a su Dios. Y nosotros, ¿cuántas veces hemos dejado de lado al Señor, le hemos dado la espalda y no hemos retribuido de manera adecuada su inmenso amor y cuidado? ¿Cuántas veces hemos despreciado sus llamados y derrochado sus bendiciones?
“¡No hay en ello entendimiento!” (v. 7e, RVR60). Realmente es incomprensible la manera en que actuamos. Somos objeto del inmenso amor de Dios, tenemos y disfrutamos de los privilegios de ser hijos de Dios y miembros de la familia celestial; se nos conceden a diario bendiciones sobreabundantes, las cuales no siempre son apreciadas en su verdadera dimensión o, incluso, no somos plenamente conscientes de ellas, pero nuestro altivo corazón no valora aquello, se torna más y más orgulloso y se cree merecedor de de las más altas misericordias del cielo, como si hubiese algo en nosotros que nos hiciera dignos del infinito amor de Dios. El profeta ya lo ha dicho: “¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú!” (la nación rebelde y orgullosa que se transforma en un símbolo adecuado de todos aquellos que han menospreciado a Dios y, entre ellos, puedo estar yo mismo). Y otra vez digo junto a Abdías: “¡No hay en ello entendimiento!”.
Sin duda, una tarea muy difícil de realizar es convencer a quien ha endurecido su corazón de que debe abrirlo a la santa influencia del Espíritu de Dios. Son muchos aún los que moran en “altísimas moradas”, cuyo orgullo les ha elevado “entre las Estrellas” y cuyos “tesoros” parecen ocultos a la vista de Dios. ¡Cuántos de ellos gustaron en el pasado, tal como Esaú, del privilegio de ser un hijo de Dios! ¿Cómo fue que su corazón se tornó duro como una roca? “¡No hay en ello entendimiento!”.
¿Y qué decir de aquellos que en su “locura” contra Dios arrastran a otros bajo el pretexto de “yo no hago nada malo”? A Esaú se le advirtió que su “morada” (v. 3) y su “nido” (v. 4) serían derribados. Esto es más incomprensible todavía, pues muchos padres arrastran a sus hijos a la perdición; muchos esposos y esposas llevan a sus cónyuges a la soberbia altiva que los separa de Dios; muchos amigos en lugar de ser luz para sus compañeros los arrastran a las más densas tinieblas. Ellos también gozaron del amor de Dios y ahora son contados entre aquuellos cuyas vidas fueron “escudriñadas” (v. 6) y Jehová viene contra ellos “en batalla” (v. 1). “¡No hay en ello entendimiento!”.
El Señor es, sin duda, quien debe estar más sorprendido de la reacción adversa de sus hijos. “A lo suyo vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1: 11, RVR60), aunque se declara que vieron “su gloria, gloria como el unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1: 14).
Muy triste será el día en que el mundo reciba su justa retribución por haber dejado a Jehová, por haber menospreciado la gracia de Dios (cf. Jeremías 49: 17). Aquella retribución la recibirán todos. Satanás recibirá los escarnios de la gente que engañó. Ellos dirán: “¡Cómo paró el opresor! […] ¿Tú también te debilitaste como nosotros y llegaste a ser como nosotros?” (Isaías 14: 4, 10, RVR60). “Todos los que te conocieron de entre los pueblos se maravillarán sobre ti” (Ezequiel 28: 19, RVR60). También Babilonia recibirá los escarnios de todos aquellos a quienes engañó: “Dejadla y vámonos cada uno a su tierra […] ¡Cómo fue apresada Babilonia y fue tomada la que era alabada por toda la tierra!” (Jeremías 51: 9, 41, RVR60). “Y los diez cuernos que viste en la bestia, éstos aborrecerán a la ramera, y la dejarán desolada y desnuda; y devorarán sus carnes, y la quemarán con fuego” (Apocalipsis 17: 16, RVR60; cf. 18: 9, 10, 16, 19).
La retribución llegará para todos. Aún así el Señor nos llama (cf. Apocalipsis 3: 20). Cristo sabe del rechazo. “Y si le preguntan: “¿De qué son esas heridas en tus manos?”, aquél responderá: “Son las heridas que me hicieron mis amigos, mientras estaba en su casa” (Zacarías 13: 6, RVC). Pero está dispuesto y cercano a perdonar.
Abdías 8
Jehová pregunta: “¿No haré que perezcan en aquel día…?” (v. 8a, RVR60). Jehová sigue en su juicio contra Edom. Recapitulemos: Dios se ha levantado contra Edom en batalla (v. 1), lo ha hecho pequeño (v. 2a), abatido en gran manera (v. 2b), lo ha derribado (v. 3c, 4b), escudriñado y buscado (v. 6). Ahora le dice: “Haré que perezcan”.
“Aquel día”, recuerda el día de Jehová. Una vez más el Señor recuerda que la retribución llegará (cf. v. 15). “Aquel día” podría referirse a un día de juicio determinado. También podría hacer referencia a la venida del Mesías (para nosotros, la primera venida de Jesús) o a la Segunda Venida de Jesús, el día del juicio final de Dios.
En este texto, Abdías nos recuerda por tercera vez que es Jehová el que habla. “Dice Jehova” (v. 8b, RVR60), nos evoca que esta visión viene de él (cf. comentario al v. 4). Y otra vez más adelante nos recordará lo mismo (v. 18). Cuando Jehová habla no se equivoca y su palabra se cumple. Es el único “político” que cumple sus promesas al pie de la letra. Sus amonestaciones también se cumplen.
Esta sentencia contra los “sabios” y los “prudentes” de Edom (v. 8c), nos amonesta en contra de la sabiduría y la prudencia humana que, en realidad, no es tal (cf. 1 Corintios 3: 18-20). La verdadera sabiduría viene de Jehová (Proverbios 2: 6; Santiago 1: 5). La verdadera prudencia viene de Jehová (1 Reyes 4: 29. El Señor nos amonesta a no confiar en nuestra propia sabiduría ni en nuestra propia prudencia (proverbios 3: 5-7; Romanos 12: 16). Edom fue engañado debido a que siguió sus propios impulsos (cf. Jeremías 49: 7; Isaías 47: 10).
Seguir nuestros propios caminos pueden llevarnos a la perdición en “aquel día”. La sabiduría y la prudencia propia producen orgullo y soberbia. La verdadera sabiduría y la verdadera prudencia, al ser dones del Dios, producen humildad y un corazón de acuerdo al corazón de Dios.
Abdías 9, 10
Los juicios de Dios contra Edom continúan. Los hombres valientes de Temán y del monte de Esaú (Edom) serán amedrentados, avergonzados y cortados para siempre (cf. Isaías 13: 7, 8). ¿Por qué? Por el “estrago” (v. 9, RVR60) y la “masacre” (v. 9, NVI), por la “injuria” (v. 10, RVR60) y la “violencia” (v. 10, NVI) a su hermano Jacob (Israel). Dice el profeta: “Por haber maltratado y matado a tu hermano Jacob” (v. 10, DHH), es decir, “por haber tratado con violencia a tus parientes, los israelitas” (v. 10, TLA), “por la violencia cometida contra el pueblo de Judá, en cuya tierra derramaron sangre inocente” (Joel 3: 19, NVI). El profeta Ezequiel denuncia: “Entregaste a los hijos de Israel al poder de la espera en el tiempo de su aflicción, en el tiempo extremadamente malo” (Ezequiel 35: 5, RVR60). El daño fue general. Estas acciones implican tanto el daño verbal, como el moral y físico. El profeta atestigua: “Yo Jehová he oído todas tus injurias que proferiste contra los montes de Israel, diciendo: Destruidos son… Y os engrandecisteis contra mí con vuestra boca y multiplicaste contra mí vuestras palabras. Yo lo oí” (Ezequiel 35: 12, 13, RVR60). Edom atentó contra la integridad total de su hermano Israel.
Aquí comienzan a enumerarse las razones de los juicios contra Edom. Su orgullo y altivez de espíritu le llevó a dañar a sus hermanos del pueblo escogido de Dios. El tipo de daño producido se detalla en los versículos 11 al 14.
¿Será que un corazón orgulloso es capaz de hacer daño aún a sus hermanos? ¿Será que nuestro altivo corazón podría producir daño físico y moral a quienes nos consideran cercanos? La experiencia de Edom y Jacob, tanto de las personas originales como de las naciones que surgieron de su seno, nos confirman la veracidad de esta triste realidad.
Abdías 11
Dice Jehová a través del profeta:
“El día que estando tú [Edom] delante:
(1)  “llevaban extraños cautivo su ejército [el de Israel]”;
(2)  “extraños entraban por sus puertas [de Jerusalén]”;
(3)  “echaban suertes sobre Jerusalén”;
“Tú [Edom] también eras como uno de ellos” (v. 11, RVR60).
“El día que…”, fue la ocasión en que los babilonios produjeron la caída y el saqueo de la ciudad de Jerusalén (cf. Jeremías 25: 1-21; 39: 1-10; 52: 1ss; Daniel 1: 1-6) en el año 587/586 a. C.[4]
Edom injurió a su hermano Jacob el día en que se puso de parte del ejército babilónico cuando éste irrumpió por el Reino de Judá y derribó las puertas de Jerusalén. Aquel día “el enemigo saqueó las riquezas de la ciudad”, “los soldados extranjeros rompieron las puertas de Jerusalén”, “se rifaron sus despojos y se llevaron sus riquezas” (v. 11, DHH). Aquel día, los edomitas “delinquieron en extremo” (Ezequiel 25: 12, RVR60) y se vengaron “cruelmente del pueblo de Judá” (Ezequiel 25: 12, TLA).
El profeta Amós acusó a Edom de “perseguir espada en mano a su hermano, violando así todo afecto natural” (Amós 1: 12, RVC). Tristemente ese día, Edom se hizo parte del ejército enemigo y no se puso de parte de su hermano Israel. El profeta acusa a Esaú diciendo: “¡Tú te hiciste a un lado!” […] “¡Tú te portaste como uno de ellos!” (v. 11, DHH); “¡Y no hiciste nada para impedirlo!” (v. 11, TLA).
Ese día fue un día muy triste. Ser entregado a muerte por un hermano o por algún ser amado debe ser uno de los momentos más penosos en la vida de una persona. Cristo también sabe de esto. El fue herido en casa de sus amigos. Fue menospreciado y entregado a muerte por nosotros (cf. Isaías 53). La traición duele y causa daño: amigos, matrimonios y novios sufren como consecuencia de una traición.
Incluso Jesús enseñó que en el futuro seremos entregados a la justicia y a la muerte por nuestros propios hermanos, padres, madres o amigos. Dicen los evangelios:
Entonces los entregarán a ustedes para que los persigan y los maten, y los odiarán todas las naciones por causa de mi nombre. En aquel tiempo muchos se apartarán de la fe; unos a otros se traicionarán y se odiarán” (Mateo 24: 9, 10, NVI).
“El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo. Los hijos se rebelarán contra sus padres y harán que los maten. Por causa de mi nombre todo el mundo los odiará […] Los enemigos de cada cual serán los de su propia familia” (Mateo 10: 21, 22, 36, NVI).
“Ustedes serán traicionados aun por sus padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de ustedes se les dará muerte. Todo el mundo los odiará por causa de mi nombre” (Lucas 21: 16, 17, NVI; cf. Marcos 13: 12, 13).
Sin embargo, aún en medio de estas terribles pruebas, el Señor cumplirá su promesa: “Pero no se perderá ni un solo cabello de su cabeza. Si se mantienen firmes, se salvarán” (Lucas 21: 18, 19; cf. Mateo 10: 22; 24: 13; Marcos 13: 13).
Qué reconfortante es saber que nada escapa a la vista de Dios. Nuestras alegrías y tristezas; nuestros triunfos y derrotas; nuestros altos y bajos; nuestros aciertos y desaciertos; nuestros avances y retrocesos; todo está presente ante sus ojos. Somos la “niña” de sus ojos, preocupado de los más mínimos detalles de la vida de sus hijos: “Todos vuestros cabellos están contados” (Mateo 10: 30, RVR60; cf. Lucas 12: 7).
En el tiempo del fin ocurrirán cosas extrañas e incomprensibles. “¡No hay en ello entendimiento!”.
Lo anterior, hace formular nuevamente la pregunta: ¿Será que Edom tiene su paralelo escatológico? Si es así, ¿cómo podremos identificarlo?
Abdías 12-14
El profeta continúa mencionando los pecados de Edom en contra de la nación hermana de Israel. Acusa el profeta:
No debiste reírte de tu hermano en su mal día, en el día de su desgracia. No debiste alegrarte a costa del pueblo de Judá en el día de su ruina. No debiste proferir arrogancia en el día de su angustia. No debiste entrar por la puerta de mi pueblo en el día de su calamidad. No debiste recrear la vista con su desgracia en el día de su calamidad. No debiste echar mano a sus riquezas en el día de su calamidad. No debiste aguardar en los angostos caminos para matar a los que huían. No debiste entregar a los sobrevivientes en el día de su angustia” (vv. 12-14, NVI).
Los edomitas no sólo fueron observadores burladores y pasivos, sino que actuaron en contra de su pueblo hermano, entrando en la ciudad y usurpando sus bienes. La “injuria” de Edom hacia Jacob consistió en que se burló de su hermano en el día en que la calamidad tocó a su puerta. No tuvo compasión. Además todo se hizo con cierta progresión: mirar, reír y burlarse (v. 12); mirar, entrar y sacar (v. 13); entregar y matar (v. 14). Edom miró, se rió, se burló, entró, saqueó, entregó a muerte y dio muerte a sus hermanos israelitas. Por esta razón, el Señor está indignado con este pueblo perverso y promete vengarse. Israel, aunque reconoció que su hermano Edom le hizo daño, no tomó la venganza en sus manos ni quiso retribuir por sí mismo la afrenta recibida. En lugar de ello confió en la poderosa mano vengadora de Jehová. En su oráculo contra Edom, el profeta Isaías afirma: “La espada del Señor aparece en el cielo y va a caer sobre Edom […] Sí, será el día de la venganza del Señor, el año del desquite, para la causa de Sión” (Isaías 34: 5, 8, DHH).
Dice el Señor:
“Juicio sin misericordia será hecho con aquel que no hiciere misericordia” (Santiago 2. 21, RVR60).
“Sólo pienso en el día de la venganza; ¡ha llegado el año de mi redención!” (Isaías 63: 4, RVC).
 “Voy a enviar una terrible desgracia contra los habitantes de Edom, pues ya es hora de que los castigue” (Jeremías 49: 8, TLA).
“Voy a levantar mi mano para castigar a Edom y destruir a sus hombres y sus animales. Lo voy a dejar en ruinas. Desde Temán hasta Dedán, la gente morirá a filo de espada. Me vengaré de Edom… Así sabrán lo que es mi venganza. Yo, el Señor, lo afirmo” (Ezequiel 25: 13, 14, DHH).
“Dile que así ha dicho Dios el Señor: Yo estoy contra ti, monte de Seir. Voy a extender mi mano contra ti, y te convertiré en desierto y soledad. Asolaré tus ciudades, y quedarás desolado. Así sabrás que yo soy el Señor […] Monte de Seir, yo voy a convertirte en desierto y soledad. Voy a destruir a todo el que pase junto a ti. Voy a llenar tus montes con tus muertos. Los que mueran a filo de espada llenarán tus colinas, tus valles y todos tus arroyos. Voy a dejarte en ruinas para siempre. Jamás tus ciudades volverán a ser reconstruidas. Así sabrán que yo soy el Señor” (Ezequiel 35: 3, 4, 7-9, RVC).
“Pondré fuego a Temán, y ese fuego destruirá los palacios de Bosrá” (Amós 1: 12, DHH).
“Si los edomitas, descendientes de Esaú, dijeran: Hemos sido destruidos, pero reconstruiremos nuestra nación, el Señor todopoderoso respondería: Ellos reconstruirán, pero yo los destruiré otra vez. Su país será llamado “País de maldad” y “Nación del eterno enojo del Señor”” (Malaquías 1: 4, DHH).
Es un pecado grave a los ojos del Cielo hacerles daño a los hijos de Dios. Nuestro Dios es un Dios vengador, que retribuye todo perjuicio hecho a sus hijos: físico, mental, emocional o espiritual. Contra Edom y sus descendientes y contra su contraparte escatológica, el Señor está realmente “airado”. El día final será día de venganza para Edom, pero día de redención y restauración para Israel (cf. vv. 17ss). El día de la salvación de Israel también será el día de la retribución de Jehová. Jesús aseguró: “Porque éstos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas” (Lucas 21: 22, RVR60; cf. Oseas 2:7; 9:7; Isaías 35: 4; 63: 4; Ezequiel 35: 15; Abdías 15-18). En la mente de Dios, sólo existen dos alternativas.
En este momento debemos precisar lo siguiente: en el tiempo del fin, los “hermanos” del pueblo fiel de Dios, de aquellos “que guardan los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús” (Apocalipsis 12: 17, RVR60), son conocidos como el “protestantismo apóstata”, la bestia de dos cuernos de Apocalipsis 13 o el falso profeta (Apocalipsis 13: 11; 16: 13). La segunda bestia de dos cuernos hará alianza con la primera bestia de siete cabezas y diez cuernos (Apocalipsis 13: 1-10), el catolicismo apostólico romano, conocida en apocalipsis 17 como la “gran ramera”, para perseguir y dar muerte al pueblo santo de Dios (Apocalipsis 13: 17).
Dice el profeta Juan:
“Y se le permitió (al “protestantismo apóstata”) infundir aliento a la imagen de la bestia (el domingo católico romano), para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase” (Apocalipsis 13: 15, RVR60; énfasis añadido; cf. 16: 13-16).
“Vi a la mujer (el “catolicismo apostólico romano”) ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro” (Apocalipsis 17: 6, RVR60).
“Y en ella (el “catolicismo apostólico romano”, la moderna Babilonia mística) se halló la sangre de los profetas y de los santos y de todos los que han sido muertos en la tierra” (Apocalipsis 18: 24, RVR60; cf. Jeremías 51: 49).
Abdías 15a
“Ya está cerca el día del Señor para todas las naciones” (v. 15a, DHH). Este texto nos deja claro un asunto: Dios no sólo tiene pleito con Edom, sino que su pleito es con “todas las naciones”. Los demás profetas aseguran lo mismo:
“Voy a castigar al mundo por su maldad, a los malvados por sus crímenes. Voy a terminar con la altanería de los orgullosos, voy a humillar a los soberbios e insolentes” (Isaías 13: 11, DHH; cf. 66: 16).
“El Señor está enojado con las naciones y con todos sus ejércitos, y los ha condenado a destrucción y muerte” (Isaías 34: 2, DHH).
Así me dijo el Señor y Dios de Israel: Toma de mi mano la copa del vino de mi furor, y haz que beban de ella todas las naciones a las cuales yo te envío. Cuando la beban, temblarán de miedo y perderán el juicio por causa de la espada que lanzo contra ellas […] Yo estoy descargando la espada sobre todos los habitantes de la tierra […] El estruendo de mi voz se oirá hasta lo último de la tierra, porque yo, el Señor, he entablado un juicio contra las naciones. Yo soy el Juez de la humanidad entera, y dejaré que la espada acabe con los malvados” (Jeremías 25: 15-38, RVC).
“Y pondré mi gloria entre las naciones, y todas las naciones verán mi juicio que habré hecho, y mi mano que sobre ellos puse” (Ezequiel 39: 21, RVR60).
“Reuniré a todas las naciones en el valle de Josafat, y las declararé culpables por todo lo que le hicieron a mi querido pueblo Israel” (Joel 3: 2, DHH; cf. v. 12).
Todas las naciones sufrirán la ira de Dios por haber oprimido a su pueblo. Para Edom ese día está cercano. Y para el resto de las naciones ese “día” está muy “cercano” también. Al respecto, los profetas atestiguan:
“¡Giman, que el día del Señor está cerca! Llega de parte del Todopoderoso como una devastación” (Isaías 13: 6, NVI).
“¡Ay, se acerca el día del Señor! ¡Día terrible, que nos trae destrucción de parte del Todopoderoso!” (Joel 1: 15, DHH; cf. 2: 1).
“¡Ya se acerca el gran día en que vendré a castigarlos! ¡Se acerca con gran rapidez! ¡Ese día se oirán gritos tan horribles que hasta los más valientes llorarán!” (Sofonías 1: 14, TLA; cf. v. 7).
“El Señor Jesús viene pronto” (Filipenses 4: 5, TLA).
Esta cercanía debería llamarnos al arrepentimiento, la confesión, la reforma y el reavivamiento. El profeta Sofonías amonestaba a los suyos, ante la inminencia del gran día de Jehová, diciendo:
“Calla en la presencia de Jehová, el Señor”. “Congregaos y meditad”. “Buscad a Jehová”. “Esperadme, dice Jehová” (Sofonías 1:7, 2: 1, 2; 3: 8, RVR60).

Abdías 15b, 16a
Lo mismo que hiciste se hará contigo; ¡sobre ti recaerá lo que mereces recibir! Así como en mi santo monte ustedes bebieron de la copa de mi ira, también beberán de ella siempre todas las naciones” (vv. 15b, 16a, RVC).
Siguiendo la línea de los versos anteriores, el profeta nos sigue recordando la triste realidad de la retribución. En este sentido, no hay mucho más que agregar. Aquel “así se hará contigo” nos evoca las palabras del Señor en el libro del vidente de Patmos: “¡Miren! ¡Ya pronto vengo! Y traigo conmigo mi galardón, para recompensar a cada uno conforme a sus acciones” (Apocalipsis 22: 12, RVC).
Así, tanto Babilonia como Edom recibirán el justo juicio retributivo de parte del Señor. De esta manera lo advierten los demás profetas bíblicos:
¡Ataquen a Babilonia!… ¡Páguenle como merece! ¡Hagan con ella lo mismo que ella hizo!” (Jeremías 50: 29, DHH).
“Yo les daré su merecido a Babilonia y a todos los habitantes de Caldea por todo el daño que hicieron en Sión, y que ustedes mismos presenciaron […] Por eso pido que mi sangre recaiga sobre Babilonia y sobre todos los caldeos por la violencia de que me hicieron víctima” (Jeremías 51: 24, 35, RVC).
“He aquí que yo juzgo tu causa y haré tu venganza […] porque Jehová, Dios de retribuciones, dará la paga” (Jeremías 51: 36, 51, RVR60).
El profeta Ezequiel, habló en las mismas palabras contra Edom diciendo:
“Así ha dicho Jehová el Señor: Por lo que hizo Edom, tomando venganza de la casa de Judá, pues delinquieron en extremo, y se vengaron de ellos; por tanto, así ha dicho Jehová el Señor: Yo también extenderé mi mano sobre Edom, y cortaré de ella hombres y bestias, y la asolaré; desde Temán hasta Dedán caerán a espada. Y pondré mi venganza contra Edom en manos de mi pueblo Israel, y harán en Edom según mi enojo y conforme a mi ira; y conocerán mi venganza, dice Jehová el Señor […]
Por tanto, vivo yo, dice Jehová el Señor, que a sangre te destinaré, y sangre te perseguirá; y porque la sangre no aborreciste, sangre te perseguirá […]
“Por tanto, vivo yo, dice Jehová el Señor, yo haré conforme a tu ira, y conforme a tu celo con que procediste […]
“Como te alegraste sobre la heredad de la casa de Israel, porque fue asolada, así te haré a ti; asolado será el monte de Seir, y todo Edom, todo él; y sabrán que yo soy Jehová” (Ezequiel 25: 12-14; 35: 6, 11, 15, RVR60; cf. Apocalipsis 13: 10; 22: 12; Isaías 40: 10; 62: 11; Salmos 28: 4).
Después de leer estas palabras, no queda menos que rogar para que nuestros actos sean dignos de arrepentimiento, frutos que glorifiquen su nombre para no ser avergonzado en su gran día.
Nota histórica
El profeta Abdías predijo que los edomitas (o idumeos como serían conocidos bajo el dominio griego) serían exterminados “para siempre”, que serían “como si nunca hubieran existido” (vv. 10, 16, NVI; cf. v. 18).
Después de cuatro años desde el saqueo a Jerusalén, Edom fue invadida y asolada en el 582 a.C. por los mismos babilónicos a quienes ellos habían ayudado contra Jerusalén. Los árabes nabateos y su abrumadora fuerza militar se apoderaron de Edom alrededor del 550 a. C. (cf. Malaquías 1: 2-5) quienes llamaron Petra a la ciudad capital y los expulsaron de Sela y del Monte de Seir.
Edom no es mencionado en la lista de los enemigos vecinos de Judá desde aquella época y los pocos idumeos que restaban fueron reemplazados por tribus árabes, quedando circunscritos a una región al sur del Judea, el Neguev, en donde subsistieron durante cuatro siglos como enemigos activos de los judíos.
Diodorus Seculus relata la derrota de Edom por el general antígeno de Alejandro en el año 312 a. C.
También los edomitas fueron derrotados en el Neguev por Judas Macabeos alrededor del 175 a. C. (cf. 1 Macabeos 5:3, 15; 2 Macabeos 10:15; Josefo, Antigüedades de los Judíos 12: 8: 1; 13: 9: 1). En el año 126 a. C. fueron sojuzgados por Juan Hircano (135-105 a. C.), unos de los gobernantes macabeos. Se les obligó a circuncidarse por la fuerza, y fueron absorbidos dentro del estado judío. Desde esta época comenzaron a ser llamados como idumeos. Su escasa región habitada recibió el nombre de Idumea y mantuvieron una existencia independiente.
Cuando Palestina fue conquistada por los romanos en el 63 a.C., éstos entregaron el mando de Judea a los Herodes, una familia idumea. Esto fue el final de los idumeos. Con la destrucción de Jerusalén por el general romano Tito en el 70 d.C., desaparecieron de la historia.     
Abdías 16b
“Serán como si no hubieran sido” (v. 16b, RVR60).
Quien vive o al menos tiene la experiencia de la vida sabe lo que es vivir. Vivir es ser, existir. Decía el filósofo René Descartes: “Pienso, luego existo”. La vida es contraria a la muerte, la no existencia. La frase “ser como si no hubiese sido”, trae a la mente una realidad terrible: llegará el día en que aquel que fue no será más, en absoluto. “Dejarán de existir” (Jeremías 49: 10, NVI).
Aun alguien que ha muerto o desaparecido por un tiempo sigue existiendo en la mente, el pensamiento o la memoria de los que quedan, de quienes le conocieron, aún más de quienes le amaron. Queda su herencia, sus vestigios. Queda al menos su recuerdo y, según Juan el revelador, “sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14: 13).
Sin embargo, aquellos que fueron rebeldes o desoyeron la voz del Pastor llamando, “serán como si no hubiesen sido”. Sus obras no seguirán, no habrá vestigios ni nada que indique que algún día existieron. Ningún recuerdo material o inmaterial quedará de su existencia, de su vida. No quedará indicio de su ser o sus vivencias en la mente de ninguno de los redimidos. No habrá memoria de las cosas pasadas, ni de hechos ni de personas. Ningún monumento quedará que nos recuerde que vivieron entre nosotros. Menos aún si alguno de ellos perturbó a algún santo, como Edom injurió a su hermano Jacob. Nada de ello subirá al pensamiento.
Dicen los profetas:
“La memoria del justo será bendita; más el nombre de los impíos se pudrirá” (Proverbios 10: 7, RVR60).
“Al hombre bueno se le recuerda con bendiciones; al malvado, muy pronto se le olvida” (Proverbios 10: 7, DHH).
“Presten atención, que estoy por crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No volverán a mencionarse las cosas pasadas, ni se traerán a la memoria” (Isaías 65: 17, NVI).
Los impíos serán realmente como si nunca hubiesen existido. Triste fin para los soberbios, quienes se opusieron a Dios. Buscaron el reconocimiento y la fama temporal y quizás la alcanzaron y la tuvieron por algún tiempo, pero por las edades eternas, por los siglos sin fin de la vida nueva junto a nuestro Salvador, nadie recordará siquiera que vivieron entre nosotros.
El profeta evangélico lo resume de la siguiente manera: “El más fuerte de ustedes arderá en llamas como la paja; ¡y de él no quedará ni el recuerdo de sus obras!” (Isaías 1: 31, TLA).
Y el salmista agrega: “Dentro de poco los malvados dejarán de existir; por más que los busques, no los encontrarás” (Salmos 37: 10, NVI).
Reprendiste a los paganos, destruiste a los malvados; ¡para siempre borraste su memoria! Desgracia sin fin cayó sobre el enemigo; arrancaste de raíz sus ciudades, y hasta su recuerdo se ha desvanecido” (Salmos 9: 5, 6, NVI).
Esto recuerda las palabras del espíritu de profecía cuando señala que, “el gran día de la siega final, cuando el Señor de la mies mandará a sus segadores a recoger la cizaña en manojos destinados al fuego y a juntar el trigo en su granero. En aquel tiempo todos los impíos serán destruidos. “Serán como si no hubieran sido” (Abdías 16)”.[5]
Además agrega: “Como, en conformidad con su justicia y con su misericordia, Dios no puede salvar al pecador en sus pecados, le priva de la existencia misma que sus transgresiones tenían ya comprometida y de la que se ha mostrado indigno… Cubiertos de infamia, caerán en irreparable y eterno olvido.
“Así se pondrá fin al pecado y a toda la desolación y las ruinas que de él procedieron”.[6]
Pero para quienes le buscaron cada día, está prometida “una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe” (Apocalipsis 2: 7, NVI). Ese nombre será el nombre por el cual cada redimido será conocido y recordado por la eternidad. Por las edades sin fin de la eternidad seremos conocidos en todo el universo por el nombre que llevaremos como recuerdo de nuestra experiencia. Aquel nombre será individual, nadie tendrá uno como el nuestro. Será un nombre que nadie jamás olvidará.
Dice la revelación:
“Las naciones verán tu justicia, y todos los reyes tu gloria; recibirás un nombre nuevo, que el Señor mismo te dará” (Isaías 62: 2, NVI).
“Así como el nuevo cielo y la nueva tierra que yo voy a crear durarán para siempre, así también durarán tus descendientes y tu nombre” (Isaías 66: 22, DHH).
“Al que salga vencedor lo haré columna del templo de mi Dios… y también grabaré sobre él mi nombre nuevo” (Apocalipsis 3: 12, NVI).
Abdías 17a
Dice el profeta: “…en el monte de Sión habrá un remanente que se salve; será un remanente santo” (v. 17a, RVC).
El Señor siempre ha conservado para sí un remanente, un puñado de hombres y mujeres que permanecieron fieles a pesar de la adversidad, la persecución, el encarcelamiento y la muerte. Por ejemplo:
-     Un remanente de ocho personas se salvó del Diluvio;
-     Un remanente salió de Ur de los caldeos y siguió a Abraham en su peregrinaje a la tierra de Cannán;
-     Un remanente fue salvado de la sequía en los días de José;
-     Un remanente entró a Canaán dirigidos por Josué;
-     Un remanente quedó en pie cuando Babilonia irrumpió en Jerusalén ayudados por Edom… ya hemos comentado aquello.
Todos los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento se refieren a ese remanente, aquel resto, los que quedan, como la posesión escogida de Jehová. Así hablaron los portavoces de Dios:
“Ahora el Señor nuestro Dios ha tenido misericordia de nosotros, aunque sea por un poco de tiempo, y nos ha dejado a salvo un remanente” (Esdras 9: 8, RVC).
Y un remanente volverá; un remanente de Jacob volverá al Dios Poderoso” (Isaías 10: 21, NVI).
“En aquel día el Señor volverá a extender su mano para recuperar al remanente de su pueblo” (Isaías 11: 11, NVI).
“Y yo mismo traeré el resto de mis ovejas de los países adonde las hice huir, las reuniré y las haré volver a sus pastos, para que tengan muchas crías” (Jeremías 23: 3, DHH).
En medio de ti dejaré a un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en mi nombre. El remanente de Israel no cometerá injusticias ni dirá mentiras, ni habrá entre ellos gente mentirosa, porque yo los cuidaré como un pastor, y ellos dormirán sin que nadie los atemorice” (Sofonías 3: 12, 13, RVC).
De la misma manera, aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia” (Romanos 11: 5, RVC).
Vi al Cordero, que estaba de pie sobre el monte Sión. Con él había ciento cuarenta y cuatro mil personas que tenían escrito en la frente el nombre del Cordero y de su Padre […] son los que siguen al Cordero por dondequiera que va. Fueron salvados de entre los hombres como primera ofrenda para Dios y para el Cordero” (Apocalipsis 14: 1-4, DHH).
Queda claro que la elección de aquel remanente es un acto de la pura gracia y misericordia de Dios. Jehová alza su mano y recoge su remanente  de entre los pueblos para darle salvación (cf. Juan 3: 16) y santidad (cf. Hebreos 12: 14). Contra este remanente de “salvos” y “santos”, Satanás está especialmente airado (cf. Apocalipsis 12: 17). En este contexto también se entiende la ira de Esaú/Edom/Monte de Seir en contra de Jacob/Israel/Monte de Sión descrita tan vívidamente en el libro del profeta Abdías.
Que nuestra oración sea pertenecer a ese remanente escogido por gracia para ser salvo y santo delante de la presencia de Dios.
Abdías 17b
Allí los descendientes de Jacob recobrarán lo que les pertenece” (v. 17b, TLA). Este texto afirma que el remanente de Dios recuperará lo que ha perdido a causa de la irrupción de Babilonia y Edom en sus territorios. Entre aquellas posesiones que el pueblo “santo” y “salvo” recuperará se encuentra:
-     Serán puestos en los territorios que antes ocupaban (vv. 19, 20).
-     El remanente recobrará su poder para vencer el mal y destruir a sus enemigos (v. 18a).
-     Los santos recuperarán la capacidad de juzgar a las naciones (v. 21).
En el contexto del gran conflicto entre el bien y el mal cabe hacerse las siguientes preguntas: ¿Qué hemos perdido a causa del pecado? ¿qué nos ha arrebatado Satanás que debamos recuperar?
-      Las relaciones: El pecado ha roto la relación de Dios con los hombres, del ser humano con su prójimo y su entorno y del hombre consigo mismo. Apocalipsis 21 y 22 predice que esas relaciones serán restablecidas:
o   “La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja” (Isaías 11: 7, DHH).
o   “El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey” (Isaías 65: 25, DHH).
o   “Aquí es donde Dios vive con su pueblo. Dios vivirá con ellos, y ellos serán suyos para siempre. En efecto, Dios mismo será su único Dios” (21: 3, TLA);
o   “Él secará sus lágrimas, y no morirán jamás. Tampoco volverán a llorar, ni a lamentarse, ni sentirán ningún dolor” (21: 4a, TLA);
o   “El que salga vencedor recibirá todo esto como herencia; y yo seré su Dios y él será mi hijo” (21: 7, DHH).
o   “Todos podrán ver a Dios cara a cara, y el nombre de Dios estará escrito en sus frentes” (22: 4, TLA).
-      El Edén: El hogar original también será recuperado. Juan en el Apocalipsis lo adelanta de la siguiente forma:
o   “Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de la presencia de Dios” (21: 2, DHH).
o   “En medio de la calle principal de la ciudad y a cada lado del río, crecía el árbol de la vida, que da fruto cada mes, es decir, doce veces al año; y las hojas del árbol sirven para sanar a las naciones” (22: 2DHH).
o   “Dios los bendecirá, pues les dará el derecho a comer de los frutos del árbol que da vida eterna” (22: 14, TLA).
o   “A los que triunfen sobre las dificultades y no dejen de confiar en mí, les daré a comer el fruto del árbol que da vida. Ese árbol crece en el hermoso jardín de Dios” (2: 7, TLA).
-      La santidad: La condición original también será recuperada. El primer hombre era noble en su físico y en su moralidad y, como corona de la creación, dominaba el mundo responsablemente. El Apocalipsis de Juan predice así esta nueva condición:
o   “A los que triunfen sobre las dificultades y sigan confiando en mí, les daré a comer del maná escondido y les entregaré una piedra blanca. Sobre esa piedra está escrito un nuevo nombre” (2: 17, TLA).
o   A los que salgan vencedores y sigan hasta el fin haciendo lo que yo quiero que se haga, les daré autoridad sobre las naciones, así como mi Padre me ha dado autoridad a mí; y gobernarán a las naciones con cetro de hierro” (2: 26, 27, DHH).
o   Los que salgan vencedores serán así vestidos de blanco, y no borraré sus nombres del libro de la vida” (3: 5, DHH).
o   “A los que salgan vencedores les daré un lugar conmigo en mi trono” (3: 21, DHH).
o   “Dios el Señor les dará su luz, y ellos reinarán por todos los siglos” (22: 5, DHH).
-      La vida eterna: Adán y Eva fueron expulsados del Edén y la entrada al paraíso terrenal estaba custodiado por querubines y sus flameantes espadas. De esa manera se evitaba que el ser humano alargara su mano al árbol de la vida (Génesis 3: 23, 24).
Dice la inspiración: “Durante mucho tiempo después, se le permitió a la raza caída contemplar de lejos el hogar de su inocencia, cuya entrada estaba vedada por los vigilantes ángeles. En la puerta del paraíso, custodiada por querubines, se revelaba la gloria divina. Allí iban Adán y sus hijos a adorar a Dios. Allí renovaban sus votos de obediencia a aquella ley cuya transgresión los había arrojado del Edén […]
“Reintegrados en su derecho al árbol de la vida, en el Edén perdido desde hace tanto tiempo, los redimidos crecerán hasta alcanzar la estatura perfecta de la raza humana en su gloria primitiva”.[7]
En el Apocalipsis de Juan se asegura la restauración de la eternidad en la humanidad de la siguiente manera:
o   Los que salgan vencedores no sufrirán ningún daño de la segunda muerte” (2: 11, DHH).
o   “Secará todas las lágrimas de ellos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (21: 4, DHH).
o   “Ellos reinarán por todos los siglos” (22: 5, DHH).
o   “Dichosos los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida” (22: 14, DHH).
Abdías 18a
Como se había comentado, Jacob/Israel recuperará su poder para vencer a sus enemigos y para vencer el mal. Dios hará una obra poderosa en contra de sus enemigos.
Dice el profeta: “Los descendientes de Jacob serán fuego, y los de José, llama; pero la casa real de Esaú será estopa: le pondrán fuego y la consumirán” (v. 18a, NVI).
Se llama “casa de José” (v. 18a, RVR60) al reino de Israel porque José fue el padre de Efraín (Génesis 41: 50-52), que llegó a ser la más importante de las tribus del reino del norte. De acuerdo con el plan divino, los dos reinos, Israel en el norte y Judá en el sur, debían unirse para formar una sola gran nación (Ezequiel 37: 19; Oseas 1: 11; Zacarías 10: 6).
La idea del “fuego” o “llama” y la “estopa” o “paja” se repite entre los profetas como símbolo de la retribución de Dios en manos de Israel sobre las naciones perversas. Dicen los profetas del Antiguo Testamento:
“El Señor todopoderoso dice: Se acerca el día, ardiente como un horno, en que todos los orgullosos y malvados arderán como paja en una hoguera. Ese día que ha de venir los quemará, y nada quedará de ellos… En ese día que estoy preparando, ustedes pisotearán a los malvados como si fueran polvo” (Malaquías 4: 1-3, DHH).
“El más fuerte de ustedes arderá en llamas como la paja; ¡y de él no quedará ni el recuerdo de sus obras!” (Isaías 1: 31, TLA).
“Con tu gran poder aplastaste a los que se enfrentaron contigo; se encendió tu enojo, y ellos ardieron como paja” (Éxodo 15: 7, DHH).
“Por eso, así como el fuego quema la paja y las llamas devoran las hojas secas, así también perecerán ustedes, como plantas que se pudren de raíz y cuyas flores se deshacen como el polvo. Porque despreciaron las enseñanzas y las órdenes del Señor todopoderoso, el Dios Santo de Israel” (Isaías 5: 24, DHH).
“La mano del Señor protegerá al monte Sión, mientras que a Moab la pisoteará como se pisotea la paja en un basurero” (Isaías 25: 10, DHH; cf. 29: 5, 6).
“Los planes y las obras de ustedes son paja y basura; mi soplo los devorará como un incendio” (Isaías 33: 11, DHH).
“He aquí que serán como tamo; fuego los quemará, no salvarán sus vidas del poder de la llama; no quedará brasa para calentarse, ni lumbre a la cual se sienten” (Isaías 47: 14, RVR60).
“Pues como espinos enmarañados, como paja seca, serán quemados por completo” (Nahum 1: 10, DHH).
Y el Nuevo Testamento da testimonio de la misma triste realidad de los malvados:
“Trae su pala en la mano y limpiará el trigo y lo separará de la paja. Guardará su trigo en el granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará” (Mateo 3: 12, DHH; cf. Lucas 3: 17).
En otros lugares de las Escrituras se hace mención a la paja llevada por el viento, haciendo alusión al mismo triste final en que los malvados terminarán su existencia. Dicen los voceros de Dios:
“Los pueblos harán estrépito como de ruido de muchas aguas; pero Dios los reprenderá, y huirán lejos; serán ahuyentados como el tamo de los montes delante del viento, y como el polvo delante del torbellino” (Isaías 17: 13, RVR60).
“Por tanto, yo los esparciré al viento del desierto, como tamo que pasa” (Jeremías 13: 24, RVR60).
Otros textos que muestran esta penosa realidad son Job 28: 18; Salmos 1: 4; 35: 5; 83: 13; Isaías 40: 24; Jeremías 15: 7; Daniel 2: 35; Oseas 13: 3.
Abdías 18b
“Ni un solo resto quedará de la casa de Esaú” (v. 18b, RVC). Jehová habla otra vez y él, que es el Fiel y Verdadero, no miente ni se equivoca. La voz de Dios resuena desde la eternidad y hasta la eternidad: “¡Yo soy Dios!”. Él habla y su palabra es veraz. Los malvados no quedan impunes y ni siquiera un rastrojo quedará de su memoria.
Con estas palabras se nos recuerda lo que ya había sido dicho: “serán como si no hubieran sido” (v. 16b, RVR60). Y el profeta Malaquías repite: “Jehová de los ejércitos… no les dejará ni raíz ni rama” (Malaquías 4. 1, RVR60), es decir, “nada quedará de ellos” (Malaquías 4: 1, DHH). E Isaías agrega: “El más fuerte de ustedes arderá en llamas como la paja; ¡y de él no quedará ni el recuerdo de sus obras!” (Isaías 1: 31, TLA).
“Así ha dicho Jehová” (v. 18b): “Destruiré el pecado y a los pecadores por completo”. De Jacob quedará un remanente salvo y santo, pero de Esaú no quedará ni siquiera un resto, ni siquiera un rastrojo. Todos serán cortados para siempre (cf. Abdías 9, 10). Isaías nos recuerda: “Sus príncipes serán llamados príncipes sin reino, y a nada serán reducidos todos sus hombres importantes” (Isaías 34: 12, RVC).
Abdías 19, 20
A diferencia de Edom que desaparecerá por completo, Dios le promete a su pueblo que ensanchará sus territorios e impondrá su soberanía más allá de sus límites actuales. El pequeño Edom, al cual Dios destruirá para siempre, no se compara con la grandeza que Israel alcanzará por la obra poderosa de Dios.
“Los del Néguev poseerán el monte de Esaú” (v. 19a, NVI). El reino de David, dice el profeta, será restaurado tal como era en el principio, comenzando desde el sur y aún más, hacia el oriente. En primer lugar, la región montañosa de Edom será parte del reino de Israel y quedará en posesión de los habitantes de la región desértica del Néguev.
“Los de la Sefelá poseerán Filistea” (v. 19b, NVI). El reino davídico se extenderá desde la llanura al occidente de Jerusalén hasta los territorios filisteos que incluyen la actual franja de Gaza, que consistía en montes bajos, situada entre las montañas de Judá y la planicie costera, con ciudades reconocidas, como Gat, Ecrón, Asdod, Ascalón y Gaza.
“Los israelitas poseerán los campos de Efraín y de Samaria(v. 19c, NVI). Por el norte, serán restaurados en manos del pueblo de Dios los campos y llanuras de Efraín y los campos y montañas de Samaria. Un apronte de lo que sería la unión de los reinos del norte y del sur en un solo pueblo.
“Los de Benjamín poseerán Galaad(v. 19d, NVI). Por su parte, la tribu de Benjamín extenderá sus límites más allá del Jordán, al oriente, llegando a las montañas de Galaad.
Los exiliados, este ejército de israelitas que viven entre los cananeos, poseerán la tierra hasta Sarepta(v. 20a, NVI). La multitud de desterrados que vivían entre los cananeos, es decir, entre los fenicios, recuperarán Sarepta, inclusive con Tiro y Sidón, en la costa del Mediterráneo.
“Los desterrados de Jerusalén, que viven en Sefarad, poseerán las ciudades del Néguev” (v. 20b, NVI). Acerca de la Sefarad, los comentaristas tienen un sin número de opiniones. Sin embargo, con mayor seguridad se refiere a Sardis en el Asia Menor occidental, la capital de provincia romana de Lidia.
Mucho de esta profecía se cumplió cuando los judíos regresaron desde el cautiverio en Babilonia a sus tierras en Judea. Sin embargo, el énfasis aquí se encuentra en la salvación y la santidad y, especialmente, la restauración y prosperidad del pueblo de Dios y la final destrucción de sus enemigos, de lo cual dan testimonio el resto de los profetas. Dice Joel:
“Judá será habitada para siempre, y Jerusalén de generación en generación” (Joel 3: 20, RVR60).
Los textos comentados hablan de una restauración total y abarcante. Dios no hace tareas a medias ni tampoco deja trabajos sin terminar. La promesa del Señor es que “el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1: 6, NVI). Puede parecer que el Señor se retarda, puede que parezca que aún quedan cosas por concluir, puede que tengamos la sensación de que todavía falta camino por recorrer, pero la promesa es segura: “Dios empezó el buen trabajo en ustedes, y estoy seguro de que lo irá perfeccionando hasta el día en que Jesucristo vuelva” (Filipenses 1: 6, TLA).
Abdías 21a
“Y subirán salvadores al monte de Sion para juzgar al monte de Esaú” (RVR60).
Finalmente, así como Edom se levantó en contra de su hermano Jacob y arremetió en conjunto de Babilonia contra sus parientes, vendrán “salvadores” (RVC) o “libertadores” (NVI) que se unirán a los repatriados asentados en sus nuevos territorios para “juzgar” o, más bien, “para dictar sentencia” (DHH) en contra de Edom. Finalmente, los libertadores subirán al monte Sión para gobernar sobre el orgulloso país de Edom.
Aquí el acento se pone en el contraste entre aquellos que subirán al “monte de Sión” para juzgar y reinar y los que quedarán en el “monte de Esaú” para ser juzgados y recibir su justa retribución. El remanente de Jacob subirá victorioso al monte Sión “para dictar sentencia contra los de la región montañosa de Esaú” (v. 21a, DHH).
Según las Escrituras, el juicio de parte de los justos redimidos en contra de los impíos se llevará a cabo durante los mil años en que los salvados estarán gozando de los dones celestiales, mientras, en paralelo, será un período de gran desolación en que quedará sumida la tierra después de la Segunda Venida de Jesús. El vidente de Patmos declara:
 “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar… y vivieron y reinaron con Cristo mil años” (Apocalipsis 20: 4, RVR60).
Asimismo, los apóstoles vislumbraron el juicio de comprobación de la siguiente manera:
¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo?... ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?” (1 Corintios 6: 2, 3, RVR60).
Abdías 21b
“El reino será de Jehová” (RVR60). O “del Señor” (NVI, RVC). Joel, el profeta, afirma: “Jehová morará en Sión” (Joel 3: 21, RVR60). Esta última sentencia de Abdías, resume la realidad última de todo el universo. Dios es el rey de toda la tierra. El reino fue, es y será para siempre de nuestro amado Salvador. En Abdías se muestra la doble prerrogativa de Dios desde su trono: Dios es Juez al inicio del libro y Dios es el Rey al final. Al final de los días, “el Señor será quien reine” (v. 21b, DHH).
El reino de Jehová y de su Cristo será uno que dure eternamente. Así exclamó un rey pagano: “Todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin” (Daniel 6: 26, RVR60).
Los salmistas también cantaron al reinado eterno de Jehová:
“Tuyo, oh Jehová, es el reino” (1 Crónicas 29: 11, RVR60).
“Tu reino es un reino de todos los siglos; tu dominio durará por todas las generaciones” (Salmos 145:13, RVC).
“Oh Sión, el Señor reinará por siempre; tu Dios reinará por todos los siglos. ¡Aleluya!” (Salmos 146: 10, DHH).
Y los cristianos hemos orado por siglos: “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén" (Mateo 6: 13, RVR60).
De igual forma, los apóstoles dieron gloria al Rey del universo:
“Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, al único Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Timoteo 1: 17, NVI).
“Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos” (Hebreos 1: 8, NVI).
“En todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (1 Pedro 4: 11, RVR60).
“A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (1 Pedro 5: 11, RVR60).
“Al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos” (Judas 1: 15, RVR60).
“Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1: 6, RVR60).
“¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los  siglos!” (Apocalipsis 5: 13, NVI).
“El reino del mundo es ya de nuestro Señor y de su Mesías, y reinarán por todos los siglos” (Apocalipsis 11: 15, DHH).
Así también Jesucristo. En este momento está delante del trono como Abogado y Juez y vendrá muy pronto a dictar sentencia como Rey. Al final de la historia humana y al inicio de la eternidad, el Señor exclama: “¡y yo seré su rey!” (v. 21b, TLA).
Cantemos junto a los salmistas:
“¡Grande es el Señor, nuestro Dios! ¡Digno es de grandes alabanzas en su ciudad, en su santo monte!
“Hermosa colina es el monte de Sión, situada al norte de la ciudad del gran Rey; ¡es motivo de gozo en toda la tierra!
“Dentro de sus fortificaciones, Dios es reconocido como un refugio seguro […]
“Lo que antes oímos, ahora lo hemos visto en la ciudad de nuestro Dios, en la ciudad del Señor de los ejércitos: ¡Dios afirmará su ciudad para siempre! […]
“Por tus juicios se alegra el monte de Sión y se regocijan las ciudades de Judá […]
“¡Este es nuestro Dios, ahora y para siempre! ¡El Dios nuestro nos guiará más allá de a muerte!” (Salmos 48, RVC).
Finalmente, Jesús triunfa.




[1] Víctor Jofré Araya (2015), Magíster © en Educación Religiosa. Al momento de publicar este artículo se desempeñaba como Inspector General del Colegio Adventista de Arica, Chile. Actualmente es Director del Colegio Adventista de Calama, Chile. Se puede escribir a victorja@gmail.com
[2] Sobre métodos de estudio de las Sagradas Escrituras se puede leer el artículo Métodos de estudio de la Biblia, disponible en http://religion-filosofia.blogspot.com/2012/04/metodos-de-estudio-de-la-biblia-victor.html
[3] El territorio de la nación de Edom estaba ubicado al sur del mar Muerto, a lo largo del Arabá, extendiéndose por unos 160 km hacia el sur.
[4] Jerusalén también fue sitiada por los filisteos y las naciones árabes (entre ellas Edom, que se rebeló contra el dominio de Judá) durante la época de Joram a mediados del siglo IX a. C. (2 Crónicas 21: 8, 16, 17; cf. 2 Reyes 8: 20-22). Sin embargo, la evidencia interna, respalda más bien la fecha más tardía y los incidentes que son aceptados por el autor del presente estudio.
[5] Elena G. de White (1991), Patriarcas y Profetas (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana), p. 583.
[6] Elena G. de White (2007), El Conflicto de los Siglos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana), pp. 348, 349.
[7] Elena G. de White (1998), ¡Maranatha! El Señor viene (Buenos Aires: Asocaición Casa Editora Sudamericana), p. 352.
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