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sábado, 21 de septiembre de 2013

Ejemplo de un método de estudio de la Biblia

Curso de Homilética y Oratoria para Jóvenes Predicadores

Iglesia Adventista Juvenil “Maranatha” – Arica

Métodos de Estudio de la Biblia

Método escogido: Método de estudio y análisis de un libro.[1]

Libros escogidos: 1ra. y 2da. Epístolas de Pablo a Timoteo.

Tema: Deberes y cuidados de los predicadores y maestros.[2]

De acuerdo a los consejos que Pablo le da a su discípulo e hijo amado Timoteo en su 1ra. y 2da. carta, podemos resumir los deberes y cuidados que los predicadores y maestros deben tener en nuestras congregaciones de la siguiente manera:

1.     Deben enseñar la Palabra de Dios

Los predicadores y maestros deben dedicarse a proclamar, predicar y enseñar la sana y buena doctrina (1 Tim. 1: 3, 4, 10; 4: 6, 16; 2 Tim. 1: 13; 3: 10; 4: 3), la cual constituye en definitiva la Palabra de Dios (2 Tim. 2: 9; 4: 1). Esta Palabra se encuentra en las Sagradas Escrituras que han sido inspiradas por Dios (2 Tim. 3: 15, 16), las cuales han sido transmitidas y conservadas en libros y pergaminos (2 Tim. 4: 13). En los días del anciano apóstol, las Escrituras a las cuales se refiere en sus cartas eran lo que nosotros conocemos como el Antiguo Testamento. Dichas Escrituras estaban divididas en la Ley (los libros de Moisés), los Profetas (mayores y menores) y los Salmos (que incluían tanto los libros poéticos como los históricos). El contenido de dicha enseñanza y predicación incluyen la ley en general (1 Tim. 1: 7-10) y los mandamientos en particular (1 Tim. 1: 5, 18; 1 Tim. 6: 14).

2.     Deben enseñar las palabras de Jesús y de los apóstoles

También la Palabra de Dios está conformada por las sanas palabras y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo (1 Tim. 1: 13; 6: 3) y también por las palabras y enseñanzas de los apóstoles que son eco de las del Señor (2 Tim. 4: 15). Estas palabras son aprendidas por los predicadores y maestros porque se transmiten de unos a otros, de los más ancianos y experimentados a los más jóvenes e inexpertos, pero que en su experiencia cristiana han demostrado los deseos y la capacidad de aprender y enseñar (2 Tim. 1: 13, 14; 2: 2; 3: 14). “Estas cosas”, como las llama Pablo (1 Tim. 4: 11), constituyen el misterio de la fe y las grandes verdades que deben ser anunciadas (1 Tim. 3: 9). Son el glorioso evangelio del Dios bendito (1 Tim. 1: 11), el cual debe ser predicado a pesar de las circunstancias (2 Tim. 1: 8-10; 2: 8). Esta doctrina debe ser enseñada conforme a la piedad, una doctrina que se ciñe a la verdadera religión (1 Tim. 6: 3). Estas son palabras de fe y de verdad (1 Tim. 2: 7; 4: 6; 2 Tim. 2: 15; 4: 4), de fe verdadera, no fingida y sincera (2 Tim. 1: 5), de palabras fieles y mensajes digno de crédito (1 Tim. 4: 9; 2 Tim. 2: 11). La colección escrita de las palabras de Jesús y de las enseñanzas de los apóstoles conformaron finalmente lo que conocemos como el Nuevo Testamento.

Si los predicadores y maestros leen, escuchan, enseñan y predican la Palabra de verdad, que en su conjunto son el Antiguo y Nuevo Testamento de nuestras Biblias, no deberían poner oídos a las fábulas profanas, las leyendas, los mitos y las novelerías (1 Tim. 3, 4; 4: 7; 2 Tim. 4: 3, 4). Con menor razón lo harán si estas enseñanzas constituyen una doctrina diferente, las cuales pueden incluso ser consideradas como falsas doctrinas o doctrinas de demonios (1 Tim. 1: 3, 4; 4: 1; 6: 3). También, en este respecto, los predicadores y maestros evitarán las vanas palabrerías (1 Tim. 1: 6, 7; 2 Tim. 2: 16) y también las profanas pláticas y discusiones sobre cosas vanas e inútiles, es decir, las cuestiones necias e insensatas. Incluso, deben evitarse los argumentos de lo que falsamente podría ser considerado como ciencia (1 Tim. 6: 20; 2 Tim. 2: 14, 23).

3.     Deben conocer la verdad

Los predicadores y maestros de la iglesia deben ser hombres nutridos con las palabras y las verdades de la fe (1 Tim. 4: 6). Aún desde su más tierna infancia, quienes deseen dedicarse al ministerio de la predicación y de la enseñanza deben conocer las Sagradas Escrituras para obtener sabiduría (2 Tim. 3: 15). Tienen el deber de conocer la verdad a cabalidad (1 Tim. 4: 3) y tener entendimiento en todo (2 Tim. 2: 7). Deben llegar a ser doctores de la ley (1 Tim. 1: 7) y ejemplos a los creyentes en palabra y fe (1 Tim. 4: 12) en sus respectivas congregaciones. Por lo tanto, no debería escogerse a predicadores o maestros neófitos o recién convertidos (1 Tim. 3: 6). “Reflexiona en lo que te digo –dice Pablo-, y el Señor te dará una mayor comprensión de todo esto. No dejes de recordar a Jesucristo… Este es mi evangelio” (2 Tim. 2: 7, 8, NVI). La verdad será progresiva para los predicadores y maestros que busquen mayor luz en las páginas sagradas de la Palabra de Dios y las enseñanzas de Jesús y los apóstoles.

4.     Deben enseñar, predicar y cuidar la verdad

No sólo es necesario que el predicador y el maestro conozcan la verdad profundamente, sino también es imperioso que sean aptos para enseñar esa verdad a otros (1 Tim. 3: 1, 2; 2 Tim. 2: 2, 24; cf. 3: 16). De igual forma, deben ser capaces de dar testimonio público del Señor (2 Tim. 1: 8) y ocuparse de la enseñanza de la verdadera fe (1 Tim. 2: 7; 4: 11, 13; 5:17; 6: 2), tal como Cristo mismo dio testimonio de su profesión de fe delante de Poncio Pilatos (1 Tim. 6: 13). Es en este sentido que estos líderes son constituidos por el Señor y reconocidos por la iglesia como predicadores, apóstoles y maestros (1 Tim. 2: 7; 2 Tim. 1: 11). Como apóstoles tienen autoridad para presidir y ordenar los intereses de la iglesia y como predicadores y maestros tienen la capacidad y la prerrogativa de enseñar la verdad a los creyentes (1 Tim. 4: 11).

Por lo anterior, es necesario que los predicadores y maestros sean líderes que se ocupen de la lectura de las Escrituras (1 Tim. 4: 13), ya sea públicamente en la sinagoga o en las iglesias o privadamente en los hogares. Este hábito espiritual (cuando se realiza en forma privada) y esta función eclesiástica (cuando se realiza ante la congregación), les hace ser buenos ministros de la Palabra (1 Tim. 4: 6). Esta práctica los transforma en heraldos, es decir, en hábiles predicadores del mensaje (1 Tim. 2: 7; 5: 17; 2 Tim. 1: 11; 4: 2, 17). Éstos líderes también se ocupan de la exhortación (1 Tim. 4: 13; 6:2; 2 Tim. 1: 11; 2: 14; 4: 2) y de la corrección y reprensión de aquellos que se oponen de una u otra manera a la verdad (2 Tim. 2: 25; cf. 3: 16).

En su calidad de doctores de la ley, los predicadores y maestros son los encargados de cuidar la doctrina y la enseñanza (1 Tim. 4: 16; 2 Tim. 1: 14). De igual forma, deben preocuparse de usar bien e interpretar correctamente la palabra de verdad. En esta responsabilidad se requiere que sean obreros aprobados, que no tengan nada de qué ser avergonzados (2 Tim. 2: 15). También son los custodios del mandamiento (1 Tim. 6: 14), de la fe (2 Tim. 4: 7) y de la piedad (1 Tim. 6: 11; 2 Tim. 2: 22; 3: 10). En definitiva, deben guardar bien todo aquello que se ha confiado a su cuidado (1 Tim. 6: 20).

En conclusión, los buenos predicadores y los hábiles maestros son instrumentos útiles para el Señor y ministros necesarios para el evangelio (2 Tim. 2: 21; 4: 11). Hacen la obra de un evangelista (2 Tim. 4: 5) y, haciendo esto, dice Pablo, se salvarán a sí mismo y a aquellos que le oyeren (1 Tim. 4: 16) y serán ejemplo para aquellos que, creyendo en Jesús, recibirán como recompensa la vida eterna (1 Tim. 1: 16). Los predicadores y maestros son parte activa e importante de la iglesia, pues ésta es fundamento, columna y baluarte de la verdad (1 Tim. 3: 15). Todo predicador y maestro debe llevar a cabo su función con la profunda convicción de que al cumplirla por amor a los escogidos, éstos también obtendrán la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna (2 Tim. 2: 10).

5.     Lo que debe ser evitado

En contraste, Pablo advierte a Timoteo en contra de los predicadores y maestros malvados, quienes lamentablemente sólo acarrean discusiones, disputas y divisiones (1 Tim. 1: 4), pues ni ellos son capaces de entender lo que hablan y lo que afirman (1 Tim. 1: 7). Como están envanecidos en su actuar, nada saben y deliran (1 Tim. 6: 4) y como son corruptos de entendimiento (1 Tim. 6: 5) y réprobos en cuanto a la fe (2 Tim. 3: 8), terminan siendo privados de la verdad (1 Tim. 6: 5) y nunca llegan al conocimiento completo de ella (2 Tim. 3: 7).

En realidad, agrega Pablo, este tipo de predicadores y maestros son líderes hipócritas y mentirosos. Su conciencia está cauterizada (1 Tim. 4: 2). Son maestros conforme a sus propias concupiscencias y malos deseos (2 Tim. 4: 3), pues se aman a sí mismos (2 Tim. 3: 2ss) y al mundo (2 Tim. 4: 10) más que a Dios. Por lo mismo, sólo toman la piedad y la religión como fuente de ganancias (1 Tim. 6: 5). Por lo mismo, se oponen a la sana doctrina (1 Tim. 1: 10) y a las palabras y al mensaje de los apóstoles (2 Tim. 4: 15), blasfeman contra la doctrina y la verdad (1 Tim. 1: 13, 20) y terminan desechando y trastornado la fe (1 Tim. 1: 19; 6: 10, 21; 2 Tim. 2: 18), apostatando de la verdad (1 Tim. 4: 1; 2 Tim. 2: 18; 3: 8) y apartando definitivamente su oído de ella (2 Tim. 4: 4).

Con estas acciones, concluye Pablo, estos falsos predicadores y maestros hunden a los hombres en destrucción y perdición (1 Tim. 6: 9) y alejan al creyente de la vida piadosa (2 Tim. 2: 16). Final y tristemente, en palabras del apóstol, las palabras y enseñanzas de este tipo de líderes carcomerán como gangrena (2 Tim. 2: 17).

Conclusión

A manera de conclusión, comparemos lo que ambas cartas nos dicen:

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos” (1 Tim. 5: 21a).
“Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato (1 Tim. 6: 13).

“Hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim. 6: 14b).

“Que guardes estas cosas sin prejuicios” (1 Tim. 5: 21).
 “Que guardes el mandamiento son mácula, ni reprensión” (1 Tim. 6: 14a).

“Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Tim. 4: 1).
“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos…





“en su manifestación y en su reino:


“Que prediques la Palabra, que instes a tiempo y fuera de tiempo, redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.


“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4: 1-4).





[1] Para detalles de los demás métodos de estudio de la Biblia ver http://www.religion-filosofia.blogspot.com/2012/04/ metodos-de-estudio-de-la-biblia-victor.html
[2] Por Víctor Jofré Araya (2013), Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Inspector General del Colegio Adventista de Arica, Chile. A menos que se indique otra cosa, la versión de la Biblia en español utilizada es la Reina-Valera Revisión 1960 (RVR60).
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