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Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Filosofía y la Educación.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Natanael bar Tolomeo, un verdadero israelita.



Natanael bar Tolomeo,
un verdadero israelita

Víctor A. Jofré Araya, Magíster © en Educación Religiosa.
Colegio Adventista de Arica, Chile (2013).
Se le puede escribir a victorja@gmail.com



Introducción

Fue en sus largas jornadas, mientras leía los atesorados rollos de los escritos sagrados que su familia guardaba con sumo cuidado, que eran reveladas ante él las grandes verdades acerca del Mesías prometido. Fue en su casa en Caná de Galilea, a la sombra de una añosa higuera, que cada año crecían un poco más sus ansias de alguna vez encontrarse con el añorado Ungido de Jehová. Fue junto a Felipe, su amigo entrañable, que el joven hijo de Tolomeo se permeaba de cada promesa enunciada por Moisés y los profetas. Era un deleite para Natanael bar Tolomeo, especialmente a la hora de la oración sacerdotal, recorrer con sus ojos juveniles, ávidos de saber, la amada ley de Moisés y los entrañables presagios de los antiguos profetas, a la vez que memorizaba cada promesa y cada oráculo concerniente al prometido Ungido del Señor. Debió haber sido realmente emocionante para él, tan hambriento y sediento de la Palabra de Dios, descubrir que en esos valiosos libros al menos diez de sus ancestros tenían su mismo nombre.

Fue en una de esas jornadas de estudio diligente de las Escrituras cuando su buen amigo Felipe entendió que el “Cordero de Dios”, el anhelado Mesías del cual Juan el Bautista les predicaba cada día en Betábara, a orillas del Jordán (Juan 1:28, 29) y del cual habían oído y leído innumerables veces en la sinagoga del pueblo y a la sombra de la higuera en el hogar de Caná, era Jesús bar José, el carpintero de Nazaret. Felipe no pensó en otra cosa que buscar a Natanael (conocido también como Bartolomé)[1] y le invitó a conocerlo.

Un encuentro diferente

Sin embargo, ese primer encuentro estuvo marcado por el prejuicio y la incredulidad. Así como Felipe lo había hecho, Natanael fue a la ribera para conocer a Jesús. Le chasqueó la apariencia de aquel humilde obrero que ostentaba las señales del trabajo y la pobreza y que, aún así, afirmaba ser el Redentor del mundo. “¿Podría ser este hombre el Mesías prometido?” “¿Será que el Mesías vendría bajo la apariencia del hijo de un carpintero?” Se cuestionaba a sí mismo y regresó a su hogar. Debajo de su higuera volvió a leer los ajados rollos y se arrodilló a orar para inquirir de Dios si realmente aquel carpintero de Nazaret era el Ungido de Jehová.

Cuando Felipe fue a buscarlo y le llamó hablándole acerca de Jesús de Nazaret, Bartolomé se encontraba aún orando bajo la higuera.[2] Felipe sabía en su fuero interno que su amigo estaría muy interesado en saber que por fin estaba frente al tan largamente esperado Mesías. Natanael no había tenido aún la oportunidad de escuchar las palabras de Jesús, pero había sido atraído a él en su espíritu.  Anhelaba recibir su luz y estaba en ese momento orando sinceramente por ella. Y cuando Felipe le aseguró: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José de Nazaret” (Juan 1:45), resonaron en sus pensamientos los antiguos textos proféticos:

Saldrá Estrella de Jacob, y se levantará el cetro de Israel” (Números 24:17).

Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel” (Miqueas 5:2).

Regocíjate sobremanera, hija de Sion. Da voces de júbilo, hija de Jerusalén.
He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación” (Zacarías 9:9).

Rápidamente emergió de los labios de Natanael la pregunta: “¿Podrá salir algo bueno de Nazaret?” (Juan 1:46a). Moisés y los profetas no decían nada concerniente a Nazaret. Le pareció dudoso que el poderoso y justo Mesías pudiera provenir de un pueblo de tan baja reputación. Aunque Caná, su pueblo natal (cf. Juan 21: 2) era aún una villa mucho más pequeña, el prejuicio y la incredulidad emergieron de su corazón. Pero Felipe no trató de combatirlo. Simplemente le dijo: “Ven y ve” (Juan 1:46b).

Natanael, abrigando aún en su corazón un cierto dejo de duda, fue donde estaba Jesús. Al verle venir a sí, Jesús dijo a Felipe y a los demás discípulos: “He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño” (Juan 1:47). Aquellas palabras evocaron en Natanael el Salmo 24: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (vv. 3, 4). O quizás el Salmo 32: “Dichoso aquel… en el que no hay engaño” (v. 2). Tantas veces había leído y memorizado esos escritos que ahora fluían con ligereza en su mente. Con sorpresa, Natanael preguntó a Jesús: “¿De dónde me conoces?” (v. 48a). Viendo al interior de su corazón y conociendo las intenciones de Bartolomé (cf. Juan 2:24, 25), Jesús le respondió con seguridad: “Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (v. 48b). Cristo sabía muy bien que ése era el lugar favorito de encuentro de Bartolomé con Dios por medio de la oración y el estudio de su Palabra.

Finalmente, Natanael creyó en el Señor, no sólo por el testimonio de Felipe, sino porque él mismo lo había descubierto de manera personal y palpable, y entonces surgió de lo más profundo de su ser la más grande profesión de fe y exclamó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el [tan anhelado] Rey de Israel” (v. 49).[3] Aquí, otra vez, Natanael daba muestras de cuánto conocía las Escrituras. Con toda firmeza parafraseó el Salmo 2: “Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú” (vv. 6, 7). “La primera expresión de la fe de Natanael, tan completa, ferviente y sincera, fue como música en los oídos de Jesús”.[4] Su encuentro con el Maestro rápidamente dispersó sus dudas y se transformó en su discípulo.

Al parecer, fue fácil convencer a Natanael. Jesús contempló con placer su fe sincera y libre de engaño y le preguntó: “¿Porque te dije, te vi debajo de la higuera, crees?” (v. 50a). Entonces le prometió: “Cosas mayores que éstas verás… De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre” (vv. 50b, 51). Nuevamente los pensamientos de Bartolomé se dirigieron a lo escrito en la Ley y los Profetas y recordó la escalera de Jacob (Génesis 28:10-17). Otra vez, vio en Jesús el completo y seguro cumplimiento de las promesas hechas a Israel. El carpintero de Nazaret ahora era el Rabí que le aseguró que él era su fiel representante (v. 47).

Lecciones que debemos aprender

Debemos llevar a otros a los pies de Jesús

La mayoría de los comentadores están de acuerdo en que Natanael y Felipe eran buenos y cercanos amigos.[5] Desde que Jesús ascendió al cielo, sus discípulos se han transformado en los poderosos representantes de su carácter manso y humilde delante de los hombres y el caso de Felipe y Natanael nos enseña la importancia del esfuerzo misionero personal al dirigir llamados privados y directos a nuestros cercanos, parientes, amigos y vecinos. Estos esfuerzos son un medio eficaz para comunicar nuestra luz y sembrar la preciosa semilla de la verdad. Así como Andrés estuvo interesado en que su hermano Pedro conociera al Salvador (Juan 1:40-42), Felipe estaba convencido de que Jesús era el Mesías y deseaba compartir esa verdad con su mejor amigo y que conociera también las buenas nuevas. “Muchos han descendido a la ruina cuando podrían haber sido salvados, si sus vecinos, hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están aguardando a que se les hable personalmente”.[6]

Debemos dejar de lado los prejuicios

A pesar de que continuamente estuvo en contacto con los rabinos y que de ellos había recibido sus primeras instrucciones acerca de la Ley y los Profetas, Natanael no había depositado su confianza en ellos sino en un firme “Así dice Jehová”. Había aprendido la amonestación de Isaías: “A la ley y al testimonio, si no os dijeren conforme a esto es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20). Si hubiese confiado en los rabinos, nunca habría hallado a Jesús. Vio y juzgó por sí mismo y llegó a ser un discípulo. Actualmente existen muchos que se encuentran tal como Natanael. Sus prejuicios y falta de confianza no le permiten entrar en contacto con las verdades de las Escrituras, especialmente las relacionadas con estos últimos días o con el pueblo remanente que las posee. Sin embargo, no importa si tenemos que enfrentar la férrea oposición o fieros esfuerzos para alejar las almas de la verdad celestial, nuestra fe no puede ni debe ser ocultada y las almas sinceras deben ver, oír y convencerse por sí mismas.

Cuando fue llamado por Felipe y antes de conocer en persona a Jesús, Natanael estaba orando para saber si éste era en verdad el Cristo del cual Moisés y los profetas habían escrito. Ya notamos cuán rápidamente se levantó el prejuicio en Bartolomé. No podía entender cómo Jesús, que ahora reclamaba sobre sí el título de Ungido de Jehová, durante casi treinta años había vivido y trabajado entre los perversos habitantes de Nazaret quienes eran reconocidos por su maldad.[7] En el mismo Sanedrín judío se elevaban voces en contra de los galileos. Ellos argumentaban: “Nunca se ha levantado un profeta de Galilea” (Juan 7: 52). Felipe sabía del fuerte prejuicio que existía en la mente de muchas personas, incluido Natanael, en contra de la aldea de Nazaret, por lo mismo no trató de argumentar contra él, pues podía suscitar un espíritu combativo, que en nada haría bien a su propósito evangélico. En lugar de eso, sencillamente le dijo: “Ven y ve”. A propósito Elena G. de White nos recuerda:

“He aquí una lección para todos nuestros ministros, colportores y obreros misioneros. Cuando, os encontráis con personas que, como Natanael, tienen prejuicios contra la verdad, no presentéis con insistencia y con mucha fuerza vuestros puntos de vista peculiares. Hablad con ellos al principio de temas acerca de los cuales tenéis unanimidad. Arrodillaos con ellos en oración, y con fe humilde presentad vuestras peticiones al trono de la gracia. Tanto vosotros como ellos alcanzaréis una relación aún más estrecha con el cielo, el prejuicio se debilitará y será más fácil alcanzar el corazón”.[8]

Afortunadamente, la incredulidad de Bartolomé desapareció y una fe firme y estable se posesionó de su corazón y sus más caros intereses fueron tornados hacia Cristo. Jesús alabó esta integridad de fe y le prometió que vería cosas aún mayores. De hecho, de la provincia de Galilea, en donde se encontraban las ciudades de Nazaret y Caná, junto a Nain, Betsaida, Magdala, Tiberias, Tariquea, Capernaum y Corazim, provenían los primeros discípulos y se convirtieron con el tiempo en la cuna del cristianismo.[9]

Debemos tener un corazón humilde y sincero

De acuerdo a Elena G. de White, Natanael era semejante a un niño en sinceridad y confianza. Ella afirma: “En feliz contraste con la incredulidad de Felipe, se notaba la confianza infantil de Natanael. Era hombre de naturaleza intensamente fervorosa, cuya fe se apoderaba de las realidades invisibles”.[10] Nada es más poderoso que la oración sincera de un corazón que se acerca a Dios con sencillez y humildad de corazón. El apóstol Santiago nos amonesta: “Humillaos bajo la poderosa mano de Dios” (1 Pedro 5:6). Sin duda, la oración de Natanael debajo de su higuera fue oída y contestada por el Maestro pues provenía de un corazón sincero. Debemos, por tanto, mantener el mismo espíritu si deseamos, por un lado, encontrar la verdad y, por otro lado, ser escuchados por Jesús.

Debemos buscar la verdad con oración y estudiar la Biblia de manera personal

No hay mayor riqueza y beneficio espiritual que estudiar la Palabra de Dios con diligencia, en forma personal y con un ferviente espíritu de oración. Al reflexionar sobre el tema, Elena G. de White nos amonesta: “¿No sería bueno que nosotros fuéramos debajo de la higuera para suplicarle a Dios en cuanto a lo que es la verdad? ¿No estaría sobre nosotros el ojo de Dios como estuvo sobre Natanael?”[11] Como Natanael, todo creyente necesita estudiar la Palabra de Dios por sí mismo y pedir en oración la iluminación del Espíritu Santo. Nunca debiéramos abrir y estudiar las Sagradas Escrituras sin oración. Cuando Natanael vino a Jesús, el Salvador sabía dónde había estado. Del mismo modo, cuando acudimos a él en busca de iluminación para saber qué es verdad, tenemos la certeza de que Aquel que vio a Natanael debajo de la higuera nos verá también a nosotros en el lugar secreto de oración. Al respecto, Elena G. de White asegura:

“Al escudriñar las Escrituras, no debéis procurar interpretar sus declaraciones de tal manera que concuerden con vuestras ideas preconcebidas; antes bien, cual aprendices, allegaos para entender los principios fundamentales de la fe de Cristo. Con ávido interés y ferviente oración acudid a la Palabra de Dios para saber qué es verdad, manifestando el mismo espíritu que reveló Natanael cuando rogó fervientemente al Señor que le diera a conocer la verdad. Todo aquel que busque fervientemente la verdad, será iluminado como Natanael. Jesús lo vio cuando se postró en oración debajo de la higuera, y mientras aún pedía comprensión, vino el mensajero a llamarlo y a conducirlo al manantial de toda luz”.[12]

Fue un mártir

Se piensa que Natanael Bartolomé predicó en Arabia y hasta quizás en las proximidades de la actual Etiopía. Otros escritos de la iglesia primitiva sugieren que ministró en Persia. Según una tradición recogida por Eusebio de Cesarea, Bartolomé marchó a predicar el evangelio a la India, donde dejó una copia del Evangelio de Mateo en arameo.[13] La tradición armenia le atribuye también la predicación del cristianismo en ese país del Cáucaso, junto a Judas Tadeo. Ambos son considerados santos patronos de la Iglesia Apostólica Armenia, puesto que fueron los primeros en fundar el cristianismo en ese lugar.

No hay registros fidedignos de cómo murió. Una tradición dice que fue metido dentro de una bolsa, atado y echado al mar. Otros afirman que fue crucificado cabeza abajo en una de las provincias de Armenia. La tradición más aceptada indica que murió desollado. Su martirio y muerte se atribuyen a Astiages, rey de Armenia y hermano del rey Polimio que Bartolomé había convertido al cristianismo. Como los sacerdotes de los templos paganos se estaban quedando sin seguidores, protestaran ante Astiages por la labor evangélica de Bartolomé. El rey le ordenó que adorara a sus ídolos, tal como lo había hecho con su hermano. Ante la negativa de Bartolomé, ordenó que fuera despellejado vivo en su presencia hasta que renunciase a su Dios o muriese. En el arte cristiano se suele representar a Bartolomé con un gran cuchillo en su mano, aludiendo a su supuesto martirio (desollado o despellejado vivo) y mostrando su piel cogida en el brazo. Por esta razón, en la tradición católica es patrono de los curtidores.[14]

Fuere como fuere, la tradición cristiana nos habla de un joven que se entregó por completo a la predicación de las buenas nuevas de Jesús Salvador y Redentor del mundo aún a expensas de su vida. Tal convicción es ejemplo para las juventudes cristianas modernas.

Conclusiones

Natanael bar Tolomeo es un fiel representante de los hijos de Dios de nuestro tiempo y un vivo ejemplo a seguir. Fue un buscador ávido de la verdad, que debió derribar sus propios prejuicios antes de tener un encuentro personal con Jesús. Un verdadero miembro de la familia de Dios, fiel y sin engaño, que en sus momentos de intimidad con Dios a través de la oración sincera y del profundo estudio de las Escrituras fue alcanzado por la gracia divina al punto de no sólo reconocer en Jesús, su Mesías y Rey, sino también su Salvador en la vida y en la muerte. Su martirio nos recuerda que no es fácil el pasar de los verdaderos israelitas y también que hay esperanza para todos aquellos que reposan en sus promesas.


[1] Natanael (Nethanzêl), es un nombre hebreo que significa “Dios da”, “Dios ha dado” o “dádiva (don) de Dios”. En hebreo connado es Natan-el y en griego Nathanael, una transliteración de la palabra hebrea anterior. Por su parte, Bartolomé (en griego Bartholomáios) es una transliteración del nombre arameo Bar Talmay, es decir, “hijo de Talmai (Tolmai)”. A su vez Talmai es tal vez un arcaico nombre horeo que significa “grande”. En la época grecorromana Talmai pasó a ser Tolomeo. Desde el siglo IX en adelante y por su asociación con el discípulo Felipe, se relaciona a Bartolomé que aparece en todas las listas de los doce discípulos (Mateo 10:3; Marcos 3:18; Lucas 6:14; Hechos 1:13) con Natanael de Caná, mencionado en Juan 1:45-51 y 21:2. Los otros Natanael de la Biblia son: (1) Príncipe de la tribu de Isacar que durante la 1ra. parte de la peregrinación de Israel por el desierto estuvo a cargo de dirigir al pueblo en su peregrinaje, portar el pabellón y llevar las ofrendas para los sacrificios (Números 1:8; 2:5; 7:18, 23; 10:15); (2) Cuarto hijo de Isaí y hermano de David, de la tribu de Judá (1 Crónicas 2:14); (3) Sacerdote de la tribu de Leví que tocaba la trompeta en la orquesta cuando se llevó el arca a Jerusalén (1 Crónicas 15:24); (4) Levita, padre del escriba Semaías (1 Crónicas 24:6); (5) Hijo del portero Obed-edom en tiempos de David (1 Crónicas 26:4); (6) Príncipe de Judá enviado por el rey Josafat a enseñar la ley de Jehová por las ciudades de Judá (2 Crónicas 17:7); (7) Jefe de los levitas en el reinado de Josías  (2 Crónicas 35:9); (8) Miembro de la familia de Pasur que se había casado con una mujer extranjera en tiempos de Esdras y prometió despedirla y presentó como ofrenda de reparación un carnero (Esdras 10:19-22; cf. Levítico 5: 17-19); (9) Sacerdote post-exílico de la tribu de Leví en tiempos del sumo sacerdote Joiacim (Nehemías 12:21); (10) Hijo de un sacerdote de la tribu de Leví que tocó la trompeta en la dedicación del muro y del Templo de Jerusalén (Nehemías 12:36) (Sigfried H. Horn, Diccionario Bíblico Adventista, pp. 144, 827, 828; J. D. Douglas, Nuevo Diccionario Bíblico, p. 165).
[2] Sentarse debajo de su propia higuera era un símbolo de seguridad, paz y prosperidad sobre la tierra (1 Reyes 4: 25; Miqueas 4:4; cf. 2 Reyes 18:31; Proverbios 27:18; Isaías 36:16; Zacarías 3:10). cf. Fred H. Wight, Usos y costumbres de las tierras bíblicas (Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1981), p. 219.
[3] cf. con la profesión de fe de Pedro (Mateo 18:16) y de Tomás (Juan 20: 28).
[4] Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, 117.
[5] cf. John MacArthur, Doce hombres comunes y corrientes (Nashville, Tennessee: Editorial Caribe, 2004), pp. 147, 148; Mario Veloso, Juan. Contando la historia de Jesús Dios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2011), p. 36; Mario Veloso, Comentario al Evangelio de Juan (Miami, Florida: Pacific Press Publishing Association, 1997), p. 82.
[6] Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 113-115.
[7] Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 52. Elena G. de White agrega que “el pueblo de Nazaret no creía en él [Jesús]” (p. 167; cf. pp. 204, 205).
[8] Elena G. de White, Historical Sketches, p. 149. Año 1886.
[9] cf. Alfred Edersheim, Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo (Terrassa, Barcelona: Editorial Clie, 1990), pp. 58-60.
[10] Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 260; cf. La Educación, p. 81.
[11] Elena G. de White, Mensajes Selectos, t. 1, pp. 484, 485.
[12] Elena G. de White, Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática, pp. 28, 29. Y además agrega: “Los ángeles del mundo de luz están cerca de aquellos que con humildad solicitan la dirección divina” (El Deseado de Todas las Gentes, p. 113-115; cf. Atlantic Union Gleaner, 9 de junio de 1909).
[13] Eusebio de Cesarea, Historia Eclesíastica, Libro V, 10, 3.
[14] Ver Francis D. Nichol, Comentario Bíblico Adventista, t. 6, p. 39; Sigfried H. Horn, Diccionario Bíblico Adventista, p. 144; Bartolomé el apóstol. Disponible en http://es.wikipedia.org/wiki/Bartolom%C3%A9_el_Ap%C3%B3stol

viernes, 11 de octubre de 2013

Un amigo en medio de la noche

Un amigo en medio de la noche.
Dios “sí” responde las oraciones.

Víctor A. Jofré Araya, Magíster © en Educación Religiosa.
Colegio Adventista de Arica, Chile (2013).
Se le puede escribir a victorja@gmail.com


“¡Haz honor a tu nombre y actúa en nuestro favor!” (Jeremías 14: 21, RVC).

“¡Haz honor a tu nombre y no tardes más!” (Daniel 9: 19, NVI).



Una joven me dijo una vez: “Dejé de interesarme en Dios cuando descubrí que él no se interesa en mí”. Una de las interrogantes más comunes en la experiencia cristiana se relaciona con el interés que la Divinidad manifiesta hacia sus criaturas y, sin duda alguna, ese interés de demuestra más vívidamente cuando oramos al Señor y deseamos experimentar la certeza de la respuesta divina a nuestras oraciones o a las que son elevadas por sus hijos. Si bien las Escrituras dan por sentado esta seguridad (cf. Marcos 11: 24; Juan 16: 23, 24; 1 Juan 5: 14-15; entre otros), en la experiencia cotidiana pareciera que esa respuesta tarda o, a veces, no llega y nuestra confianza se ve remecida y, naturalmente, dejamos de confiar.

En este respecto, fue el mismo Jesús quien nos expresó la seguridad de su respuesta con las siguientes palabras: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide recibe, el que busca halla y al que llama se le abrirá” (Mateo 7: 7, 8; Lucas 11: 9, 10, RVR60). “Todo cuanto pidiereis en oración –afirmó el Salvador-, creed que lo recibiréis ya; y lo tendréis” (Marcos 11: 24, RVR60). Entre los apóstoles, Pablo nos asegura que Aquel “que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8: 32, RVR60). Y en el Antiguo Testamento tenemos el testimonio de Jabes, quien oró al Señor y “Dios le concedió lo que pidió” (1 Crónicas 4: 9, RVR60). Tanto Mateo como Lucas comparan al Padre celestial como un padre amoroso quien, cuando su hijo le pide un pan, un pescado o un huevo, no duda en darle lo que éste le pide y no le da algo que sabe que le hará daño (Mateo 7: 9, 10; Lucas 11: 11, 12).

En el Evangelio de Lucas, la mencionada sentencia de seguridad dada por Jesús (Lucas 11: 9, 10) se pronuncia posterior a una pregunta que el Gran Maestro plantea a su auditorio (quienes minutos antes le habían solicitado que les enseñara a orar, v. 1). La pregunta del Salvador dice así:

“¿Quién de vosotros que tiene un amigo que va a vosotros de noche y le dice: Amigo, préstame tres panes, pues un amigo mío ha llegado de camino y no tengo qué poner delante de él, le responde diciendo: No me molestes, pues ya está la puerta cerrada y mis niños están conmigo en la cama y no puedo levantarme y darte nada?” (vv. 5-7; traducción personal. Énfasis añadido).

La pregunta de Cristo pareciera decirnos: “¿Quién de vosotros reaccionaría así? ¿Creen ustedes que ésta es la manera en que el amigo que está dentro de su casa actuaría?” La respuesta del mismo Jesús nos sorprende aún más. Ésta pareciera ser: “¡Nadie actuaría así! ¡No!, definitivamente no, nadie”. El Gran Maestro continúa la historia y da las razones para dicha respuesta:

“Os digo que se levantará, no sólo por ser su amigo, sino para no ser deshonrado, y le dará todo lo que necesite” (v. 8; traducción personal. Énfasis añadido).

Dos opiniones encontradas

Para muchos, incluido el testimonio del espíritu de profecía, esta parábola enunciada por Jesús nos enseña acerca de la necesidad de persistencia y perseverancia en la oración. Al respecto Elena G. de White declara:

“La ilustración de Cristo presenta un principio que todos necesitamos comprender. Demuestra lo que es el verdadero espíritu de oración, enseña la necesidad de la perseverancia al presentar a Dios nuestras peticiones, y nos asegura que él está dispuesto a escucharnos y a contestar la oración”.[1] 

Sin embargo, un gran número de eruditos plantean que en realidad la intención original del Señor en esta parábola es la seguridad de la respuesta a las oraciones, más que la perseverancia e insistencia en la oración. Josef Schmid, por ejemplo, afirma:

“… en contra de la interpretación corriente, no es su fin [de esta parábola] ilustrar la necesidad de la oración constante, porfiada, sino sólo la seguridad de que Dios presta oídos a nuestras súplicas […] Entonces no es tampoco el pensamiento central de la parábola el de que se debe orar con obstinación y constancia para ser atendido por Dios, sino el encarecimiento de la oración confiada”.[2]

Por su parte, William Barclay asegura:

“La lección de esta parábola no es que debemos persistir en la oración, que tenemos que aporrear la puerta de Dios hasta que no tenga más remedio que darnos lo que le pedimos, como si Dios no estuviera dispuesto a molestarse […] no quiere decir que le tenemos que sacar las cosas a la fuerza a un Dios despreocupado, sino que acudimos a un Dios que conoce nuestras debilidades aún mejor que nosotros”.[3]

La resolución final a esta aparente contradicción se encontraría en cómo se traduzca o interprete un diminuto término que se encuentra en las palabras de Jesús. Éste término es anaideia,[4] un concepto que la mayoría de las versiones bíblicas vierten como “impertinencia”, “imprudencia”, “importunidad”, “persistencia” o “desvergüenza”.[5] De acuerdo W. E. Vine, anaideia denota desvergüenza e importunidad y se usa en esta parábola con respecto a la necesidad de intensidad y perseverancia en la oración. De acuerdo a este autor, “si la desvergonzada persistencia puede conseguir un favor de un vecino, con toda certeza la oración ferviente recibirá respuesta de nuestro Padre”.[6] Siguiendo esta misma línea de pensamiento, Gerhard Kittel comenta que anaides, muy común en la Septuaginta (o Versión de los LXX), es sinónimo de insolente.[7] De manera semejante, en obras de Arquíloco, Platón, Sófocles, Heródoto, Píndaro y Epicteto, anaides se utiliza con el significado de descaro.[8] En este respecto, el Comentario Bíblico Adventista declara “el dueño de casa rechazó vez tras vez los urgentes pedidos de su visitante de medianoche… pero éste no aceptó su negativa”.[9] Y el espíritu de profecía agrega y afirma: “En la fe genuina hay un bienestar, una firmeza de principios y una invariabilidad de propósito que ni el tiempo ni las pruebas pueden debilitar”.[10]

Sin embargo, según Bailey:

“Es importante entender que el concepto de “importunidad” no existía en aquella cultura [la del antiguo cercano oriente], y que es un elemento que se ha “colado” en la parábola debido a que aparece en los versículos que la siguen”.[11]

Bailey agrega que, traducir anaideia por persistencia, “produce serias dificultades teológicas”.[12] Surge entonces la pregunta, ¿qué quiso enseñar Jesús con estos dichos acerca de la oración? El tema de este pasaje, ¿es la necesidad de la perseverancia e insistencia en la oración o la seguridad de respuesta a la misma?

Un vistazo a la cultura bíblica

Intentaremos aclarar el sentido del texto en cuanto a la persistencia en la oración o a la certeza de respuesta descubriendo su significado en el contexto de la cultura del cercano oriente, más precisamente, como se ha sugerido, en la vida de las clases humildes de Palestina, pues es precisamente con este trasfondo que la parábola fue enunciada.

En primer lugar, los habitantes de Palestina y de los países árabes creen que una persona que viene a su casa es enviada por Dios. Vista así, la hospitalidad se transforma en una obligación sagrada (cf. Génesis 18: 2-7; 19: 1-3; Hebreos 13: 2). Un amigo siempre es bien recibido y goza de muchos favores en estas tierras. Incluso se recibe a un enemigo como huésped y es tratado como un amigo. De igual manera, en los días de Cristo y de los apóstoles se daba mucha importancia a la obligación de hospedar a los creyentes que llegaban al pueblo. La hospitalidad entre los primeros cristianos promovió la camaradería y fortaleció el crecimiento de la iglesia (cf. Hechos 8: 4; 18: 1-3; 1 Timoteo 3: 2; 5: 10; Romanos 12: 13; 1 Pedro 4: 9; 3 Juan 8). En cuanto al trato con los huéspedes, lo primero que se le ofrece al recién llegado es un vaso de agua (cf. Génesis 24: 17, 18; Marcos 9: 41) y, a su vez, es considerado un acto muy especial de hospitalidad el compartir el pan, pues es la manera de hacer un pacto de paz y fidelidad (cf. Génesis 26: 30).[13]

De igual manera, en Jerusalén nadie consideraba su casa como propia. Los rabinos enseñaban: “Que tu casa esté bien abierta y que los pobres sean hijos de tu casa”.[14] Algunos sugerían que la vivienda debería tener cuatro puertas para dar la bienvenida a los viajeros que vinieran de cualquier dirección. También declaraban que la hospitalidad era una acción tan meritoria como haber ofrecido los sacrificios diarios.

Un visitante en medio de la noche sería un hecho más bien inusual en las colinas de Palestina, pero considerando cuán relevante es ofrecer hospitalidad, no haber sido hospitalario pronto sería sabido y, al día siguiente, todo el pueblo podría verse envuelto en una situación engorrosa, pues el invitado no lo es sólo del que lo acoge, sino también es huésped de toda la comunidad. Toda la aldea es responsable de atender y cuidar al visitante.[15]

Bailey, parafraseando el texto en cuestión, pregunta:

“¿Puedes imaginarte que tienes un invitado, que vas a casa del vecino para que te preste un poco de pan y tu vecino te da unas excusas ridículas diciéndote que la puerta ya está cerrada y que los niños ya están durmiendo?”[16]

Descubriendo el sentido original de anaideia

Una de las soluciones dadas para la traducción de anaideia es considerar al amigo que está en casa y no al amigo que procura ayuda como el sujeto que posee esta cualidad. En este sentido, deberíamos pensar que aquel que duerme está preocupado en responder a la petición de su inesperado amigo pues piensa en su propio descaro, es decir, “el descaro del que se le tachará si se niega a ayudar al que le pide ayuda. Por eso le ayuda, no por la amistad que les une, sino para que luego nadie diga que él es un aner anaides”.[17] Aner anaides (hombre descarado) sería una cualidad poco deseable y para nada respetable en una sociedad que tiene en alta estima a quien está dispuesto a hospedar a quien quiera que fuese y, dado que nadie en la aldea quiere ser etiquetado como descarado o desvergonzado, el amigo en casa actúa para evitar a toda costa que esto ocurra. Así, una traducción bastante aceptable de anaideia en Lucas 11: 8 sería: “Por su sentido de honor, se levantará y le dará lo que necesite”.

Teniendo este panorama en mente, Schmid argumenta: “Una recusa del de dentro de la casa constituiría una violación inaudita de la hospitalidad y el espíritu de servicio orientales, y por lo mismo no sería un rasgo auténtico y realista de la parábola”.[18] Así, por ejemplo, traducciones como la que vierte la Nueva Biblia Latinoamericana (NBL) no le hacen mucho favor a la cultura oriental cuando expresa: “Si el de afuera sigue golpeando, por fin se levantará a dárselos. Si no lo hace por ser amigo suyo, lo hará para que no lo siga molestando” (v. 8). En primer lugar, ningún amigo golpea o toca la puerta, sino más bien llama a viva voz para que su amigo desde adentro le reconozca, sobre todo si va de noche y su presencia no debería representar ninguna duda o peligro para aquel que le escucha desde adentro. Al menos así podemos entender las palabras de Jesús cuando nos dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3: 20, RVR60; énfasis añadido). Y en otro lugar dice: “Las ovejas oyen su voz [del pastor]; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca… va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Más al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10: 3-5, RVR60; énfasis añadido). Y por otro lado, las minuciosas normas sociales en cuanto a la hospitalidad en las lejanas tierras del cercano y medio oriente darían por inaceptable una negativa de parte del que atiende desde su cuarto al pedido de su angustiado amigo que también lucha por no quedar mal delante de su visitante.

Traducciones más modernas de las Escrituras hacen mayor justicia en este texto. Por ejemplo, la Traducción en Lenguaje Actual (TLA) de las Sociedades Bíblicas Unidas, vierte el v. 8 de la siguiente manera: “Si el otro sigue insistiendo, de seguro el vecino le dará lo que necesite, no tanto porque aquel sea su amigo, sino para no ser avergonzado ante el pueblo” (énfasis añadido). Por su parte, Today´s New International Version (TNIV) de la International Bible Society, en una nota de pie de página, vierte así el final del v. 8: “Yet to preserve his good name” (“para preservar su buen nombre”; traducción personal). Y New Living Translation lo traduce: “So his reputation won’t be damaged” (“así su reputación no será dañada”, traducción personal) o “in order to avoid shame” (“para evitar la vergüenza”, en un pie de página; traducción personal). En la versión en español, la Nueva Traducción Viviente (NTV), en un pie de página la vierten como “para evitar la vergüenza” o “para que su reputación no se vea dañada”. Y Bailey lo traduce: “por evitar la vergüenza”.[19]

Un Dios que no deshonra su nombre

Las Escrituras del Antiguo Testamento, principalmente, dejan en claro que cuando un alma afligida busca auxilio, socorro, perdón u oportunidades al Padre celestial lo hace por el honor del nombre de Dios (cf. Salmos 25: 11, RVC: “haz honor a tu nombre”). Expresiones tales como “por tu nombre”, “por amor a tu nombre”, “por causa de tu nombre” y “por la gloria de tu nombre”, son comunes a lo largo del Antiguo Testamento y todas ellas tienen relación con una súplica por ayuda o perdón por parte del suplicante o penitente que desea ser contestada y ante la cual se tiene la certeza de respuesta, pues se espera que Dios responda “haciendo honor a su nombre” (Salmos 106: 8, NVI, DHH; cf. Salmos 31: 3, RVC, NVI: “por causa de tu nombre”; Salmos 106: 8; 109: 21, RVR60: “por amor a su nombre”). Desde esta perspectiva, el salmista exclama: “Por la gloria de tu nombre, ¡ayúdanos, Dios de nuestra salvación!” (Salmos 79: 9, RVR60) y “pide a Dios que socorra a Israel, no por amor a éste -pues nada merece-, sino por la gloria divina”.[20]

De igual manera, los profetas, así como el salmista, ruegan a Dios, en espera de respuesta, exclamando: “¡Haz honor a tu nombre!”. Por ejemplo, Jeremías exclama en 14: 21, RVR60: “Por amor de tu nombre no nos deseches, ni deshonres tu glorioso trono” (cf. RVC: “¡Pero no nos deseches! ¡No deshonres tu trono glorioso! ¡Haz honor a tu nombre y actúa en nuestro favor”; NVI: “Actúa en razón de tu nombre”; DHH: “Actúa por el honor de tu nombre”). Por su parte, Daniel ruega en 9: 19, RVR60: “No tardes, por amor de ti mismo” (cf. NVI: “¡Haz honor a tu nombre y no tardes más!”).

De acuerdo al Comentario Bíblico Adventista, la expresión “por causa de tu nombre”, denota por la reputación o por causa del carácter del Señor. Esta frase, según el mencionado Comentario, encierra un profundo significado, pues indica que “el suplicante se somete a la voluntad divina” y que “comprende que el honor de Dios está en juego en todo lo que atañe al gobierno divino, y cree que el Altísimo sería deshonrado si le negara el pedido que ahora le presenta”. Por su parte, “Dios se compromete a contestar una oración tal, pero sólo de una manera que esté en armonía con su voluntad, siendo que todo lo que Dios hace es una revelación de su carácter inmutable”. Una respuesta desfavorable “deshonraría el nombre de Dios y negaría su palabra”.[21]

En este mismo contexto, el Señor afirma en Isaías 48: 9, RVC: “Por causa de mi nombre y porque está en juego mi alabanza, refrenaré mi enojo” (cf. DHH: “Tuve paciencia por respeto a mí mismo, por mi honor me contuve”). En Ezequiel 20: 44, NVI, el Señor asegura que él actuará “en favor de ustedes, en honor a mi nombre y no según su mala conducta” (cf. vv. 9, 14, 22). Es decir, no hay nada en el penitente que tenga mérito para la respuesta divina favorable, sino que el Omnipotente responde para no ser deshonrado delante de las naciones paganas y no haya duda de que el Dios de Israel es el verdadero Dios. Así lo entiende el salmista cuando exclama: “Por causa de tu nombre, ¡líbranos…! Que no digan los paganos: ¿Dónde está tu Dios?” (Salmos 79: 9, 10, RVC, NVI; cf. Salmos 42: 3, 9, 10; 115: 1, 2; Miqueas 7: 10; Joel 2: 17). Y esta es la misma razón por la que Salomón oraba:

“Asimismo el extranjero, que no es de tu pueblo Israel, que viniere de lejanas tierras a causa de tu nombre (pues oirán de tu gran nombre, de tu mano fuerte y de tu brazo extendido), y viniere a orar a esta casa, tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, y harás conforme a todo aquello por lo cual el extranjero hubiere clamado a ti, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre y te teman, como tu pueblo Israel, y entiendan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo edifiqué” (1 Reyes 8: 41-43, RVR60).

En este sentido y contexto general, se entiende cuando Bailey afirma:

“El clímax de la parábola gira en torno a la cuestión del “sentido de honor” o “actitud intachable” del hombre que está durmiendo, que le lleva a responder, aún en medio de la noche, a la petición de su amigo”.[22]

¿Qué aprendemos de todo esto?                                               

En primer lugar, una idea que debe quedar clara es que el personaje central de la parábola en cuestión es la figura del amigo de la casa cerrada.[23] Jesús mismo compara a este amigo con Dios: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial…?” (Lucas 11: 13, RVR60; cf. Mateo 7: 11).

Un segundo punto importante es que la parábola nos habla de la seguridad de la respuesta divina, más que de la necesidad de persistencia en la oración. En este sentido, no es paralela a la parábola de la viuda y el juez de Lucas 18: 1-7 como algunos lo han sugerido. Barclay asegura que “al orar no nos estamos dirigiendo a alguien que no está dispuesto a ayudarnos, sino a un Padre que se complace en suplir las necesidades de sus hijos”.[24] Por su parte, Elena G. de White afirma: “La seguridad que les dio [Jesús] de que sus oraciones serían oídas, nos es dada también a nosotros […] Los que tienen hambre y sed de justicia, los que suspiran por Dios, pueden estar seguros de que serán saciados”.[25] Además, “cuando no recibimos al instante las mismas cosas que hemos pedido, debemos creer aun que el Señor oye y que contestará nuestras oraciones”.[26]

De igual forma, no debemos olvidar que ambos amigos de la parábola se vieron enfrentados al mismo problema: debían cumplir con las leyes de la hospitalidad propias de las comunidades campesinas de los tiempos de Jesús. De no ser así, toda la aldea se enteraría al día siguiente de su falta de interés en su prójimo y sus nombres y el de sus familias serían deshonrados. Recordemos que es la reputación de toda una comunidad la que está en juego, pues ser hospitalarios es deber de la aldea en general. Ahora bien, aunque ambos amigos, el que pide y el que da, están en el mismo lío social y comunitario, la “vergüenza” o la “deshonra” aduce al amigo que fue “molestado” o “importunado” (el que está en casa) y no al que está “molestando” o “importunando” (el que solicita ayuda). Por lo mismo, el que pide, porque también fue importunado y al siguiente día debería dar razones delante de la comunidad de su falta de hospitalidad, va donde su amigo, aún en medio de la noche, porque está profundamente convencido de que le va a conceder su solicitud.  

Así mismo, Jesús nos asegura a través de esta parábola que aún en medio de la noche más oscura, no importa en qué circunstancias o cuán profunda sean nuestras necesidades o cuán inoportuno pareciera ser nuestro pedido, el Padre, ese amigo que no duerme (Salmos 121: 3, 4), está dispuesto a responder “por amor de su nombre” (cf. Salmos 23: 3). Bailey, al respecto, afirma: “La parábola enseña que Dios es un Dios de honor y que el hombre puede estar completamente seguro de que sus oraciones van a ser escuchadas”.[27]

El vecino de la parábola…

“[…] es un hombre íntegro y no va a violar esa virtud. El Dios al que oras también es integro, y no puede ir en contra de su integridad […] Si puedes estar seguro de que, cuando vas a un vecino como ese en mitad de la noche, te va a dar lo que necesitas, ¡cuánto más cuando llevas tus peticiones a tu Padre que te ama!”.[28]

Todo el universo es testigo de un Dios que no desampara a sus hijos ni tampoco se hace esperar y que, por su propio honor que es puesto en juego, provee de todo lo necesario para quienes confían en él. Elena G. de White nos exhorta diciendo: “Presenta a Dios tus necesidades, gozos, tristezas, cuidados y temores. No puedes agobiarlo, no puedes cansarlo. El que tiene contados los cabellos de tu cabeza, no es indiferente a las necesidades de sus hijos”.[29] Podemos, por tanto, experimentar y debería ser nuestra tarea diaria desarrollar una confianza tal, incondicional y absoluta, en la bondadosa y paternal respuesta de nuestro Padre celestial.




[1] Elena G. de White, Palabras de Vida del Gran Maestro (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), p. 109.
[2] Josef Schmid, El Evangelio según San Lucas (Herder, Barcelona, 1968), p. 285, 286. Énfasis en el original.
[3] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento (Editorial Clie, Terrasa, Barcelona, 1994), volumen 4, p. 181.
[4] Al respecto Kenneth E. Bailey en su libro Las parábolas de Lucas (Editorial Vida, Miami, Florida, 2009), p. 261, afirma: “Entenderemos correctamente los elementos culturales de la parábola una vez que entendamos de forma adecuada la palabra clave: anaideia” (cf. p. 269).
[5] Entre otras, las Versiones Reina-Valera 1909 (VRV09), Reina-Valera 1960 (VRV60), Reina-Valera 1995 (VRV95), Nueva Reina-Valera 2000 (NRV2000), Biblia de las Américas (BLA), Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy (NBLH), Biblia de Jerusalén (BJ) y Biblia del Peregrino (BP) lo traducen como importunidad; la Nueva Versión Internacional (NVI), la Versión Dios Habla Hoy (DHH) y The New Living Bible Spanish (NBD) lo vierten como impertinencia; la Biblia al Día (BD), la Versión Reina-Valera Contemporánea (RVC), la Palabra de Dios para Todos (PDT) y William Barclay, op. cit., volumen 4, p. 181, lo traducen como insistencia. La Versión Recobro (VR) la vierte descarada insistencia; la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras (TNMSE) la traduce como persistencia atrevida. La Biblia Hispanoamericana Traducción Interdenominacional (BHTI) la parafrasea como evitar que lo siga molestando. En la versión portuguesa de Joao Ferreira de Almeida se traduce como importunacao. Por su parte King James Version (KJV), lo traduce importunity; New International Version (NIV) dice boldness or persistence; Today’s New International Version (TNIV) la vierte como shameless audacity; The Authentic New Testament de Hugh J. Schonfield (The New American Library of World Literature, Inc., Nueva York, 1958, p. 165) lo vierte como very effrontery; Today’s English Version (TEV) y Contemporary English Version (CEV) la parafrasean como you are not ashamed to keep on asking;
[6] W. E. Vine, Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento (Editorial Clie, Barcelona, 1984), tomo 2, p. 231.
[7] Gerhard Kittel (ed.), Theoligical Dictionary of the New Testament (W. M. B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, 1976), volumen 1, p. 171.
[8] Bailey, op. cit., p. 269.
[9] Francis D. Nichol (ed.), Comentario Bíblico Adventista (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), tomo 5, p. xxx.
[10] Elena G. de White, Palabras de Vida del Gran Maestro (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), p. 113.
[11] Bailey, op. cit., p. 261.
[12] Bailey, op. cit., p. 273.
[13] Fred H. Wight, Usos y costumbres de las tierras bíblicas (Editorial Portavoz, Grand Rapids, Michigan, 1981), pp. 71-78, 127, 128.
[14] Alfred Edersheim, Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo (Editorial Clie, Terrassa, Barcelona, 1990), p. 68.
[15] Bailey, op. cit., pp. 265, 266.
[16] Bailey, op. cit., p. 261.
[17] Bailey, op. cit., pp. 275, 276.
[18] Schmid, op. cit., p. 286.
[19] Bailey, op. cit., p. 262.
[20] Nichol, op. cit., t. 3, p. 830; cf. p. 701, el comentario de Salmos 25: 11.
[21] Nichol, op. cit., t. 3, p. 713.
[22] Bailey, op. cit., p. 261.
[23] cf. Schmid, op. cit., p. 286.
[24] Barclay, op. cit., volumen 4, p. 180.
[25] Elena G. de White, El Camino a Cristo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), p. 49, 50.
[26] Elena G. de White, El Camino a Cristo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), p. 50.
[27] Bailey, op. cit., p. 261.
[28] Bailey, op. cit., p. 280.
[29] Elena G. de White, El Camino a Cristo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), p. 52.