BIENVENIDOS

Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Psicología, la Filosofía y la Educación.

martes, 25 de febrero de 2014

EPICUREISMO Y ESTOICISMO



LAS GRANDES ESCUELAS ÉTICAS GRECORROMANAS:
EPICUREISMO Y ESTOICISMO[1]

“Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con [Pablo]. . .
Algunos creyeron, juntándose con él”[2]





EL MUNDO Y LA FILOSOFÍA HELENÍSTICA – ROMANA

Desde la muerte de Aristóteles en el año 322 a. C. y la formación de diversas escuelas de “sabiduría” hasta el saqueo de Roma y el término de la Edad Antigua en el 410 d. C., se extiende un período dentro de la historia de la filosofía conocido como “filosofía helenístico – romana”. Este período se caracteriza por el cruce de culturas orientales, egipcias, griegas y otras que hasta ese momento se encontraban sin comunicación. Atenas, Roma y Alejandría se convierten en los centros culturales e intelectuales. La inquietud religiosa y mística de este período se agrega a la preocupación ética de los períodos anteriores. Domina por tanto una exigencia ético – religiosa.

En el siglo IV a. C. la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles continúan su labor esencialmente de análisis y actividad científica, más que filosófica. Junto a estas escuelas “tradicionales” aparecen las llamadas “escuelas socráticas menores”. Éstas anuncian la próxima inclinación de la filosofía. El interés por la ciencia natural declinó y estas escuelas se preocuparon sobre todo por la ética y la religión. El ideal de estas escuelas fue la realización de un tipo de vida humano: el de sabio. Se desprecia el saber erudito de Platón y Aristóteles y se vuelve hacia la figura profundamente humana de Sócrates. Se estima que los filósofos habían hablado mucho sin lograr mostrar a la vida humana nada digno de ser seguido. El nuevo ideal es, en cambio, el silencio, el abandono y la renuncia y, en lugar de la palabra, una actitud y una vida ejemplar. Los megáricos, los cínicos y los cirenaicos se encuentran entre las principales escuelas socráticas menores.

Características principales del mundo helenístico

         Las conquistas militares de Alejandro Magno resultaron en una revolución política y cultural en todo el mundo griego. A su muerte en 323 a. C., el imperio dividido entre sus generales tiene las siguientes características:

-          Las polis, como Atenas y Esparta, que dominan un pequeño territorio y combaten por su hegemonía, pierden sentido como modelo político.
-          Frente a las polis se extiende ahora todo el enorme territorio conquistado por Alejandro, configurado diferente a las polis.
-          La política, que Aristóteles había llamado “la más arquitectónica de las ciencias”, no puede constituirse ya sobre la base de las ciudades – estado (polis).
-          El poder del modelo griego no va a ser ya político, sino cultural. Helenismo significará vivir, imitar o reproducir la idea de lo griego, que se extenderá al mundo conquistado por Alejandro y sus sucesores.
-          Todo lo anterior implica la pérdida de la cultura nacional y el paso a la democracia ateniense.

Características culturales del helenismo

         La cultura helenista aparece de las siguientes formas:

-          La vida humana se plantea bajo cierto cosmopolitismo, en función de los nuevos territorios.
-          Adquieren especialización las ciencias experimentales y las matemáticas.
-          En algunos palacios de monarcas helenistas se establecen bibliotecas y centros de investigación que amplían el concepto de comunidad científica iniciada por la Academia platónica y el Liceo aristotélico. La Biblioteca de Alejandría fundada en el Museo del palacio de Ptolomeo y la Biblioteca de Pergamon fundada por el rey Atalo I, son ejemplos de esta nueva concepción del saber.

Las nuevas filosofías que surgen tendrán principalmente carácter práctico. Se trata de salvar al hombre y dar sentido a su vida individual fuera de los muros de la polis destruida o en decadencia.

Al final de este período aparecen revaloradas las figuras y el pensamiento de Platón y Pitágoras, en una corriente de pensamiento conocido como “neoplatonismo”. Su representante más grande fue Plotino (205 – 270 d. C.). Otro gran acontecimiento de este período es el surgimiento del cristianismo y el desarrollo de la filosofía cristiana. 

LAS GRANDES ESCUELAS ÉTICAS

El problema ético (moral) toma cuerpo en el siglo III a. C., y se hace más maduro, más teórico, menos espectacular. Se une a una reflexión de tipo religioso, en los momentos en que la religión tradicional griega está en decadencia. Surgen en este ámbito las dos más importantes escuelas éticas de la filosofía helenística – romana: el epicureísmo y el estoicismo. Junto al escepticismo y al neoplatonismo fueron las principales escuelas filosóficas en el mundo occidental.

EPICUREÍSMO: LA FELICIDAD COMO PLACER

         Se conoce como epicureísmo a las doctrinas metafísicas y éticas enseñadas en la famosa Escuela que fue fundada por Epicuro en el año 306 a. C.

Epicuro

Epicuro nació en el seno de una familia ateniense en la isla griega de Samos en el año 341 a. C. Sus padres fueron Neoclés y Cherestrata, un maestro de escuela que se trasladó desde Atenas a la isla con su familia. La educación de su padre y la de otros filósofos le hizo interesarse desde muy joven por la filosofía. Fueron sus maestros el platónico Pánfilo en Samos y Nausífanes, seguidor de Demócrito y quien le puso en contacto con su pensamiento, en Teos.

A los 18 años se trasladó a Atenas para cumplir su servicio militar. Allí debió conocer las enseñanzas de Xenócrates, sucesor de Platón en la Academia. Después de una breve estancia, en el 322 a. C., se reunió con su padre en Colofón, donde empezó a enseñar. Sobre el 311 a. C., Epicuro fundó una escuela filosófica en Mitilene, en la isla de Lesbos, y dos o tres años después fue director de una escuela en Lampsaco (hoy, Lâpseki, Turquía). Sus viajes y docencia fueron madurando sus concepciones filosóficas.

Vivió por un tiempo en el exilio y la pobreza. De regreso a Atenas en el 306 a. C. compró su famoso Jardín. Se instaló allí y enseñó sus doctrinas a un devoto grupo de seguidores. Como las enseñanzas tenían lugar en el patio de la casa de Epicuro, el Jardín, sus seguidores fueron conocidos como los “filósofos del Jardín”. Vivía en comunidad con sus amigos y discípulos: Hemarco, Metrodoro de Lampsaco, Polieno, la cortesana (hetaira) Themista, etc.  Como mujeres y hombres frecuentaban el lugar, incluso uno de los esclavos de Epicuro, provocó numerosas calumnias sobre las actividades que se tenían allí. En este sentido su escuela era diferente a la Academia y el Liceo, con las cuales compitió. Estudiantes de toda Grecia y Asia Menor acudieron para incorporarse a la escuela de Epicuro, atraídos tanto por su carácter como por su inteligencia.

Según Diógenes Laercio, historiador y biógrafo del siglo III d. C., la principal fuente de información sobre Epicuro, éste fue un autor prolífico. Epicuro a su muerte dejó más de 300 manuscritos, incluyendo 37 tratados sobre física y numerosas obras sobre el amor, la justicia, los dioses y otros temas.[3] Sin embargo, todo ese legado se perdió, quedando para nosotros una mínima parte. De sus escritos, sólo se han conservado tres cartas que reproduce el mismo Diógenes en el Libro X de su Vida de los filósofos ilustres.  Ellas son la Carta a Meneceo, la Carta a Heródoto y la Carta a Idomeneo (probablemente su testamento, pues la escribió el día en que murió). También se conservan algunos fragmentos breves de una colección de 40 sentencias o máximas morales y aforismos, todos incluidos en la biografía de Epicuro escrita por Diógenes Laercio. A la desaparición de la herencia literaria de Epicuro contribuyó la visión negativa que de él tenían los estoicos y sus constantes polémicas con ellos acerca de su cerrada defensa del placer y del aislamiento del mundo como vías para alcanzar la felicidad y la tranquilidad del alma.

Las principales fuentes sobre las doctrinas de Epicuro son las obras de los escritores romanos Cicerón, Séneca y Plutarco. También se incluyen las obras de muchos de sus discípulos. Entre ellos destacan Metrodoro de Lampsaco, Colotes y Filodemo, autor de un libro Sobre música. Sin embargo, se destaca entre todos Tito Lucrecio Caro, poeta y filósofo muerto alrededor de 55 a. C., principal exponente romano, cuyo célebre poema filosófico De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), escrito hacia la mitad del s. I a. C., describe el epicureísmo en detalle. Este poema, lleno de originales perspectivas, contribuyó a la difusión del epicureísmo en la Roma imperial, contraponiéndose a estoicos y peripatéticos (aristotélicos).
Epicuro elaboró estudios sobre física, astronomía, meteorología, psicología, teología y ética. Murió en Atenas el año 270 a. C. tras grandes sufrimientos provocados por una prostatitis, manteniendo hasta el final la serenidad, la firmeza y la paz interior. Los epicúreos del Jardín organizaron un culto en torno a su persona, que contribuyó a aumentar la cohesión de la secta, así como a conservar y propagar la doctrina. Sobre Epicuro, Diógenes Laercio escribió:
“De Samos ha salido el físico postrero, el impudente, el maestro de los niños, el más duro y brutal de los mortales”.[4]

La filosofía de Epicuro es una canción al individualismo. Para Epicuro lo verdaderamente importante es la sensación y lo que ésta produce en el individuo. En su sistema filosófico no tienen demasiada importancia los razonamientos universales ni las categorías generales, pues, dice el folósofo, ni las unas ni las otras tienen valor alguno frente a la conducta individual.

Ética y demás enseñanzas de los epicúreos
A Sócrates le interesaba cómo un ser humano podía vivir una vida feliz. Los cínicos y los estoicos interpretaron esto como una liberación de todo lujo material. Sin embargo, Aristipo, un discípulo de Sócrates, pensaba que la meta de la vida era conseguir el máximo placer sensual. Él dijo: “El mayor bien es el deseo, el mayor mal es el dolor”.
Las ideas éticas de Aristipo y de la escuela cirenaica y las experiencias de Epicuro, unidas a la incertidumbre general acerca de la vida en los últimos siglos antes de Cristo, proporcionaron un marco particular a las enseñanzas epicúreas. La incertidumbre derivaba de las necesidades espirituales de sus contemporáneos inquietos ante la desintegración de la polis (ciudad) griega.
En ética, Epicuro desarrolló un sistema de pensamiento que identificaba la bondad más elevada o bien supremo (summum bonum) y, a la vez, la meta más importante de la vida, con el placer, principalmente el placer intelectual por sobre el placer sensual, pues éstos tienden a perturbar la paz del espíritu. Se dice que sobre la entrada del Jardín colgaba una inscripción con las palabras: “Forastero, aquí estarás bien. Aquí el placer es el bien primero”. Esta doctrina es la más conocida, pero asimismo la más discutida por los modernos tratadistas del epicureísmo.
Epicuro escribió:
“El placer es el mayor bien que expresa nuestra naturaleza [. . .] Llamamos al placer principio y fin de la vida feliz. En efecto, sabemos que es el bien primero e innato, connatural a nosotros, y que de él derivamos toda elección o rechazo y llegamos a él, valorizando todo bien con el criterio del efecto que nos produce en nuestras sensaciones”.[5]
El mayor placer, según el maestro del Jardín, es comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. El tetrafármaco o receta de Epicuro para la vida tranquila, conocida como las “cuatro hierbas curativas”, dice así:
“Lo bueno es fácil de conseguir; lo malo es fácil de evitar; la muerte es insensibilidad; los dioses no son temibles”.
Los epicúreos mantenían también que es mejor posponer el placer inmediato con el objeto de alcanzar una satisfacción más segura y duradera en el futuro; por lo tanto, insistieron en que la vida buena lo es en cuanto se halla regulada por la autodisciplina. Epicuro sostenía que el resultado de una acción debería ser evaluado por sus posibles “efectos secundarios”. Es decir, un resultado placentero a corto plazo debía evaluarse frente a la posibilidad de un placer mayor, más duradero y más intenso en el largo plazo. Esto se debe a que los seres humanos tienen la capacidad de realizar una escala de placeres o escala de valores.

El principio del placer y del dolor
En este sentido, Epicuro enfatizaba la importancia del cuerpo como fundamento de nuestra experiencia. Aceptaba que el cuerpo, con todas sus limitaciones, es la única realidad que somos y, por consiguiente, es la verdadera medida de las cosas. El cuerpo y sus necesidades son la garantía original de nuestro bienestar. Por lo tanto, el placer del cuerpo e un índice que nos marca nuestra forma de estar en la existencia. El cuerpo es el hecho físico con el cual la naturaleza nos señala sus propios límites. Placer y dolor son los principios fundamentales del vivir y de una filosofía de cimientos sólidos.
En estos principios se origina una nueva concepción de la democracia. El cuerpo humano tiene derecho al cuidado y a la defensa que lo libere de la pobreza y de la violencia. De este principio de corporeidad nadie puede privar a otros de las condiciones que permitan el equilibrio de la vida social. En este aspecto, el cuerpo no es una tumba o una cárcel, como lo imaginaba Platón y sus antecesores, sino una fuente de vida y base para edificar la solidaridad. Epicuro afirmó:
“La fuente del bien está en nuestro cuerpo que es la norma, regla y orden de la naturaleza”.[6]
Reconocer el placer y el cuerpo como origen de un proyecto de sabiduría necesita de las siguientes orientaciones:

a. Organizar los deseos
Los deseos constituyen el motor de la existencia, que actúan sobre un mundo real, sobre una necesidad establecida, y deben ser organizados. Muchas veces, la capacidad de desear no es el impulso que aspira a ideales de convivencia y concordia, sino que está deformada por las posibilidades con que el mundo social se presenta para ser deseado:
“Y hay que considerar que los deseos unos son naturales y otros son vacíos. De los naturales unos son necesarios y otros son naturales pero no necesarios. De los necesarios unos lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo, otros para la vida íntima”.[7]
         Existe un peligro en que se pueden alimentar deseos que no son naturales ni necesarios. La máxima XXIX hace un comentario a las distintas clases de deseos:
·         Naturales y necesarios: los que eliminan el dolor, como la bebida y la comida.
·         Naturales, pero necesarios: los que sólo colorean el placer, pero no extirpan el dolor, como los alimentos refinados.
·         Ni naturales ni necesarios: por ejemplo, las coronas y las estatuas.
En el mundo actual estos placeres no naturales ni necesarios presentan una lista mucho más compleja. Se construyen artificialmente deseos y estos deseos artificiales degradan nuestra patria, el cuerpo y la naturaleza y provocan violencia y falta de solidaridad.
         
            b. Saber elegir
         Los deseos falsos, que no están acompañados de la naturaleza, constituyen un mundo imaginario que, patológicamente, se puede convertir en nuestro único mundo. Cuando desaparece, por el azar e inconsistencia de todo lo que no está sustentado en la naturaleza, podría ocurrir que hubiésemos olvidado ese mundo propio, el mundo natural.
“Un recto conocimiento de estos deseos sabe supeditar toda elección o rechazo a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma.[8]
Nuestro cuerpo, sobre el que todo se construye, está acompañado de una inteligencia que reconoce en él el principio de su estar en el mundo y, al mismo tiempo, las bases de una construcción ideal alentada por la sabiduría. Estar en el mundo significa saber elegir. En esto el cuerpo ayuda en el encuentro con los deseos adecuados. Pero las elecciones tienen que colaborar en nuestra autarquía y autosuficiencia.

El principio de la autarquía
Al igual que el estoicismo, abogó por una vida moderada, incluso ascética, dedicada a la contemplación. Los epicúreos buscaban alcanzar el placer manteniendo un estado de serenidad y autarquía, es decir, eliminando todas las preocupaciones de carácter emocional. A este estado profundo, Epicuro le llamó ataraxia o ausencia total de pasiones, la serenidad del alma. Estas doctrinas coinciden con el interés general de las escuelas socráticas menores.
“También a la autarquía la consideramos un gran bien, no porque debamos siempre conformarnos con poco, sino para que si no tenemos mucho, con este poco nos baste, pues estamos convencidos de que gozan más gratamente de la abundancia quienes menos tienen necesidades de ella, y de que todo lo natural es fácil de conseguir, y difícil lo que es vacío y caprichoso. Además los alimentos sencillos proporcionan el mismo placer que los exquisitos, cuando satisfacen el dolor que su falta nos causa, y el pan y el agua son motivo del mayor placer cuando de ellos se alimenta quien lo necesita”.[9]
Según el texto, el placer queda en un lugar casi ascético y tiene poco que ver con las críticas al desenfreno epicúreo. La máxima XX nos presenta una profunda interpretación de la autarquía en relación con la corporeidad:
“La carne pone los límites del placer como ilimitados y querría un tiempo ilimitado para procurárselos. Pero la reflexión que se ha dado cuenta de la finalidad y límites de la carne y que se ha disuelto los temores ante la eternidad nos consigue una vida perfecta”.
La inteligencia es, por tanto, la verdadera excelencia o virtud y de ella brotan todas las otras cualidades solidarias de los hombres. Ese afán de riqueza debe ser controlado por esa inteligencia.
“Codiciar el dinero injustamente es impío; codiciarlo justamente es vergonzoso. No está bien ahorrar con sordidez, aun incluso si se trata de dinero justo”.[10]

La amistad y la solidaridad
Para Epicuro los placeres más elevados son la amistad y la filosofía. La teoría del placer parecía indicar cierto predominio del egoísmo y de los intereses individuales. La amistad nos saca de nosotros mismos y nos proyecta hacia los demás. Al respecto él escribió:
“La amistad danza en torno a la tierra y, como un heraldo, anuncia a todos que despertemos para la felicidad”.[11]
“Todo molesto e inquieto deseo se disuelve en el amor a la verdadera filosofía”.[12]
“Nadie dilate el filosofar de joven ni se canse de hacerlo de viejo; pues nadie es nunca poco maduro ni muy maduro para conquistar la salud del alma. Y quien dice que la hora de filosofar no le ha llegado aún, o ha pasado ya, se asemeja a quien dice que todavía no ha llegado o ya ha pasado la hora de ser feliz. De modo que deben filosofar tanto el joven como el viejo. Éste para que, aunque viejo, rejuvenezca en bienes por el recuerdo gozoso del pasado; aquel para que sea joven y viejo a un tiempo por su impavidez ante el futuro. Necesario es, pues, meditar lo que procura la felicidad, si cuando está presente todo lo tenemos y, cuando nos falta, hacemos todo por poseerla”.[13]
Ya no es la comunidad de discípulos quienes pueden ser amigos. Es un símbolo de la unión de los átomos que se unen en la materia. Así la amistad crea lazos que organizan la sociedad. Aristóteles había dicho: “Nadie elegiría la vida si tuviera que estar solo”, así se origina cierta moral utilitaria: creamos amistad porque necesitamos de otros para sobrevivir. La utilidad crea una especie de vinculación que suple así ka falta de un principio natural que la sustente. “Toda amistad es deseable por sí misma, pero tienen su origen en la utilidad”.[14] Sin embargo, la amistad aparece como un compromiso que nos hace solidarios. “Vana es la filosofía que no sirve para remediar el sufrimiento de los hombres”, es un fragmento famoso que perdería su sentido si no se establecen instituciones capaces hacer real tan excelente sentimiento.

Otras enseñanzas
Con relación a su teología, los epicúreos consideraban las creencias y prácticas religiosas perniciosas porque preocupaban al individuo con pensamientos perturbadores sobre la muerte y la incertidumbre de la vida después de ese tránsito. La verdadera felicidad, según enseñó Epicuro, consiste en la serenidad que resulta del dominio del miedo de los dioses, a lo cual él llama piedad, y del terror a la muerte y a la vida futura. Éstas constituyen las dos pasiones que máximamente conmueven al espíritu humano. El fin último de toda la especulación epicúrea sobre la naturaleza es eliminar esos temores. Así, exento de la violencia de las pasiones, el sabio debe cultivar un placer sereno y duradero, como la amistad en las relaciones con otros y la filosofía en la relación consigo mismo. Epicuro escribió:
“No es impío quien libera a la gente de los dioses, sino quien pretende que sean como ellos suponen”.[15]
La metafísica epicúrea es atomista. Lucrecio en De rerum natura combinaba algunas ideas derivadas de las doctrinas metafísicas cosmológicas de los filósofos griegos Demócrito y Leucipo con otras derivadas de la ética de Epicuro, quien consideró que el universo era infinito y eterno y que consistía sólo en cuerpos y espacio vacío. De los cuerpos, algunos son compuestos y otros son átomos, o indivisibles, elementos estables de los que están formados los compuestos. El mundo, tal y como es visto por el ojo humano, se nutre de las rotaciones, colisiones y agregaciones de esos átomos, que desde una perspectiva individual sólo poseen forma, tamaño o extensión y peso. A pesar de su materialismo, Epicuro creía en la libertad de la voluntad. Sugirió que incluso los átomos son libres y se mueven de cuando en cuando con total espontaneidad; su idea se asemeja al principio de incertidumbre de la mecánica cuántica. En lugar de un movimiento aleatorio de los átomos en todas las direcciones, afirmó (para simplificar la explicación) que un movimiento uniforme acontecía en dirección descendente. También admitió la posibilidad de un factor de casualidad que intervenía en el mundo físico al manifestar que los átomos, a veces, se desvían en un sentido impredecible (clinamen), facilitando así una base física para la creencia en el libre albedrío.
Al respecto Epicuro escribió:
“Nada nace de lo que no es, porque si así fuera cualquier cosa habría nacido de cualquier cosa y no habrían hecho falta semillas […] El universo siempre fue como es ahora y será siempre así”.[16]
En biología, Epicuro anticipó la doctrina moderna de la selección natural. Afirmó que las fuerzas naturales dan origen a organismos de diferentes clases y que sólo las clases capaces de superarse a sí mismas y reproducirse han sobrevivido. Sostenía que la ciencia natural es importante sólo si se puede aplicar en la adopción de decisiones prácticas y para aplacar el temor hacia los dioses y la muerte.
La psicología y antropología epicúrea es materialista en alto grado. Mantiene que las sensaciones son provocadas por un continuo flujo de imágenes o “ídolos” abandonadas por los cuerpos e impresionadas en los sentidos. Considera que todas las sensaciones son fiables de una forma absoluta, el error surge cuando la sensación está interpretada de modo impropio. Cree que el alma está compuesta de pequeñas partículas, átomos muy sutiles, redondos y lisos, distribuidas por todo el cuerpo. El alma es material, porque si fuera inmaterial no podría influir en el cuerpo. Según Epicuro, los latidos del corazón son evidencia del movimiento del alma, que reside en la cavidad toráxica.
El alma, como manifestación de la racionalidad, posee tres facultades: la sensación, la mente y la razón. La sensación nos pone en contacto con el mundo y en ella se fundan todos nuestros conocimientos. La percepción sensorial, por medio del alma, es la única fuente de conocimiento, por lo cual se recomienda el estudio de la naturaleza como medio para alcanzar la sabiduría. La mente es la capacidad de construir mundos imaginarios, que guardan relación con lo sensible de lo que proceden. La parte racional o logos es la que tiene que ver con el lenguaje y con la comunicación del conocimiento.
Epicuro enseñó que la disolución del cuerpo en la muerte conduce a la disolución del alma, que no puede existir fuera del cuerpo; y por ello no hay vida futura posible. Dado que la muerte significa la extinción total, no tiene sentido ni para los vivos ni para los muertos. Acerca de la muerte Epicuro escribe:
“Habitúate a pensar que nada es la muerte para nosotros: pues todo mal y bien se halla en la sensibilidad; y la muerte es la privación de la sensibilidad. . . El más horrendo de los males, entonces, la muerte, nada es para nosotros, pues mientras nosotros existamos la muerte no existe, y cuando existe la muerte, entonces no existimos nosotros. . . Por lo cual es insensato aquel que dice temer a la muerte, no porque le dolerá cuando haya sobrevenido, sino porque le duele preverla, pues lo que no turba hallándose presente, en vano nos duele su espera”.[17]
En este sentido niega la inmortalidad del alma o su eterna trasmigración a través de distintos cuerpos (metempsicosis), así como la providencia del mundo o los premios o castigos que pudieran venir después  de la muerte.
Las virtudes cardinales del sistema de ética epicúreo son la justicia, la honestidad y la prudencia, o el equilibrio entre el placer y el sufrimiento. Epicuro prefería la amistad al amor, por ser aquella menos intranquilizadora que éste. Su hedonismo personal mostró que sólo a través del dominio de sí mismo, la moderación y el desapego puede uno alcanzar el tipo de tranquilidad que constituye la felicidad verdadera. Hace residir la felicidad humana en la inteligente obtención de un placer estable y duradero. Epicuro no negó la existencia de dioses, es más, intuía su existencia, en las esferas celestes, a la manera de seres sobrehumanos, pero mantuvo con fuerza que como “seres felices e imperecederos” podían no tener nada que ver con los asuntos humanos, aunque gozaran contemplando la vida de los buenos mortales. La verdadera religión descansa en una contemplación similar por parte de los humanos de las vidas ideales de los dioses elevados e invisibles.
Al contrario de los estoicos, se promovió el abandono de la vida pública y a evitar la actividad política. En cambio se enfatizó el cultivo de la amistad y la contemplación del arte. El lema y consejo de Epicuro era vivir en secreto, de lo contrario se pierde la paz interior. Este rechazo, contrario a su énfasis de la amistad, podría estar motivado por el desconcierto político de aquellos días en que se transformaban las ideas de Estado y de su organización.
Las enseñanzas de Epicuro fueron establecidas con tanta firmeza y veneradas de tal modo por sus seguidores, que sus doctrinas, a diferencia de las del estoicismo, su principal rival filosófico, permanecieron intactas como una tradición viva. Sin embargo, el epicureísmo cayó en descrédito en gran parte debido a la confusión, que aún persiste, entre sus principios y los del hedonismo sensual proclamado con anterioridad por los cirenaicos.  En este sentido fue interpretado erróneamente por otras escuelas filosóficas y también por el cristianismo.  Pero también muchos epicúreos evolucionaron en dirección a una obsesión por el placer y de vivir el momento. Hoy en día, epicúreo es sinónimo hedonismo y, en un sentido vulgar, de vividor.
A pesar de todo, la filosofía epicúrea tuvo muchos discípulos, algunos humildes y otros renombrados y distinguidos: entre los griegos, el gramático Apolodoro; entre los romanos, Pisón, Casio, Pomponio Ático, el poeta Horacio, el estadista Plinio el Joven y sobre todo el poeta Lucrecio.
Debido a su carácter dogmático y a sus fines prácticos, el epicureísmo no se prestó fácilmente al desarrollo. Conservó su vitalidad, pero desapareció como escuela a principios del siglo IV d. C. siendo un potente rival del cristianismo.  Su atomismo fue reactivado en el siglo XVII por el filósofo francés Pierre Gassendi (1592 – 1655). Desde entonces, el epicureísmo ha atraído a numerosos seguidores y se considera una de las escuelas de filosofía y ética más influyentes de todos los tiempos.

ESTOICISMO: LA CONFORMIDAD CON LA NATURALEZA

Aristóteles aconsejó a Alejandro Magno que tratara a los griegos como jefe y a los bárbaros como amo. El conquistador macedonio no siguió el consejo y con su trato igualitario a griegos y persas contribuyó, como ningún otro, a socavar la ética aristotélica de la ciudad – estado. La necesidad general de un sentido de identidad y de una guía moral, en esta época de transición de la Grecia clásica al helenismo, explica por qué el estoicismo ganó adeptos rápidamente en el mundo antiguo (Grecia y Roma) y ha vuelto a rebrotar posteriormente siempre que los valores de una sociedad han experimentado una profunda crisis.
El estoicismo fue una escuela de filosofía occidental, fundada en la antigua Grecia por Zenón de Citio alrededor del 300 a. C. Fue opuesta al epicureísmo en su modo de considerar la vida y el deber. Zenón desarrolló la filosofía estoica a partir de la filosofía de los cínicos, cuyo fundador griego, Antístenes, fue discípulo de Sócrates.

Zenón de Citio
Zenón nació en la ciudad de Citio en la isla de Chipre, cerca del 335 a. C. Poco se conoce de su juventud, excepto que sus contemporáneos se referían a él como de origen fenicio o sirio. Probablemente era hijo de un mercader fenicio. Viajó e hizo fortuna y en 312 a. C. se estableció en Atenas. Allí fue alumno de los filósofos cínicos Crates de Tebas, de quien proviene gran parte de su filosofía, y Estilpón de Megara, además del platónico Jenócrates. También asistió a las lecciones de la Academia. Se dice que su vocación filosófica se incrementó leyendo escritos socráticos de Jenofonte, aunque son muchas las doctrinas que influyen en su pensamiento: Heráclito, cínicos, peripatéticos, e incluso por sus viajes, la magia de los sacerdotes persas y de Zoroastro.
Sobre el 300 a. C., Zenón fundó en Atenas su propia escuela de filosofía, conocida como estoicismo, por derivación de la Stoa Pecile o Stoa Poikilé (pórtico pintado), especie de columnata o pórtico adornado con cuadros de múltiples colores de Polignoto, situado al noroeste del Ágora, un parque o plaza pública de Atenas, donde el maestro se reunía con sus discípulos y les enseñaba.
El deber moral, el autocontrol, y vivir en armonía con la naturaleza eran algunos de los principios de la ética práctica en la que Zenón estaba interesado. Enseñó en Atenas durante más de medio siglo y fue amado y respetado por su recto modo de vida. El pueblo ateniense le ofreció las llaves de la ciudad como símbolo de confianza. Se dice, sin embargo, que rechazó la oferta de hacerse ciudadano ateniense por lealtad a su Chipre natal.
Zenón no dejó escritas sus enseñanzas, aunque según Diógenes Laercio dejó una abundante literatura de la que apenas quedan fragmentos. Se le atribuyen, por tanto, las siguientes obras: De la ética de Crates, De la vida conforme a la naturaleza, De las pasiones, Del instinto y de la naturaleza del hombre, Del amor, Del universo y Del ser. Sin embargo, su filosofía fue difundida por sus numerosos discípulos, entre ellos, dos procedentes de Asia Menor, Cleantes de Assos, quien le sucedió en la dirección de su escuela, y Crisipo. Ambos tuvieron una importancia excepcional en el afianzamiento de la escuela estoica.
Se narra que una mañana, al salir de la Stoa, Zenón cayó a tierra. Vio en esto una advertencia y golpeando la tierra, exclamó: “¿Por qué te impacientas? Ya voy”. Entonces, llevándose las manos al cuello, se estranguló. Así murió en Atenas alrededor de 265/264 a. C.

Historia del estoicismo

         En la historia del estoicismo pueden distinguirse tres períodos fundamentales: antiguo, helenístico – romano e imperial romano.

-Periodo antiguo (300 – 200 a. C.)
Frente a la radicalidad cínica, los estoicos aportaron originalmente un fundamento racional y una decidida voluntad de asumir el dolor, anular el mal y sus causas, así como la voluntad de insertarse en la totalidad universal y de practicar la virtud, programa moral que se resume en vivir según dicta la naturaleza. Entre los discípulos de Zenón figuraba Cleantes de Assos (ciudad de la Tróade, área circundante a la antigua Troya), del que se conserva su Himno a Zeus, en el que expone la unidad, omnipotencia y gobierno moral de la suprema deidad. Cleantes (330 – 232 a. C.) fue seguido por Crisipo de Soli (227 – 204 a. C.) en Cilicia. Estas tres personalidades, Zenón, Cleantes y Crisipo, representan el primer periodo de la filosofía estoica.

-Período helenístico – romano (200 – 50 a. C.)
El segundo periodo abarca la difusión generalizada de esta filosofía y su expansión en el mundo romano. Mediante la asimilación de elementos eclécticos y oportunas acomodaciones, el estoicismo cobró una nueva función al servicio de los valores éticos sobre los que pretendía fundamentarse la república romana. A Crisipo le sucedieron Zenón de Tarso y Diógenes de Babilonia; les siguieron Antípatro de Tarso y uno de sus alumnos, Panecio de Rodas (180 – 110 a. C.). Panecio introdujo el estoicismo en Roma y entre sus discípulos estaba Posidonio de Apamea (135 – 51 a. C.), en Siria, quien a su vez fue maestro del orador Marco Tulio Cicerón. Cicerón afirmó que sólo el hombre político, actuando en bien de su pueblo, realiza la virtud suprema.

-Período imperial romano (50 a. C. – 200 d. C.)
El tercer periodo del estoicismo tuvo su centro en Roma. El imperio ofrecía la pax romana, pero al mismo tiempo el hastío y la disolución de los principios morales de la sociedad. En este periodo, entre los estoicos sobresale Catón de Útica y, durante el período del Imperio romano, los tres filósofos estoicos cuyos escritos se conservan son:
- Lucio Anneo Séneca (4 a. C. – 65 d. C.): hispanorromano cordobés, uno de los más relevantes filósofos estoicos del Imperio romano, tutor del emperador Nerón, que mantuvo las tesis fundamentales del estoicismo antiguo con un importante tono moral y una concepción de la sabiduría como benevolencia.  Viajó desde Córdoba (España) a Roma para estudiar oratoria y filosofía. Enviado al exilio por el emperador Claudio, redactó sus principales tratados filosóficos, Consolaciones y De providentia, que exponía los ideales estoicos clásicos de la renuncia a los bienes materiales y la búsqueda de la tranquilidad del ánimo o “apatía” mediante el conocimiento y la contemplación. A su regreso a Roma, en 49 d. C., Agripina, esposa de Claudio, le hizo preceptor del joven Nerón, al cual intentó orientar hacia una política justa y humanitaria, sin conseguirlo. Sus últimos escritos fueron De tranquillitati anime, De vita beata y Epistulae morales, su obra más profunda, dirigida a Lucilio, donde se presentan sus elevados ideales éticos. Fue muy admirado por los padres de la iglesia cristiana, quienes vieron en su moral un precedente del cristianismo. Él escribió: “Obedecer a Dios es libertad”.  Murió, obligado a suicidarse por Nerón, en 65 d. C.
- Epicteto (c. 55 – c. 135 d. C.), nacido en Hierápolis, fue esclavo siendo niño y adolescente en Roma, donde conoció el estoicismo después de su liberación. Expulsado de Roma por el emperador Domiciano, radicó en Nicópolis hasta su muerte. Sus enseñanzas fueron dejadas por escrito por su discípulo Flavio Arriano en sus Discursos, de los que se conservan cuatro libros. Lo más destacado de su filosofía es su doctrina moral. La verdadera educación consiste en que sólo la voluntad pertenece en realidad al individuo, la cual no puede ser coartada ni detenida por nadie, ya que responde a la voluntad de la naturaleza, que es un reflejo de Dios. El acento espiritual y religioso de sus enseñanzas explica su influencia en los primeros pensadores cristianos.
- Marco Aurelio Antonino (121 – 180 d. C.), pensador y emperador romano, conocido tanto por su sabiduría como por la nobleza de su carácter. Estudió retórica griega y latina con Herodes Ático y Frontón y abrazó el estoicismo movido por los escritos de Epicteto. Asumió como emperador el año 169. Bajo su mandato se produjeron algunas persecuciones de cristianos, como la de Lyon, que él no provocó, pero tampoco evitó. Las reflexiones sobre su experiencia vital y política, escritas en griego, han sido traducidas con el título de Soliloquios o Pensamientos.
Los anteriores, junto a Musonio Rufo, crearon el edificio teórico que debía dignificar el poder imperial. Algunos preceptos de su poderosa doctrina moral fueron asumidos por la iglesia cristiana.

Ética y demás enseñanzas de los estoicos
El estoicismo fue la filosofía más influyente en el Imperio romano durante el periodo anterior al ascenso del cristianismo. Los estoicos se preciaban de la coherencia de su sistema filosófico. La escuela estoica evolucionó a partir del anterior movimiento de los cínicos, que rechazaba las instituciones que estructuraban la sociedad y los valores materiales vigentes y representó la escuela más importante en el mundo grecorromano.  
Los estoicos proclamaron que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las comodidades materiales y la fortuna externa, y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud (tal es la idea de la imperturbabilidad o ataraxia).
Con relación al tema, Epicteto escribió:
“No desees nada con pasión; porque si deseas cosas que no dependen de ti, es imposible que no te veas frustrado; y si deseas las que de ti dependen, advierte que no estás bastante instruido de lo que es necesario para desearlas honestamente. Por lo cual, si quieres hacer bien acércate a ellas de manera que puedas retirarte cuando quieras. Pero todo esto se ha de hacer con medida y discreción”.[18]
La ética estoica establece la felicidad o eudaimonia como principio fundamental. La expresión mayor de la virtud es vivir conforme a la naturaleza y eso nos llena de felicidad. Para esto, el individuo debe sumergirse en una armonía universal. La felicidad queda así establecida en niveles más teóricos que el propio cuerpo, como lo proponían los epicúreos. Ser feliz es, pues, ser virtuoso y entender el momento supremo del hombre en la adecuación con el logos o razón universal.
Al respecto, Marco Aurelio reflexionaba:
“Imagínate que todo aquel que se aflige por cualquier cosa se asemeja a un cochinillo que, al sacrificarle, gruñe y patea. Lo mismo le pasa al hombre que se lamenta, a solas y en silencio, en su pequeño lecho. Sólo al ser racional le es dada la facultad de acomodarse de buen grado a los acontecimientos. En realidad esta conformidad es algo necesario”.[19]
Asumen una concepción materialista de la realidad y de la naturaleza y siguen al filósofo griego Heráclito en la creencia de que la sustancia primera o principio cósmico se halla en el fuego y en la veneración del logos, que identificaban con la energía, la ley, la razón y la providencia encontradas en la naturaleza. La materia misma, que es pasiva, se distingue del principio activo o animado, logos, que concebían tanto como la razón divina y también como un tipo sutil de entidad material, un soplo o fuego que todo lo impregna
Los estoicos, como los epicúreos, ponían el énfasis en la ética considerada como el principal ámbito de conocimiento, pero también desarrollaron teorías de lógica y física para respaldar sus doctrinas éticas. Su contribución más importante a la lógica consistió en acuñar el silogismo hipotético como un método de análisis.
La razón de los hombres se consideraba también parte integrante del logos divino e inmortal. La doctrina estoica que consideraba a cada persona como parte de Dios y miembro de una familia universal ayudó a romper barreras regionales, sociales y raciales, y preparar el camino para la propagación de una religión universal. De acuerdo con los estoicos el alma humana es una manifestación del logos. Mantenían que vivir de acuerdo con la naturaleza o la razón es vivir conforme al orden divino del universo. La doctrina estoica de una teoría o ley natural, que convierte la naturaleza humana en norma para evaluar las leyes e instituciones sociales, tuvo mucha influencia en la jurisprudencia de Roma y en las legislaciones posteriores de Occidente. Esa naturaleza, con la que hay que identificarse, es el universo entero, con su armonía y plenitud, “porque nuestra naturaleza es parte de la naturaleza del universo”.
La base de la ética estoica es el principio, proclamado antes por los cínicos, de que el bien no está en los objetos externos, sino en la condición del alma en sí misma, en la sabiduría y dominio mediante los que una persona se libera de las pasiones y deseos que perturban la vida corriente. Las cuatro virtudes cardinales de la filosofía estoica son la sabiduría o prudencia, el valor, la justicia y la templanza, una clasificación derivada de las enseñanzas de Platón. Su práctica permite alcanzar la independencia, la autarquía, conforme el espíritu del lema de los estoicos, “Aguanta y renuncia”. De ahí, que la palabra estoico haya llegado a significar fortaleza frente a la dificultad.
Aquel que consigue la autarquía es sabio. El hombre autárquico que alcanza a entender el más allá de las cosas se contrapone al ignorante. El sabio logra su propia autarquía sumergiéndose en la común autarquía e indiferencia del universo. Esta nueva forma de saber la expone Cleantes en su Himno a Zeus. Frente al sabio que se ajusta a la armonía de la unidad de esa razón, hay quienes “se precipitan como imbéciles por el ansia de prestigio de dinero o de la buena vida. Pero tú, Zeus, que todo lo concedes, el de las negras nubes y el reluciente rayo, proteges a los humanos de su ignorancia”.[20]
La proyección hacia los otros en un principio esencial de la cultura griega y una manifestación más de la amistad. Este sentimiento puede, sin embargo, permanecer desconocido si se dejan hundir en opiniones y quehaceres de los ignorantes, que pueden gobernar el mundo e imponer en él su vaciedad. En este sentido, la búsqueda de una ética universal, que esté presente en cada ser humano, es un importante aporte del estoicismo.
Una idea central del estoicismo es la unidad de lo real. La naturaleza y la razón son la misma cosa. El desarrollo de la vida y de la naturaleza está lleno de racionalidad y coherencia; pero sólo es real lo que tiene cuerpo, aunque hay un pneuma o espíritu universal que todo lo llena. Este espíritu puede identificarse con la divinidad. El supuesto materialismo se transforma en panteísmo.
Hay pues una especie de logos spermatikos o razón que como semilla se aposenta en la naturaleza y es el principio de su desarrollo. Su influencia en la materia física hace que ésta adquiera múltiples apariencias aunque el logos sea siempre invariable. Sólo el alma humana reproduce ese modelo de realidad cósmica. Es un “fuego”, un calor inteligente, tal como lo propone Heráclito, que tensa y organiza las funciones del cuerpo.
“El alma es capaz de sentir. Es un soplo unido a nosotros y por eso es cuerpo; subsiste después de la muerte, pero es corruptible, mientras que el alma del Universo, de la que son parte las almas de los seres vivos, es incorruptible. Zenón de Citio y Antipatro, en sus libros Sobre el alma, y Posidonio afirman que el alma es un soplo cálido; que por él respiramos y nos movemos. Cleantes dicen que las almas existen hasta la conflagración del mundo, pero Crisipo sostiene que sólo persisten las de los sabios. El alma tiene ocho partes: los cinco sentidos, las razones seminales o potencia generativa que hay en nosotros, la facultad de hablar y el raciocinio”.[21]
Un rasgo distintivo del estoicismo es su vocación cosmopolita. Todas las personas son manifestaciones de un espíritu universal y deben, según los estoicos, vivir en amor fraternal y ayudarse de buena gana unos a otros. Mantenían que diferencias externas, como la clase y la riqueza, no tienen ninguna importancia en las relaciones sociales. Así, antes del cristianismo, los estoicos reconocían y preconizaban la fraternidad de la humanidad y la igualdad natural de todos los seres humanos.
Los filósofos estoicos, sin embargo, también se mostraban de acuerdo en que como la vida está influenciada por circunstancias materiales el individuo tendría que intentar ser todo lo independiente posible de tales condicionamientos.




BIBLIOGRAFÍA

FUENTES IMPRESAS
Brugger, Walter. Diccionario de Filosofía. 13a edición. Editorial Herder, Barcelona, 1995. ISBN 84-254-0722-2
Figueroa Velasco, Adriana. Conociendo a los grandes filósofos. 3a edición. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1995. ISBN 956-11-1012-1
García Morente, Manuel. Lecciones preliminares de Filosofía. Colombia, s/a. ISBN 958-9194-3-2
Giannini, Humberto. Breve Historia de la Filosofía. Editorial Universitaria, Santiago, 1995.
Leclercq, Jacques. Las grandes líneas de la Filosofía Moral. 2a. edición. Editorial Gredós, Madrid, 1956.
Lledó, Emilio, et al. Historia de la Filosofía. Santillana Bachillerato, Madrid, 1997. ISBN 84-294-4532-3
Lobosco, Marcelo et al. Phrónesis. Temas de Filosofía. Editorial Vicens Vives, Barcelona, 2008. ISBN 978-84-316-7590-5
Marías, Julián. Historia de la Filosofía. 32a edición. Biblioteca de la Revista de Occidente, Madrid, 1980. ISBN 84-292-8708-6
Tejedor Campomanes, César. Introducción a la Filosofía. Ediciones SM, Madrid, 1984.

FUENTES ELECTRÓNICAS


[1] Víctor A. Jofré Araya, Magíster © en Educación Religiosa. Colegio Adventista de Arica (2014).
[2] Hechos 17: 18, 34.
[3] Según Diógenes Laercio, los más importantes son: De la Naturaleza, De los átomos y del vacuo, Del amor, Epítome de los escritos contra los físicos, Dudas contra los megáricos, Sentencias selectas, De las sectas, De las plantas, Del fin, Del criterio o regla, Queredemo o de los dioses, De la santidad o Hegesianax, cuatro libros De las Vidas, De las obras justas, Neocles, A Temista, Convite, Euríloco, A Metrodoro, De la vista, Del ángulo del átomo, Del tacto, Del hado, Opiniones acerca de las pasiones, A Timócrates, Pronóstico, Exhortatorio, De las imágenes mentales, De la fantasía, Aristóbolo, De la Música, De la justicia y demás virtudes, De los dones y gracia, Polimedes, Antidoro, Opiniones acerca de las enfermedades, A Mitres, Calístolas, Del Reino, Anamenes, Epístolas.
[4] Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres.
[5] Epicuro, Carta a Meneceo, 129.
[6] Epicuro, Fragmento 400.
[7] Epicuro, Carta a Meneceo, 128.
[8] Epicuro, Carta a Meneceo, 128.
[9] Epicuro, Carta a Meneceo, 191.
[10] Epicuro, Gnomologio, 43.
[11] Epicuro, Gnomologio, 52.
[12] Epicuro, Fragmento 457.
[13] Epicuro, Carta a Meneceo, 122. 
[14] Epicuro, Gnomologio, 23.
[15] Epicuro, Fragmento 123. 
[16] Epicuro, Carta a Heródoto, 38, 39.
[17] Epicuro, Carta a Meneceo, 124-5.
[18] Epicteto, Máximas para alcanzar la felicidad.
[19] Marco Aurelio, Meditaciones, X, 28.
[20] Cleantes de Assos, Himno a Zeus.
[21] Diógenes Laercio, VII, 156 – 157.
Publicar un comentario