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viernes, 11 de octubre de 2013

Un amigo en medio de la noche

Un amigo en medio de la noche.
Dios “sí” responde las oraciones.

Víctor A. Jofré Araya, Magíster © en Educación Religiosa.
Colegio Adventista de Arica, Chile (2013).
Se le puede escribir a victorja@gmail.com


“¡Haz honor a tu nombre y actúa en nuestro favor!” (Jeremías 14: 21, RVC).

“¡Haz honor a tu nombre y no tardes más!” (Daniel 9: 19, NVI).



Una joven me dijo una vez: “Dejé de interesarme en Dios cuando descubrí que él no se interesa en mí”. Una de las interrogantes más comunes en la experiencia cristiana se relaciona con el interés que la Divinidad manifiesta hacia sus criaturas y, sin duda alguna, ese interés de demuestra más vívidamente cuando oramos al Señor y deseamos experimentar la certeza de la respuesta divina a nuestras oraciones o a las que son elevadas por sus hijos. Si bien las Escrituras dan por sentado esta seguridad (cf. 1 Juan 5: 14-15; Juan 16: 24; entre otros), en la experiencia cotidiana pareciera que esa respuesta tarda o, a veces, no llega y nuestra confianza se ve remecida y, naturalmente, dejamos de confiar.

En este respecto, fue el mismo Jesús quien nos expresó la seguridad de su respuesta con las siguientes palabras: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide recibe, el que busca halla y al que llama se le abrirá” (Mateo 7: 7, 8; Lucas 11: 9, 10, RVR60). “Todo cuanto pidiereis en oración –afirmó el Salvador-, creed que lo recibiréis ya; y lo tendréis” (Marcos 11: 24, RVR60). Entre los apóstoles, Pablo nos asegura que Aquel “que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8: 32, RVR60). Y en el Antiguo Testamento tenemos el testimonio de Jabes, quien oró al Señor y “Dios le concedió lo que pidió” (1 Crónicas 4: 9, RVR60). Tanto Mateo como Lucas comparan al Padre celestial como un padre amoroso quien, cuando su hijo le pide un pan, un pescado o un huevo, no duda en darle lo que éste le pide y no le da algo que sabe que le hará daño (Mateo 7: 9, 10; Lucas 11: 11, 12).

En el Evangelio de Lucas, la mencionada sentencia de seguridad dada por Jesús (Lucas 11: 9, 10) se pronuncia posterior a una pregunta que el Gran Maestro plantea a su auditorio (quienes minutos antes le habían solicitado que les enseñara a orar, v. 1). La pregunta del Salvador dice así:

“¿Quién de vosotros que tiene un amigo que va a vosotros de noche y le dice: Amigo, préstame tres panes, pues un amigo mío ha llegado de camino y no tengo qué poner delante de él, le responde diciendo: No me molestes, pues ya está la puerta cerrada y mis niños están conmigo en la cama y no puedo levantarme y darte nada?” (vv. 5-7; traducción personal. Énfasis añadido).

La pregunta de Cristo pareciera decirnos: “¿Quién de vosotros reaccionaría así? ¿Creen ustedes que ésta es la manera en que el amigo que está dentro de su casa actuaría?” La respuesta del mismo Jesús nos sorprende aún más. Ésta pareciera ser: “¡Nadie actuaría así! ¡No!, definitivamente no, nadie”. El Gran Maestro continúa la historia y da las razones para dicha respuesta:

“Os digo que se levantará, no sólo por ser su amigo, sino para no ser deshonrado, y le dará todo lo que necesite” (v. 8; traducción personal. Énfasis añadido).

Dos opiniones encontradas

Para muchos, incluido el testimonio del espíritu de profecía, esta parábola enunciada por Jesús nos enseña acerca de la necesidad de persistencia y perseverancia en la oración. Al respecto Elena G. de White declara:

“La ilustración de Cristo presenta un principio que todos necesitamos comprender. Demuestra lo que es el verdadero espíritu de oración, enseña la necesidad de la perseverancia al presentar a Dios nuestras peticiones, y nos asegura que él está dispuesto a escucharnos y a contestar la oración”.[1] 

Sin embargo, un gran número de eruditos plantean que en realidad la intención original del Señor en esta parábola es la seguridad de la respuesta a las oraciones, más que la perseverancia e insistencia en la oración. Josef Schmid, por ejemplo, afirma:

“… en contra de la interpretación corriente, no es su fin [de esta parábola] ilustrar la necesidad de la oración constante, porfiada, sino sólo la seguridad de que Dios presta oídos a nuestras súplicas […] Entonces no es tampoco el pensamiento central de la parábola el de que se debe orar con obstinación y constancia para ser atendido por Dios, sino el encarecimiento de la oración confiada”.[2]

Por su parte, William Barclay asegura:

“La lección de esta parábola no es que debemos persistir en la oración, que tenemos que aporrear la puerta de Dios hasta que no tenga más remedio que darnos lo que le pedimos, como si Dios no estuviera dispuesto a molestarse […] no quiere decir que le tenemos que sacar las cosas a la fuerza a un Dios despreocupado, sino que acudimos a un Dios que conoce nuestras debilidades aún mejor que nosotros”.[3]

La resolución final a esta aparente contradicción se encontraría en cómo se traduzca o interprete un diminuto término que se encuentra en las palabras de Jesús. Éste término es anaideia,[4] un concepto que la mayoría de las versiones bíblicas vierten como “impertinencia”, “imprudencia”, “importunidad”, “persistencia” o “desvergüenza”.[5] De acuerdo W. E. Vine, anaideia denota desvergüenza e importunidad y se usa en esta parábola con respecto a la necesidad de intensidad y perseverancia en la oración. De acuerdo a este autor, “si la desvergonzada persistencia puede conseguir un favor de un vecino, con toda certeza la oración ferviente recibirá respuesta de nuestro Padre”.[6] Siguiendo esta misma línea de pensamiento, Gerhard Kittel comenta que anaides, muy común en la Septuaginta (o Versión de los LXX), es sinónimo de insolente.[7] De manera semejante, en obras de Arquíloco, Platón, Sófocles, Heródoto, Píndaro y Epicteto, anaides se utiliza con el significado de descaro.[8] En este respecto, el Comentario Bíblico Adventista declara “el dueño de casa rechazó vez tras vez los urgentes pedidos de su visitante de medianoche… pero éste no aceptó su negativa”.[9] Y el espíritu de profecía agrega y afirma: “En la fe genuina hay un bienestar, una firmeza de principios y una invariabilidad de propósito que ni el tiempo ni las pruebas pueden debilitar”.[10]

Sin embargo, según Bailey:

“Es importante entender que el concepto de “importunidad” no existía en aquella cultura [la del antiguo cercano oriente], y que es un elemento que se ha “colado” en la parábola debido a que aparece en los versículos que la siguen”.[11]

Bailey agrega que, traducir anaideia por persistencia, “produce serias dificultades teológicas”.[12] Surge entonces la pregunta, ¿qué quiso enseñar Jesús con estos dichos acerca de la oración? El tema de este pasaje, ¿es la necesidad de la perseverancia e insistencia en la oración o la seguridad de respuesta a la misma?

Un vistazo a la cultura bíblica

Intentaremos aclarar el sentido del texto en cuanto a la persistencia en la oración o a la certeza de respuesta descubriendo su significado en el contexto de la cultura del cercano oriente, más precisamente, como se ha sugerido, en la vida de las clases humildes de Palestina, pues es precisamente con este trasfondo que la parábola fue enunciada.

En primer lugar, los habitantes de Palestina y de los países árabes creen que una persona que viene a su casa es enviada por Dios. Vista así, la hospitalidad se transforma en una obligación sagrada (cf. Génesis 18: 2-7; Hebreos 13: 2). Un amigo siempre es bien recibido y goza de muchos favores en estas tierras. Incluso se recibe a un enemigo como huésped y es tratado como un amigo. De igual manera, en los días de Cristo y de los apóstoles se daba mucha importancia a la obligación de hospedar a los creyentes que llegaban al pueblo. La hospitalidad entre los primeros cristianos promovió la camaradería y fortaleció el crecimiento de la iglesia (cf. Hechos 8: 4; 18: 1-3; 1 Timoteo 3: 2; 5: 10; Romanos 12: 13; 1 Pedro 4: 9; 3 Juan 8). En cuanto al trato con los huéspedes, lo primero que se le ofrece al recién llegado es un vaso de agua (cf. Génesis 24: 17, 18; Marcos 9: 41) y, a su vez, es considerado un acto muy especial de hospitalidad el compartir el pan, pues es la manera de hacer un pacto de paz y fidelidad (cf. Génesis 26: 30).[13]

De igual manera, en Jerusalén nadie consideraba su casa como propia. Los rabinos enseñaban: “Que tu casa esté bien abierta y que los pobres sean hijos de tu casa”.[14] Algunos sugerían que la vivienda debería tener cuatro puertas para dar la bienvenida a los viajeros que vinieran de cualquier dirección. También declaraban que la hospitalidad era una acción tan meritoria como haber ofrecido los sacrificios diarios.

Un visitante en medio de la noche sería un hecho más bien inusual en las colinas de Palestina, pero considerando cuán relevante es ofrecer hospitalidad, no haber sido hospitalario pronto sería sabido y, al día siguiente, todo el pueblo podría verse envuelto en una situación engorrosa, pues el invitado no lo es sólo del que lo acoge, sino también es huésped de toda la comunidad. Toda la aldea es responsable de atender y cuidar al visitante.[15]

Bailey, parafraseando el texto en cuestión, pregunta:

“¿Puedes imaginarte que tienes un invitado, que vas a casa del vecino para que te preste un poco de pan y tu vecino te da unas excusas ridículas diciéndote que la puerta ya está cerrada y que los niños ya están durmiendo?”[16]

Descubriendo el sentido original de anaideia

Una de las soluciones dadas para la traducción de anaideia es considerar al amigo que está en casa y no al amigo que procura ayuda como el sujeto que posee esta cualidad. En este sentido, deberíamos pensar que aquel que duerme está preocupado en responder a la petición de su inesperado amigo pues piensa en su propio descaro, es decir, “el descaro del que se le tachará si se niega a ayudar al que le pide ayuda. Por eso le ayuda, no por la amistad que les une, sino para que luego nadie diga que él es un aner anaides”.[17] Aner anaides (hombre descarado) sería una cualidad poco deseable y para nada respetable en una sociedad que tiene en alta estima a quien está dispuesto a hospedar a quien quiera que fuese y, dado que nadie en la aldea quiere ser etiquetado como descarado o desvergonzado, el amigo en casa actúa para evitar a toda costa que esto ocurra. Así, una traducción bastante aceptable de anaideia en Lucas 11: 8 sería: “Por su sentido de honor, se levantará y le dará lo que necesite”.

Teniendo este panorama en mente, Schmid argumenta: “Una recusa del de dentro de la casa constituiría una violación inaudita de la hospitalidad y el espíritu de servicio orientales, y por lo mismo no sería un rasgo auténtico y realista de la parábola”.[18] Así, por ejemplo, traducciones como la que vierte la Nueva Biblia Latinoamericana (NBL) no le hacen mucho favor a la cultura oriental cuando expresa: “Si el de afuera sigue golpeando, por fin se levantará a dárselos. Si no lo hace por ser amigo suyo, lo hará para que no lo siga molestando” (v. 8). En primer lugar, ningún amigo toca la puerta, sino más bien llama a viva voz para que su amigo desde adentro le reconozca, sobre todo si va de noche y su presencia no debería representar ninguna duda o peligro para aquel que le escucha desde adentro. Al menos así podemos entender las palabras de Jesús cuando nos dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3: 20, VRV60; énfasis añadido). Y en otro lugar dice: “Las ovejas oyen su voz [del pastor]; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca… va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Más al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10: 3-5, VRV60; énfasis añadido). Y por otro lado, las minuciosas normas sociales en cuanto a la hospitalidad en las lejanas tierras del cercano y medio oriente darían por inaceptable una negativa de parte del que atiende desde su cuarto al pedido de su angustiado amigo que también lucha por no quedar mal delante de su visitante.

Traducciones más modernas de las Escrituras hacen mayor justicia en este texto. Por ejemplo, la Traducción en Lenguaje Actual (TLA) de las Sociedades Bíblicas Unidas, vierte el v. 8 de la siguiente manera: “Si el otro sigue insistiendo, de seguro el vecino le dará lo que necesite, no tanto porque aquel sea su amigo, sino para no ser avergonzado ante el pueblo” (énfasis añadido). Por su parte, Today´s New International Version (TNIV) de la International Bible Society, en una nota de pie de página, vierte así el final del v. 8: “Yet to preserve his good name” (“para preservar su buen nombre”; traducción personal). Y New Living Translation lo traduce: “So his reputation won’t be damaged” (“así su reputación no será dañada”, traducción personal) o “in order to avoid shame” (“para evitar la vergüenza”, en un pie de página; traducción personal). En la versión en español, la Nueva Traducción Viviente (NTV), en un pie de página la vierten como “para evitar la vergüenza” o “para que su reputación no se vea dañada”. Y Bailey lo traduce: “por evitar la vergüenza”.[19]

Un Dios que no deshonra su nombre

Las Escrituras del Antiguo Testamento, principalmente, dejan en claro que cuando un alma afligida busca auxilio, socorro, perdón u oportunidades al Padre celestial lo hace por el honor del nombre de Dios (cf. Salmos 25: 11, RVC: “haz honor a tu nombre”). Expresiones tales como “por tu nombre”, “por amor a tu nombre”, “por causa de tu nombre” y “por la gloria de tu nombre”, son comunes a lo largo del Antiguo Testamento y todas ellas tienen relación con una súplica por ayuda o perdón por parte del suplicante o penitente que desea ser contestada y ante la cual se tiene la certeza de respuesta, pues se espera que Dios responda “haciendo honor a su nombre” (Salmos 106: 8, NVI, DHH; cf. Salmos 31: 3, RVC, NVI: “por causa de tu nombre”; Salmos 106: 8; 109: 21, RVR60: “por amor a su nombre”). Desde esta perspectiva, el salmista exclama: “Por la gloria de tu nombre, ¡ayúdanos, Dios de nuestra salvación!” (Salmos 79: 9, RVR60) y “pide a Dios que socorra a Israel, no por amor a éste -pues nada merece-, sino por la gloria divina”.[20]

De igual manera, los profetas, así como el salmista, ruegan a Dios, en espera de respuesta, exclamando: “¡Haz honor a tu nombre!”. Por ejemplo, Jeremías exclama en 14: 7, 21, RVR60: “Por amor de tu nombre no nos deseches, ni deshonres tu glorioso trono” (cf. RVC: “¡Pero no nos deseches! ¡No deshonres tu trono glorioso! ¡Haz honor a tu nombre y actúa en nuestro favor”; NVI: “Actúa en razón de tu nombre”; DHH: “Actúa por el honor de tu nombre”). Por su parte, Daniel ruega en 9: 19, RVR60: “No tardes, por amor de ti mismo” (cf. NVI: “¡Haz honor a tu nombre y no tardes más!”).

De acuerdo al Comentario Bíblico Adventista, la expresión “por causa de tu nombre”, denota por la reputación o por causa del carácter del Señor. Esta frase, según el mencionado Comentario, encierra un profundo significado, pues indica que “el suplicante se somete a la voluntad divina” y que “comprende que el honor de Dios está en juego en todo lo que atañe al gobierno divino, y cree que el Altísimo sería deshonrado si le negara el pedido que ahora le presenta”. Por su parte, “Dios se compromete a contestar una oración tal, pero sólo de una manera que esté en armonía con su voluntad, siendo que todo lo que Dios hace es una revelación de su carácter inmutable”. Una respuesta desfavorable “deshonraría el nombre de Dios y negaría su palabra”.[21]

En este mismo contexto, el Señor afirma en Isaías 48: 9, RVC: “Por causa de mi nombre y porque está en juego mi alabanza, refrenaré mi enojo” (cf. DHH: “Tuve paciencia por respeto a mí mismo, por mi honor me contuve”). En Ezequiel 20: 44, NVI, el Señor asegura que él actuará “en favor de ustedes, en honor a mi nombre y no según su mala conducta” (cf. vv. 9, 14, 22). Es decir, no hay nada en el penitente que tenga mérito para la respuesta divina favorable, sino que el Omnipotente responde para no ser deshonrado delante de las naciones paganas y no haya duda de que el Dios de Israel es el verdadero Dios. Así lo entiende el salmista cuando exclama: “Por causa de tu nombre, ¡líbranos…! Que no digan los paganos: ¿Dónde está tu Dios?” (Salmos 79: 9, 10, RVC, NVI; cf. Salmos 42: 9, 10; 115: 1, 2; Miqueas 7: 10; Joel 2: 17). Y esta es la misma razón por la que Salomón oraba:

“Asimismo el extranjero, que no es de tu pueblo Israel, que viniere de lejanas tierras a causa de tu nombre (pues oirán de tu gran nombre, de tu mano fuerte y de tu brazo extendido), y viniere a orar a esta casa, tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, y harás conforme a todo aquello por lo cual el extranjero hubiere clamado a ti, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre y te teman, como tu pueblo Israel, y entiendan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo edifiqué” (1 Reyes 8: 40-42, RVR60).

En este sentido y contexto general, se entiende cuando Bailey afirma:

“El clímax de la parábola gira en torno a la cuestión del “sentido de honor” o “actitud intachable” del hombre que está durmiendo, que le lleva a responder, aún en medio de la noche, a la petición de su amigo”.[22]

¿Qué aprendemos de todo esto?                                               

En primer lugar, una idea que debe quedar clara es que el personaje central de la parábola en cuestión es la figura del amigo de la casa cerrada.[23] Jesús mismo compara a este amigo con Dios: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial…?” (Lucas 11: 13, RVR60; cf. Mateo 7: 11).

Un segundo punto importante es que la parábola nos habla de la seguridad de la respuesta divina, más que de la necesidad de persistencia en la oración. En este sentido, no es paralela a la parábola de la viuda y el juez de Lucas 18: 1-7 como algunos lo han sugerido. Barclay asegura que “al orar no nos estamos dirigiendo a alguien que no está dispuesto a ayudarnos, sino a un Padre que se complace en suplir las necesidades de sus hijos”.[24] Por su parte, Elena G. de White afirma: “La seguridad que les dio [Jesús] de que sus oraciones serían oídas, nos es dada también a nosotros […] Los que tienen hambre y sed de justicia, los que suspiran por Dios, pueden estar seguros de que serán saciados”.[25] Además, “cuando no recibimos al instante las mismas cosas que hemos pedido, debemos creer aun que el Señor oye y que contestará nuestras oraciones”.[26]

De igual forma, no debemos olvidar que ambos amigos de la parábola se vieron enfrentados al mismo problema: debían cumplir con las leyes de la hospitalidad propias de las comunidades campesinas de los tiempos de Jesús. De no ser así, toda la aldea se enteraría al día siguiente de su falta de interés en su prójimo y sus nombres y el de sus familias serían deshonrados. Recordemos que es la reputación de toda una comunidad la que está en juego, pues ser hospitalarios es deber de la aldea en general. Ahora bien, aunque ambos amigos, el que pide y el que da, están en el mismo lío social y comunitario, la “vergüenza” o la “deshonra” aduce al amigo que fue “molestado” o “importunado” (el que está en casa) y no al que está “molestando” o “importunando” (el que solicita ayuda). Por lo mismo, el que pide, porque también fue importunado y al siguiente día debería dar razones delante de la comunidad de su falta de hospitalidad, va donde su amigo, aún en medio de la noche, porque está profundamente convencido de que le va a conceder su solicitud.  

Así mismo, Jesús nos asegura a través de esta parábola que aún en medio de la noche más oscura, no importa en qué circunstancias o cuán profunda sean nuestras necesidades o cuán inoportuno pareciera ser nuestro pedido, el Padre, ese amigo que no duerme (Salmos 121: 3, 4), está dispuesto a responder “por amor de su nombre” (cf. Salmos 23: 3). Bailey, al respecto, afirma: “La parábola enseña que Dios es un Dios de honor y que el hombre puede estar completamente seguro de que sus oraciones van a ser escuchadas”.[27]

El vecino de la parábola…

“[…] es un hombre íntegro y no va a violar esa virtud. El Dios al que oras también es integro, y no puede ir en contra de su integridad […] Si puedes estar seguro de que, cuando vas a un vecino como ese en mitad de la noche, te va a dar lo que necesitas, ¡cuánto más cuando llevas tus peticiones a tu Padre que te ama!”.[28]

Todo el universo es testigo de un Dios que no desampara a sus hijos ni tampoco se hace esperar y que, por su propio honor que es puesto en juego, provee de todo lo necesario para quienes confían en él. Elena G. de White nos exhorta diciendo: “Presenta a Dios tus necesidades, gozos, tristezas, cuidados y temores. No puedes agobiarlo, no puedes cansarlo. El que tiene contados los cabellos de tu cabeza, no es indiferente a las necesidades de sus hijos”.[29] Podemos, por tanto, experimentar y debería ser nuestra tarea diaria desarrollar una confianza tal, incondicional y absoluta, en la bondadosa y paternal respuesta de nuestro Padre celestial.




[1] Elena G. de White, Palabras de Vida del Gran Maestro (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), p. 109.
[2] Josef Schmid, El Evangelio según San Lucas (Herder, Barcelona, 1968), p. 285, 286. Énfasis en el original.
[3] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento (Editorial Clie, Terrasa, Barcelona, 1994), volumen 4, p. 181.
[4] Al respecto Kenneth E. Bailey en su libro Las parábolas de Lucas (Editorial Vida, Miami, Florida, 2009), p. 261, afirma: “Entenderemos correctamente los elementos culturales de la parábola una vez que entendamos de forma adecuada la palabra clave: anaideia” (cf. p. 269).
[5] Entre otras, las Versiones Reina-Valera 1909 (VRV09), Reina-Valera 1960 (VRV60), Reina-Valera 1995 (VRV95), Nueva Reina-Valera 2000 (NRV2000), Biblia de las Américas (BLA), Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy (NBLH), Biblia de Jerusalén (BJ) y Biblia del Peregrino (BP) lo traducen como importunidad; la Nueva Versión Internacional (NVI), la Versión Dios Habla Hoy (DHH) y The New Living Bible Spanish (NBD) lo vierten como impertinencia; la Biblia al Día (BD), la Versión Reina-Valera Contemporánea (RVC), la Palabra de Dios para Todos (PDT) y William Barclay, op. cit., volumen 4, p. 181, lo traducen como insistencia. La Versión Recobro (VR) la vierte descarada insistencia; la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras (TNMSE) la traduce como persistencia atrevida. La Biblia Hispanoamericana Traducción Interdenominacional (BHTI) la parafrasea como evitar que lo siga molestando. En la versión portuguesa de Joao Ferreira de Almeida se traduce como importunacao. Por su parte King James Version (KJV), lo traduce importunity; New International Version (NIV) dice boldness or persistence; Today’s New International Version (TNIV) la vierte como shameless audacity; The Authentic New Testament de Hugh J. Schonfield (The New American Library of World Literature, Inc., Nueva York, 1958, p. 165) lo vierte como very effrontery; Today’s English Version (TEV) y Contemporary English Version (CEV) la parafrasean como you are not ashamed to keep on asking;
[6] W. E. Vine, Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento (Editorial Clie, Barcelona, 1984), tomo 2, p. 231.
[7] Gerhard Kittel (ed.), Theoligical Dictionary of the New Testament (W. M. B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, 1976), volumen 1, p. 171.
[8] Bailey, op. cit., p. 269.
[9] Francis D. Nichol (ed.), Comentario Bíblico Adventista (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), tomo 5, p. xxx.
[10] Elena G. de White, Palabras de Vida del Gran Maestro (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 1995), p. 113.
[11] Bailey, op. cit., p. 261.
[12] Bailey, op. cit., p. 273.
[13] Fred H. Wight, Usos y costumbres de las tierras bíblicas (Editorial Portavoz, Grand Rapids, Michigan, 1981), pp. 71-78, 127, 128.
[14] Alfred Edersheim, Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo (Editorial Clie, Terrassa, Barcelona, 1990), p. 68.
[15] Bailey, op. cit., pp. 265, 266.
[16] Bailey, op. cit., p. 261.
[17] Bailey, op. cit., pp. 275, 276.
[18] Schmid, op. cit., p. 286.
[19] Bailey, op. cit., p. 262.
[20] Nichol, op. cit., t. 3, p. 830; cf. p. 701, el comentario de Salmos 25: 11.
[21] Nichol, op. cit., t. 3, p. 713.
[22] Bailey, op. cit., p. 261.
[23] cf. Schmid, op. cit., p. 286.
[24] Barclay, op. cit., volumen 4, p. 180.
[25] Elena G. de White, El Camino a Cristo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), p. 49, 50.
[26] Elena G. de White, El Camino a Cristo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), p. 50.
[27] Bailey, op. cit., p. 261.
[28] Bailey, op. cit., p. 280.
[29] Elena G. de White, El Camino a Cristo (Asociación Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires, 2007), p. 52.
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