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domingo, 5 de febrero de 2012

ORDEN Y ALMA EN SAN AGUSTÍN


RELACIÓN ENTRE ORDEN (ordo) Y ALMA (anima) HUMANA
EN SAN AGUSTÍN

INTRODUCCIÓN
“Un tema latente en todo el pensamiento agustiniano es el del orden que reina en todo el universo”[1]. Para San Agustín, el fundamento profundo de este orden (ordo) es la unidad de Dios, de donde se deriva toda la multiplicidad y variedad de los seres. Para el Santo, existe orden aún en la sucesión de los acontecimientos históricos, equivalente a un bello poema dirigido por la divina providencia. Dios ha dispuesto “de esta manera el orden admirable del Universo, como un hermoso poema, con sus antítesis y contraposiciones”[2]. Las discrepancias en casos particulares aquí no interesan, pues aún pueden contribuir a la armonía del conjunto. Así, “todos los reyes y reinos están dispuestos y ordenados por el decreto y potestad del verdadero Dios”[3].
El presente trabajo busca, con ayuda de los escritos agustinos, enlazar el concepto de orden (ordo) con el de alma (anima) humana según se aprecia en las principales obras del obispo de África. En forma especial se indagará en dos diálogos del anciano, compilados en El Orden (De Ordine)[4], y en La Ciudad de Dios (De civitate Dei). También se citarán otros autores cuyo aporte al tema me han parecido apreciables.
El trabajo cuenta de tres partes: (1) Me referiré al concepto de orden en el pensamiento agustiniano, para luego (2) remitirme a la relación entre orden y paz, tan anhelada en los días del Doctor y en nuestros días. En tercer lugar, (3) mencionaré la relación existente entre el ordo y el anima humana, objetivo principal de esta monografía. Finalmente, a manera de conclusión, presentaré algunas reflexiones sobre lo anterior.

I. EL ORDEN (ordo) EN EL PENSAMIENTO AGUSTINIANO
En el obispo, orden significa que cada cosa ocupe el lugar que le corresponde en el conjunto de los seres. “El orden no es otra cosa que una disposición de cosas iguales y desiguales, que da a cada una su propio lugar”[5]. Este lugar y este orden han sido asignados por Dios. “El orden es por el que se hacen todas las cosas que Dios ha establecido”[6]. Dios es el sumo Creador, “ordenador que administra y gobierna la paz del universo”[7] y fuente de todo orden: “De la providencia universal de Dios… procede toda regla, toda forma y todo orden”[8]. Como se ha comentado, “el ordo es pues un principio jerárquico y distributivo escrito en la mismísima estructura de la creación[9].
El obispo de Hipona enfatiza que nada se hace fuera del orden divino: “Defenderé con tesón el orden de las cosas, sosteniendo que nada se realiza fuera de él”[10]. Al respecto, San Agustín pregunta: “¿Quién es tan ciego que vacile en atribuir al divino poder y disposición el orden racional de los movimientos de los cuerpos, tan fuera del alcance y posibilidad de la voluntad humana? […] ¿Quién negará, oh, Dios grande, que todo lo administras con orden?… ¿Dé dónde, sino del mismo orden universal, manan y brotan [nuestras acciones]?”[11].
Según el obispo, Dios mismo es movido y se halla sometido a cierto orden[12]. El orden divino modera y refrena todo. En la mente del Santo, la moderación es el “padre del orden”[13]. Al no haber nada fuera del orden, pues “todo lo ocupa y reina por doquier”, aún el error pertenece al orden, dado que no se puede pensar que hay nada contrario al orden. Nadie yerra sin causa, porque la serie de las causas pertenecen al orden y “el error no sólo tiene causas que lo producen, sino efectos que le siguen. Por consecuencia, no puede ser contrario al orden lo que no está fuera de él”[14], concluye el obispo. En este mismo respecto la justicia divina, la retribución hacia justos e injustos, también pertenece al orden y no escapa a él: “Todos afirmamos que Dios es justo. Luego todo se halla encerrado dentro del orden”.[15]
En el concepto de orden basa San Agustín su idea acerca de la belleza, haciéndola coincidir con el número, la armonía y la proporción. Citando a E. de Bruyne, Guillermo Fraile en su Historia de la Filosofía, afirma que la estética de San Agustín deriva “del placer auditivo del ritmo musical o métrico”[16]. En su obra La Música, el Santo plantea que la belleza consiste en la aequalitas numerosa. Todo es absolutamente número e igual a él. En la misma obra, se argumenta que el número comienza con el Uno, el cual es bello por la igualdad y la similitud, y todo se coordina por el orden.[17] En otro lugar, San Agustín afirma: “Lo mismo al analizar que al sintetizar, busco la unidad, amo la unidad; mas cuando analizo, la busco purificada; cuando sintetizo, la quiero íntegra. En aquella, se prescinde de todo elemento extraño; en ésta, se recoge todo lo que le es propio para lograr una unidad perfecta y total”[18].
La armonía y la proporción se presentan en forma plena en la Santísima Trinidad, que es la cumbre del ser, del orden y de la perfección. En el Padre se da la Unidad; en el Hijo, la Igualdad, y en el Espíritu Santo, la Armonía entre el Padre y el Hijo, entre la Unidad y la Igualdad. De igual manera, la belleza de todo lo demás que conforma el universo es resultado del número y de la proporción. Nadie puede intentar conocer todos los problemas sin aspirar al conocimiento de la “potencia de los números” y ahondar en el conocimiento de la “unidad numérica y de su valor”[19]. “De aquí pasando a los dominios de los ojos y recorriendo cielos y tierra, advirtió que nada le placía, sino la hermosura, y en la hermosura las figuras, y en las figuras las dimensiones, y en las dimensiones los números”[20]. Citando La Música, Fraile concluye el pensamiento agustiniano respecto a la estética afirmando que por esta razón “toda criatura aspira a la unidad, esforzándose por ser igual a sí misma y por mantener su propio orden y el lugar que le corresponde en el orden universal”[21].

II. ORDEN, LEY Y PAZ
Como ha sido mencionado, para San Agustín todo debe estar sujeto a un orden perfecto. La luz natural que le permite al hombre conocer es similar a la conciencia moral. “La ley eterna divina, a la que todo está sometido, ilumina nuestra inteligencia, y sus imperativos constituyen la ley natural[22]. Sin embargo, conocer la ley no basta. También se la debe querer. Es el amor, el amor bueno (caritas), el que en definitiva mueve al alma, como principio sustentable, a desear el bien, obedecer la ley, y, por medio del buen ejercicio de la voluntad, mantener el orden establecido. Es el amor de Dios por sus criaturas y el de las criaturas por otras criaturas. Para el obispo de Hipona ordo est amoris.[23]
El hombre, como ser racional, no sólo en lo individual, sino también en sociedad, en la ciudad, la civitas, puede, a través del cumplimiento de las leyes, dar sentido al orden universal. “La ciudad no es una agrupación como la de los animales, sino una multitud racional reunida en sociedad por leyes”[24] y dirigidos hacia un fin común[25]. El Santo agrega: “El pueblo es un conjunto de ciudadanos para los cuales es peligrosa la disensión”[26]. Por cuanto implica la posesión y el uso de la razón, “la reunión humana es mucho más perfecta”[27]. La propia naturaleza social del hombre supone un orden formal al que debe adecuarse. Las leyes regulan el modo en que los hombres se reúnen en la civitas, vinculándose el ser social del hombre. Por lo tanto, no hay ni puede haber una sociedad carente de leyes, pues la existencia de la ciudad supone un orden. “Las leyes son el elemento que permite darle unidad, forma, orden y sentido de coherencia a la sociedad. Por ello, la civitas agustiniana comprende desde un principio una serie de elementos que en justo y proporcionado orden resultan necesarios para la armoniosa composición de la sociedad”[28]. Esto implica que tampoco puede haber una civitas, un todo ordenado, sin la existencia de una autoridad[29]. Dios, sin ninguna duda, tiene su lugar en este orden, según lo aprecia San Agustín: “Él tiene lugar necesario en las leyes y está incorporado al orden con que se debe regir una sociedad bien gobernada”[30].
El orden y las leyes divinas y humanas tienen por único objeto el bien de la paz, es decir, la ordenada concordia, “aquella paz ordenada con que los hombres están subordinados unos a otros”[31]. Esta es paz universal. Cuando cada criatura, dentro de la red universal, lleva a cabo la función adecuada, entonces hay paz, la “tranquilidad del orden”[32], esa “grande y singular merced”[33], como lo expresa el Santo. “Un ordo perfecto y total para San Agustín radicaba en un conglomerado de órdenes sustentadores”[34].  Orden para San Agustín es perfección.
Es de destacar que para el obispo de Hipona, la paz resultante del orden entre todas las cosas corresponde al concepto de justicia cósmica de los filósofos griegos[35]:
“La paz del cuerpo es la ordenada disposición y templanza de las partes. La paz del alma irracional, la ordenada quietud de sus apetitos. La paz del alma racional, la ordenada conformidad y concordia de la parte intelectual y activa. La paz del cuerpo y del alma, la vida metódica y la salud del viviente. La paz del hombre mortal y de Dios inmortal, la concorde obediencia en la fe, bajo de la ley eterna. La paz de los hombres, la ordenada concordia. La paz de la casa, la conforme uniformidad que tienen en mandar obedecer los que viven juntos. La paz de la ciudad, la ordenada concordia que tienen los ciudadanos y vecinos en ordenar y obedecer. La paz de la ciudad celestial es la ordenadísima conformísima sociedad establecida para gozar de Dios, y unos de otros en Dios. La paz de todas las cosas, la tranquilidad del orden”[36].

Siguiendo el tema de la civitas, el Santo indica que la casa del hombre (individuo) debe ser una parte de la ciudad (sociedad), así “la paz de la casa se refiere a la paz de la ciudad; esto es, que la ordenada concordia entre sí de los cohabitantes en el mandar y obedecer se debe referir a la ordenada concordia entre sí de los ciudadanos en el mandar y obedecer. De esta manera el padre de familia ha de tomar de la ley de la ciudad la regla para gobernar su casa, de forma que la acomode a la paz y tranquilidad de la ciudad”[37]. De aquí que la “paz doméstica” dependa del respeto y la ordenada concordia entre quienes deben mandar y quienes deben obedecer.[38]
Siguiendo el pensamiento político de San Agustín, se ha concluido que en la medida en que una sociedad promoviera la paz, ésta sería una sociedad buena. Si manifestara orden y concordia entre sus miembros, sería una sociedad incluso mejor. En la medida que promoviera la “vida cristiana”, evitando un conflicto de lealtades entre las obligaciones espirituales y las políticas, dicha sociedad cumpliría su papel dentro del orden universal.[39]
En su apología suprema[40], La Ciudad de Dios, la cual venimos comentando, San Agustín confronta la ciudad terrena con la celestial, siendo esta última a la cual debería esforzarse por pertenecer el ser humano. Allí el “sumo bien”, el summum bonum, es la “paz eterna y perfecta”[41]. Mirando al futuro escatológico del pueblo de Dios, el obispo afirma que “si los santos han de vivir en paz con Dios, sin duda vivirán en aquella paz que excede todo entendimiento”[42]. El Santo de Hipona agrega: “La paz, que es la propia de nosotros, no sólo la disfrutaremos en esta vida con Dios por la fe, sino que eternamente la tendremos en él, y la gozaremos, no ya por la fe, ni por visión, sino claramente”[43]. En la mente de San Agustín se trata de “una paz que ningún adversario será capaz de turbar”[44].
En el pensamiento agustiniano, es por intermedio del Verbo, Jesús, el Hijo de Dios, quien debe brotar y morar al interior del hombre, que se puede llegar a tener algún día un “orden social justo” capaz de garantizar la paz, la convivencia humana y el desarrollo individual y social, como un todo.[45]

III. EL ALMA Y EL ORDEN
La paz alcanzada por el ciudadano en su cuerpo, en la Ciudad de Dios, redundará en la paz del alma, pues la paz del alma racional es imposible sin la paz del cuerpo. Ambas contribuyen a la paz de la vida ordenada. La paz del alma racional consiste en alcanzar una “ordenada armonía o conformidad entre el conocimiento y la acción”[46]. “El orden es el que, guardándolo, nos lleva a Dios; y si no lo guardamos en la vida, no lograremos elevarnos hasta Él”[47]. En otras palabras, el orden es una vía de unión con Dios. Es el orden interior, del alma, al que todos deben aspirar y conocer. San Agustín pregunta: “¿No os parece que pertenece a un elevado orden aprender y conocer el origen del alma, su destino en este mundo, su diferencia de Dios?” A la tal, el Santo responde, argumentando que un alma ordenada, que vive de acuerdo a las leyes de la civitas, procurará en todo “estar con Dios, con quien permanece inmutablemente unida”[48], sólo entonces, “cuando el alma se arreglare y embellecida a sí misma, haciéndose armónica y bella, osará contemplar a Dios, fuente de todo lo verdadero y Padre de la misma verdad”[49], fuente de todo orden y armonía.
Para alcanzar este ideal, es necesario entender que “en el mundo ideal, toda parte, lo mismo que el todo, resplandece de hermosura y perfección”[50] y dedicarse enteramente y con entusiasmo a una “vida virtuosa” y rogar no por bienes materiales, sino por bienes que nos mejoren y hagan dichosos, más completos, ordenados, según el orden de Dios.[51]
En definitiva, la paz del cuerpo redunda en la paz del alma; la paz del alma, en la paz del individuo; la paz del individuo, en la paz de la civitas y la paz de la civitas (de la comunidad / ciudad), contribuye a la paz universal y, mediante ella, al orden universal, cuya fuente y fin es Dios.
El resultado del orden celestial en el alma (anima) humana es la paz de Dios habitando en el corazón del creyente, en su alma (anima), en el asiento de su conciencia y sus decisiones morales, de aquel que, haciendo libre uso de su voluntad, ha decidido vivir en la Ciudad de Dios (civitas Dei), símbolo del orden (ordo) perfecto, que la ama (caritas / amoris) y desea permanecer en ella.
Siendo fiel a su herencia judeo-cristiana y a su continua devoción por las Sagradas Escrituras, San Agustín hace eco en todo su discursar de las palabras del apóstol Pablo cuando dice que “justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”[52]. ¿No es acaso la justicia un estado de plena armonía del alma con Dios? ¿No es la armonía con Dios otra cosa que armonía con los requerimientos de su ley? ¿La armonía hacia la ley no es acaso producto de amarla, de desear cumplirla? ¿No le trae paz al alma el estado de armonía y concordia de ésta con la Divinidad? ¿No es la paz de la civitas, como comunidad, producida por la paz de los individuos? ¿No es Jesucristo el mediador de todo actuar humano?[53] Ya lo había escrito Cicerón, cuyos diálogos también inspiraron al anciano afrorromano: “Diríamos que lo que para los músicos es la armonía en el canto, eso es para la ciudad la concordia… Y, sin justicia, de ningún modo puede existir la concordia”[54]. Mucho antes que éste lo había referido Isaías, el profeta evangélico, cuando predice: “El efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, habitaciones seguras, y en recreos de reposo”[55]. También sobre el mismo hecho, el rey David, en pleno apogeo de su reinado había reflexionado: “Mucha paz tienen los que aman tu ley”[56].

CONCLUSIONES
Algunos han manifestado con relación al tema expuesto y el pensamiento político que San Agustín aspira, en último término, a la disolución de lo político, pues lo político es resultado de nuestra condición pecaminosa. “El orden perfecto es un orden apolítico, carente de coerción y autoridad humana. En la medida en la que este orden no se alcance, sin embargo, tenemos una obligación ineludible de participar de lo político, en el sentido de intentar asegurar el peregrinaje de la ciudad de Dios hacia la paz eterna”[57].
Mientras peregrinamos en esta vida como extranjeros, la ciudad celestial se sirve también de la paz terrena y protege, e incluso desea el entendimiento de las voluntades humanas en el campo de las realidades temporales de esta vida. Ella, la civitas, ordena la paz terrena a la celestial, la única paz que al menos para el ser racional debe ser reconocida como tal y merecer tal nombre, es decir, la convivencia que en perfecto orden y armonía goza de Dios y de la mutua compañía en Dios. Cuando haya llegado a su destino ya no vivirá una vida mortal, sino absoluta y ciertamente vital. Su cuerpo no será ya un cuerpo animal, que por sufrir corrupción es carga del alma, sino un cuerpo espiritual, libre de toda necesidad, subordinado por completo a la voluntad. En su caminar tiene ya esta paz, y guiada por la fe vive la justicia cuando todas sus acciones para con Dios y el prójimo las ordena al logro de aquella paz, ya que la vida del ciudadano es vida ciudadana, vida política, y ésta es, por supuesto, una vida social.[58]




REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
CHAPSAL, Mauricio. Punto de partida para entender la civitas según el pensamiento de San Agustín de Hipona. Universidad Adolfo Ibáñez, Apuntes de la Clase El hombre en San Agustín, noviembre de 2008.

CHUAQUI, Tomás A., La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona: Selección de textos políticos, en Estudios Públicos, 99 (invierno 2005) (en línea). Disponible en www.estudiospublicos.com/chuaqui_ciudad_de_dios.html

FRAILE, Guillermo. Historia de la Filosofía. 4ª edición. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1986.

GIANNINI, Humberto. Breve Historia de la Filosofía. 14ª edición. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995.

LAUBACH MOROS, Donna. Aspectos del pensamiento político de San Agustín en el contexto de la crisis del imperio. En Seminario Evangélico Unido de Teología, Madrid, 2006 (en línea). Disponible en http://www.centroseut.org/articulos/ s2/separ050.pdf

MARIAS, Julián. Historia de la Filosofía. 32ª edición. Madrid: Biblioteca de la Revista de Occidente, 1980.

SAN AGUSTÍN, El Orden (en línea). Disponible en http://www.iglesia reformada.com/index.html

____________, La Ciudad de Dios (en línea). Disponible en http://www.libros clasicos.org

SANTA BIBLIA. Versión Reina – Valera Revisión 1960. Bogotá: Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.


[1] FRAILE, Guillermo. Historia de la Filosofía. 4ª edición. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1986, p. 225.
[2] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 18; cf. FRAILE, op. cit., p. 226.
[3] SAN AGUSTÍN, op. cit., IV, 33.
[4] De Ordine (El Orden) fue una de las primeras obras escritas por San Agustín en un retiro en Casiciaco, cerca de Milán, mientras se preparaba para su bautismo, en 386, año en que encuentra en el cristianismo la verdad que ambicionaba (FRAILE, op. cit., p. 193).
[5] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 13.
[6] SAN AGUSTÍN, El Orden, I, 10, 28; II, 4, 11.
[7] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XIX, 12.
[8] SAN AGUSTÍN, op. cit., V, 7.
[9] LAUBACH MOROS, Donna. Aspectos del pensamiento político de San Agustín en el contexto de la crisis del imperio. En Seminario Evangélico Unido de Teología, Madrid, 2006, p. 5 (en línea). Disponible en http://www.centroseut.org/articulos/s2/separ050.pdf (cursivas en el original).
[10] SAN AGUSTÍN, El Orden, I, 3, 9; II, 7, 24.
[11] SAN AGUSTÍN, op. cit., I, 1, 2; 5, 14.
[12] SAN AGUSTÍN, op. cit., I, 10, 29.
[13] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 19, 50.
[14] SAN AGUSTÍN, op. cit., I, 6, 15.
[15] SAN AGUSTÍN, op. cit., I, 7, 19; cf. II, 4, 12; La Ciudad de Dios, XIX, 13.
[16] FRAILE, op. cit., p. 226.
[17] SAN AGUSTÍN, La Música, 12, 38; XII, 17, 56. Citada en FRAILE, op. cit., p. 226.
[18] SAN AGUSTÍN, El Orden, II, 18, 48.
[19] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 18, 47.
[20] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 15, 42. En op. cit., II, 18, 47, el Santo agrega: “Se afana por esta erudición la misma filosofía y llega a la unidad, pero de un modo mucho más elevado y divino”. Cf. FRAILE, op. cit., p. 226.
[21] FRAILE, op. cit., p. 226.
[22] MARIAS, Julián. Historia de la Filosofía. 32ª edición. Madrid: Biblioteca de la Revista de Occidente, 1980, p. 114 (cursivas en el original).
[23] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 18; XII, 2; cf. LAUBACH MOROS, op. cit., p. 106.
[24] SAN AGUSTÍN, Quaest. Evang, 2, 46. Universidad Adolfo Ibáñez, Apuntes de la Clase El hombre en San Agustín, noviembre de 2008.
[25] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XIX, 24.
[26] SAN AGUSTÍN, El Orden, II, 18, 48.
[27] CHAPSAL, Mauricio. Punto de partida para entender la civitas según el pensamiento de San Agustín de Hipona. Universidad Adolfo Ibáñez, Apuntes de la Clase El hombre en San Agustín, noviembre de 2008.
[28] CHAPSAL, op.cit.
[29] CHAPSAL, op.cit.
[30] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 4, 12.
[31] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XIX, 15.
[32] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 13.
[33] SAN AGUSTÍN, op. cit., III, 9. Agustín agrega: “Es tan singular el bien de la paz, que aun en las cosas terrenas y mortales no solemos oír cosa de mayor gusto, ni desear objeto más agradable, ni, finalmente, podemos hallar cosa mejor” y “tampoco hay quien no guste de tener paz” (SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 11 y 12).
[34] LAUBACH MOROS, op. cit., p. 5.
[35] FRAILE, op. cit., p. 226.
[36] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 13.
[37] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 16.
[38] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 14.
[39] LAUBACH MOROS, op. cit., p. 6.
[40] La Ciudad de Dios es “una apología del cristianismo y una reflexión sobre el sentido de la historia” (GIANNINI, Humberto. Breve Historia de la Filosofía. 14ª edición. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995, p. 115).
[41] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 20.
[42] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 27.
[43] SAN AGUSTÍN, op. cit., XXII, 29.
[44] CHUAQUI, Tomás A., La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona: Selección de textos políticos, en Estudios Públicos, 99 (invierno 2005), p. 356 (en línea). Disponible en www. estudiospublicos.com/chuaqui_ciudad_de_dios.html
[45] CHAPSAL, op. cit., p. 158.
[46] SAN AGUSTÍN, op. cit., XIX, 14.
[47] SAN AGUSTÍN, El Orden, I, 9, 27.
[48] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 5, 17.
[49] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 19, 51.
[50] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 19, 51.
[51] SAN AGUSTÍN, op. cit., II, 20, 52.
[52] Epístola a los Romanos, V, 1.
[53] Dice también San Pablo: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo”, 1ª Epístola a Timoteo, II, 5.
[54] Cicerón, Sobre la República, 2, 42-43. Citado en CHUAQUI, op. cit., p. 294.
[55] Libro del Profeta Isaías, XXXII, 17-18.
[56] Libro de los Salmos, CXIX, 165.
[57] CHUAQUI, op. cit., p. 286.
[58] Al respecto léase La Ciudad de Dios, XIX, 17. Cf. CHUAQUI, op. cit., p. 369. 
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