BIENVENIDOS

Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Psicología, la Filosofía y la Educación.

viernes, 27 de enero de 2012

EL TIEMPO EN SAN AGUSTIN


NATURALEZA DEL TIEMPO Y DE LA ETERNIDAD EN SAN AGUSTÍN
Según Confesiones, Libro XI

“Considero que hay necesidad de comprender el sentido en el que la Escritura habla del Tiempo y la Eternidad” (Dionisio, De div. nom., 10, 3)

INTRODUCCIÓN
Confesiones es una obra autobiográfica que nos informa de la vida y el pensamiento de San Agustín. En el Libro XI de este monumento sincero, profundo y bello de la literatura universal[1], el obispo postula un concepto del tiempo y de la eternidad en términos más bien teológicos. “Toda la obra de San Agustín está impregnada de la presencia de Dios, él escribe en un continuo diálogo con su Creador”[2].
En el Santo, la raíz de su pensamiento está movida por la religión y es ésta la que pone a su vez en movimiento su filosofía. Es deducible, por tanto, que sus postulados de tiempo y eternidad tengan su origen en un análisis de lo consignado al inicio del Génesis: In principio creavit Deus caelum et terrum, “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. En efecto, es su creencia en la Sagrada Revelación y en la autoridad profética de las Escrituras, más que en los escritos de los clásicos griegos, lo que hace que su argumentación sea más propia de la fe que del inquirir filosófico[3]. El obispo de Hipona al respecto declara: “Que tus Escrituras constituyan para mí un encanto lleno de pureza… Dame espacio para meditar los secretos de tu ley… Te beberé y consideraré las maravillas de tu ley” [4].
La presente monografía está basada en las Confesiones del famoso Padre de la Iglesia, exigencia de la asignatura cursada. Sin embargo, se citará también otra obra maestra del mismo autor que, por su intencionalidad, de igual manera provee de información relevante acerca del tema en cuestión: La Ciudad de Dios. Además se citarán algunos estudios realizados por otros autores en esta misma temática que he considerado pertinentes. El trabajo está dividido en cuatro partes: (1) Se presenta el concepto agustiniano de eternidad y (2) se consigna lo mismo con respecto al tiempo. Luego (3) se plantean algunas semejanzas y diferencias de ambas ideas en la mente del Santo y, a manera de conclusión, se ofrece una interpretación del “encuentro” del tiempo humano con la eternidad divina.

I. LA ETERNIDAD EN SAN AGUSTÍN
El Libro XI de las Confesiones se inicia con la siguiente sentencia: “Siendo tuya la eternidad”. Desde la perspectiva agustiniana, Dios es el único eterno, inmutable y sin principio. Dios ha existido siempre. La eternidad es posesión divina, es ajena y transciende al tiempo de las criaturas. Dios es el creador y por tanto existe antes que la creación, en la eternidad, en un presente eterno. “Precedes a todos los tiempos pasados, desde la eminencia de tu eternidad siempre presente” [5]. Para Agustín, la eternidad está ligada a dos características divinas que él elabora contrariando y reelaborando las ideas griegas de su época:[6] inmutabilidad (inmutabilitate) e inmovilidad (inmobilitate). Exclama el obispo: “Eres inmutablemente eterno”[7]; y afirma: no “hay eternidad que padezca mudanza alguna”[8]. La eternidad divina es siempre estable. El Santo declara: “Tus años existen todos a la vez, porque gozan de estabilidad… no pasan… Tu día de hoy no cede el paso al día de mañana ni es una continuación del día de ayer. Tu día de hoy es la eternidad”[9]. En la eternidad, nada es pasajero, todo está presente[10]. Dicho de otro modo, “la eternidad no es una sucesión infinita de tiempos, es concentración y permanencia, es la plenitud sustancial de Dios”[11].
En los escritos agustinianos en general, y en las Confesiones en particular, hablar de eternidad es hablar de Dios y de sus atributos. Su misericordia[12], su reino[13], su razón[14] y su voluntad[15] son preexistentes y eternos. También es eterna la Palabra de Dios, que está junto a Dios, el Hijo. Es coeterna con Dios y pronunciada en la eternidad. En ella no hay cambio ni sucesión, porque es verdaderamente inmortal y eterna. Por su medio Dios dice simultánea y eternamente todo cuanto dice y crea todo cuanto dice que se crea.[16] De igual manera, es eterno e inmutable el Espíritu Santo, coeterno con el Padre y el Hijo. Estos tres son una Trinidad.[17]

II. EL TIEMPO SEGÚN SAN AGUSTÍN
Si Dios es creador, el tiempo es criatura. El obispo tiene plena certeza de que Dios es creador del mundo y del tiempo. La existencia misma es hechura suya. Acerca del mundo, declara: “Existimos porque hemos sido creados”[18]. “Hablaste tú y surgieron todas las cosas. Tú las creaste con tu palabra”[19]. “Me consta la no existencia de ninguna criatura antes de la creación de la primera criatura”[20]. Y acerca del tiempo, afirma: “Eres el autor y fundador de todos los siglos… Tú creaste todos los tiempos, y tú eres anterior a todos los tiempos”[21]. La creación del mundo implica el comienzo del tiempo. Esta creación es producto de la voluntad eterna y preexistente del Creador.[22] “Cada cosa ha sido creada según su propio principio que reside en el espíritu del Creador”[23].
Dios crea el mundo con el tiempo. San Agustín lo afirma: Procul dubio non est mundus factus in tempore, sed cum tempore, “sin duda no fue hecho el mundo en el tiempo, sino con el tiempo”[24]. El tiempo es desde cuando el mundo es. Dios crea el tiempo y el espacio de manera simultanea, uno coexiste con el otro. No son entidades separadas. “El principio de la creación del mundo y el principio de los tiempos es uno… no es uno antes que otro”[25].
El tiempo por cuanto es criatura, nace como parte de la creación y, por lo tanto, no es eterno. “No podemos hablar propiamente de existencia del tiempo sino en cuanto tiende a no existir… La razón por la que existe es que va a dejar de existir”[26]. En este mismo sentido, el tiempo es mudable y movible. “Existen, pues, el cielo y la tierra. Con sus mutaciones (mutabilitate) y variaciones (mobilitate) proclaman que han sido creados”[27]. “El mundo, con su concertada mutabilidad (mutabilitate) y movilidad (mobilitate) […] proclama y da voces que fue hecho”[28]. Si Dios es inmutable e inamovible, la creación, por cuanto es creación, participa del cambio y de la variación. Y todo cambio y movimiento es temporal. El tiempo es, por tanto, la medida del movimiento. “Ningún cuerpo se mueve fuera del tiempo… Mido el movimiento de un cuerpo por el tiempo”[29]. “La realidad material no es simultanea, no es un conjunto estático, sino que es sucesión”[30].
Por otro lado, antes de la creación no había tiempo ni espacio: “Tampoco hiciste el universo en el universo, porque no existía espacio donde hacerlo antes de hacerlo para que existiese”[31]. “No deben imaginarse infinitos espacios de tiempo antes del mundo, como infinitos espacios de lugares”[32]. “No puede haber tiempo sin que haya cosas creadas”[33]. En este sentido, términos como “antes”, “entonces” o “nunca”, propios de la temporalidad, no son aplicables a la eternidad de Dios[34].
Este tiempo es siempre presente, nunca estable, un presente temporal, distinto al presente siempre estable y eterno de Dios. El pasado y el futuro como tales no existen. “Pasado y futuro son creación y derivación del eterno presente… La eternidad estable, que no es futura ni presente, determina los tiempos futuros y pasados”[35]. Lacalle concluye: “El ser no existe sin la eternidad… El tiempo procede de la eternidad, ya que la eternidad es esencialmente creadora del tiempo de los hombres”[36]. Agustín acota: “Los minutos vuelan según tu beneplácito”.[37]
El anciano también razona acerca del paso del tiempo y de su medida. El tiempo se mide desde la perspectiva humana, al pasar. “Mientras pasa el tiempo, es susceptible de percibirse y de medirse”[38].  El Santo pregunta: “¿De dónde viene, por dónde pasa y a dónde va el tiempo mientras se mide?”. A esto, responde: “Viene de aquello que aún no existe, pasa a través de aquello que carece de extensión y va camino de aquello que ha dejado de existir”[39]. Los hechos del pasado han dejado en el espíritu una huella. Al evocarlos, el pasado se hace presente, “porque su imagen está aún en mi memoria”[40]. “Lo que mido es algo que tengo en mi memoria y que permanece fijo en ella”[41], afirma. Esta impresión es el tiempo. El alma es, por tanto, la verdadera medida del tiempo. Aún así, el presente no tiene espacio alguno, extensión alguna. San Agustín llega a la conclusión de que el tiempo, en estos términos, no es más que una distensión.[42] Sin embargo, puede medirse, según el testimonio manifiesto de los sentidos.[43]
Al existir sólo el presente, es más prudente hablar de tres tiempos: presente de lo pasado, presente de lo presente y presente de lo futuro. Así existe en el alma, en la memoria, en la conciencia. El presente del pasado es la memoria, el presente del presente es la visión y el presente del futuro es la expectativa.[44] La memoria, la atención y la expectación, son tres elementos básicos de la percepción del tiempo. La atención es siempre presente y por su medio se agota la expectación y crece la memoria. En una canción, en una acción, en la vida del hombre y en la historia de los hombres acontece de la misma forma.[45] Sólo Dios conoce el pasado y el futuro y este conocimiento es maravilloso y secreto.[46] “Dios conoce intemporalmente las cosas temporales, conoce los tiempos sin noción alguna de lo temporal”[47].

III. ETERNIDAD Y TIEMPO: CONTRASTES Y SEMEJANZAS
Aparte de que la eternidad es atributo del Creador y el tiempo es una criatura, para San Agustín la eternidad y el tiempo se distinguen entre sí en un aspecto muy simple: “No hay tiempo sin alguna inestabilidad movible, ni hay eternidad que padezca mudanza alguna”[48]. Es decir, la eternidad es siempre estable e inmutable y el tiempo es nunca estable (inestable) y movible. Cambio y movimiento son factores del presente temporal, el tiempo objetivo. El presente eterno, la eternidad, es concentración y permanencia. Pero el tiempo somete a los entes temporales a la dispersión. Por otro lado en la eternidad todo está presente. El tiempo, sin embargo, nunca está presente en su totalidad. La comparación entre ambos, concluye San Agustín, “es desde todo punto imposible”[49]. Como todo movimiento es temporal, nuestra voz que viaja por el aire y que resuena en el tiempo no es comparable con la silenciosa palabra de Dios en la eternidad[50].
La verdadera eternidad y la inmortalidad verdadera prescinden del tiempo y del cambio.[51] La eternidad precede a todos los tiempos y no es en el tiempo en que la eternidad es anterior a los tiempos. La eternidad no va ni viene, el tiempo va y viene para que todos puedan venir. La eternidad no queda eliminada por lo que viene, porque no pasa, en cambio el tiempo llegará a ser cuando todos dejen de ser.[52] La eternidad es atributo divino y no hay ningún tiempo que pueda ser coeterno con Dios, pues Dios es estable y si el tiempo fuera estable, no sería tiempo, sino eternidad. “En cuanto al presente, si fuera presente y no pasara a pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad”[53].
En cuanto a semejanza, el tiempo y la eternidad se igualan en que ambos son tipos de duración esencialmente presentes. El tiempo es presente temporal, la eternidad es presente eterno, simultáneo. El tiempo carece esa simultaneidad.

CONCLUSIÓN: DEL TIEMPO A LA ETERNIDAD
El Santo de Hipona entiende que su vida, que es distensión, le conduce a la eternidad y ansía llegar a ella. Desea alcanzar a Aquel que le ha alcanzado. Desea olvidar las realidades pasadas, no a la zaga de las realidades que son futuras y que pasarán, sino hacia aquellas que tiene por delante, las eternas. Sigue así tras la palma de la celestial vocación, donde contemplará las delicias divinas que no pasan. Declara: “Me he dispersado en tiempos cuyo orden desconozco. Mis pensamientos, que son las íntimas vísceras de mi alma, se ven despedazados hasta el día en que, purificado y derretido por el fuego de tu amor, me funda contigo”[54].
Desde esta perspectiva, es en el tiempo en que las criaturas realizan su ser y, haciendo uso de su libertad, progresan y crecen. Es nuestra propia libertad la que convierte el tiempo en eternidad. Nuestras decisiones tienen, pues, consecuencias eternas. Esa es la auténtica grandeza de la libertad: nos permite decidir nuestro destino y esa decisión se realiza en el tiempo. El ser humano tiene sed de eternidad y rehuye de la muerte como de un extraño. “Podemos unir nuestro presente temporal con el presente eterno… Dios nos ha colocado en el tiempo para que demos el salto a la eternidad”[55], a nuestro encuentro con él.
Este mismo ideal motiva los pensamientos de San Agustín, cuando confiesa a Dios: “Te beberé y consideraré las maravillas de tu ley desde el principio, cuando creaste el cielo y la tierra, hasta el reino eterno contigo en tu ciudad santa”[56].
Al concluir, confieso junto al anciano: “¿Qué es, pues, el tiempo? […] Mi espíritu está apasionado por conocer este enigma tan intrincado […] Te confieso, Señor, que sigo desconociendo qué es el tiempo”[57].

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
FIGUEROA VELASCO, Adriana. Conociendo a los grandes filósofos. 3ª edición. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995.

GIANNINI, Humberto. Breve Historia de la Filosofía. 14ª edición. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995.

LACALLE NORIEGA, María. Tiempo y eternidad en San Agustín. Revista Comunicación y Hombre, Nº 2, año 2006, pp. 89-99 (en línea). Disponible en http: //www.ufv.es/docs/comyhom2investigaciones2.pdf

MUÑOZ-ALONSO LÓPEZ, Gemma, El tiempo en San Agustín. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, número 7, Ediciones Universidad Complutense, Madrid, sin año, pp. 37-42 (en línea). Disponible en http://www.ucm.es/BUCM/revistas/fsl/ 02112337/articulos/ASHF8989110037A.PDF

ROJAS GÓMEZ, Mauricio F. Idea del Tiempo en San Agustín. Universidad Adventista de Chile, Apuntes de la clase Historia Eclesiástica, mayo de 1996.

SAN AGUSTÍN, Confesiones. 3ª edición. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1994.

__________, La Ciudad de Dios (en línea). Disponible en http://www.librosclasicos. org


[1] GIANNINI, Humberto. Breve Historia de la Filosofía. 14ª edición. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995, p. 114.
[2] FIGUEROA VELASCO, Adriana. Conociendo a los grandes filósofos. 3ª edición. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1995, p. 117.
[3] ROJAS GÓMEZ, Mauricio F. Idea del Tiempo en San Agustín. Universidad Adventista de Chile, Apuntes de la clase Historia Eclesiástica, mayo de 1996.
[4] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 2, 3. La versión utilizada corresponde a la traducción de José Cosgaya, 3ª edición. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1994.
[5] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 13, 16; cf. 8, 10; 30, 40; De Civitate Dei, IX, 17; XI, 4; XII, 15.
[6] Platón había concebido el tiempo como “la imagen móvil de la eternidad inmóvil” y para Aristóteles tiempo y movimiento se dan simultáneamente. Los griegos en general veían al tiempo como cíclico, un eterno retorno, imagen del movimiento de los astros en el universo, que es eterno, sin principio no fin. Sobre esto comenta Agustín en Confesiones XI, 23, 29-30.
[7] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 31, 41.
[8] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios,  XI, 6. El profeta Malaquías y el apóstol Santiago declaran, respectivamente: “Yo Jehová no cambio” (Malaquías, III, 6); y, en Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Epístola Universal de Santiago, I, 17).
[9] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 13, 16.
[10] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 11, 13.
[11] LACALLE NORIEGA, María. Tiempo y eternidad en San Agustín. Revista Comunicación y Hombre, Nº 2, año 2006, p. 90 (en línea). Disponible en http://www.ufv.es/docs/comyhom2investigaciones2.pdf
[12] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 1, 1.
[13] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 2, 3; La Ciudad de Dios, X, 32.
[14] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 8, 10.
[15] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 10, 12.
[16] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 7, 9; 8, 10; 9, 11.
[17] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 10 y 24.
[18] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 4, 6.
[19] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 5, 7.
[20] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 12, 14.
[21] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 13, 15-16; cf. 14, 17; 30, 40.
[22] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 10, 12; XII, 2, 2.
[23] MUÑOZ-ALONSO LÓPEZ, Gemma, El tiempo en San Agustín. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, número 7, Ediciones Universidad Complutense, Madrid, sin año, p. 39 (en línea). Disponible en http://www.ucm.es/BUCM/revistas/fsl/02112337/articulos/ASHF8989110037A.PDF. Muñoz-Alonso agrega: “San Agustín cree en la existencia de ideas inmutables y eterna de las cosas, las cuales residen en la inteligencia divina”.
[24] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 6.
[25] SAN AGUSTÍN, op. cit.
[26] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 14, 17.
[27] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 4, 6.
[28] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 4.
[29] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 6, 8; 24, 31; 26, 33. A la afirmación griega de que “el tiempo es el movimiento de un cuerpo”, San Agustín responde: “El tiempo no es el movimiento de los cuerpos”. Muñoz-Alonso aporta que “san Agustín rompe con la concepción helénica del tiempo regido por la necesidad ya que su aceptación le hubiese impedido forjarse un concepto del tiempo histórico, que sólo era posible dentro de una doctrina creacionista” (MUÑOZ-ALONSO, op. cit., p. 40). Agustín asume como propio el concepto judío de tiempo lineal que se inicia en la creación y se consuma en la restauración del Reino de Dios.
[30] LACALLE, op. cit., p. 90.
[31] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 5, 7.
[32] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 5.
[33] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 30, 40.
[34] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 12, 14; 13, 15; 30, 40.
[35] SAN AGUSTÍN, op. cit.
[36] LACALLE, op. cit, p. 91, 92.
[37] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 2, 3.
[38] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 16, 21; cf. 21, 27; 26, 33.
[39] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 21, 27. cf. 14, 17: “Si no pasara nada, no habría tiempo pasado; si no hubiera algo que va a ocurrir, no habría tiempo futuro; si no existiera nada, no habría tiempo presente”.
[40] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 18, 23.
[41] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 27, 35. cf. 27, 36: “Es en ti, espíritu mío, donde yo mido el tiempo”.
[42] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 26, 33; cf. 29, 39.
[43] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 27, 34-35. Aquí se advierte un contraste entre el concepto agustiniano de tiempo y el concepto griego. Para Agustín el tiempo pertenece a una categoría interior del ser y no en el exterior, en el cosmos, como lo afirmaría el concepto clásico.
[44] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 20, 26.
[45] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 28, 37-38.
[46] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 31, 41.
[47] LACALLE, op. cit., p. 91.
[48] SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XI, 6.
[49] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 11, 13.
[50] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 6, 8.
[51] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 7, 9.
[52] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 13, 16.
[53] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 14, 17.
[54] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 29, 39.
[55] LACALLE, op. cit., p. 98.
[56] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 2, 3.
[57] SAN AGUSTÍN, Confesiones, XI, 14, 17; 22, 28; 25, 32.
Publicar un comentario