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Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Filosofía y la Educación.

viernes, 6 de abril de 2012

El Buen Samaritano (2)


La Parábola del samaritano “inclusivo” (Parte 2).[1]

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia” (Lucas 10: 33).

En la persona del samaritano Cristo reflejó una imagen de sí mismo y de su misión a favor de los hombres. “Nuestro Salvador manifestó por nosotros un amor que el amor del hombre nunca puede igualar. Cuando estábamos heridos y desfallecientes, tuvo piedad de nosotros. No se apartó de nosotros por otro camino, y nos abandonó impotentes y sin esperanza, a la muerte […] Contempló nuestra dolorosa necesidad, se hizo cargo de nuestro caso, identificó sus intereses con los de la humanidad. Murió para salvar a sus enemigos”.[2] En el actuar del samaritano, también podemos ver a toda la Divinidad en acción. Todo el cielo trabajando a favor de la salvación de un alma entrampada por Satanás.

Dios el Padre dice: “Me dejaron a mí, fuente de agua viva.” “Dejaron al Eterno, el Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto.” “Dejaron al Eterno, despreciaron al Santo de Israel, le dieron la espalda” (Jueces 2: 12; Isaías 1: 4; Jeremías 17: 13). A pesar de aquello, Jehová “sanará” y “vendará” y “viviremos delante de él” (Oseas 6: 1) y además nos guía y nos pastorea junto a pastos delicados, aguas de reposo y sendas de justicia (Salmo 23: 1-3).

De igual manera, Cristo fue “despreciado y desechado entre los hombres”, “escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos” y “nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” (Isaías 53: 3, 4; cf. Juan 1: 11). Y sin considerar aquello, Jesús bajó de su condición de honor y sanó a la humanidad herida: “Llevó él nuestras enfermedades y nuestros dolores”. “Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. “Por sus llagas fuimos nosotros curados”. “Por la rebelión de mi pueblo fue herido” (Isaías 53: 4, 5, 8). Y así como el samaritano cargó al moribundo, pagó su deuda y le llevó a un lugar seguro, Cristo, el Pastor y el Cordero, nos lleva en sus hombros gozoso hacia fuentes de aguas de vida (Lucas 15: 5, 6; Juan 10: 10, 11; Apocalipsis 7: 17)

Y por otro lado, también el Espíritu Santo atestigua: “Fueron rebeldes, y entristecieron su Espíritu Santo” (Isaías 63: 10; cf. Efesios 4: 30). Las Escrituras atestiguan que rechazar las profecías o a los profetas es despreciar la voz del Espíritu de Dios (Nehemías 9: 30; cf. 1 Tesalonicenses 5: 20, 21). Y aún así, el Santo Espíritu nos guía y restaura (Salmo 143: 10; Isaías 63: 14).

“Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado y arruinado por Satanás, y abandonado para que pereciese; pero el Salvador se compadeció de nuestra condición desesperada. Dejó su gloria, para venir a redimirnos. Nos halló a punto de morir, y se hizo cargo de nuestro caso. Sanó nuestras heridas. Nos cubrió con su manto de justicia. Nos proveyó un refugio seguro e hizo completa provisión para nosotros a sus propias expensas”.[3]

Y a nosotros nos llega a través del tiempo y de la distancia este mismo mandamiento de parte de él: “El que ama a Dios, ame también a su prójimo” (1 Juan 4: 21).

Oh, gran Dios, que la compasión por las almas que perecen me impulse a buscarlas donde quiera que estén. Ayúdame a curar sus heridas y llevarlos en mis brazos hasta tus pies. Gracias por salvarme a mí también.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 310.
[3] White, El Deseado de todas las gentes, p. 465, 466.

El Buen Samaritano (1)


La Parábola del Samaritano “Inclusivo” (Parte 1).[1]

“Mas él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?” (Lucas 10: 29).

En su último viaje de Galilea a Jerusalén, Jesús hizo un alto en Jericó. Pocos días antes había ocurrido un evento que aún estaba fresco en la memoria del pueblo y entre aquellos que se reunieron a escuchar las enseñanzas del Maestro estaban algunos de sus protagonistas: un sacerdote y un levita. Lo que esos oyentes no esperaban era que Jesús se valiera de aquel suceso para responder una gran pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”

Jesús le recordó a su audiencia los incidentes: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó”… De inmediato la mente de los ministros del templo se inquietó y vinieron los recuerdos. Sabían que unos ladrones despojaron y violentaron a un conciudadano, dejándole gravemente herido, como muerto. Ellos pasaron por aquel camino, vieron al hombre en el suelo, pero no quisieron siquiera tocar a la desdichada víctima, pensando que era un enemigo, un extraño. Con indiferencia y desprecio evitaron al malherido. Fueron exclusivistas.

Mientras Cristo continuaba con su historia, el sacerdote y el levita seguían con sus oídos atentos entre el gentío. Y de pronto, ¡sorpresa!, Jesús escoge como héroe en su relato a quien era objeto de la aversión del pueblo. Pudo haber elegido a un judío cualquiera, pero Jesús trae a la escena a un samaritano. “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia”, continuó relatando Jesús. Ambos ministros también sabían cuán amable y bondadosamente un comerciante de Samaria ministró al moribundo, quitándose sus propias vestiduras para cubrirlo, le untó con aceite y vino (remedios caseros comunes en Palestina) para curar, refrescar y vendar al sufriente. Lo alzó sobre su propio animal de carga y lo condujo a paso seguro para mitigar sus dolores. También estaban enterados de que cuidó de su hermano dolorido toda una noche en una reconocida posada y cómo, a la mañana siguiente, pagó por sus cuidados posteriores, encargándole su mejoría a un mesonero de confianza.

Pero sus corazones no habían simpatizado con las necesidades de ese hombre. Todo el cielo estaba atento esperando que sus corazones fuesen enternecidos con el infortunio humano. Sin embargo, aquello no ocurrió y, en su lugar, un samaritano, un ciudadano de un pueblo despreciado, cuidó a su hermano sufriente. Amó a su prójimo como a sí mismo y los trató como él mismo hubiese deseado ser tratado en condiciones similares. Él fue inclusivo.

El hombre herido y despojado representa a cualquier ser humano de cualquier nación que necesite nuestro interés, comprensión, apoyo, compasión y nuestros buenos servicios. Y esto no tiene relación con el color de la piel, la posición social, el nivel educativo o las habilidades o capacidades personales. Puede ser un hombre o una mujer muy encumbrados o puede ser un vagabundo. Puede ser un joven o una señorita muy dotados o puede ser un niño o una niña discapacitados. Puede ser un ignorante o puede ser un intelectual. “Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adversario.  Nuestro prójimo es todo el que pertenece a Dios”.[2]

Señor, Dios Todopoderoso, pon en mi camino a aquellos que han sido maltratados por Satanás. Dame fuerzas para cuidar de ellos y amarles como a mí mismo.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] Elena G. de White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 310. Ver también: Testimonios para la Iglesia, tomo 3, p. 574; tomo 4, p. 224.

Timoteo y las Sagradas Escrituras

EL VALOR DE LA PALABRA EN LA EDUCACIÓN[1]



Introducción

Éfeso, año 67 d. C.  Un joven pastor recibe una carta. En ella lee las últimas palabras de un gran apóstol que le escribe desde una solitaria, sombría, húmeda y fría prisión en Roma.[2] Le encarga que sea un buen soldado de Jesucristo y un obrero aprobado. Le advierte de los futuros tiempos peligrosos y de los falsos maestros y le encarece que predique la Palabra. La vida del apóstol estaba por expirar y él debía mantener encendida la antorcha de la verdad. También le recuerda la fe de su madre y de su abuela y cómo ellas le habían transmitido las Sagradas Escrituras en forma exitosa. Era la segunda carta que recibía de él. Era la segunda epístola del apóstol Pablo a su amigo Timoteo.[3]

La educación de Timoteo

¡Qué recuerdos vinieron a su mente! Inmediatamente evocó los años pasados en Listra. Allí no había sinagoga ni tampoco una escuela judía. El peso de su educación recayó en manos de su madre Eunice y de su abuela Loida. No sabía las circunstancias que les llevaron a asentarse en Listra. Sin embargo y a pesar de tener un padre griego y vivir en una ciudad gentil, desde su más tierna infancia, cada sábado y, según la costumbre, dos veces a la semana, Timoteo oía la lectura de la Ley de Moisés o Torah, de los Salmos y de los Profetas, no de parte de los rabinos, sino de parte de su abuela y de su madre.[4]

Su propio nombre, “Temeroso de Dios”, le había dado un rumbo distinto a su crianza y educación. Sin ninguna duda, su madre se había empeñado en que ese “dios” a quien Timoteo debía temer no eran los dioses griegos que adoraba su padre, sino el Dios verdadero, el Dios de Israel.

Su hogar no era rico como para poseer una copia completa de las Escrituras Hebreas en pergaminos o en papiros, sin embargo tenía porciones del mayor tesoro de su pueblo, la Palabra de Dios. Timoteo recordaba los pequeños rollos destinados para los niños. De la lectura de ellos aprendió la “Shemá”, el “Hallel”, las historias desde la Creación al Diluvio y las leyes ceremoniales.[5] Estos eran los medios de instrucción que estaban a su disposición. Sus recuerdos se desvanecían, pero sabía que a partir de los tres años, en que comenzaba la educación hogareña de los niños judíos, o por lo menos desde los cinco, en que comenzaba la educación de la Torah,[6] su madre y su abuela le habían instruido en las verdades eternas de las Sagradas Escrituras.[7]

Su conversión y trabajo misionero

Siendo joven, se convirtió al cristianismo junto a su familia gracias a la predicación de Pablo en Listra. Allí y en Iconio, los hermanos daban buen testimonio acerca de él. El mismo apóstol Pablo le llamó ministro y colaborador en el evangelio y verdadero, fiel y amado hijo y elogió su interés por la iglesia.[8] “Timoteo era apenas un muchacho cuando fue elegido por Dios como maestro; pero sus principios eran tan firmes por la educación correcta que había recibido, que se encontraba en condiciones de ocupar esa importante posición”.[9] Cuánto anhelaba Timoteo haber tenido un padre como Pablo. Su padre biológico nunca fue convertido, pero las palabras de su madre le motivaron para ser el compañero inseparable de un padre que al circuncidarle le hizo su hijo adoptivo.  La simpatía y devoción recíproca entre Timoteo y Pablo difícilmente podría ser puesta en duda. “Timoteo tiene un temperamento blando, cariñoso, con una ligera inclinación a la melancolía. Esto le hace tanto más amable a los ojos del Apóstol y objeto de su cuidado paternal”.[10]  “Todo lo que un hijo puede ser hacia un padre amado y respetado, lo fue el joven Timoteo para el sufrido y solitario Pablo”.[11]

Habían pasado unos quince años desde su bautismo y aún latían fuertes en su corazón las enseñanzas de su madre y la predicación e instrucciones de Pablo. Ni siquiera las desventuras y peligros vividos junto a él en su segundo y tercer viaje misionero habían apagado esa llama, y lejos estaban de hacerlo.[12] Contrario a eso, Timoteo había acompañado y colaborado con Pablo en la evangelización en Tesalónica, Atenas, Macedonia, Corinto, Filipos, Asia y Roma[13] y, al menos una vez, padeció también la cárcel.[14] Ahora estaba liderando la iglesia de Éfeso. Había sido enviado allí como su primer pastor y debía hacer frente a quienes se oponían a la verdad enseñando fábulas y un evangelio diferente.[15] Pablo, su maestro terrenal, quien había puesto sobre su cabeza las manos para ordenarle al ministerio,[16] estaba preso y encadenado, a punto de ser condenado a muerte y le pedía que fuera a verlo. En este estado le solicita sus libros y sus pergaminos.[17]

Una lección para nuestros hijos

¡Qué lección! Ya anciano y preso Pablo no había olvidado sus libros. “La vida es triste sin sus libros”.[18] “Pablo quiere tener una Biblia en la cárcel”.[19] Anhelaba tener sus rollos personales de las Escrituras. Deseaba continuar nutriéndose de la Palabra de Dios. “Aun en medio de esas circunstancias tan adversas, el erudito Pablo continuaba investigando las verdades de Dios”.[20] “Eran las palabras de Jesús y la Palabra de Dios lo que Pablo quería por encima de todo cuando estaba preso y esperando la ejecución”.[21] “El no podía permitir que la verdad no se proclamara. El viejo caballero fue un estudiante hasta el fin”.[22] ¿No debería Timoteo ahora hacer lo mismo si desde la cuna lo había aprendido? Ahora entendía realmente el valor de las enseñanzas de su niñez. Pablo era el mejor ejemplo de aquello. Si debía ser el portador del estandarte de la verdad, no debía dejar de escudriñar y predicar la Palabra de Dios.

“Las lecciones de la Biblia, al entretejerse en la vida diaria, tienen una profunda y perdurable influencia en el carácter. Estas lecciones las aprendía y practicaba Timoteo”.[23] “La religión era la atmósfera de su hogar”.[24] ¡Cuánta ventaja tuvo Timoteo al recibir un ejemplo correcto de piedad y santidad basadas en Palabra de Dios! El conocimiento de las Escrituras guardó a Timoteo de las malas influencias y le ayudaron a escoger el deber antes que el placer.  Ese conocimiento le llevó a ser un fiel hijo, un aplicado estudiante, un consagrado y abnegado pastor, un diligente y solícito maestro, un fervoroso predicador, un hábil evangelista, un defensor de la verdad y el sucesor del más grande de los apóstoles, “un segundo Pablo”.[25]

Todos nuestros hijos necesitan una salvaguardia semejante. Debería ser la obra de los padres y de los educadores cuidar de que los niños estén debidamente instruidos en la Palabra de Dios. “Muchos parecen pensar que la decadencia de la iglesia, el creciente amor por los placeres, se deben a la falta de la obra pastoral… Pero aunque los ministros hagan su obra fielmente y bien, representará muy poco si los padres descuidan su obra.  La falta de poder en la iglesia se debe a la falta de cristianismo en el hogar”.[26] La Palabra de Dios era la norma que guiaba a Timoteo. ¿Podrán nuestros hijos alcanzar este mismo ideal?



[1] Por Víctor Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Licenciado en Educación y Diplomado © en Humanidades. Actualmente se desempeña como Profesor de Religión y Filosofía en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh-UCh. Este artículo fue publicado en la Revista Adventista de septiembre 2009.
[2] Se refiere a la famosa prisión o mazmorra Mamertina debajo del foro romano.
[3] Se recomienda leer ambas cartas antes de continuar con la lectura del artículo.
[4] Hechos 16: 1–3; 2ª Timoteo 1: 5; 3: 14, 15.
[5] Corresponden a Deuteronomio 4: 6–9, Salmos 113–118, Génesis 1–10 y Levítico 1–8, respectivamente.
[6] Alfred Edersheim. Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo, pág. 134–136.
[7] Patriarcas y Profetas, pág. 643.
[8] Romanos 16: 21; 1ª Tesalonicenses 3: 2; 1ª Corintios 4: 17; 16: 10; 2ª Corintios 1: 19; 1ª Timoteo 1: 2, 18; 2ª Timoteo 1: 2; Filipenses 1: 1; 2: 19–23.
[9] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 915.      
[10] Josef Holzner. San Pablo. Heraldo de Cristo, pág. 495.
[11] Conflicto y Valor, pág. 346.
[12] Hechos 17: 14, 15; 18: 5; 19: 22; 20: 4.
[13] Hechos 17: 14, 15; 18: 5; 19: 22; 20: 4; Romanos 16: 21; 1ª Corintios 4: 17; 16: 10; 2ª Corintios 1: 1; Filipenses 1: 1; 2: 19; Colosenses 1: 1; 1ª Tesalonicenses 1: 1; 3: 2, 5; 2ª Tesalonicenses 1: 1; Filemón 1.
[14] Hebreos 13: 23.
[15] 1ª Timoteo 1: 3, 4; 2ª Timoteo 2: 16 – 18.
[16] 1ª Timoteo 1: 18; 4: 14; 2ª Timoteo 1: 6.
[17] 2ª Timoteo 4: 13.
[18] A. T. Robertson. Épocas en la vida de Pablo, pág. 256.
[19] José Bortoloni. Cómo leer la Segunda Carta a Timoteo, pág. 47.
[20] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 367.                               
[21] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, t. 12, p. 256.
[22] Charles R. Swindoll, Pablo. Un hombre de gracia y firmeza, p. 364.
[23] Hechos de los Apóstoles, pág. 167.
[24] Conflicto y Valor, pág. 345.
[25] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 167.
[26] Signs of the Times, 03 de abril de 1901.

¿Por qué nuestros hijos e hijas deberían estudiar en una escuela adventista?


¿Por qué nuestros hijos e hijas deberían estudiar
en una escuela adventista?[1]

Introducción

Por 1880, un maestro de Oakland, California, comentó a los esposos White, quienes esperaban instalar una pequeña escuela en esa ciudad: “Si los padres conocieran la maldad que se practica aquí, se produciría un temor que ni Uds. ni yo nos imaginamos”.[2]

         Hoy, las condiciones de las escuelas no son mejores: violencia, pandillas, drogas, alcohol, armas, inmoralidad. La lista de amenazas es interminable. Sin embargo, algunos padres piensan que no existe diferencia sustancial entre asistir a una escuela pública o a una cristiana. No ven los peligros a los cuales exponen a sus hijos. Un mejor nivel académico sobrepuja el valor de la educación con un sólido fundamento bíblico.

         Visto así, la cosmovisión educativa adventista provee de razones para hacer de nuestros colegios un ambiente educativo favorable:

1. Continuidad a la educación del hogar

La educación impartida en el hogar[3] encuentra una fiel extensión en nuestras aulas. La formación cristiana es un proceso cooperativo: los padres en el hogar y los maestros en la escuela. Cada estudiante es parte de una comunidad que se interesa por él y le provee de objetivos comunes.

De los maestros de escuelas públicas nuestros hijos no obtienen ideas que armonizan con las Escrituras y no ven la obediencia a su Ley como principio de toda sabiduría, por lo cual no aprecian la vida religiosa.[4]

2. Atmósfera espiritual

Podemos contrarrestar el mal sólo con la fortaleza de Jesús. Las pérdidas debido al descuido de la educación en el hogar “hizo resaltar la necesidad de escuelas donde predominara una influencia religiosa”.[5]

La educación adventista apunta a proporcionar un ambiente que permita el desarrollo integral de las facultades físicas, mentales, espirituales, morales y sociales de cada estudiante. Un Plan Maestro de Desarrollo Espiritual provee los principios a resaltar y direcciona las actividades espirituales de la comunidad estudiantil.

En los cultos al comienzo de cada jornada y durante la semana, en las Semanas de Oración y en los Retiros Espirituales, el estudiante tiene la oportunidad de alabar y agradecer a su Creador, estudiar su Palabra, rogar a Dios por sus necesidades y obtener fortaleza en momentos difíciles.

3. Educación bíblica y cristocéntrica

Los padres cristianos deben educar a sus hijos bajo los principios bíblicos. “Dios ha declarado su propósito de tener un colegio donde la Biblia tenga el lugar que le corresponde en la educación de la juventud”.[6]

La Biblia constituye el texto esencial en nuestras escuelas. Sus principios se reflejan en todo el currículo y proveen al alumno de bases sólidas y puntos de referencias contra los dilemas éticos que enfrentamos: aborto, suicidio, desviaciones sexuales, vicios, etc. En las Escrituras conocen el Plan de Salvación y su destino en una Tierra Nueva para quienes aman a Jesús; aprecian su cuerpo como templo del Espíritu y lo cuidan para su servicio; comprenden la gravedad del pecado; aprenden a tomar decisiones y se consagran al servicio de Cristo mediante el bautismo.

4. Separación del mundo

Dios desea mantener a nuestros hijos alejados del mundo y no exponerlos a sus influencias: placeres, entretención sin propósito, malos hábitos de vida y de alimentación.[7]

Nuestros colegios ofrecen a los alumnos opciones de vida y recreación que edifican y desarrollan el carácter para que, mientras asisten a la escuela o tienen cualquier otro trato, no sientan la influencia de los hábitos corruptos.[8] Por ejemplo, las academias tienen como fin satisfacer las verdaderas necesidades y ocupar las mentes en pensamientos nobles, objetivos elevados y ocupaciones útiles.

5. Disciplina redentora

La educación basada en Cristo y su Palabra provee la oportunidad de alcanzar el gran fin de la educación: restaurar en el hombre la imagen de Dios.[9] Esta imagen se verá reflejada en nuestros alumnos en un ambiente de libertad responsable y disciplina redentora.

Nuestros colegios reconocen la Ley de Dios como el fundamento del gobierno universal. Los estudiantes reconocen sus privilegios y sus deberes y los resultados de su mal proceder. Las normas son una guía para desarrollar su facultad de elección hacia el bien y la justicia, controlando las actitudes más que el comportamiento. La disciplina redentora busca que el alumno se controle a sí mismo y haga elecciones libres que transformen su carácter, centrados en su futuro y no en su pasado. Aunque haga elecciones equivocadas, aprenderá de sus fracasos.

6. Maestros misioneros

Martín Lutero expresó: “Si yo tuviera que renunciar a la predicación y mis otros deberes, no hay otro oficio que buscaría sino el de maestro de escuela. Porque sé que próximo al ministerio pastoral está este otro que es el más útil, grande y mejor”.[10] Cada maestro cristiano es un misionero que lleva la educación formal y el evangelio al corazón del estudiante y colabora en su transformación. El impacto de maestros consagrados sólo será visto en la eternidad.

“En el mundo hay dos clases de educadores.  Una clase está formada por aquellos a quienes Dios convierte en canales de luz y la otra clase por aquellos a quienes Satanás usa como sus agentes”.[11] Una clase contempla el carácter de Dios, la otra está confabulada con el maligno.

7. Preparación para servir

“Nuestras escuelas son los instrumentos especiales del Señor para preparar a los niños y a los jóvenes para la obra misionera”.[12] Nuestros colegios motivan a los estudiantes a ser miembros productivos de la sociedad y la iglesia y así toman parte activa en el Plan de Dios y usan sus dones para servir: comparten el evangelio, llevan a otros a los pies de Jesús, hablan de los peligros del alcohol y las drogas, se convierten en orientadores de los menos aventajados y recolectan recursos para paliar sus necesidades materiales, mientras descubren su vocación que les dará un espacio en este mundo y les preparará para la eternidad.

Conclusión

“Algunos en el pueblo de Dios permiten que sus hijos asistan a las escuelas públicas, donde se mezclan con los que tienen una moralidad corrompida.  Sus hijos ni pueden estudiar la Biblia ni aprender sus principios en estas escuelas…

Aquí están nuestros hijos. ¿Permitiremos que sean contaminados por el mundo, por su iniquidad y desobediencia a los mandamientos de Dios? Pregunto a los que están haciendo planes para enviar a sus hijos a las escuelas públicas donde están expuestos a ser contaminados: ¿cómo podéis afrontar tal riesgo”.[13] El Señor bendiga nuestras elecciones.



[1] Víctor A. Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Magíster (C) en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Inspector General en el Colegio Adventista de Arica, MNCh-UCh.
[2] Elena G. de White, Manuscrito 100, 1902.
[3] Deuteronomio 6: 6, 7.
[4] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, t. 2, pág. 452, 453.
[5] Elena G. de White, Manuscrito 119, año 1899.
[6] 2 Timoteo 3: 15; Elena G. de White, Testimonies for the Church, t. 5, pág. 26.
[7] 1 Juan 2: 15.
[8] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, pág. 166.
[9] Elena G. de White, La Educación, pág. 15, 16.
[10] Citado por George R. Knigth en “¿Por qué tener educación adventista?”, Revista de Educación Adventista, 22 (2006), pág. 5.
[11] Elena G. de White, Fundamentals of Christian Education, pág. 174.
[12] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, pág. 115.
[13] Elena G. de White, Discurso a la Iglesia Adventista de Deer Park, California, lunes 14 de julio de 1902.

Preparación para la Segunda Venida de Jesús

Prepárate para venir
al encuentro de tu Dios[1]

“Por tanto, de esta manera te haré a ti, oh Israel; y porque te he de hacer esto,
prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Amós 4: 12, RVR60).



D

ios nos ha dado en su Palabra las señales para distinguir los tiempos en que estamos viviendo. En su amor, nos dio a conocer el futuro para que podamos estar preparados.  Al leer las Escrituras debemos entender que su personaje central es nuestro Señor Jesucristo y lo que hizo, está haciendo y hará por nosotros. El Apocalipsis comienza mencionando que es “la revelación de Jesucristo” (Apocalipsis 1: 1, RVR60).  La inspiración nos dice que al estudiar las profecías debemos exaltar a Cristo como “centro de toda esperanza”.  Ahora bien, ¿cómo podemos prepararnos para nuestro encuentro con Jesús, el centro de nuestra esperanza?  El propósito de este artículo es comprender la manera de estar preparados para ese glorioso día.

El regreso de Jesús: una esperanza bienaventurada

A través de las Escrituras encontramos la promesa de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo.  Los patriarcas, los reyes, los profetas, los evangelios y los apóstoles hablaron de este maravilloso tema.  El mismo Jesús dijo a sus discípulos que regresaría.  Esta promesa la encontramos en Juan 14: 1 – 3, un texto clásico cuando hablamos del pronto regreso de Jesús. Pablo lo llama la “esperanza bienaventurada” (Tito 2: 13, RVR60).  El resto de las Escrituras también da testimonio de este acontecimiento:

·   Salmo 50: 3: “Vendrá el Señor y no callará” (RVR60); “Nuestro Dios viene, pero no en silencio” (NVI).
·   Isaías 62: 11: “¡Ahí viene tu Salvador! Trae su premio consigo; su recompensa lo acompaña” (NVI).
·   Oseas 6: 3: “El Señor vendrá a nosotros” (DHH).
·   Joel 2: 1: “¡Nuestro Dios viene! ¡Ya está cerca el día!” (BLA).
·   Abdías 15: “Ya está cerca el día del Señor para todas las naciones” (DHH).
·   Habacuc 2: 3: “Aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (RVR60).
·   Sofonías 1: 14: “Cercano está el día grande de Jehová, cercano y muy próximo” (RVR60).
·   Hageo 2: 7: “Haré temblar a las naciones y vendrá el Deseado de todas las naciones” (RVR60).
·   Malaquías 3: 2: “¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? (RVR60).
·   1 Tesalonicenses 4: 16: “El Señor mismo descenderá del cielo” (NVI).
·   2 Timoteo 4: 8: “Todos los que con amor esperan su venida gloriosa” (DHH).
·   Hebreos 9: 28: “Cristo. . . aparecerá por segunda vez. . . para salvar a los que le esperan” (RVR60).
·   Santiago 5: 8: “Tened paciencia. . . porque la venida del Señor se acerca” (RVR60).
·   2 Pedro 3: 12: “Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios” (RVR60).
·   1 Juan 2: 28: “No sintamos vergüenza delante de él cuando venga” (DHH).
·   Apocalipsis 1: 4: “Dios es el que vive, el que siempre ha vivido y el que está por venir” (BLA).
·   Apocalipsis 22: 20: “Les aseguro que vengo pronto. ¡Así sea! ¡Ven, Señor Jesús!” (BLA).

También las Escrituras son claras al mencionar cómo regresará nuestro Señor:

·   Personal y visible.  Mateo 24: 30 nos dice que “entonces se verá en el cielo la señal del Hijo del hombre” (DHH).  Apocalipsis 1: 7 refuerza esta idea al afirmar que “todos lo verán con sus propios ojos” (NVI).  La idea de un Cristo por aquí o por allá no es bíblica.  El regreso de nuestro Salvador será un suceso mundial (Mateo 24: 23 – 27). Le veremos tal como le vieron sus discípulos (Hechos 1: 10, 11).

·   En las nubes del cielo.  “Verán al Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo con gran poder y gloria” (Mateo 24. 30, DHH).  Apocalipsis 1: 7 repite esta idea: “¡Miren! ¡Cristo viene en las nubes!” (BLA, cf. 1 Tesalonicenses  4: 17, “en las nubes”).  Esto quiere decir que nuestro Salvador no regresará en una limosina, ni en un platillo volador, ni siquiera caminando.  Él vendrá con poder desde el cielo y sobre las nubes.

·   En compañía de sus santos ángeles.  Jesús, en su venida, “enviará sus ángeles” (Mateo 24: 31, RVR60).  Él mismo aseguró: “Vendré pronto con el poder de Dios y con mis ángeles” (Mateo 16: 27, BLA; cf. Mateo 25: 31).  La idea se reitera en Apocalipsis 19: 14 al decir que “los ejércitos celestiales” acompañan a Jesús, el Verbo de Dios, “vestidos de lino finísimo, blanco y limpio” (RVR60).

·   Nadie sabe el momento exacto de su venida (Mateo 24: 36), pero el Señor nos llama a estar apercibidos, preparados.  En el lenguaje bíblico se denomina velar, estar atentos, despiertos.    En Apocalipsis 16: 15 se nos promete: “Yo volveré cuando menos lo esperen. . . ¡Dios bendecirá al que se mantenga despierto!” (BLA).

Velando antes de su regreso

Dice el consejo inspirado: “Viene la tormenta, la tormenta que probará la fe de todo hombre no importa de que clase sea.  Los creyentes deben estar ahora firmemente arraigados en Cristo”. Y agrega: “Si estáis en una correcta relación con Dios hoy, estaréis preparados en caso de que Cristo venga hoy”.[2]  La pregunta que surge es: ¿Cómo estar “firmemente arraigados en Cristo”, tener una “correcta relación” con él y estar “preparados” para su regreso como si viniese hoy?  La Biblia nos da la respuesta:

Debemos estudiar con diligencia la Palabra de Dios cada día

Cristo dice: “Escudriñad las Escrituras, porque en ella os parece que tenéis la vida eterna” (Juan 5: 39, RVR60).  De los habitantes de Berea se afirma que “todos los días examinaban las Escrituras” (Hechos 17: 11, NVI).  A la vez, en estos últimos días, se nos llama a poner especial énfasis en las profecías.  El apóstol Pablo nos aconseja: “No desprecien las profecías” (1 Tesalonicenses 5: 20, NVI). El apóstol Pedro nos afirma que tenemos la “palabra profética más segura”, a la cual debemos estar atentos (2 Pedro 1: 19, RVR60).  El apóstol Juan en Apocalipsis 1: 3 nos dice: “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca” (RVR60).

El espíritu de profecía por su parte afirma: “Los cristianos han de prepararse para lo que pronto ha de estallar sobre el mundo como sorpresa abrumadora, y deben hacerlo estudiando diligentemente la Palabra de Dios y esforzándose por conformar su vida a sus preceptos.

“Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto”.[3]

Debemos tener un espíritu de constante oración

Cristo aconsejó a sus discípulos: “No se duerman; oren para que puedan resistir la prueba que se acerca” (Mateo 26: 41, BLA).  Además les dijo: “Estén ustedes preparados, orando en todo tiempo, para que puedan escapar de todas estas cosas que van a suceder y para que puedan presentarse delante del Hijo del hombre” (Lucas 21: 36, DHH).  El apóstol Pablo nos recomienda: “Oren en todo momento” (1 Tesalonicenses 5: 17, DHH).  Por su parte el apóstol Pedro nos amonesta: “Ya se acerca el fin del mundo.  Por eso sean responsables y cuidadosos en la oración” (1 Pedro 4: 7, BLA).  Apocalipsis muestra que el incienso del altar celestial son “las oraciones del pueblo de Dios” (Apocalipsis 5: 8, DHH).  El salmista por su parte oraba: “Sea mi oración como incienso en tu presencia” (Salmos 141: 2, DHH).

La mensajera del Señor nos afirma: “Hemos de vivir una vida doble: una vida de pensamiento y acción, de silenciosa oración y fervoroso trabajo”.[4]  Sin duda, la oración nos dará fuerzas para enfrentar los días difíciles que se avecinan.

Debemos proclamar el evangelio con poder

Cristo aseguró que “es necesario que el evangelio sea predicado” antes de su venida (Marcos 13: 10, RVR60).  También afirmó que “esta buena noticia del reino será anunciada en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan; entonces vendrá el fin” (Mateo 24: 14, DHH).  El apóstol Juan menciona el mensaje de tres ángeles, la verdad presente, proclamado a todas las naciones, razas, lenguas y pueblos antes de que aparezca el Hijo del hombre sobre una nube blanca (Apocalipsis 14: 6, 14).

La inspiración nos amonesta diciendo: “Mediante la proclamación del evangelio al mundo, está a nuestro alcance apresurar la venida de nuestro Señor.  No sólo hemos de esperar la venida del día de Dios, sino apresurarla”.[5]  Y agrega: “Mediante el poder del Espíritu Santo, debemos proclamar ahora las grandes verdades para estos últimos días.  No pasará mucho tiempo hasta que cada uno haya oído la amonestación y hecho su decisión. Entonces vendrá el fin”.[6]

Debemos llevar una vida de obediencia y santidad

En las Sagradas Escrituras, obediencia y santidad van de la mano.  Pablo nos aconseja: “El mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5: 23, RVR60). Por su parte, Pedro nos dice: “Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios.  Al contrario, vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo. . . Al obedecer el mensaje de la verdad, se han purificado” (1 Pedro 1: 14, 15, DHH).  Juan aclara este punto al afirmar que todo el que permanece en Cristo y que todo aquel que ha nacido de Dios “no practica el pecado” (1 Juan 3: 6; 5: 18, NVI).  El escritor de la carta a los Hebreos nos aconseja: “Procuren estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor” (Hebreos 12: 14, DHH).  Finalmente, el apóstol Judas nos afirma que Dios es poderoso para guardarnos “sin caída” y presentarnos “sin mancha” delante de su gloria (Judas 24, RVR60).

En el Apocalipsis se refuerza esta idea cuando se presenta a los “santos”, el pueblo remante de Dios, como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios” (Apocalipsis 12: 17; 13: 10; 14: 12, RVR60).  También se los presenta como aquellos que han “lavado” o “blanqueado” sus ropas de lino en la sangre del Cordero, pues el lino limpio son las “acciones justas” o “la recta conducta del pueblo santo” (Apocalipsis 7: 14; 19: 8; 22: 14, DHH).

El espíritu de profecía compara nuestra experiencia antes del regreso de Jesús con la de Enoc antes de ser llevado al cielo. “Enoc tuvo tentaciones así como nosotros.  Estuvo rodeado por una sociedad que no era más amiga de la justicia que la que nos rodea a nosotros. . . Sin embargo vivió una vida de santidad.  No se dejó contaminar con los pecados prevalecientes en la época en que vivió.  De la misma manera podemos nosotros permanecer puros e incorruptos.

“Enoc fue un representante de aquellos que estarán sobre la tierra cuando Cristo venga, que serán trasladados al cielo sin ver la muerte”.[7]

Un último consejo a considerar dice así: “Si no hallamos placer ahora en la contemplación de las cosas celestiales; si no tenemos interés en tratar de conocer a Dios, ningún deleite en contemplar el carácter de Cristo; si la santidad no tiene atractivo para nosotros, podemos estar seguros de que nuestra esperanza del cielo es vana.  La perfecta conformidad a la voluntad de Dios es el alto blanco que debe estar constantemente delante del cristiano.  Él se deleitará en hablar de Dios, de Jesús, del hogar de felicidad y pureza que Cristo ha preparado para los que le aman”[8].

Conclusión

Cristo en su Palabra nos da la promesa de su pronto retorno y nos muestra la forma en que él vendrá para no ser engañados.  Los escritores de la Biblia nos dan a conocer los designios de Dios respecto al tema.  Los consejos divinos nos animan a escudriñar las Escrituras, a orar con fervor, a predicar las buenas nuevas de salvación y a luchar contra el pecado con el poder de Cristo y obtener santidad.  De esta manera estaremos preparados para nuestro encuentro con él.

Querido (a) joven, ¿quieres preparar tu vida estudiando las Escrituras, orando cada día, predicando el evangelio y viviendo en santidad ante Dios? ¿Es la segunda venida de Cristo la “esperanza bienaventurada” de tu corazón? ¿Deseas decir conmigo: “Señor, aquí estoy, prepara mi vida para mi encuentro contigo”?  Te invito a leer Isaías 25: 9: “Se dirá aquel día: He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (RVR60).



[1] Víctor Jofré Araya (2001), Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh, UCh. Las versiones de la Biblia utilizadas son: Reina – Valera, revisión 1960 (RVR60), Nueva Versión Internacional (NVI), Dios Habla Hoy (DHH) y La Biblia en Lenguaje Actual (BLA).  Todos los énfasis han sido añadidos.
[2] Elena G. de White, Eventos de los Últimos Días, pág. 65, 75.
[3] ________, op. cit., pág. 67.
[4] ________, op. cit., pág. 64.
[5] ________, op. cit., pág. 40.
[6] ________, ¡Maranatha: El Señor viene!, pág. 259.
[7] ________, Eventos de los últimos días, pág. 72, 73.
[8] ________, op. cit., pág. 75.