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Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Filosofía y la Educación.

viernes, 6 de abril de 2012

Inteligencia emocional



Guía de Estudio - Psicología NM3

Jesús y la inteligencia emocional:

Cómo mantener el autocontrol.[1]


Víctor A. Jofré Araya
Magíster (C) en Educación Religiosa




OBJETIVOS FUNDAMENTALES:
Los alumnos (as) serán capaces de:

1. Entender al ser humano como un sujeto que piensa, aprende, percibe, siente, actúa e interactúa con otros.
2. Comprender procesos psicológicos básicos que subyacen al comportamiento humano, aplicándolos a la comprensión de su propia experiencia.
3. Comprender las emociones y vínculos afectivos con los demás. 





“El fruto del Espíritu es… dominio propio” (Gálatas 5: 22, 23, NVI).

“Como ciudad sin muro y expuesta al peligro, así es quien no sabe dominar sus impulsos”

(Proverbios 25: 28, DHH).

“Cualquiera puede ponerse furioso… eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil” (Aristóteles, Ética a Nicómaco).



Ponga atención a lo siguiente:

  • En una escuela, un niño de nueve años arroja pintura sobre los computadores del taller de Informática. El motivo: algunos compañeros le llamaron bebé y quiso “impresionarlos”.

  • Ocho adolescentes se enfrentan a tiros en su barrio. El motivo: un chico chocó involuntariamente contra el hombro de otro al cruzarse por la calle.

  • En Estados Unidos, el 75% de los menores asesinados mueren en manos de sus padres o padrastros. El motivo: “me tapas el televisor”, “lloras mucho” o “mojas la cama”.

  • Un joven italiano de 16 años apuñala en el cuello a su padre con un cuchillo. El motivo: no estaba conforme por algunos consejos acerca de un juego de PlayStation.

¿Qué les faltó a estas personas? Simple. Les faltó inteligencia emocional. Les faltó ser emocionalmente inteligentes. Les faltó dominio propio, autodominio, autodisciplina. Les faltó autocontrol.

¿Qué es el autocontrol?

En la actualidad muchas personas viven controladas por sus emociones y sentimientos. Dios nos hizo con la habilidad de pensar y sentir. Aunque ambas cosas son importantes en la vida, a veces puede resultar difícil manejar los sentimientos. A menudo tratan de convencernos de seguir el camino fácil, de ser perezosos e indisciplinados en nuestras vidas, de hacer sólo aquello para lo cual tenemos ganas. Dios nos dio la habilidad de pensar, para decidir lo que es mejor o lo que es correcto y que podamos hacerlo.

Sin embargo, lo correcto no es siempre lo más fácil. Nuestros hijos podrán ser intelectualmente competentes, pero a menos que aprendan a tener más dominio propio, es decir, a controlar y expresar en forma adecuada sus emociones, su inteligencia no les servirá de mucho en el mundo real. “El niño debe aprender a controlarse a sí mismo”.[2]

El autodominio, es decir, la capacidad de soportar las tormentas emocionales a las que nos someten los embates de la vida en lugar de ser “esclavos de la pasión”, ha sido elogiado como virtud desde tiempos antiguos. En otras palabras, el autocontrol es la capacidad de pensar antes de actuar. Cuando actuamos sin autodominio, actuamos sin pensar en las consecuencias. El dominio propio es un rasgo del carácter que Dios desea para cada uno. Desea ayudarnos a tener autocontrol para tener vidas rectas y piadosas, no controladas por las pasiones, sino por nuestro compromiso de vivir a la manera de Dios.

Según la psicóloga chilena Amanda Céspedes, nuestras emociones construyen en nuestro interior un complejo mundo psíquico que se expresa en conductas. Por lo tanto, los desafíos intelectuales y sociales exigen mantener a raya las emociones. La ausencia de autocontrol determina conductas reactivas, mientras que su desarrollo garantiza una conducta progresivamente más autorregulada, al servicio de la adaptación.[3]  El sabio Salomón lo dijo de la siguiente manera: “El que tarda en airarse es grande de entendimiento”. “El que controla sus emociones es más fuerte que el que toma una ciudad” (Proverbios 14: 29; 16: 32). “Mantener bajo control nuestras emociones perturbadoras es la clave para el bienestar emocional”.[4]

En un estudio hecho entre jóvenes y adolescentes chilenos se concluyó que aquellos cuyas familias mostraban reglas claras, mantenían valores religiosos y espirituales, tenían responsabilidades dentro de la casa y un uso restringido de su libertad, mantenían un mejor equilibrio entre sus emociones y sus acciones.[5] Otros estudios indican que niños auto-controlados son emocionalmente más estables y menos irritables, mejoran el éxito escolar, son más queridos por sus profesores y compañeros de escuela y persiguen sus metas hasta alcanzarlas.[6]  Es decir, una sana disciplina en el hogar y en el colegio resulta en un mayor y mejor autodominio. Después de todo, “la meta fundamental de la disciplina es resolver el conflicto inminente y enseñarles autodisciplina a los niños”.[7]

Cuando los niños tienen dominio propio se propician interacciones familiares y escolares creativas, agradables y felices. Enseñarles a nuestros hijos a lidiar con sus sentimientos en una manera positiva sin hacer rabietas, morder o golpear a las personas es una de las tareas más importantes de la educación en el hogar y en la escuela. Si vemos los momentos de mal comportamiento de los niños como oportunidades para enseñarles el autodominio, les podemos ayudar a crecer. Esto implica autodominio por parte de padres y educadores. Hogares y escuelas donde se han implantado normas básicas, hábitos y rutinas propenden a mejorar la madurez emocional de los niños y jóvenes.[8]

Cómo enseñar dominio propio

¿Cómo los padres y maestros pueden estimular el autocontrol?[9]

  • El niño debe crecer mientras disminuye el control de los padres.

  • Se debe enseñar libertad con responsabilidad.

  • No perturbarse fácilmente por las conductas impulsivas de los niños. La guía tranquila y ejemplar es de mucha ayuda.

  • No desatender a los niños impulsivos, pues el sueño, el hambre y el cansancio tienden a descontrolarlos.

  • Pedir ayuda humana y divina pidiendo sabiduría en caso de no poder manejar ciertas situaciones.

  • “No les des a tus hijos demasiado, demasiado pronto y demasiado fácil”.[10]

  • “No les deis ninguna cosa que pidan llorando, aun cuando vuestro corazón compasivo desee mucho complacerlos; porque si una vez ganan la victoria incesante el llanto, esperarán hacerlo una vez más.  La segunda vez la batalla será más vehemente”.[11]

Resultados del dominio propio

¿Cómo se comporta una persona emocionalmente estable, que ejerce autocontrol?[12]

  • Puede controlar una situación con calma. Controla sus sentimientos, no grita ni se enoja cuando lo molestan.

  • Come sólo lo que es bueno para su salud. Sabe decir no ante lo perjudicial.

  • Es organizado en su vida y sus quehaceres. No posterga lo que tiene planificado.

  • Espera para conseguir lo que quiere y necesita. Sabe que es mejor esperar. No pide cosas innecesarias.

  • Sigue fácilmente las instrucciones de sus padres, profesores, jefes, entrenadores, etc.

  • No compra en forma impulsiva. Compra sólo si lo necesita y sólo si puede pagarlo.

  • Es cuidadoso con su vida sexual. Si es soltero, conserva su virginidad. Si es casado, se mantiene fiel.

  • Es respetuoso con sus amistades en cuanto a sus sentimientos, sueños, creencias y aspiraciones.

  • Considera que aún las cosas buenas pueden ser llevadas a extremos peligrosos. Practica la moderación.

El ejemplo de Jesús

El dominio propio es la mayor evidencia de nobleza en una persona. En esto debemos imitar el ejemplo de Jesús: cuando lo maldecían e insultaban se encomendaba a Dios en silencio y sin quejas; las más crueles humillaciones y burlas no provocaron en él una mirada o una palabra de impaciencia; en su mente no había lugar para la venganza; jamás manifestó murmuración, descontento, disgusto o resentimiento; nunca se descorazonó, se desanimó o se enfureció; era paciente y realizaba todas sus tareas con una tranquila dignidad y con suavidad, sin importar qué conmoción se pudiera estar produciendo a su alrededor. Jesús “estaba por encima de las pasiones humanas, los disturbios y las pruebas”.[13]

Como padres y educadores deberíamos estar empeñados en formar a jóvenes y señoritas capaces de dominarse a sí mismos, autocontrolados, y permitir que sus potencialidades sean desarrolladas y usadas al máximo y sabiamente de tal forma que les permitan cumplir sus aspiraciones. No debemos olvidar que “el que se deja dominar por sus pasiones es un hombre débil. La verdadera grandeza de un hombre se mide por el poder de las emociones que él domina, y no por las que le dominan a él”.[14]



[1] Víctor Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Inspector General en el Colegio Adventista de Arica, Chile.
[2] Elena G. de White, La conducción del niño, p. 39.
[3] Amanda Céspedes, Educar las emociones. Educar para la vida, pp. 19, 44.
[4] Daniel Goleman, La inteligencia emocional, p. 78
[5] Pilar Sordo, ¡Viva la diferencia!, p. 141.
[6] Kay Kuzma, Los primeros 7 años, p. 185.
[7] ________, Obediencia fácil, p. 25.
[8] Amanda Céspedes, Niños con pataleta, adolescentes desafiantes, p. 108.
[9] Kay Kuzma, Los primeros 7 años, p. 187.
[10] Donna J. Habenicht, Diez valores cristianos que todo niño debería conocer, p. 188.
[11] Elena G. de White, Manuscrito 43, 1900.
[12] Habenicht, op. cit., pp. 181, 182.
[13] Elena G. de White, Cada día con Dios, p. 264.
[14] ________, Patriarcas y Profetas, p. 613.

Pablo y Marcos


Pablo: de exclusivista a inclusionista[1]

“Toma a Marcos, y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio” (2 Timoteo: 4: 11).

Juan Marcos no lo podía creer. Si no hubiese leído con sus propios ojos la carta que su compañero Timoteo le estaba mostrando, él no lo hubiese aceptado. La carta decía: “Timoteo, cuando vengas a verme, trae a Marcos contigo pues me es útil para el ministerio”. Las manos de joven misionero temblaban mientras leía el ajado manuscrito.

Era el apóstol Pablo quien requería de su presencia y le urgía su asistencia en Roma. Esta solicitud era por demás extraña, pero sin lugar a dudas interesante, pues el apóstol, ya anciano y preso, estaba quizás ya próximo a morir. En otras líneas de la misma carta, Timoteo le había leído a Marcos: “Yo sé que estoy para ser sacrificado y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4: 6, 7). Antes morir, el viejo paladín de la verdad evangélica, quería estar con aquellos que consideraba útiles en la obra del ministerio evangélico. Pero el pedido era más interesante aún pues, años atrás, el mismo apóstol no había considerado a Juan Marcos para acompañarles como ayudante de él y de su tío Bernabé en su segundo viaje misionero. Bernabé quería llevarlo, pero Pablo no.

¿Qué había sucedido? Marcos lo recordaba muy bien. En un viaje anterior junto a Pablo y Bernabé, siendo aún muy joven y aunque anhelaba en su corazón dedicarse por entero a la obra del evangelio, Juan Marcos había decidido volver a Jerusalén y no continuar el viaje de la comitiva a través de Asia Menor. Fue su misma juventud e inexperiencia, la añoranza de la comodidad del aposento alto de su hogar en Jerusalén junto María, su madre, y no querer enfrentar penurias ni desazón, lo que hizo a Marcos desistir del ministerio evangélico (Véase Hechos 12: 12, 25; 13: 4, 5, 13). Lucas nos comenta que hubo tal desacuerdo entre ambos líderes, que se apartaron el uno del otro tomando caminos opuestos. Bernabé tomó a Marcos y navegó a Chipre. Pablo escogió a Silas y salió a Asia Menor, “encomendado por los hermanos a la gracia del Señor” (Hechos 15: 36-41).

Sin embargo, el tiempo había pasado y ambos, Pablo y Juan Marcos, habían madurado. Pablo aprendió a no hacer acepción de personas y aceptar a todos con sus fortalezas y debilidades. Aprendió a ser como Bernabé, un cristiano de espíritu inclusivo, que dio una segunda oportunidad al que había errado. Marcos aprendió que el ministerio no siempre se torna fácil y que la comodidad del hogar temporal no se compara con la gloria de las mansiones celestiales que perduran por la eternidad. Pablo aprendió a ser inclusivista. Marcos aprendió a ser usado por Dios y a ponerse al servicio de sus instrumentos.

“Esta deserción de Marcos indujo a Pablo a juzgar desfavorable y aun severamente por un tiempo a Marcos.  Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su inexperiencia.  Anhelaba que Marcos no abandonase el ministerio, porque veía en él cualidades que le habilitarían para ser un obrero útil para Cristo.  En años ulteriores su solicitud por Marcos fue ricamente recompensada; porque el joven se entregó sin reservas al Señor y a la obra de predicar el mensaje evangélico en campos difíciles.  Bajo la bendición de Dios y la sabia enseñanza de Bernabé, se transformó en un valioso obrero”.[2] Antes de la muerte de Pablo, Marcos le era “útil para el ministerio” (2 Timoteo 4: 11). 

Señor Jesús, pongo mi vida y mis talentos a tu servicio. Permíteme ver a todos como útiles en los ministerios de tu iglesia. Quisiera también leer de tu parte que soy “útil para el ministerio”.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles, p. 138.

El Buen Samaritano (2)


La Parábola del samaritano “inclusivo” (Parte 2).[1]

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia” (Lucas 10: 33).

En la persona del samaritano Cristo reflejó una imagen de sí mismo y de su misión a favor de los hombres. “Nuestro Salvador manifestó por nosotros un amor que el amor del hombre nunca puede igualar. Cuando estábamos heridos y desfallecientes, tuvo piedad de nosotros. No se apartó de nosotros por otro camino, y nos abandonó impotentes y sin esperanza, a la muerte […] Contempló nuestra dolorosa necesidad, se hizo cargo de nuestro caso, identificó sus intereses con los de la humanidad. Murió para salvar a sus enemigos”.[2] En el actuar del samaritano, también podemos ver a toda la Divinidad en acción. Todo el cielo trabajando a favor de la salvación de un alma entrampada por Satanás.

Dios el Padre dice: “Me dejaron a mí, fuente de agua viva.” “Dejaron al Eterno, el Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto.” “Dejaron al Eterno, despreciaron al Santo de Israel, le dieron la espalda” (Jueces 2: 12; Isaías 1: 4; Jeremías 17: 13). A pesar de aquello, Jehová “sanará” y “vendará” y “viviremos delante de él” (Oseas 6: 1) y además nos guía y nos pastorea junto a pastos delicados, aguas de reposo y sendas de justicia (Salmo 23: 1-3).

De igual manera, Cristo fue “despreciado y desechado entre los hombres”, “escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos” y “nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” (Isaías 53: 3, 4; cf. Juan 1: 11). Y sin considerar aquello, Jesús bajó de su condición de honor y sanó a la humanidad herida: “Llevó él nuestras enfermedades y nuestros dolores”. “Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. “Por sus llagas fuimos nosotros curados”. “Por la rebelión de mi pueblo fue herido” (Isaías 53: 4, 5, 8). Y así como el samaritano cargó al moribundo, pagó su deuda y le llevó a un lugar seguro, Cristo, el Pastor y el Cordero, nos lleva en sus hombros gozoso hacia fuentes de aguas de vida (Lucas 15: 5, 6; Juan 10: 10, 11; Apocalipsis 7: 17)

Y por otro lado, también el Espíritu Santo atestigua: “Fueron rebeldes, y entristecieron su Espíritu Santo” (Isaías 63: 10; cf. Efesios 4: 30). Las Escrituras atestiguan que rechazar las profecías o a los profetas es despreciar la voz del Espíritu de Dios (Nehemías 9: 30; cf. 1 Tesalonicenses 5: 20, 21). Y aún así, el Santo Espíritu nos guía y restaura (Salmo 143: 10; Isaías 63: 14).

“Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado y arruinado por Satanás, y abandonado para que pereciese; pero el Salvador se compadeció de nuestra condición desesperada. Dejó su gloria, para venir a redimirnos. Nos halló a punto de morir, y se hizo cargo de nuestro caso. Sanó nuestras heridas. Nos cubrió con su manto de justicia. Nos proveyó un refugio seguro e hizo completa provisión para nosotros a sus propias expensas”.[3]

Y a nosotros nos llega a través del tiempo y de la distancia este mismo mandamiento de parte de él: “El que ama a Dios, ame también a su prójimo” (1 Juan 4: 21).

Oh, gran Dios, que la compasión por las almas que perecen me impulse a buscarlas donde quiera que estén. Ayúdame a curar sus heridas y llevarlos en mis brazos hasta tus pies. Gracias por salvarme a mí también.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 310.
[3] White, El Deseado de todas las gentes, p. 465, 466.

El Buen Samaritano (1)


La Parábola del Samaritano “Inclusivo” (Parte 1).[1]

“Mas él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?” (Lucas 10: 29).

En su último viaje de Galilea a Jerusalén, Jesús hizo un alto en Jericó. Pocos días antes había ocurrido un evento que aún estaba fresco en la memoria del pueblo y entre aquellos que se reunieron a escuchar las enseñanzas del Maestro estaban algunos de sus protagonistas: un sacerdote y un levita. Lo que esos oyentes no esperaban era que Jesús se valiera de aquel suceso para responder una gran pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”

Jesús le recordó a su audiencia los incidentes: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó”… De inmediato la mente de los ministros del templo se inquietó y vinieron los recuerdos. Sabían que unos ladrones despojaron y violentaron a un conciudadano, dejándole gravemente herido, como muerto. Ellos pasaron por aquel camino, vieron al hombre en el suelo, pero no quisieron siquiera tocar a la desdichada víctima, pensando que era un enemigo, un extraño. Con indiferencia y desprecio evitaron al malherido. Fueron exclusivistas.

Mientras Cristo continuaba con su historia, el sacerdote y el levita seguían con sus oídos atentos entre el gentío. Y de pronto, ¡sorpresa!, Jesús escoge como héroe en su relato a quien era objeto de la aversión del pueblo. Pudo haber elegido a un judío cualquiera, pero Jesús trae a la escena a un samaritano. “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia”, continuó relatando Jesús. Ambos ministros también sabían cuán amable y bondadosamente un comerciante de Samaria ministró al moribundo, quitándose sus propias vestiduras para cubrirlo, le untó con aceite y vino (remedios caseros comunes en Palestina) para curar, refrescar y vendar al sufriente. Lo alzó sobre su propio animal de carga y lo condujo a paso seguro para mitigar sus dolores. También estaban enterados de que cuidó de su hermano dolorido toda una noche en una reconocida posada y cómo, a la mañana siguiente, pagó por sus cuidados posteriores, encargándole su mejoría a un mesonero de confianza.

Pero sus corazones no habían simpatizado con las necesidades de ese hombre. Todo el cielo estaba atento esperando que sus corazones fuesen enternecidos con el infortunio humano. Sin embargo, aquello no ocurrió y, en su lugar, un samaritano, un ciudadano de un pueblo despreciado, cuidó a su hermano sufriente. Amó a su prójimo como a sí mismo y los trató como él mismo hubiese deseado ser tratado en condiciones similares. Él fue inclusivo.

El hombre herido y despojado representa a cualquier ser humano de cualquier nación que necesite nuestro interés, comprensión, apoyo, compasión y nuestros buenos servicios. Y esto no tiene relación con el color de la piel, la posición social, el nivel educativo o las habilidades o capacidades personales. Puede ser un hombre o una mujer muy encumbrados o puede ser un vagabundo. Puede ser un joven o una señorita muy dotados o puede ser un niño o una niña discapacitados. Puede ser un ignorante o puede ser un intelectual. “Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adversario.  Nuestro prójimo es todo el que pertenece a Dios”.[2]

Señor, Dios Todopoderoso, pon en mi camino a aquellos que han sido maltratados por Satanás. Dame fuerzas para cuidar de ellos y amarles como a mí mismo.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] Elena G. de White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 310. Ver también: Testimonios para la Iglesia, tomo 3, p. 574; tomo 4, p. 224.

Timoteo y las Sagradas Escrituras

EL VALOR DE LA PALABRA EN LA EDUCACIÓN[1]



Introducción

Éfeso, año 67 d. C.  Un joven pastor recibe una carta. En ella lee las últimas palabras de un gran apóstol que le escribe desde una solitaria, sombría, húmeda y fría prisión en Roma.[2] Le encarga que sea un buen soldado de Jesucristo y un obrero aprobado. Le advierte de los futuros tiempos peligrosos y de los falsos maestros y le encarece que predique la Palabra. La vida del apóstol estaba por expirar y él debía mantener encendida la antorcha de la verdad. También le recuerda la fe de su madre y de su abuela y cómo ellas le habían transmitido las Sagradas Escrituras en forma exitosa. Era la segunda carta que recibía de él. Era la segunda epístola del apóstol Pablo a su amigo Timoteo.[3]

La educación de Timoteo

¡Qué recuerdos vinieron a su mente! Inmediatamente evocó los años pasados en Listra. Allí no había sinagoga ni tampoco una escuela judía. El peso de su educación recayó en manos de su madre Eunice y de su abuela Loida. No sabía las circunstancias que les llevaron a asentarse en Listra. Sin embargo y a pesar de tener un padre griego y vivir en una ciudad gentil, desde su más tierna infancia, cada sábado y, según la costumbre, dos veces a la semana, Timoteo oía la lectura de la Ley de Moisés o Torah, de los Salmos y de los Profetas, no de parte de los rabinos, sino de parte de su abuela y de su madre.[4]

Su propio nombre, “Temeroso de Dios”, le había dado un rumbo distinto a su crianza y educación. Sin ninguna duda, su madre se había empeñado en que ese “dios” a quien Timoteo debía temer no eran los dioses griegos que adoraba su padre, sino el Dios verdadero, el Dios de Israel.

Su hogar no era rico como para poseer una copia completa de las Escrituras Hebreas en pergaminos o en papiros, sin embargo tenía porciones del mayor tesoro de su pueblo, la Palabra de Dios. Timoteo recordaba los pequeños rollos destinados para los niños. De la lectura de ellos aprendió la “Shemá”, el “Hallel”, las historias desde la Creación al Diluvio y las leyes ceremoniales.[5] Estos eran los medios de instrucción que estaban a su disposición. Sus recuerdos se desvanecían, pero sabía que a partir de los tres años, en que comenzaba la educación hogareña de los niños judíos, o por lo menos desde los cinco, en que comenzaba la educación de la Torah,[6] su madre y su abuela le habían instruido en las verdades eternas de las Sagradas Escrituras.[7]

Su conversión y trabajo misionero

Siendo joven, se convirtió al cristianismo junto a su familia gracias a la predicación de Pablo en Listra. Allí y en Iconio, los hermanos daban buen testimonio acerca de él. El mismo apóstol Pablo le llamó ministro y colaborador en el evangelio y verdadero, fiel y amado hijo y elogió su interés por la iglesia.[8] “Timoteo era apenas un muchacho cuando fue elegido por Dios como maestro; pero sus principios eran tan firmes por la educación correcta que había recibido, que se encontraba en condiciones de ocupar esa importante posición”.[9] Cuánto anhelaba Timoteo haber tenido un padre como Pablo. Su padre biológico nunca fue convertido, pero las palabras de su madre le motivaron para ser el compañero inseparable de un padre que al circuncidarle le hizo su hijo adoptivo.  La simpatía y devoción recíproca entre Timoteo y Pablo difícilmente podría ser puesta en duda. “Timoteo tiene un temperamento blando, cariñoso, con una ligera inclinación a la melancolía. Esto le hace tanto más amable a los ojos del Apóstol y objeto de su cuidado paternal”.[10]  “Todo lo que un hijo puede ser hacia un padre amado y respetado, lo fue el joven Timoteo para el sufrido y solitario Pablo”.[11]

Habían pasado unos quince años desde su bautismo y aún latían fuertes en su corazón las enseñanzas de su madre y la predicación e instrucciones de Pablo. Ni siquiera las desventuras y peligros vividos junto a él en su segundo y tercer viaje misionero habían apagado esa llama, y lejos estaban de hacerlo.[12] Contrario a eso, Timoteo había acompañado y colaborado con Pablo en la evangelización en Tesalónica, Atenas, Macedonia, Corinto, Filipos, Asia y Roma[13] y, al menos una vez, padeció también la cárcel.[14] Ahora estaba liderando la iglesia de Éfeso. Había sido enviado allí como su primer pastor y debía hacer frente a quienes se oponían a la verdad enseñando fábulas y un evangelio diferente.[15] Pablo, su maestro terrenal, quien había puesto sobre su cabeza las manos para ordenarle al ministerio,[16] estaba preso y encadenado, a punto de ser condenado a muerte y le pedía que fuera a verlo. En este estado le solicita sus libros y sus pergaminos.[17]

Una lección para nuestros hijos

¡Qué lección! Ya anciano y preso Pablo no había olvidado sus libros. “La vida es triste sin sus libros”.[18] “Pablo quiere tener una Biblia en la cárcel”.[19] Anhelaba tener sus rollos personales de las Escrituras. Deseaba continuar nutriéndose de la Palabra de Dios. “Aun en medio de esas circunstancias tan adversas, el erudito Pablo continuaba investigando las verdades de Dios”.[20] “Eran las palabras de Jesús y la Palabra de Dios lo que Pablo quería por encima de todo cuando estaba preso y esperando la ejecución”.[21] “El no podía permitir que la verdad no se proclamara. El viejo caballero fue un estudiante hasta el fin”.[22] ¿No debería Timoteo ahora hacer lo mismo si desde la cuna lo había aprendido? Ahora entendía realmente el valor de las enseñanzas de su niñez. Pablo era el mejor ejemplo de aquello. Si debía ser el portador del estandarte de la verdad, no debía dejar de escudriñar y predicar la Palabra de Dios.

“Las lecciones de la Biblia, al entretejerse en la vida diaria, tienen una profunda y perdurable influencia en el carácter. Estas lecciones las aprendía y practicaba Timoteo”.[23] “La religión era la atmósfera de su hogar”.[24] ¡Cuánta ventaja tuvo Timoteo al recibir un ejemplo correcto de piedad y santidad basadas en Palabra de Dios! El conocimiento de las Escrituras guardó a Timoteo de las malas influencias y le ayudaron a escoger el deber antes que el placer.  Ese conocimiento le llevó a ser un fiel hijo, un aplicado estudiante, un consagrado y abnegado pastor, un diligente y solícito maestro, un fervoroso predicador, un hábil evangelista, un defensor de la verdad y el sucesor del más grande de los apóstoles, “un segundo Pablo”.[25]

Todos nuestros hijos necesitan una salvaguardia semejante. Debería ser la obra de los padres y de los educadores cuidar de que los niños estén debidamente instruidos en la Palabra de Dios. “Muchos parecen pensar que la decadencia de la iglesia, el creciente amor por los placeres, se deben a la falta de la obra pastoral… Pero aunque los ministros hagan su obra fielmente y bien, representará muy poco si los padres descuidan su obra.  La falta de poder en la iglesia se debe a la falta de cristianismo en el hogar”.[26] La Palabra de Dios era la norma que guiaba a Timoteo. ¿Podrán nuestros hijos alcanzar este mismo ideal?



[1] Por Víctor Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Licenciado en Educación y Diplomado © en Humanidades. Actualmente se desempeña como Profesor de Religión y Filosofía en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh-UCh. Este artículo fue publicado en la Revista Adventista de septiembre 2009.
[2] Se refiere a la famosa prisión o mazmorra Mamertina debajo del foro romano.
[3] Se recomienda leer ambas cartas antes de continuar con la lectura del artículo.
[4] Hechos 16: 1–3; 2ª Timoteo 1: 5; 3: 14, 15.
[5] Corresponden a Deuteronomio 4: 6–9, Salmos 113–118, Génesis 1–10 y Levítico 1–8, respectivamente.
[6] Alfred Edersheim. Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo, pág. 134–136.
[7] Patriarcas y Profetas, pág. 643.
[8] Romanos 16: 21; 1ª Tesalonicenses 3: 2; 1ª Corintios 4: 17; 16: 10; 2ª Corintios 1: 19; 1ª Timoteo 1: 2, 18; 2ª Timoteo 1: 2; Filipenses 1: 1; 2: 19–23.
[9] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 915.      
[10] Josef Holzner. San Pablo. Heraldo de Cristo, pág. 495.
[11] Conflicto y Valor, pág. 346.
[12] Hechos 17: 14, 15; 18: 5; 19: 22; 20: 4.
[13] Hechos 17: 14, 15; 18: 5; 19: 22; 20: 4; Romanos 16: 21; 1ª Corintios 4: 17; 16: 10; 2ª Corintios 1: 1; Filipenses 1: 1; 2: 19; Colosenses 1: 1; 1ª Tesalonicenses 1: 1; 3: 2, 5; 2ª Tesalonicenses 1: 1; Filemón 1.
[14] Hebreos 13: 23.
[15] 1ª Timoteo 1: 3, 4; 2ª Timoteo 2: 16 – 18.
[16] 1ª Timoteo 1: 18; 4: 14; 2ª Timoteo 1: 6.
[17] 2ª Timoteo 4: 13.
[18] A. T. Robertson. Épocas en la vida de Pablo, pág. 256.
[19] José Bortoloni. Cómo leer la Segunda Carta a Timoteo, pág. 47.
[20] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 367.                               
[21] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, t. 12, p. 256.
[22] Charles R. Swindoll, Pablo. Un hombre de gracia y firmeza, p. 364.
[23] Hechos de los Apóstoles, pág. 167.
[24] Conflicto y Valor, pág. 345.
[25] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, pág. 167.
[26] Signs of the Times, 03 de abril de 1901.