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Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Filosofía y la Educación.

viernes, 6 de abril de 2012

¿Por qué nuestros hijos e hijas deberían estudiar en una escuela adventista?


¿Por qué nuestros hijos e hijas deberían estudiar
en una escuela adventista?[1]

Introducción

Por 1880, un maestro de Oakland, California, comentó a los esposos White, quienes esperaban instalar una pequeña escuela en esa ciudad: “Si los padres conocieran la maldad que se practica aquí, se produciría un temor que ni Uds. ni yo nos imaginamos”.[2]

         Hoy, las condiciones de las escuelas no son mejores: violencia, pandillas, drogas, alcohol, armas, inmoralidad. La lista de amenazas es interminable. Sin embargo, algunos padres piensan que no existe diferencia sustancial entre asistir a una escuela pública o a una cristiana. No ven los peligros a los cuales exponen a sus hijos. Un mejor nivel académico sobrepuja el valor de la educación con un sólido fundamento bíblico.

         Visto así, la cosmovisión educativa adventista provee de razones para hacer de nuestros colegios un ambiente educativo favorable:

1. Continuidad a la educación del hogar

La educación impartida en el hogar[3] encuentra una fiel extensión en nuestras aulas. La formación cristiana es un proceso cooperativo: los padres en el hogar y los maestros en la escuela. Cada estudiante es parte de una comunidad que se interesa por él y le provee de objetivos comunes.

De los maestros de escuelas públicas nuestros hijos no obtienen ideas que armonizan con las Escrituras y no ven la obediencia a su Ley como principio de toda sabiduría, por lo cual no aprecian la vida religiosa.[4]

2. Atmósfera espiritual

Podemos contrarrestar el mal sólo con la fortaleza de Jesús. Las pérdidas debido al descuido de la educación en el hogar “hizo resaltar la necesidad de escuelas donde predominara una influencia religiosa”.[5]

La educación adventista apunta a proporcionar un ambiente que permita el desarrollo integral de las facultades físicas, mentales, espirituales, morales y sociales de cada estudiante. Un Plan Maestro de Desarrollo Espiritual provee los principios a resaltar y direcciona las actividades espirituales de la comunidad estudiantil.

En los cultos al comienzo de cada jornada y durante la semana, en las Semanas de Oración y en los Retiros Espirituales, el estudiante tiene la oportunidad de alabar y agradecer a su Creador, estudiar su Palabra, rogar a Dios por sus necesidades y obtener fortaleza en momentos difíciles.

3. Educación bíblica y cristocéntrica

Los padres cristianos deben educar a sus hijos bajo los principios bíblicos. “Dios ha declarado su propósito de tener un colegio donde la Biblia tenga el lugar que le corresponde en la educación de la juventud”.[6]

La Biblia constituye el texto esencial en nuestras escuelas. Sus principios se reflejan en todo el currículo y proveen al alumno de bases sólidas y puntos de referencias contra los dilemas éticos que enfrentamos: aborto, suicidio, desviaciones sexuales, vicios, etc. En las Escrituras conocen el Plan de Salvación y su destino en una Tierra Nueva para quienes aman a Jesús; aprecian su cuerpo como templo del Espíritu y lo cuidan para su servicio; comprenden la gravedad del pecado; aprenden a tomar decisiones y se consagran al servicio de Cristo mediante el bautismo.

4. Separación del mundo

Dios desea mantener a nuestros hijos alejados del mundo y no exponerlos a sus influencias: placeres, entretención sin propósito, malos hábitos de vida y de alimentación.[7]

Nuestros colegios ofrecen a los alumnos opciones de vida y recreación que edifican y desarrollan el carácter para que, mientras asisten a la escuela o tienen cualquier otro trato, no sientan la influencia de los hábitos corruptos.[8] Por ejemplo, las academias tienen como fin satisfacer las verdaderas necesidades y ocupar las mentes en pensamientos nobles, objetivos elevados y ocupaciones útiles.

5. Disciplina redentora

La educación basada en Cristo y su Palabra provee la oportunidad de alcanzar el gran fin de la educación: restaurar en el hombre la imagen de Dios.[9] Esta imagen se verá reflejada en nuestros alumnos en un ambiente de libertad responsable y disciplina redentora.

Nuestros colegios reconocen la Ley de Dios como el fundamento del gobierno universal. Los estudiantes reconocen sus privilegios y sus deberes y los resultados de su mal proceder. Las normas son una guía para desarrollar su facultad de elección hacia el bien y la justicia, controlando las actitudes más que el comportamiento. La disciplina redentora busca que el alumno se controle a sí mismo y haga elecciones libres que transformen su carácter, centrados en su futuro y no en su pasado. Aunque haga elecciones equivocadas, aprenderá de sus fracasos.

6. Maestros misioneros

Martín Lutero expresó: “Si yo tuviera que renunciar a la predicación y mis otros deberes, no hay otro oficio que buscaría sino el de maestro de escuela. Porque sé que próximo al ministerio pastoral está este otro que es el más útil, grande y mejor”.[10] Cada maestro cristiano es un misionero que lleva la educación formal y el evangelio al corazón del estudiante y colabora en su transformación. El impacto de maestros consagrados sólo será visto en la eternidad.

“En el mundo hay dos clases de educadores.  Una clase está formada por aquellos a quienes Dios convierte en canales de luz y la otra clase por aquellos a quienes Satanás usa como sus agentes”.[11] Una clase contempla el carácter de Dios, la otra está confabulada con el maligno.

7. Preparación para servir

“Nuestras escuelas son los instrumentos especiales del Señor para preparar a los niños y a los jóvenes para la obra misionera”.[12] Nuestros colegios motivan a los estudiantes a ser miembros productivos de la sociedad y la iglesia y así toman parte activa en el Plan de Dios y usan sus dones para servir: comparten el evangelio, llevan a otros a los pies de Jesús, hablan de los peligros del alcohol y las drogas, se convierten en orientadores de los menos aventajados y recolectan recursos para paliar sus necesidades materiales, mientras descubren su vocación que les dará un espacio en este mundo y les preparará para la eternidad.

Conclusión

“Algunos en el pueblo de Dios permiten que sus hijos asistan a las escuelas públicas, donde se mezclan con los que tienen una moralidad corrompida.  Sus hijos ni pueden estudiar la Biblia ni aprender sus principios en estas escuelas…

Aquí están nuestros hijos. ¿Permitiremos que sean contaminados por el mundo, por su iniquidad y desobediencia a los mandamientos de Dios? Pregunto a los que están haciendo planes para enviar a sus hijos a las escuelas públicas donde están expuestos a ser contaminados: ¿cómo podéis afrontar tal riesgo”.[13] El Señor bendiga nuestras elecciones.



[1] Víctor A. Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Magíster (C) en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Inspector General en el Colegio Adventista de Arica, MNCh-UCh.
[2] Elena G. de White, Manuscrito 100, 1902.
[3] Deuteronomio 6: 6, 7.
[4] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, t. 2, pág. 452, 453.
[5] Elena G. de White, Manuscrito 119, año 1899.
[6] 2 Timoteo 3: 15; Elena G. de White, Testimonies for the Church, t. 5, pág. 26.
[7] 1 Juan 2: 15.
[8] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, pág. 166.
[9] Elena G. de White, La Educación, pág. 15, 16.
[10] Citado por George R. Knigth en “¿Por qué tener educación adventista?”, Revista de Educación Adventista, 22 (2006), pág. 5.
[11] Elena G. de White, Fundamentals of Christian Education, pág. 174.
[12] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, pág. 115.
[13] Elena G. de White, Discurso a la Iglesia Adventista de Deer Park, California, lunes 14 de julio de 1902.

Preparación para la Segunda Venida de Jesús

Prepárate para venir
al encuentro de tu Dios[1]

“Por tanto, de esta manera te haré a ti, oh Israel; y porque te he de hacer esto,
prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Amós 4: 12, RVR60).



D

ios nos ha dado en su Palabra las señales para distinguir los tiempos en que estamos viviendo. En su amor, nos dio a conocer el futuro para que podamos estar preparados.  Al leer las Escrituras debemos entender que su personaje central es nuestro Señor Jesucristo y lo que hizo, está haciendo y hará por nosotros. El Apocalipsis comienza mencionando que es “la revelación de Jesucristo” (Apocalipsis 1: 1, RVR60).  La inspiración nos dice que al estudiar las profecías debemos exaltar a Cristo como “centro de toda esperanza”.  Ahora bien, ¿cómo podemos prepararnos para nuestro encuentro con Jesús, el centro de nuestra esperanza?  El propósito de este artículo es comprender la manera de estar preparados para ese glorioso día.

El regreso de Jesús: una esperanza bienaventurada

A través de las Escrituras encontramos la promesa de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo.  Los patriarcas, los reyes, los profetas, los evangelios y los apóstoles hablaron de este maravilloso tema.  El mismo Jesús dijo a sus discípulos que regresaría.  Esta promesa la encontramos en Juan 14: 1 – 3, un texto clásico cuando hablamos del pronto regreso de Jesús. Pablo lo llama la “esperanza bienaventurada” (Tito 2: 13, RVR60).  El resto de las Escrituras también da testimonio de este acontecimiento:

·   Salmo 50: 3: “Vendrá el Señor y no callará” (RVR60); “Nuestro Dios viene, pero no en silencio” (NVI).
·   Isaías 62: 11: “¡Ahí viene tu Salvador! Trae su premio consigo; su recompensa lo acompaña” (NVI).
·   Oseas 6: 3: “El Señor vendrá a nosotros” (DHH).
·   Joel 2: 1: “¡Nuestro Dios viene! ¡Ya está cerca el día!” (BLA).
·   Abdías 15: “Ya está cerca el día del Señor para todas las naciones” (DHH).
·   Habacuc 2: 3: “Aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (RVR60).
·   Sofonías 1: 14: “Cercano está el día grande de Jehová, cercano y muy próximo” (RVR60).
·   Hageo 2: 7: “Haré temblar a las naciones y vendrá el Deseado de todas las naciones” (RVR60).
·   Malaquías 3: 2: “¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? (RVR60).
·   1 Tesalonicenses 4: 16: “El Señor mismo descenderá del cielo” (NVI).
·   2 Timoteo 4: 8: “Todos los que con amor esperan su venida gloriosa” (DHH).
·   Hebreos 9: 28: “Cristo. . . aparecerá por segunda vez. . . para salvar a los que le esperan” (RVR60).
·   Santiago 5: 8: “Tened paciencia. . . porque la venida del Señor se acerca” (RVR60).
·   2 Pedro 3: 12: “Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios” (RVR60).
·   1 Juan 2: 28: “No sintamos vergüenza delante de él cuando venga” (DHH).
·   Apocalipsis 1: 4: “Dios es el que vive, el que siempre ha vivido y el que está por venir” (BLA).
·   Apocalipsis 22: 20: “Les aseguro que vengo pronto. ¡Así sea! ¡Ven, Señor Jesús!” (BLA).

También las Escrituras son claras al mencionar cómo regresará nuestro Señor:

·   Personal y visible.  Mateo 24: 30 nos dice que “entonces se verá en el cielo la señal del Hijo del hombre” (DHH).  Apocalipsis 1: 7 refuerza esta idea al afirmar que “todos lo verán con sus propios ojos” (NVI).  La idea de un Cristo por aquí o por allá no es bíblica.  El regreso de nuestro Salvador será un suceso mundial (Mateo 24: 23 – 27). Le veremos tal como le vieron sus discípulos (Hechos 1: 10, 11).

·   En las nubes del cielo.  “Verán al Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo con gran poder y gloria” (Mateo 24. 30, DHH).  Apocalipsis 1: 7 repite esta idea: “¡Miren! ¡Cristo viene en las nubes!” (BLA, cf. 1 Tesalonicenses  4: 17, “en las nubes”).  Esto quiere decir que nuestro Salvador no regresará en una limosina, ni en un platillo volador, ni siquiera caminando.  Él vendrá con poder desde el cielo y sobre las nubes.

·   En compañía de sus santos ángeles.  Jesús, en su venida, “enviará sus ángeles” (Mateo 24: 31, RVR60).  Él mismo aseguró: “Vendré pronto con el poder de Dios y con mis ángeles” (Mateo 16: 27, BLA; cf. Mateo 25: 31).  La idea se reitera en Apocalipsis 19: 14 al decir que “los ejércitos celestiales” acompañan a Jesús, el Verbo de Dios, “vestidos de lino finísimo, blanco y limpio” (RVR60).

·   Nadie sabe el momento exacto de su venida (Mateo 24: 36), pero el Señor nos llama a estar apercibidos, preparados.  En el lenguaje bíblico se denomina velar, estar atentos, despiertos.    En Apocalipsis 16: 15 se nos promete: “Yo volveré cuando menos lo esperen. . . ¡Dios bendecirá al que se mantenga despierto!” (BLA).

Velando antes de su regreso

Dice el consejo inspirado: “Viene la tormenta, la tormenta que probará la fe de todo hombre no importa de que clase sea.  Los creyentes deben estar ahora firmemente arraigados en Cristo”. Y agrega: “Si estáis en una correcta relación con Dios hoy, estaréis preparados en caso de que Cristo venga hoy”.[2]  La pregunta que surge es: ¿Cómo estar “firmemente arraigados en Cristo”, tener una “correcta relación” con él y estar “preparados” para su regreso como si viniese hoy?  La Biblia nos da la respuesta:

Debemos estudiar con diligencia la Palabra de Dios cada día

Cristo dice: “Escudriñad las Escrituras, porque en ella os parece que tenéis la vida eterna” (Juan 5: 39, RVR60).  De los habitantes de Berea se afirma que “todos los días examinaban las Escrituras” (Hechos 17: 11, NVI).  A la vez, en estos últimos días, se nos llama a poner especial énfasis en las profecías.  El apóstol Pablo nos aconseja: “No desprecien las profecías” (1 Tesalonicenses 5: 20, NVI). El apóstol Pedro nos afirma que tenemos la “palabra profética más segura”, a la cual debemos estar atentos (2 Pedro 1: 19, RVR60).  El apóstol Juan en Apocalipsis 1: 3 nos dice: “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca” (RVR60).

El espíritu de profecía por su parte afirma: “Los cristianos han de prepararse para lo que pronto ha de estallar sobre el mundo como sorpresa abrumadora, y deben hacerlo estudiando diligentemente la Palabra de Dios y esforzándose por conformar su vida a sus preceptos.

“Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto”.[3]

Debemos tener un espíritu de constante oración

Cristo aconsejó a sus discípulos: “No se duerman; oren para que puedan resistir la prueba que se acerca” (Mateo 26: 41, BLA).  Además les dijo: “Estén ustedes preparados, orando en todo tiempo, para que puedan escapar de todas estas cosas que van a suceder y para que puedan presentarse delante del Hijo del hombre” (Lucas 21: 36, DHH).  El apóstol Pablo nos recomienda: “Oren en todo momento” (1 Tesalonicenses 5: 17, DHH).  Por su parte el apóstol Pedro nos amonesta: “Ya se acerca el fin del mundo.  Por eso sean responsables y cuidadosos en la oración” (1 Pedro 4: 7, BLA).  Apocalipsis muestra que el incienso del altar celestial son “las oraciones del pueblo de Dios” (Apocalipsis 5: 8, DHH).  El salmista por su parte oraba: “Sea mi oración como incienso en tu presencia” (Salmos 141: 2, DHH).

La mensajera del Señor nos afirma: “Hemos de vivir una vida doble: una vida de pensamiento y acción, de silenciosa oración y fervoroso trabajo”.[4]  Sin duda, la oración nos dará fuerzas para enfrentar los días difíciles que se avecinan.

Debemos proclamar el evangelio con poder

Cristo aseguró que “es necesario que el evangelio sea predicado” antes de su venida (Marcos 13: 10, RVR60).  También afirmó que “esta buena noticia del reino será anunciada en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan; entonces vendrá el fin” (Mateo 24: 14, DHH).  El apóstol Juan menciona el mensaje de tres ángeles, la verdad presente, proclamado a todas las naciones, razas, lenguas y pueblos antes de que aparezca el Hijo del hombre sobre una nube blanca (Apocalipsis 14: 6, 14).

La inspiración nos amonesta diciendo: “Mediante la proclamación del evangelio al mundo, está a nuestro alcance apresurar la venida de nuestro Señor.  No sólo hemos de esperar la venida del día de Dios, sino apresurarla”.[5]  Y agrega: “Mediante el poder del Espíritu Santo, debemos proclamar ahora las grandes verdades para estos últimos días.  No pasará mucho tiempo hasta que cada uno haya oído la amonestación y hecho su decisión. Entonces vendrá el fin”.[6]

Debemos llevar una vida de obediencia y santidad

En las Sagradas Escrituras, obediencia y santidad van de la mano.  Pablo nos aconseja: “El mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5: 23, RVR60). Por su parte, Pedro nos dice: “Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios.  Al contrario, vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo. . . Al obedecer el mensaje de la verdad, se han purificado” (1 Pedro 1: 14, 15, DHH).  Juan aclara este punto al afirmar que todo el que permanece en Cristo y que todo aquel que ha nacido de Dios “no practica el pecado” (1 Juan 3: 6; 5: 18, NVI).  El escritor de la carta a los Hebreos nos aconseja: “Procuren estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor” (Hebreos 12: 14, DHH).  Finalmente, el apóstol Judas nos afirma que Dios es poderoso para guardarnos “sin caída” y presentarnos “sin mancha” delante de su gloria (Judas 24, RVR60).

En el Apocalipsis se refuerza esta idea cuando se presenta a los “santos”, el pueblo remante de Dios, como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios” (Apocalipsis 12: 17; 13: 10; 14: 12, RVR60).  También se los presenta como aquellos que han “lavado” o “blanqueado” sus ropas de lino en la sangre del Cordero, pues el lino limpio son las “acciones justas” o “la recta conducta del pueblo santo” (Apocalipsis 7: 14; 19: 8; 22: 14, DHH).

El espíritu de profecía compara nuestra experiencia antes del regreso de Jesús con la de Enoc antes de ser llevado al cielo. “Enoc tuvo tentaciones así como nosotros.  Estuvo rodeado por una sociedad que no era más amiga de la justicia que la que nos rodea a nosotros. . . Sin embargo vivió una vida de santidad.  No se dejó contaminar con los pecados prevalecientes en la época en que vivió.  De la misma manera podemos nosotros permanecer puros e incorruptos.

“Enoc fue un representante de aquellos que estarán sobre la tierra cuando Cristo venga, que serán trasladados al cielo sin ver la muerte”.[7]

Un último consejo a considerar dice así: “Si no hallamos placer ahora en la contemplación de las cosas celestiales; si no tenemos interés en tratar de conocer a Dios, ningún deleite en contemplar el carácter de Cristo; si la santidad no tiene atractivo para nosotros, podemos estar seguros de que nuestra esperanza del cielo es vana.  La perfecta conformidad a la voluntad de Dios es el alto blanco que debe estar constantemente delante del cristiano.  Él se deleitará en hablar de Dios, de Jesús, del hogar de felicidad y pureza que Cristo ha preparado para los que le aman”[8].

Conclusión

Cristo en su Palabra nos da la promesa de su pronto retorno y nos muestra la forma en que él vendrá para no ser engañados.  Los escritores de la Biblia nos dan a conocer los designios de Dios respecto al tema.  Los consejos divinos nos animan a escudriñar las Escrituras, a orar con fervor, a predicar las buenas nuevas de salvación y a luchar contra el pecado con el poder de Cristo y obtener santidad.  De esta manera estaremos preparados para nuestro encuentro con él.

Querido (a) joven, ¿quieres preparar tu vida estudiando las Escrituras, orando cada día, predicando el evangelio y viviendo en santidad ante Dios? ¿Es la segunda venida de Cristo la “esperanza bienaventurada” de tu corazón? ¿Deseas decir conmigo: “Señor, aquí estoy, prepara mi vida para mi encuentro contigo”?  Te invito a leer Isaías 25: 9: “Se dirá aquel día: He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (RVR60).



[1] Víctor Jofré Araya (2001), Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh, UCh. Las versiones de la Biblia utilizadas son: Reina – Valera, revisión 1960 (RVR60), Nueva Versión Internacional (NVI), Dios Habla Hoy (DHH) y La Biblia en Lenguaje Actual (BLA).  Todos los énfasis han sido añadidos.
[2] Elena G. de White, Eventos de los Últimos Días, pág. 65, 75.
[3] ________, op. cit., pág. 67.
[4] ________, op. cit., pág. 64.
[5] ________, op. cit., pág. 40.
[6] ________, ¡Maranatha: El Señor viene!, pág. 259.
[7] ________, Eventos de los últimos días, pág. 72, 73.
[8] ________, op. cit., pág. 75.

Permanecer en pie


Permanecer en pie[1]

Introducción

El cautiverio en Babilonia por espacio de 70 años (606-536 a. C.) fue un duro golpe para el pueblo judío, pero también significó una fuente de esperanza para el remanente que logró regresar a Jerusalén. Los incidentes acaecidos en ese período fueron un registro de lo que Dios está dispuesto a hacer por sus hijos en el tiempo del fin.

Entre aquellos que fueron llevados desde Palestina a tierras paganas figuraban Daniel, Ananías, Misael y Azarías (Beltsasar, Sadrac, Mesac y Abed-nego). Eran príncipes de Israel y fueron educados en el palacio del rey Nabucodonosor por tres años. A pesar de aquello, el relato bíblico (Daniel 1–3) indica que aún en los más mínimos detalles fueron fieles al Dios del cielo y cuando llegó la hora de la prueba mayor, mantuvieron su fidelidad.

La hora de la prueba

Nabucodonosor tuvo un sueño extraño que no recordaba y cuyo significado lo impacientaba. Daniel, bajo revelación de Dios, mostró al rey el sueño y su interpretación: Éste había visto una imagen humana magnífica compuesta de diversos metales y una roca que le destruía. “Tu reino es la cabeza de oro de la imagen”, dijo el sabio judío. Según la interpretación, le sucederían otros reinos menores en grandeza, hasta que el reino de Dios llenaría toda la tierra al final de los días.

Impresionado por el significado de su visión y orgulloso de un imperio que no deseaba ver en otras manos, Nabucodonosor se consideró independiente de Dios y atribuyó la gloria de su reino a sus hazañas. Soberbiamente ordenó que se erigiese una imagen de oro puro en su honor y de sus dioses y el pueblo y los gobernadores de las provincias, incluyendo Judá, debían adorarla. No hacerlo significaría una muerte segura en un horno ardiendo.

Cuando llegó el día de la dedicación de la estatua y resonó la música estridente, todo el mundo reunido se arrodilló. Sadrac, Mesac y Abed-nego permanecieron de pie. Ante el rey, su fiel y seguro testimonio de fe fue: “No serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua que has levantado. Nuestro Dios a quien servimos puede liberarnos de tu mano” (ver Daniel 3:16-18).

Tal atrevimiento encolerizó al rey quien ordenó su ejecución, pero dentro del horno ardiente Jesús les protegió. El mismo rey reconoció espantado en el cuarto ser que caminaba junto a ellos al “hijo de los dioses”. ¿Cómo sabía el rey qué aspecto tendría el Hijo de Dios? En su vida y carácter, los cautivos hebreos habían representado la verdad y su fe delante del rey con claridad y sin vacilación, enseñándole acerca del Dios que adoraban. “Habían hablado [al rey] de Cristo, el Redentor que iba a venir; y en la cuarta persona que andaba en medio del fuego, el rey reconoció al Hijo de Dios”.[2]

La fidelidad y el testimonio de aquellos jóvenes les mantuvieron ilesos a pesar de las amenazas. Las Escrituras anuncian que su experiencia será replicada por la iglesia remanente del tiempo del fin.

La hora de la prueba final

La mensajera del Señor amonesta: “Que todos lean cuidadosamente el capítulo 13 de Apocalipsis, porque afecta a todo ser humano”.[3] En este consejo inspirado subyace una advertencia: muy pronto la bestia de dos cuernos o falso profeta, es decir Estados Unidos y el Protestantismo apóstata, se coligará con la bestia de siete cabezas, el Catolicismo Romano, y dirigido por el dragón, a saber Satanás y el paganismo y espiritismo imperantes en nuestros días, hará una imagen la cual deberá ser adorada por toda la tierra y quien no lo haga será sentenciado a muerte.[4]

Esta imagen se erigirá cuando los poderes de la tierra con la misma soberbia del rey babilónico hagan guerra contra los mandamientos de Dios y la adoración dominical, la marca de la bestia, sea impuesta universalmente por la autoridad civil. Todos los que no se sometan serán castigados y, así “como Nabucodonosor emitió un decreto por el cual todos los que no se postrasen y adorasen su imagen serían muertos, de la misma manera se proclamará que todos los que no reverencien la institución del domingo serán castigados con prisión y muerte”.[5]

Promesas de protección

Sin embargo, en este período el Señor también obrará en favor de su remanente que se mantenga de pie, fiel ante tales amenazas: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”. “Te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero”. “Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. “Seréis aborrecidos de todos por causa de mi Nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Las obras de cada uno serán reveladas por el fuego y por el fuego será probadas (Apocalipsis 2:10; 3:10; Isaías 43:2; Lucas 21:17,18; 1ª Corintios 3:13). “El que anduvo con los notables hebreos en el horno de fuego acompañará a sus seguidores dondequiera que estén […] Satanás, con toda la hueste del mal, no puede destruir al más débil de los santos de Dios. Los protegerán ángeles excelsos en fortaleza”.[6] Sus hijos no quedarán libres de padecimientos, pero aunque sean perseguidos y sufran privaciones, Dios no consentirá que perezcan quienes esperan su venida y no se sometan al decreto de adorar la imagen de la bestia ni reciban su marca.[7]

Las promesas protectoras de Dios se extienden hasta el día del segundo advenimiento, “cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego”. “Debajo de él se derretirán los montes, y los valles se hendirán como la cera ante el fuego”. “Entonces los cielos desaparecerán con gran estruendo; los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra y todas sus obras serán quemadas […] En ese día los cielos serán encendidos y deshechos, y los elementos se fundirán abrasados por el fuego” (2ª Tesalonicenses 1:7,8; Miqueas 1:4; 2ª Pedro 3:10-12).

Al sonar la última trompeta un terremoto sacudirá la tierra entera y el fuego lo penetrará todo. Pero los justos podrán caminar en medio como los héroes hebreos, pues la presencia del Hijo de Dios estará con ellos. “En el día del Señor el humo y las llamas no tendrán poder para dañar a los justos. Los que estén unidos al Señor escaparán ilesos. Terremotos, huracanes, fuego e inundaciones no pueden dañar a quienes están preparados para encontrarse con su Salvador en paz”.[8]

Terribles escenas se avizoran y muchos caerán, pero permanecer de pie y ser fieles en la hora de la prueba más dura es la antesala de las bendiciones más hermosas. ¿Permaneceremos de pie o vacilaremos?



[1] Por Víctor A. Jofré Araya (2007), Teólogo Bíblico y Magíster en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh-UCh.
[2] Elena G. de White, Profetas y Reyes, pág. 374.
[3] ________, Eventos de los Últimos Días, pág. 262.
[4] Como ejemplo de la simpatía entre Estados Unidos y el Vaticano cito lo siguiente: El 11 de abril de 2008 Raymond Arroyo, periodista de Eternal Word Television Network (EWTN), hizo una entrevista a George W. Bush previo a la visita de Benedicto XVI a EEUU. En la última pregunta Arroyo señaló: “¿Cuando usted mira a los ojos de Benedicto XVI qué ve?” Bush respondió inmediatamente: “A Dios” (Disponible en www.catholicnews.net).
[5] ________, op. cit., pág. 262. Comparar con El Conflicto de los Siglos, pág. 662; En lugares celestiales, pág. 346; Profetas y Reyes, pág. 376. La mensajera del Señor también declara que “el decreto que se promulgará finalmente contra el pueblo remanente de Dios será muy semejante al que promulgó Asuero contra los judíos” (Profetas y Reyes, pág. 444). Compárese también la experiencia de éstos jóvenes con la de Daniel en el capítulo 6.
[6] ________, Profetas y Reyes, pág. 376.
[7] ________, El Conflicto de los Siglos, pág. 687; cf. Primeros Escritos, pág. 284.
[8] ________, Manuscrito 159, 4 de septiembre de 1903 (en Alza tus ojos, pág. 260).