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Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Filosofía y la Educación.

viernes, 6 de abril de 2012

Música y Adoración

La música adecuada en la adoración[1]

 El privilegio de toda la creación

 “¡Adoración! La prerrogativa del Creador. El privilegio de la creación. El deleite del cielo. La principal ocupación de los ángeles”.[2] Toda la Biblia está permeada de adoración. Desde el día cuando Caín y Abel llegaron ante Dios con sus ofrendas (Génesis 4) hasta la celebración en el mar de vidrio (Apocalipsis 15), desde el Cántico de Moisés (Éxodo 15) hasta el Cántico del Cordero (Apocalipsis 15), la adoración constituye uno de los mayores temas de la Palabra de Dios.

 La adoración refleja el progreso espiritual de la iglesia. Tanto personal como congregacional, constituye un verdadero barómetro de la condición espiritual del pueblo.[3] El pastor A. Aeschlimann[4] destaca que lo necesario e importante no es ir a la casa de Dios para adorarle y rendirle culto, sino que es mucho más importante que aquella adoración y culto, además de ser ofrecidos a Dios, sean aceptos por Él, como ocurrió con la ofrenda de Abel, y no rechazados como sucedió con la de Caín.

 ¿Cómo puede nuestra adoración ser acepta delante de Dios? En primer lugar, la adoración sin presencia de Dios está quebrada y vacía, ahogándose en nuestra futilidad. Actualmente, hemos perdido en muchas de nuestras iglesias un sentido de dependencia en la presencia de Dios. Sin experimentar esta presencia en nuestras vidas y en nuestra adoración no podremos alcanzar nunca, ni como individuos ni como congregación, el progreso que debemos. Es esta presencia la que proveerá la fuerza, la seguridad y la protección que el pueblo adventista necesita para encarar los días finales.

 Ese sentido de la presencia de divina está basado en la revelación de Dios en Cristo Jesús. Aquella revelación nos lleva inevitablemente a los pies de la cruz, a reconocer el gran amor y la misericordia de Dios Padre en su Hijo. Por otro lado, la verdadera adoración sólo puede emanar de la actividad del Espíritu Santo. Por los tanto, cada miembro de la Divinidad debe estar presente en cada acto de nuestra adoración.[5]

 Elena G. de White escribió: “Debemos congregarnos en torno a la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción”.[6] Otro autor a dicho: “No debemos reemplazar la cruz como base de nuestra adoración”.[7] Allí, en ese símbolo del eterno amor de Dios, debe centrarse nuestra alabanza y gloria. El canto, la alabanza, las ofrendas, la oración, la exposición de la Palabra y el testimonio personal serían vanos si no hacemos de la cruz el motivo principal de cada una de las formas en que nuestra adoración se manifiesta ante el Creador.

 “Muchos de nuestros servicios de adoración son como  una coronación sin la presencia del Rey”.[8] Olvidamos que toda nuestra vida debe ser llevada a percibir la ausencia de Dios. Y sólo sentiremos su ausencia cuando hayamos experimentado su presencia.

 En segundo lugar, se nos dice que “la adoración es una actividad corporativa; no es el acto de individuos aislados, sino de toda la iglesia”.[9] En Apocalipsis 14, el ángel que lleva el evangelio eterno llama a toda nación, tribu, lengua y pueblo a adorar a Dios como Supremo Creador del universo. Cada acto de culto, sobre todo si es de toda la congregación, debiera ser una reunión dedicada a Dios mediante el canto y los testimonios personales de los fieles. Nada de nuestros servicios puede ser real, ni nuestra alabanza puede ser relevante, si es un monólogo de creación humana. No puede haber verdadera adoración si pretendemos ser únicos en este privilegio de toda la creación.

 Finalmente, la adoración es la única preparación adecuada de la iglesia como cuerpo de Cristo para su trabajo y testimonio. Cada acto que vaya como ofrenda agradable a Dios debe motivarnos a testificar de su nombre. E. White escribió: “Debería ser un placer adorar al Señor y participar en su obra… El Señor desea que sus hijos encuentren satisfacción en su servicio”.[10] El evangelio se vería grandemente beneficiado si se comprendiera este propósito como centro de la adoración.

 El pastor E. Giller aconseja la adoración en el evangelismo como un medio probado y aprobado en muchas iglesias. Resumiendo, el afirma: “La adoración en el evangelismo es un método poderoso en la ganancia de almas”.[11] Este comentario ilustra la importancia de la verdadera adoración en la predicación del evangelio.

 Es de destacar que la adoración no debe tomarse sólo como entretenimiento, aunque debe ser interesante, ni sólo como compañerismo, aunque deben cultivarse las relaciones mientras adoramos. Adoración no es sólo exponer las Escrituras, aunque deben ser explicadas. No es sólo liturgia, aunque debe haber orden y forma en el culto (cf. 1 Corintios 10: 31; 14: 40).

 Concluyendo, diremos que la verdadera adoración: (1) Tiene como centro la Divinidad y la cruz de Cristo; (2) Es una actividad corporativa; y (3) Es un medio de evangelismo.

 Criterios para una música adecuada en la adoración

 En el ámbito cristiano en general, y adventista en particular, los criterios con respecto a la elección de la música adecuada varían según los autores, pero las opiniones son concluyentes. Músicos, teólogos y la revelación tienen algo que decir. En la siguiente sección se armonizan algunos comentarios.

 Marvin L. Robertson[12], decano del Departamento de Música del Southern Collage en la década del ‘90, afirma que durante siglos las discusiones relacionadas con la música han ocupado el centro del escenario. Músicos y teólogos también han planteado el problema del lugar, la forma y la función de la música en nuestra iglesia. “La música que es aceptable para un cristiano adventista debe ser socialmente adecuada, éticamente incuestionable y teológicamente buena”.[13] La teología del adorador modela su adoración. Otro autor enfatiza que “la música es un medio para la adoración y nunca un fin en sí mismo”.[14] Es más, el problema es aún más serio: Cualquier modo de pensar que vea la música como un fin en sí misma está en problemas teológicos. Es decir, una buena música no es sólo asunto del arte, sino también de la teología. “En la iglesia no se hace música por ‘la música’ misma, o por el bien del arte, sino que toda la música de la iglesia debe tener un propósito mejor y mayor que ella misma”.[15] Visto de otro modo, el propósito de la música en la religión es aplicar el arte y servir como medio para hacerla más espiritual. Si es un medio, persigue un fin.

 Se nos dice: “Su único propósito [de la música] es servir para la adoración y alabanza de nuestro Dios”.[16] Otro agrega: “El hombre siente el valor de la música en su esfuerzo por glorificar a Dios… En la música de la iglesia podemos entregar a Dios nuestra alabanza y adoración”.[17] Otro comenta: “La música no está allí por sí misma, sino con el propósito de realizar y hermosear la experiencia de la adoración […] La clase de música que es apropiada para el uso en la iglesia es aquella que armonizará con la mente y las emociones espirituales del adorador”.[18] Una función de la música es producir ánimo y estimular las emociones guiándolas al espíritu de la adoración. Si produce ánimo y emociones contrarias al espíritu de la adoración, ésta falla.

 La mejor música

 Ante la evidencia y los criterios presentados, no podemos ignorar la importancia de la música en las iglesias donde se reúnen “los que guardan los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús” (Apocalipsis 14: 12). Si tomamos la música como parte integral de la adoración desde los inicios de la humanidad hasta nuestros días, entonces ella debe estar de acuerdo y ser consecuente con los principios expuestos referentes a la adoración. En este sentido la música debería: (1) Tener a Cristo como centro; (2) Debe ser una actividad corporativa, y (3) Debe ser un método de evangelización.

 1. Cristo es el centro de la música en la adoración

 En los acuerdos tomados por el Concilio Anual de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en 1972 y aprobados por la Junta Plenaria de la División Sudamericana el 5 de junio de 1973, se dice respecto a la música como primer principio general: “La música debiera glorificar a Dios y ayudarnos a adorarle en forma aceptable”.[19] Un numeroso grupo de comentadores, músicos y teólogos apoyan este principio. El Comentario Bíblico Adventista enfatiza que la adoración religiosa, y la música como parte de ella, “debe ser dirigida a Dios, de otra manera no es más que una autoexhibición”.[20] Cualquier música que se elija escuchar o interpretar, sea vocal o instrumental, sagrada o secular, debe ser para la gloria de Dios.

 Según I. E. Reynolds la religión, el culto y el servicio de adoración sin la música perderían uno de sus más poderosos auxiliares y la mitad de su eficacia y significado. Afirma que “la música tiene un poder peculiar de guiar la mente a una actitud de oración y adoración solemne”.[21]

 En la ejecución musical, el canto juega un papel de importancia en el acercamiento del alma a Dios. Elena G. de White afirma: “La melodía de la alabanza es la atmósfera del cielo; y cuando el cielo se pone en contacto con la tierra, se oye música y alabanza, ‘acciones de gracias y voz de melodía’ (Isaías 51: 3)”. Para ella, el canto adquiere un significado especial en variadas ocasiones. Ella escribió: “Tributemos alabanza y acción de gracias por medio del canto… Entonemos con fe un himno de acción de gracias a Dios”. Ella asemeja el valor del canto al de la oración y afirma que “más de un canto es una oración”. A través de la oración el alma entra en comunión con el cielo y el canto, como parte de nuestra adoración, es tanto un acto de culto como lo es la oración. “El corazón debe sentir el espíritu del canto para darle la expresión correcta”.[22]

 La música nos ayuda a comenzar nuestra relación con el cielo. “Aquí aprendemos la clave de la alabanza”. “En nuestros cánticos de alabanza deberíamos procurar aproximarnos tanto como sea posible a la armonía de los coros celestiales”. “El alma puede elevarse hasta el cielo en alas de la alabanza. En las mansiones celestiales se adora a Dios con cánticos y música y, al expresarle nuestra gratitud, nos aproximamos al culto de los habitantes del cielo”[23] (Véase Salmo 50: 23; Isaías 51: 3).

 Hacer música para la gloria de Dios involucra a todos los cristianos. Pastores, teólogos, músicos, educadores, laicos y toda la gente de la iglesia debe ponerse seria respecto a la música. Elsie L. Buck, profesora de música en los ’90 del Lake Union College, comenta que tanto el colegio, como el hogar y la familia, tienen su rol en la educación musical.[24] Desde una perspectiva humana, la música provee una vía hacia la verdad. Su rol es ayudar al hombre a encontrar y comunicar el significado de la vida. “El compositor, el ejecutante y el oyente tienen, cada uno, una responsabilidad en descubrir y revelar el significado de la verdad tal como se encuentra en la música”.[25]

 2. La música en la adoración es una actividad corporativa

 El instrumento primario para la adoración musical es la congregación. Nuestro coro más importante está en los bancos de la iglesia. La música confiere una oportunidad única de participación. La participación en la música involucra más directamente a la congregación de lo que lo permite cualquier otro aspecto del servicio de adoración.[26]

 En los acuerdos tomados por el Congreso de la Asociación General (1972) se recomienda la planificación de cada uno de los elementos musicales del culto para que “los miembros de la congregación no sean meros espectadores sino participantes”.[27] En esto la iglesia tiene un papel protagónico. Elena G. de White, dice que rara vez debe recurrirse al canto de unos pocos. “La habilidad del canto es un talento de influencia que Dios desea que sea cultivado por todos y usado para la gloria de Dios”.[28]

 Se nos afirma que la práctica de la música congregacional no se basa en una “tradición humana” o en una institución de origen humano, sino que es una “institución de origen divino” que se remonta a tiempos anteriores a la creación del mundo (cf. 2 de Crónicas 5: 13; Salmos 147: 7; 149: 1).[29] De acuerdo a la evidencia encontrada en las Escrituras, no cabe duda que el canto congregacional es la forma ideal de la música para la adoración de la iglesia. La música participativa será siempre la mejor música.

 Los pastores deberían preocuparse por aumentar la calidad y el fervor del canto congregacional. Ayudando a la congregación a cantar con el entendimiento se les ayudará a cantar con el espíritu. En esta labor, los ministros juegan un papel vital en el desarrollo de un canto de la congregación más espiritual. De esta manera, el canto en las horas de culto será un aporte en la revitalización de la iglesia.[30]

 La música utilizada en el culto debe ser la mejor. Tanto la música como el culto “buscan la verdad”, por lo tanto el canto debe “preparar el camino para el sermón” y el sermón debe “abrir la puerta al canto”.[31] La música nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y al mundo. Así, por medio de la participación en el canto congregacional, los miembros de iglesia aumentarán sus conocimientos en los temas religiosos.

 La música nunca debería elegirse al azar. Siempre los himnos seleccionados deben estar relacionados con la ocasión y el mensaje o tema central de la reunión de adoración y deben inspirar pensamientos y sentimientos deseables.[32] El culto no es una clase de canto. Por esto se deben escoger himnos conocidos por la mayoría de los adoradores y que armonicen con el tema al inicio y al término del servicio. Así se asegura la participación de toda la congregación en la adoración a través de canto. Cualquier música o canto que no armonice con el tema del sermón debería ser excluido del programa de ese culto en particular, pues no preparan la congregación para el sermón ni confirman el mensaje que se presentó. En la adoración se debe enseñar a cantar con “entendimiento, sentimiento y reverencia”.[33] En el momento de determinar la aptitud que la música tiene para ser usada en la congregación es muy importante identificar el significado que ésta tiene para la congregación, no importa si es sagrada o profana.[34]

 La importancia del uso de la música congregacional no descarta su uso en el culto privado, en el hogar, en el colegio o en la música coral. E. White nos exhorta a no pasar por alto el valor del canto como medio educativo. Se debe cantar en el hogar con el propósito de disminuir las palabras de censura y aumentar las de alegría, esperanza y gozo.[35] Además, el uso de himnos en los servicios de la iglesia resulta vital en la educación religiosa de los niños. En los hogares cristianos la experiencia de escuchar y entender la música debe ser un asunto temprano en la vida de los niños. Hacer música en el hogar es un imperativo divino, una prioridad que Dios dio en su Palabra como medio para su honra y gloria.[36]

 Con respecto a la formación de coros, el Manual de Iglesia enfatiza que, tanto sus directores y sus miembros, como los encargados de la música en los servicios de la iglesia, deben ser elegidos con sumo cuidado, pues incontable daño puede hacerse al elegir a miembros no consagrados. Ellos deben ser personas que “representen correctamente los principios de la iglesia”.[37]

 3. La música en la adoración es un método de evangelización

 Se ha afirmado y con razón, que si la música y la teología concuerdan, la participación en la música en la iglesia ofrece la oportunidad de aprender, desarrollar, recordar, reforzar, expresar y transmitir las verdades de la fe evangélica.[38] E. White escribió que el canto es uno de los medios más eficaces para grabar en el corazón la verdad espiritual. Y que la melodía del canto, exhalada de muchos corazones en forma clara y distinta, es uno de los instrumentos de Dios en la obra de salvar almas.[39]

 La música tiene un poder de comunicación que sobrepasa al de la predicación. El don del canto es un medio eficaz para impresionar el corazón y grabar la verdad espiritual. La música ayuda al ser humano a ser más receptivo a los mensajes del Espíritu Santo. Dios ve los motivos y frecuentemente, las palabras de un canto sagrado han abierto los manantiales  de arrepentimiento y de fe en el corazón de los creyentes. Toda una vida puede cambiar de dirección por la influencia de un himno.

 La música religiosa es un medio para la ganancia de almas y dado que no todos tienen el mismo gusto, se nos aconseja que, a fin de no caer en la monotonía, se ofrezcan variedad de estilos a los oyentes. [40] Aún así debe ser música que Dios acepte. Muchos reciben la invitación al evangelio y a Cristo por medio de los himnos de invitación, escuchando a través de la música lo que a menudo evitan oír de los predicadores. Esa influencia motiva al corazón a responder al llamado de Dios.

 Conclusión

 “La música es el único arte del cielo dado a la tierra y el único arte de la tierra que llevaremos al cielo”.[41] El futuro del cristiano está destinado a la música. En la tierra nueva se oirá “el sonido de música y de canto, cual no ha sido oído por oído mortal alguno ni concebido por mente humana alguna, a no ser en visiones de Dios”.[42] Por lo tanto, todos aquellos que deseen estar en el cielo con toda su música, deben comenzar a dar ahora a la música su debido lugar en el corazón y en la vida. La música es uno de los agentes designados por Dios para “preparar a un pueblo para la iglesia celestial, para aquel culto sublime, en el cual no podrá entrar nada que corrompa”.[43]


[1] Adaptado de Víctor Jofré Araya, La problemática de la música en la adoración en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, pp. 1-20. Monografía presentada como cumplimiento de los requisitos de la asignatura Metodología de la Investigación II, Instituto Profesional Adventista de Chile, noviembre 1995.
[2] John M. Fowler, O come, let us worship! En Ministry, agosto 1991, p. 6.
[3] Wintley Phipps, Worship: God´s agent of contact. En Ministry, abril 1993, p. 23.
[4] Alfredo Aeschlimann, La importancia del culto y la adoración. En Ministerio Adventista, marzo-abril 1980, p. 9.
[5] Rex D. Edwards, Threats to worship. En Ministry, agosto 1991, p. 5.
[6] Elena G. de White, El Camino a Cristo, p. 74.
[7] J. David Newman, The cross, the center of worship. En Ministry, agosto 1991, p. 4.
[8] Phipps, op. cit., p. 23.
[9] Edwards, op. cit., p. 5.
[10] White, op. cit., p. 74.
[11] Eion Giller, Evangelism and worship. En Ministry, noviembre 1993, p. 9.
[12] Marvin L. Robertson, ¿Tiene importancia la música que escoges? En Diálogo Universitario, v. 6, n° 1, 1994, p. 9.
[13] Anticipando la música del cielo. En Ministerio Adventista, julio-agosto 1982, p. 6.
[14] Norval F. Pease, And worship Him (Nashville, Tennessee, Southern Publishing Association, 1967), p. 72.
[15] Dina M. de Carro, Biblia y música en la vida de la iglesia. En La Biblia en América Latina, v. 1, 1986, pp. 12, 13.
[16] I. E. Reynolds, El ministerio de la música en la religión (Buenos Aires, Casa Bautista de Publicaciones, 1964), p. 20.
[17] Paul Hamel, The Christian and his music (Washington, D.C., Review and Herald Publishing Association, 1973), p. 58.
[18] Seminario Adventista Latinoamericano de Teología, Música Sacra, (2da. ed., Entre Ríos, Argentina, 1983), p. 61.
[19] Música Sacra, pp. 107, 108.
[20] Francis D. Nichol (editor), Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día (Buenos Aires, Asociación Casa Editora Sudamericana, 1978-1992), v. 6, p. 1034.
[21] Reynolds, op. cit., pp. 34-36.
[22] White, La Educación, pp. 156, 157, 164; El Ministerio de Curación, p. 196; Patriarcas y Profetas, p. 645.
[23] White, La Educación, p. 164; Patriarcas y Profetas, p. 645; El Camino a Cristo, p. 75.
[24] Elsie Landon Buck, Music in the home. En The Lake Union Herald, marzo 1994, p. 12.
[25] Hamel, op. cit., pp. 58, 59.
[26] Lyell V. Hiese, Music and Worship. En Ministry, octubre 1991, p. 21.
[27] Música Sacra, p. 109.
[28] Elena G. de White, Mensajes para los jóvenes, pp. 291, 292.
[29] Hugo Darío Riffel, Reflexiones sobre la música en el Antiguo Testamento. En Ministerio Adventista, noviembre-diciembre 1965, p. 22.
[30] Wayne Hooper, Inspire your congregation’s singing. En Ministry, abril 1990, p. 12.
[31] Walton J. Brown, La música en la iglesia (División Interamericana, Departamento de Educación, 1969), p. 48.
[32] Reynolds, op. cit., p. 161.
[33] Aeschlimann, op. cit., p. 12-16.
[34] Por profana se refiere a los grandes clásicos de la música universal. Ver Hugo Darío Riffel, ¿Sagrado o profano? En Ministerio Adventista, marzo-abril 1968, p. 24.
[35] White, La Educación, pp. 163, 164.
[36] Hamel, op. cit., p. 59; Landon Buck, op. cit., p. 12.
[37] Manual de la Iglesia, pp. 113, 114.
[38] Heise, op. cit., pp. 21, 22; Pease, op. cit., p. 74.
[39] White, La Educación, p. 163; Joyas de los Testimonios, v. 2, p. 195; Mensajes para los jóvenes, p. 215.
[40] Brown, op. cit., p. 10.
[41] Ollie Taylor Gant, Music, its power and place. En Ministry, marzo 1948, p. 41.
[42] White, Profetas y Reyes, p. 539.
[43] White, Joyas de los Testimonios, v. 2, p. 193.

El Carpintero Divino

Jesús, el divino carpintero[1]


Todo comenzó así: Avisados por el ángel, José, María y Jesús se trasladaron a Egipto huyendo de la ira de Herodes quien sólo deseaba la muerte del recién nacido rey de los judíos. Habían pasado casi dos años desde el nacimiento de Jesús y en ese país pagano fueron mantenidos por los dones recibidos de los sabios de oriente: oro, incienso y mirra.[2] Con esos recursos se asentaron en alguna colonia judía de Egipto donde rápidamente José logró instalarse con una carpintería. Allí los carpinteros podían vivir en las ciudades y eran parte de clase media de la sociedad egipcia. Su nuevo status les permitió tener una vida un poco más holgada de la que tenían en Belén. Al morir Herodes, José regresó a Nazaret y sería conocido como el tekton, el carpintero. Un tekton era un perito obrero, un artesano hábil en trabajos manuales, capacitado para trabajar con materiales duros como la madera o la piedra, un constructor, un jefe de obra.[3]

En la carpintería de Nazaret
En su humanidad, Cristo condescendió en vivir en un hogar de artesanos y aprender el oficio de su padre terrenal. Todo padre judío estaba obligado a transmitir a sus hijos una profesión. Decían los rabinos: “no hay nadie cuyo oficio Dios no lo adorne de belleza”; “el trabajo es bendición”. Los grandes maestros en los días de Jesús tuvieron su oficio: Hillel fue tallador de madera, Shamai y Gamaliel fueron carpinteros. Para un judío sincero todo trabajo era trabajo para Dios.[4]

Jesús trabajaba fiel y alegremente con sus manos, sin deficiencias ni aún en el manejo de las herramientas. Fue perfecto en su carácter y lo fue también como carpintero, obrero y constructor.[5] “Cada objeto que hizo lo hizo bien, con sus diferentes partes coincidiendo exactamente de manera que todo el objeto podía soportar la prueba.”[6] “Se preocupó porque todo lo que hacía fuera perfecto. A veces sus compañeros lo criticaban por ser tan meticuloso.”[7]

Mientras vivió entre los hombres, el Salvador conoció la abnegación y las privaciones. Dependía del trabajo diario para su sustento. Pero aunque la familia de Nazaret no era rica, sino más bien de clase media, la clase de los carpinteros y artesanos, pudieron haber tenido ciertas comodidades y privilegios propios de su condición. Jesús sabía leer (aunque nunca fue a una escuela rabínica) y el pueblo se admiraba por ello (Juan 7: 15) y su posición de respeto entre los suyos le permitía levantarse en la sinagoga los sábados y leer la Torah (Lucas 4: 16, 17). Además, tener un oficio le granjeaba reconocimiento y consideración. Así, Jesús crecía en gracia para con Dios y con los hombres mientras vivía en Nazaret.

Como carpinteros reconocidos, la sociedad de artesanos compuesta por José, el jefe de obra, y Jesús y sus hermanos, los carpinteros, instalados en el barrio industrial de Nazaret, participaron en la reconstrucción de Séforis, ordenada por Herodes Antipas, a seis kilómetros al noreste de Nazaret.[8] Así, vestido como obrero, Jesús fue visto por los aldeanos recorriendo las calles, yendo y viniendo de su trabajo, subiendo y bajando laboriosamente por las colinas.[9]

“Se hizo pobre, siendo rico”
El plan trazado en las cortes celestiales fue que el Redentor debía descender de su exaltado puesto, nacer en un medio humilde, ser un obrero que se valiera de sus manos y hacerse pobre por amor de nosotros. En Nazaret, Jesús empezó su obra consagrando el oficio del artesano que se gana el pan cotidiano trabajando a sueldo. En Capernaum, Jesús había mostrado a sus discípulos donde moraba (Juan 1: 38, 39), pero en sus recorridos por Palestina, durante su ministerio mesiánico, no tuvo morada fija, ni siquiera tenía dónde recostar su cabeza (Lucas 9: 58). No le importaban los palacios, la posición social, los títulos, la ostentación o los aplausos. El Comandante del Cielo no sólo dejó su corona, su gloria y sus riquezas en su hogar junto al Padre, no sólo humildemente se revistió de humanidad y tomó nuestro lugar (Filipenses 2: 5-8), sino también dejó las comodidades temporales que esta tierra le ofrecía. “Se hizo pobre, siendo rico, para que en su pobreza fuésemos enriquecidos” (2ª Corintios 8: 9). “El mundo nunca vio rico a su Señor.”[10]

El Divino Constructor de todo lo creado (Hebreos 3: 4), no pudo encontrar en su vida terrenal un mejor oficio en qué ocupar su mente y sus manos. El que “construyó su tabernáculo” entre los hombres[11], quien dio forma a la humanidad y al espacio infinito, quien edificó el santuario del Cielo (Hebreos 8: 2), ahora usaba sus manos para ganarse la vida, siendo de utilidad para su prójimo. Muchas puertas, mesas y casas de Nazaret, muchos arados, yugos y torres de los campos vecinos y hasta, quizás, una barca que surcaba el Mar de Galilea, fueron obra de sus manos. En sus discursos, Jesús mencionaba elementos familiares en su trabajo: una puerta, un yugo, un arado, un almud, una cama, una mesa, una viga, una torre, una casa.[12] También los árboles eran parte de sus ilustraciones: la higuera, el sicómoro, el mostazal, el buen árbol, la vid, el árbol de su propia vida[13].

Es privilegio del pescador morir en el mar, del minero morir en las profundidades de la tierra, del soldado morir en la batalla. Para el carpintero de Nazaret fue el más alto orgullo y la más alta prueba de amor por la humanidad morir extendiendo sus brazos, colgado de una viga, golpeado por varas, traspasado por clavos y golpeteado por un martillo. Los materiales y las herramientas que le sirvieron de sustento en las arduas jornadas en el taller de Nazaret fueron los instrumentos de su tormento. La salvación del mundo estaba en manos de los recursos que fueron usados para la manutención terrenal del Hijo de Dios. Así se ganó la vida y así dio su vida para salvar a la humanidad. Sus manos, brazos y hombros engrosados por el esfuerzo físico y el trabajo útil, transportaron el grueso madero hasta el lugar de la ejecución y fueron traspasados por nosotros. Las fuerzas físicas las tenía, pero le faltaban las del alma. “No fue el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús […] Murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia mental. Fue muerto por el pecado del mundo.”[14]

El constructor celestial
Los apóstoles escribieron: “Vosotros sois la familia de Dios, piedras vivas edificadas sobre el fundamento de Jesucristo, los apóstoles y los profetas. En Cristo todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser una templo espiritual y santo para morada de Dios” (1ª Corintios 3: 9-11; Efesios 2: 19-22; 1ª Pedro 2: 5). “El arquitecto angélico ha bajado del cielo con su áurea vara de medir, a fin de que cada piedra sea tallada y puesta a escuadra según las medidas divinas.”[15] El carácter de la iglesia ha de ser edificado a la similitud divina y el maestro celestial está dispuesto a hacerlo. Y mientras nuestro carácter se edifica, el obrero celestial construye para sus hijos un nuevo tabernáculo, la ciudad que tiene fundamentos, la Nueva Jerusalén, cielos nuevos y tierra nueva donde mora la justicia. El constructor de Nazaret prometió: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14: 1-3; Hebreos 11: 10, 16; 2ª Pedro 3: 13; Apocalipsis 21: 1-3).

¡Que hermosa oportunidad! El carpintero divino, el constructor del universo y del santuario celestial, el que construyó su tienda entre los mortales, edifica nuestro carácter a la vez que edifica una ciudad. Allí habitaremos con él y conoceremos al carpintero de Nazaret, a aquel que por nosotros se hizo pobre, que con sus manos nos formó, nos salvó y nos transforma a su imagen (Filipenses 3: 20, 21).


[1] Víctor A. Jofré Araya (2009), Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh, UCh.
[2] Mateo 2: 1-16; Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 46.
[3] En Mateo 13: 55 y Marcos 6: 3 (cf. Lucas 4: 22), tekton es traducido como carpintero. Cristo era conocido como “Jesús, el carpintero, hijo de José, el carpintero”. Véase: Siegfried H. Horn, Diccionario Bíblico Adventista, pp. 103, 214; W. E. Vine, Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, tomo 1, p. 234; J. D. Douglas (dir.), Nuevo Diccionario Bíblico, p. 131; Mario Seiglie, Jesucristo: los primeros años (en línea), disponible en http://indubiblia.com/JesusPrimeros.pdf. En el AT se mezcla la obra de los carpinteros y de los canteros (2ª Samuel 5: 11; 2ª Reyes 12: 11; 22: 6; 1ª Crónicas 14: 1; 22: 15; 2ª Crónicas 24: 12; 34: 11; Esdras 3: 7).
[4] Alfred Edersheim, Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Jesús, pp. 204-209.
[5] Elena G. de White, Mensajes Selectos, p. 98; El Deseado de todas las gentes, p. 53.
[6] Elena G. de White, Manuscrito 127, 1901.
[7] Elena G. de White, Review and Herald, 1º junio 1905.
[8] Seiglie, op. cit. (en línea).
[9] Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 53, 204.
[10] Elena G. de White, Mensajes Selectos, p. 98.
[11] El término griego skenoo, traducido como “habitar” en Juan 1: 14 y Apocalipsis 21: 3, significa literalmente “construir un tabernáculo, una tienda” (Vine, W. E., Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, tomo 3, p. 31).
[12] Mateo 7: 13, 14, 24; 11: 29; Marcos 4: 21; Lucas 6: 41, 42; 9: 62; 14: 28; 17: 34; 22: 27; Juan 10: 9.
[13] Mateo 7: 17-19; Marcos 13: 28; Lucas 13: 19; 17: 6; 23: 31; Juan 15: 1-5.
[14] Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 717.
[15] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 207.

jueves, 5 de abril de 2012

Comunicación y disciplina


LA COMUNICACIÓN COMO MÉTODO DE DISCIPLINA

Víctor Jofré Araya
Magíster © en Educación Religiosa
Colegio Adventista de Arica, Chile


“El que desprecia la disciplina se menosprecia a sí mismo;
el que escucha la corrección adquiere inteligencia” (Proverbios 15: 32).

I.             INTRODUCCIÓN

¿Cuál de las siguientes palabras es negativa? AMOR – CALIDEZ – SONRISA – DISCIPLINA

Respuesta: Ninguna. Al contrario de lo que muchos piensan, disciplina no es una palabra negativa. Proviene de un término que significa entrenar. Disciplina es la larga y vigilante tarea de  guiar a un hijo desde la infancia a la edad adulta con el objetivo de alcanzar un nivel de madurez que le permita funcionar responsablemente en la sociedad.

Disciplina significa amar. Disciplina sin amor es hacer funcionar un vehículo son aceite. Por un tiempo podría estar bien, pero el final será un desastre. Un fracaso en la disciplina significa un fracaso en el amor.

Algunos confunden disciplina con castigo. Las diferencias entre ambas podrían resumirse de la siguiente manera:

a.    La disciplina es enseñanza continua; el castigo es una descarga de ira de un momento. Las Escrituras afirman: “Instruye al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22: 6). “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1: 20).

b.    La disciplina razona y piensa las cosas; el castigo es una emoción que arde de enojo y no deja pensar. Dice el sabio: “El corazón del justo piensa para responder; más la boca de los impíos derrama malas cosas” (Proverbios 15: 28).

c.    La disciplina piensa en las necesidades de los hijos; el castigo piensa en las propias necesidades. “Jehová al que ama disciplina, como el padre al hijo a quien quiere” (Proverbios 3: 12).

Como acto de amor, una disciplina adecuada buscará el beneficio de quien la recibe. Mientras más amados se sientan nuestros hijos, más fácil será disciplinarlos. En este ámbito se han propuesto diversos métodos para disciplinar y tener como resultado una modificación del comportamiento de los hijos. Aunque las normas y los métodos varían de una familia a otra, se destacan los siguientes:

a.    El refuerzo: fomentar, elogiar y recompensar las actitudes y comportamientos positivos. Lo contrario se denomina extinción, eliminar la recompensa en caso de que la conducta sea negativa, con el propósito de corregirla.

b.    La imitación: los hijos no serán más de lo que los padres son. “Cuando nuestro comportamiento es el apropiado, nuestros hijos aprenderán buenos hábitos. Cuando actuamos siguiendo a nuestra propia inmadurez, los niños siguen tal pauta o modelo” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, pp. 139, 140). “Cuando los padres ven a sus hijos, finalmente se dan cuenta de que se están mirando a sí mismos” (Ron Hutchcraft, 5 necesidades que deben suplírsele al niño en el hogar, p. 177).

c.    Las consecuencias naturales o consecuencias lógicas: permitir que la experiencia sea la mejor educadora de nuestros hijos. “Este método es efectivo para todo comportamiento que conlleve unos resultados desagradables […] El dolor temporario, de las consecuencias naturales, es un gran preventivo de años posteriores de infelicidad” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, pp. 144, 145).

d.    El castigo físico, como último recurso. “Los niños que han experimentado castigo corporal por parte de sus padres amorosos no tienen dificultad alguna en entender su significado” (James Dobson, Atrévete a disciplinar, p. 69).

Si bien todos los métodos mencionados tienen sus méritos en el accionar paterno, cada una ofrece sus propias limitaciones: fundamentalmente tratan con cambios externos en el comportamiento y poco pueden hacer para alterar la vida interior. Este es el factor crítico del caso. La Biblia nos dice que los actos externos provienen de una situación interna del corazón y de la mente. “El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal” (Lucas 6: 45).

“La experiencia de los psicólogos apoya dicho principio” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, p. 119, 120). La mayoría de quienes cometen acciones no deseables tienen problemas interiores que los impulsan al mal comportamiento. Los métodos de disciplina pueden enseñar buen comportamiento y son vitales en el desarrollo de la personalidad de los hijos, pero no alteran radicalmente la estructura interna de la personalidad.

II.            EN BUSCA DE UNA SOLUCIÓN

Solamente la comunicación puede lograr los resultados deseados al tratar de cambiar la estructura interna de nuestros hijos. La comunicación es vital al mostrar amor y es un requisito previo para obtener el conocimiento. Para ayudar a los hijos a alcanzar madurez, debemos mejorar nuestra habilidad de comunicarnos con ellos, sobre todo, saber escucharlos.

Los métodos arriba mencionados son altamente correctores, aparecen tras los hechos. La comunicación es altamente preventiva, nos ayuda a evitar los hechos. “La comunicación a menudo es el mejor camino hacia la instrucción, dado que el comportamiento negativo es una forma que tiene nuestro hijo de querernos decir algo”. “Nuestro objetivo final es la autodisciplina, y la comunicación supone un primer paso para un autocontrol eficaz” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, pp. 114, 141). “Cuando los niños necesitan el tipo de atención positiva que los hace sentirse amados, ninguna cantidad de castigos, amenazas, sobornos, ira o palizas solucionará de manera efectiva el problema de conducta”. “Satisfacer la necesidad del niño de atención positiva es la principal manera de prevenir, así como de resolver los problemas de conducta” (Kay Kuzma, Obediencia fácil, pp. 48, 50).

Dado que nuestros hijos son diferentes y requieren proporciones diferentes de firmeza y flexibilidad, de dureza y ternura, el saber escucharlos se transforma en un ingrediente sumamente valioso. “Saber escuchar parece un comportamiento curioso al momento de disciplinar, pero los padres que desean ser escuchados por sus hijos se ganan ese derecho cuando han escuchado a sus hijos primero” (Ron Hutchcraft, 5 necesidades que deben suplírsele al niño en el hogar, p. 140). “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4: 19). Desafortunadamente aquellos que se complacen en escuchar son una especie en peligro de extinción en una sociedad tan ocupada y pre-ocupada como la nuestra.

Escuchar es importante para tener una relación y una autoridad saludable con los hijos. Cuando los padres no se toman el tiempo de escuchar las preguntas, perspectivas, opiniones, puntos de vista, planes y sentimientos de sus hijos e hijas están gobernando sobre extraños y arriesgan equivocarse. El consejo de un padre que no sabe escuchar es como la receta de un médico que no conoce los síntomas de su paciente. Las Escrituras lo dicen de la siguiente manera: “Al que responde palabra antes de oír le es fatuidad y oprobio” (Proverbios 18: 13). “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1: 19).

Un padre que no escucha da como resultado un hijo resentido, que no respeta su autoridad; hijos que explotan en lugar de expresarse o que se cierran en sí mismos en lugar de compartir sus emociones. “No debe levantarse una valla de frialdad y retraimiento entre padres e hijos. Intimen los padres con sus hijos; procuren entender sus gustos y disposiciones; compartan sus sentimientos y descubran lo que embarga sus corazones. Padres, demostrad a vuestros hijos que los amáis y que queréis hacer cuanto podáis para asegurar su dicha” (Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 305).

A continuación se expresan algunas preguntas que nos ayudarán a evaluar nuestra habilidad de comunicación con nuestros hijos e hijas, a la vez que se ofrecen directrices para mejorar nuestra relación con ellos.

PREGUNTA 1: “REALMENTE, ¿QUIERO ESCUCHAR? ¿DIRÁN MIS HIJOS QUE FUI UN PADRE QUE SABÍA ESCUCHAR?”

La respuesta afirmativa a esta interrogante nos ayudará a construir una autoridad eficaz. Cuando un padre o una madre escucha genuinamente a su hijo se prepara para disciplinar con comprensión y le predispone para ser dirigido, pues, dirá el hijo, mi padre o mi madre “sabe lo que está sucediendo” o “sabe lo que es mejor para mí”. “Escuchar a un hijo involucra mucho más que la ausencia de palabras. Es un proceso muy activo –una determinación para comprender qué es lo que yace por debajo de su actitud o de sus acciones” (Ron Hutchcraft, 5 necesidades que deben suplírsele al niño en el hogar, p. 142).

Al llegar del colegio, Megan encontró a su madre en el cuarto de lavado. “Tengo algo que decirte, mamá”, dijo en tono confidencial. “Adelante, cariño, te escucho”, dijo su madre mientras continuaba lavando. “Necesito que me escuches, mamá”, enfatizó Megan su necesidad. “Pero si te estoy escuchando”, replicó su madre. Finalmente, con frustración, Megan dijo: “¡Pero tus manos no lo están haciendo!”, y se fue.

“Por lo general, el padre pierde muchas áureas oportunidades de atraer a sus hijos y de vincularlos consigo. Al volver de su trabajo a casa debe considerar como cambio placentero el pasar algún tiempo con sus hijos. Los padres deben… tratar con sus hijos, simpatizar con ellos en sus pequeñas dificultades, vincularlos con su propio corazón mediante fuertes lazo de amor y ejercer sobre sus mentes en desarrollo una influencia tal que sus consejos serán considerados como sagrados” (Elena G. de White, Felicidad y armonía en el hogar, p. 72).

Escuchar de manera genuina involucra todo el ser y todo lo que se hace, no sólo los oídos. Centrarnos en nuestras propias preocupaciones comunica a los hijos que al menos una parte de nosotros no está presente, que hay algo más importante que aquello que nos quieren decir. Escuchar y hacer preguntas asegura nuestra comprensión y permite que un niño se sienta, al menos por unos segundos, de que es la única persona que existe en el planeta.

Esta clase de atención no es posible cuando hay deberes y responsabilidades o cuando el resto de la familia está encima. Si no podemos escuchar inmediatamente se debe tomar un tiempo para hacerlo. Podríamos decir: “Me tomará unos minutos terminar con esto. Si te atiendo ahora, tendrás sólo una parte de mí, pero si eres paciente podrás disponer de mí por completo”. Quizá ese tiempo llegue al día siguiente, pero ojalá no hagamos esperar tanto a nuestros hijos y cumplamos con los plazos prometidos y estemos presentes, pues la necesidad de ser escuchados es de corta duración en los niños. Si no atendemos un hijo en el momento adecuado podremos perder una preciosa oportunidad.

¿Recuerda alguna vez en que ha llegado a casa con una buena noticia y su cónyuge le ha dicho: “Más tarde me cuentas, cariño, ahora no tengo tiempo”? Ese sentimiento de abandono, que desencadena en rabia, daño y rechazo, pues quien más amamos parece habernos dicho: “Lo que tienes para decir no es tan importante”, es exactamente lo que sucede con nuestros hijos cuando no los escuchamos. Cuando quieren hablar, necesitan que se les atienda. 

Todo es asunto de prioridades. No significa salir corriendo o dejar de lado lo que se esté haciendo para atender a un hijo cada vez que abra la boca, pero sí plantearse: ¿La prioridad se centra en la vajilla por lavar, el piso que limpiar, el libro que leer o las noticias que ver o en mejorar la relación afectiva con mi hijo? Desde cierta perspectiva, la mayoría de nuestras actividades son de índole puramente física. En tal caso un hijo no puede esperar. Si son los platos, el piso, el libro o las noticias que deben esperar, los resultados son menos importantes si es un hijo o hija quien está aguardando. Quizá en ellos los resultados de dicha espera no los veamos sino años después. “Cuando nos hallamos demasiado ocupados para atender, para poder escuchar a nuestros hijos, es excesiva nuestra preocupación” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, p. 122).

PREGUNTA 2: “¿PUEDO MOSTRAR RESPETO HACIA MI HIJO(A)?”

Para responder esta pregunta analizaremos un par de casos:

CASO #1: EL AUTO NUEVO

Samuel y su padre pasaron por una exposición de automóviles. Samuel fijó su atención en un elegante deportivo. “Papá, la próxima vez, -dijo en tono de excitación- ¿podremos comprar un convertible?” “Pues claro que no”, repuso con dureza el padre, “esos vehículos son muy caros y peligrosos”. Samuel se quedó en silencio, sintiéndose estúpido por haber hecho esa pregunta.

Por contraste, notemos como pudo haberse desarrollado la misma escena: “Papá, la próxima vez, -dijo Samuel en tono de excitación- ¿podremos comprar un convertible?” “Te gustaría que tuviésemos uno”, le respondió su padre dándose cuenta del buen deseo de su hijo. “Sería fantástico ir por toda la ciudad saludando a los amigos con el techo abierto”, añadió su hijo. “¿Te parece que sería divertido?”, preguntó el padre. “¿Y qué más te gusta de ese auto?” “Bueno, creo que eso nada más”, Samuel respondió vacilante. “Aunque suena divertido, continuó el padre, debes considerar que un vehículo así cuesta mucho dinero y no parecen ser muy seguros. Además en invierno son muy fríos. Son divertidos por un rato, pero piensa en las desventajas”.

CASO #2: LA FIESTA DE FIN DE AÑO

Mariela fue invitada por Marcos a la fiesta de fin de año de su curso y le suplicó a su madre: “Mamá, ¿podré ir a la fiesta?” Su madre rehusó de inmediato: “Claro que no. Ya te lo hemos dicho antes. Somos cristianos y no puedes ir a bailar”. “Pero mamá –reclamó Mariela- yo…”

Veamos un mejor modo de manejar este problema tan común: “Mamá, ¿podré ir a la fiesta?” “Háblame un poco de eso –inquirió su madre-, ¿será pronto?” “Sí, respondió Mariela con entusiasmo, y Marcos me pidió que lo acompañara. Hemos salido un par de veces”. “Mmm… parece que ese joven te agrada, ¿o no? Pero háblame más de esa fiesta”. “Bueno, estarán todos mis amigos ahí y yo nunca puedo ir con ellos”, continuó la hija. “Todos estarán, ¿seguro?”. “Mis amigos de la Sociedad de Jóvenes no irán, pero la mayoría de los chicos ‘interesantes’ estarán allí. Además todos los jóvenes como yo van a esas fiestas y bailan”. “Sé que tienes interés de ir, pero no me parece que sea lo mejor. ¿Qué opinas de los cristianos que van a bailar? Vamos a pensar en algo que sustituya la fiesta de fin de año, quizás no te entusiasme de la misma manera, pero vamos a organizar algo…”

¿Notan la diferencia? Alguien podría decir que eso fue una pérdida de tiempo; decir “No” simplemente hubiese evitado una discusión. Eso depende de cuáles sean los objetivos. Si el objetivo es acabar la comunicación o coartar la expresión de las emociones de nuestros hijos, decir “No” será suficiente. Pero si nuestra intención es desarrollar y reforzar su estima y confianza propia y edificar una relación saludable con ellos, entonces “gastar” un poco de tiempo es de gran valor.

“No hay tiempo, dice el padre. No tengo tiempo para dedicar a la educación de mis hijos, ni a sus placeres sociales y domésticos […] Al no concederles el tiempo que les toca en justicia, los priva de la educación que deberían recibir de Ud.” (Elena G. de White, Fundamentals of Christian Education, pp. 65, 66). “Muchas madres exclaman: ‘No tengo tiempo para estar con mis hijos’… No permitáis que cosa alguna se interponga entre vosotras y los mejores intereses de vuestros hijos” (Elena G. de White, Signs of the Times, 3 de abril de 1901). “Recargadas con muchos cuidados, las madres consideran a veces que no pueden dedicar tiempo alguno para enseñar con paciencia a sus pequeñuelos y demostrarles amor y simpatía. Recuerden empero que si los hijos no encuentran en sus padres ni en el hogar la satisfacción de su deseo de simpatía y de compañerismo, la buscarán en otra parte, donde tal vez peligren su espíritu y su carácter” (Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 302).

El caso mencionado plantea el desafío de respetar los deseos de los hijos y dejar que ellos los expresen libremente. Aunque nuestras posteriores explicaciones no los convenzan ni los conforten, debemos estar dispuestos a escucharlos y ver las cosas desde su punto de vista, demostrando así nuestro respeto por hacia ellos en la medida que sus gustos se van desarrollando. Esto implica conocer a nuestros hijos y controlar nuestras emociones. En este sentido, no debemos confundir con falta de espiritualidad o interés por las cosas espirituales los deseos o gustos normales de cualquier niño o adolescente.

“Algunos padres no los comprenden [a sus hijos], ni los conocen verdaderamente. A menudo hay una gran distancia entre padres e hijos. Si los padres quisieran compenetrarse plenamente de los sentimientos de sus hijos y desentrañar lo que hay en sus corazones, se beneficiarían ellos mismos” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 146).

PREGUNTA 3: “¿ES IMPORTANTE ESTO PARA TI?”

Todo hijo tiene un letrero enorme colgando de su cuello que dice: “¿Es importante para ti lo que te estoy contando?” Un NO cerrará todas las puertas; un SÍ abrirá las puertas de su vida de par en par, pues las palabras tienen un poder extraordinario para comunicar amor a nuestros hijos. Las palabras llenas de cariño, afecto, alabanza y aliento siempre dicen: “Me preocupo por ti” y alimentan en ellos la sensación interna de seguridad y valor. Aunque sean dichas “a la rápida”, no se olvidan y los beneficios son cosechados por los hijos durante toda la vida.

Por el contrario, palabras cortantes, pronunciadas en momentos de frustración pueden herir profundamente la autoestima y la autoafirmación de un niño con heridas que no cicatricen nunca. Dijo el sabio: “La vida y la muerte están en poder de la lengua” (Proverbios 18: 21).

Estudios realizados por psicólogos y la psiquiatras revelan que tanto el beneficio como el daño producido por las palabras que decimos pueden ser mucho más profundos y de mayor impacto en los hijos y las hijas de lo que comúnmente creemos. “A los niños les gusta la compañía y rara vez quieren estar solos. Anhelan simpatía y ternura. Creen que lo que les gusta agradará también a su madre y es natural que acudan a ella con sus menudas alegrías y tristezas. La madre no debe herir sus corazones sensibles tratando con indiferencia asuntos que, si bien son baladíes para ella, tienen una gran importancia para ellos. La simpatía y aprobación de la madre le son preciosas. Una mirada de aprobación, una palabra de aliento o de encomio, serán en sus corazones como rayos de sol que muchas veces harán feliz el día” (Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 301). “Necesitan palabras amables y alentadoras. ¡Cuán fácil es para la madre pronunciar palabras bondadosas y afectuosas que harán penetrar un rayo de sol en el corazón de los pequeñuelos y les harán olvidar sus dificultades!” (Elena G. de White, Review and Herald, 9 de julio de 1911).

PREGUNTA 4: ¿Y SI ES MI HIJO EL QUE NO QUIERE ESCUCHAR?

Algunos padres se quejan de que sus hijos no se comunican. Ellos quieren escuchar, pero sus hijos no dicen nada. Algunas de las razones de tal comportamiento podrían ser:

1.    Puede ser que el padre o la madre han fallado antes en la prueba de las cosas pequeñas. Sus hijos han observado lo que antes ha sucedido. Si los padres parecen estar aburridos o desinteresados al escuchar aquellas cosas “sin mucha importancia”, un hijo puede llegar a la conclusión de que jamás podrá compartir algo importante con ellos.

“Los padres deben animar a sus hijos a confiar en ellos, a presentarles las penas de su corazón, sus pequeñas molestias y pruebas diarias”. “Instruidlos bondadosamente y ligadlos a vuestro corazón. Este es un tiempo crítico para los niños. Los rodearán influencias tendientes a separarlos de vosotros y debéis contrarrestarlas. Enseñadles a hacer de vosotros sus confidentes. Permitidles contaros sus pruebas y goces” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, pp. 136, 141).

2.    Otra reacción que cierra la comunicación es escandalizarse de aquello que los hijos comunican. Al escuchar a su hijo un padre puede experimentar muchas cosas en su interior, pero jamás debería llegar a su boca. La mayoría de los niños tiene tanto temor de desilusionar a sus padres que se retraen a la menor señal de sorpresa de parte de sus padres. Quienes permanecen tranquilos cuando la situación está “ardiendo” tiene más probabilidades de enterarse de detalles de la vida de sus hijos.

“Los niños quedarían a salvo de muchos males si fuesen más familiares con sus padres. Éstos deben estimular en sus hijos una disposición a manifestarse confiados y francos con ellos, a acudir a ellos con sus dificultades, presentarles el asunto tal cual lo ven y pedirles consejo cuando se hallan perplejos acerca de qué conducta es la buena. ¿Quiénes pueden ver y señalarles los peligros mejor que sus padres piadosos? ¿Quién puede comprender tan bien como ellos el temperamento peculiar de sus hijos?” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 142).

3.    Los hijos pueden dejar de hablar si opinan que sus padres contarán a otros lo que se les ha confiado o si la información compartida será usada en su contra en un momento de enojo. Si los padres no mantienen discreción puede hacer que sus hijos se retraigan y dejen de hablar. En tal caso, disculparse y pedir perdón puede reiniciar la comunicación.

No puede sembrarse la semilla de la autoridad en un hijo que está incomunicado. Escuchar crea un clima en que los hijos compartirán sus vidas y respetarán la autoridad y la disciplina de quien les escucha. Puede ser que no siempre estén padres e hijos de acuerdo en sus opiniones, pero se grabará en la mente de hijo que su autoridad y disciplina es justa y digna de confianza.

III.          CONCLUSIÓN

Hasta que un hijo no entienda cuáles son las expectativas acerca de su comportamiento, no estará en condiciones de responder en forma positiva a lo que se espera de él. “Ello significa que toda disciplina deberá empezar con una buena comunicación” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, p. 141). A veces una simple conversación es todo lo que se necesita. Y aunque en ocasiones deberemos echar mano de alguno de los métodos alternativos (refuerzo, extinción, imitación, consecuencias naturales, consecuencias lógicas, castigo físico), siempre hemos de comenzar mediante la comunicación.

“Podemos llegar a ser canales de comunicación para Satanás, mediante el flujo de palabras que no llevan alegría a ningún corazón. Pero decidamos que este no debe ser así. Decidamos no ser canales mediante los cuales Satanás comunique pensamientos sombríos y desagradables. Que nuestras palabras no lleven un sabor de muerte para muerte, sino de vida para vida” (Elena G. de White, Testimonies for the Church, tomo 6, pp. 62, 63).

“[Los niños] deben ser tratados con franqueza, ternura y amor cristianos. Esto os dará una poderosa influencia sobre ellos y les hará sentir que pueden depositar una influencia ilimitada en vosotros […] A causa de los males que imperan hoy en el mundo y de la restricción que es necesario imponer a los hijos, los padres deben tener doble cuidado de ligarlos a sus corazones y de dejarles ver que desean hacerlos felices” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 137).

Que el Señor nos bendiga en la maravillosa aventura de disciplinar a nuestros hijos con amor y de comunicarnos eficazmente con ellos.