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viernes, 6 de abril de 2012

Pablo, el profeta

Pablo, el profeta[1]

Introducción
Las Sagradas Escrituras presentan a sus personajes con sus fortalezas, sus debilidades y sus profundas convicciones que les hicieron héroes o villanos. Entre los héroes encontramos al apóstol Pablo. Un hombre dotado facultades intelectuales y espirituales superiores, educado por grandes maestros, desempeñando altas responsabilidades, dominador de variados idiomas, erudito en la Biblia y los escritos hebreos y griegos de su tiempo, predicador, apóstol y maestro.
Sin embargo, un aspecto de la vida de este gran hombre poco conocido y poco explorado es que era poseedor del don de profecía. Sí, Pablo era un profeta inspirado por Dios.
Profetas en la iglesia primitiva
Lucas, el médico amado, nos informa que en los albores del cristianismo había en Antioquia profetas y maestros. Entre ellos se encontraba un fariseo convertido al cristianismo: Saulo de Tarso (Hechos 13: 1). Dios había prometido revelarse al pueblo a través de sus profetas por sueños y visiones (Números 12: 6) y la iglesia naciente necesitaba ser guiada por Dios y por sus instrumentos. Más adelante, el mismo Pablo enseñaría que la profecía es un don dado a la iglesia por el Espíritu Santo (Romanos 12: 6; 1ª Corintios 12: 10; Efesios 4: 11). Pablo era un hombre lleno del Espíritu Santo (Hechos 13: 9) y poseía el don de profecía y en diversas oportunidades recibió visiones y revelaciones de parte de Jesús que moldearon tanto su trabajo misionero como sus mensajes a los creyentes. “Pablo era un apóstol inspirado” y “comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón”.[2]
Todo comenzó a las puertas de Damasco. La conversión del apóstol estuvo marcada por una aparición personal del Cristo resucitado (Hechos 9: 3-9). Esta visión definitivamente cambiaría todo el curso de la vida del apóstol. En esta manifestación una voz le habló en la lengua sagrada de sus ancestros y le encomendó una misión. “Sólo el judío tenía siempre conciencia de que una revelación contiene siempre un envío”.[3] Y él no fue rebelde a la “visión celestial” (Hechos 26: 19, RVR60). En adelante, Pablo apoyará su demanda de ser apóstol escogido refiriéndose a su revelación del Señor. “¿No he visto –inquirió a los corintios- a Jesús nuestro Señor con mis propios ojos?” (1ª Corintios 9: 1, NTV; cf. 15: 8). Cristo mismo en esa ocasión le aseguró que sería siervo y testigo suyo de las cosas que había visto acerca de él y –le dijo- “de lo que te voy a revelar” (Hechos 26: 16, NVI). En relación a este particular momento se ha escrito: “La más profunda visión de Cristo sólo podía habérsela dado el mismo Señor”.[4] Pablo estuvo dispuesto a dejar todo por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor (cf. Filipenses 3: 8).
Las visiones modelan su ministerio y su mensaje
Sin duda, aquella visión camino a Damasco fue una revelación de “la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2ª Corintios 4: 6, NVI). La divinidad resplandecía fulgurosa en el rostro del crucificado. Esa misma luz iluminó también su interior y fue la primera de muchas comunicaciones sobrenaturales.
Tres días después de su primera visión, durante la hora de la oración en casa de Justo en Damasco, el apóstol recibió otra revelación: vio a un varón llamado Ananías que entraba en su casa y le imponía las manos. Ananías buscaba a Saulo para ungirlo al ministerio evangélico (Hechos 9: 10-12).
Y después de su conversión, Pablo fue al desierto de Arabia para aprender de Dios y de las Escrituras. Allí “Cristo era su Maestro”.[5] El evangelio anunciado por él era una “revelación de Jesucristo” (Gálatas 1: 12; 2: 2, RVR60): “Por revelación me fue declarado el misterio –escribiría más tarde- […] como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efesios 3: 3-5, RVR60). El evangelio impartido por Pablo era el contenido de aquellas revelaciones dadas por el Espíritu de Dios en su retiro de tres años. Fue un período de fortalecimiento interior a través de los más amplios ejercicios espirituales y de una profunda contemplación. El misterio develado era el glorioso plan universal de salvación dispuesto por Dios desde antes de la fundación del mundo y que ahora Pablo debía anunciar (cf. Romanos 16: 25; Colosenses 1: 26). “Por medio de la revelación divina, se desplegó ante Pablo el plan de salvación ejecutado por Cristo”.[6]
Fue allí en la soledad y la quietud que “fue arrebatado por la revelación de Cristo hasta el último límite posible”[7], al tercer cielo, al paraíso, “donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Corintios 12: 1-4, RVR60). Ahora bien, “esta revelación no corrompió la humildad del apóstol”[8], sino por el contrario, le ayudó a desarrollar su teología. De este curso doctrinario recibido de lo Alto surgiría su predicación, sus enseñanzas y sus escritos.
Aquello que le fue revelado, le habilitó para trabajar como dirigente y maestro. A viva voz y por cartas expresó sus mensajes. Su testimonio fue aceptado como de gran autoridad debido a las revelaciones que había recibido. Las repetidas e innumerables visiones mostradas a Pablo por Cristo en las cortes celestiales fueron las que dieron forma a su mensaje y se entretejieron en cada verdad y cada enseñanza que el Espíritu de Dios le encomendó presentar a las iglesias a fin de animarlas e instruirlas.[9]
Estas instrucciones incluían la inspiración de las Escrituras (cf. 2ª Timoteo 3: 16, 17), la divinidad y preexistencia de Cristo (cf. Colosenses 1: 16, 17), el misterio de la encarnación (cf. Filipenses 2: 5-11; 1ª Timoteo 3: 16), las señales y los acontecimientos relacionados con la 2ª Venida de Jesús (cf. 2ª Timoteo 3: 1-9; 1ª Tesalonicenses 4: 13 – 5: 3), la gran apostasía (cf. 2ª Tesalonicenses 2: 1-12) y el sacerdocio de Cristo en el Santuario Celestial (cf. 1ª Timoteo 2: 5; Hebreos 7-9). También recibió instrucciones en cuanto a la Cena del Señor, las ofrendas, el cuerpo como templo del Espíritu Santo y la resurrección (cf. 1ª Corintios 6: 15-20; 11: 23; 15: 12-58; 16:1-4).
El espíritu de profecía también atestigua sobre las visiones que moldearon el mensaje paulino al afirmar, por ejemplo, que fue a través de “una visión” que el apóstol Pablo “se enteró de la naturaleza de su obra [la de Cristo] en el cielo”[10] y recibió “instrucciones dadas por el Espíritu Santo… concerniente a los donativos”[11] mencionados en 1 Corintios 16: 1-4.
De regreso en Jerusalén y dispuesto a cumplir con la misión encomendada y con el bagaje de instrucciones celestiales, una vez más a Pablo se le manifestó el Señor mientras oraba en el Templo. “Me sobrevino un éxtasis –atestigua-. Y le vi”. Entonces Cristo le dijo: “Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles” (Hechos 22: 17-21, RVR60). Pablo avanzó con firmeza y determinación. Sin embargo, el mismo Espíritu a veces le impedía avanzar. A Asia y Bitinia le fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra. Pero en otra visión un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: “Pasa a Macedonia”. Él y los suyos avanzaron seguros de que Dios les llamaba. Se iniciaba la evangelización de Europa (cf. Hechos 16: 6-10).
Corinto, sin embargo, presentó oposición a la predicación del evangelio y mientras el apóstol planeaba dejar la ciudad para ir a otros campos, el Señor se le apareció otra vez en una noche diciéndole: “No temas, sino habla, y no calles: porque yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad” (Hechos 18: 9, 10, RVR60). “Pablo entendió que esto era una orden de permanecer en Corinto y una garantía de que el Señor haría crecer la semilla sembrada. Fortalecido y animado, continuó trabajando allí con celo y perseverancia”.[12]
En visiones, el Espíritu le daba testimonio de que en su último viaje a Jerusalén sólo le esperaban prisiones y tribulaciones. Aún así, el Señor le animó en visión a testificar en Roma. Y en su viaje a Europa, antes de su naufragio en Malta, el ángel de Dios le aseguró sus cuidados (cf. Hechos 20: 22, 23; 23: 11; 27: 9, 10, 23, 24). “El apóstol Pablo, que había recibido muchas revelaciones del Señor, hizo frente a dificultades provenientes de diversas fuentes y en medio de todos sus conflictos y vicisitudes no perdió la confianza en Dios. Bajo la dirección especial del Espíritu Santo su juicio se purificó, refinó, elevó y santificó”.[13] Pablo “proclamaba con elocuente sencillez las cosas que le habían sido reveladas. Podía hablar con poder y autoridad, pues frecuentemente recibía instrucciones de Dios en visión”.[14]
Sujeto a los profetas
En nada tiene Pablo que envidiarle a los grandes profetas: fue separado desde el vientre como Jeremías (Gálatas 1: 15; Hechos 22: 14; Jeremías 1: 5); recibió una manifestación de la gloria de Dios como Isaías y Ezequiel (2 Corintios 4: 6; Isaías 6: 1-5; Ezequiel 1: 28); tuvo visiones y sueños proféticos como Daniel (2 Corintios 12: 1-7). Sin embargo y aunque era especialmente enseñado y guiado por Dios y había recibido las verdades del Evangelio directamente del Cielo y en todo su ministerio mantuvo una relación vital con los agentes celestiales, reconocía la autoridad del cuerpo de creyentes establecidos en las nacientes iglesias. Y cuando sentía necesidad de consejo se unía a la iglesia en procura de sabiduría. Ananías en Damasco, Bernabé en Antioquia, Judas y Silas en Jerusalén, un profeta en Tiro, Agabo en Cesarea, fueron instrumentos proféticos de los cuales Pablo se valió en sus momentos de necesidad espiritual (cf. Hechos 9: 10-18; 13: 1; 15: 32; 21: 4, 10, 11).
Aun "los espíritus de los profetas -decía­ el apóstol- están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14: 32, 33, RVR60). Aunque Pablo reconoce que lo enseñado por él lo había recibido de parte del Señor (cf. 1ª Corintios 11: 23), era también un placer para él buscar consejo en las Sagrados Escritos de los profetas que predicaron antes que él y cuyas enseñanzas conocía tan bien. Pablo atestigua: “Estoy de acuerdo con todo lo que enseña la ley y creo lo que está escrito en los profetas”, y: “No he dicho sino lo que los profetas y Moisés ya dijeron que sucedería (Hechos 24: 14; 26: 22, NVI; cf. 28: 23). Su fe se fortalecía al evocar a Moisés, los patriarcas y los profetas. “De esos santos que a través de los siglos dieron testimonio de su fe, recibió la seguridad de que Dios es fiel.”[15]
Finalmente, el mismo Pablo aconseja: “No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno” (1ª Tesalonicenses 5: 19-21, RVR60). ¡Oh, hermano Pablo! Nunca dejas de sorprenderme. Tu espíritu humilde ante Dios, sus profetas y su Palabra es el ejemplo que deseo seguir y decir como tú mismo: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy” (1 Corintios 15: 10, RVR60).



[1] Por Víctor Jofré Araya (2008), Teólogo Bíblico y Magíster (C) en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh-UCh. Las versiones de la Biblia utilizadas en este ensayo son las siguientes: Reina Valera Revisión 1960 (RVR60); Nueva Versión Internacional (NVI); Nueva Traducción Viviente (NTV).
[2] Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles, pp. 204, 245.
[3] Dieter Hildebrandt, Saulo-Pablo. Una vida doble, p. 86.
[4] Josef Holzner, San Pablo. Heraldo de Cristo, p. 61.
[5] Elena G. de White, La Educación, p. 61.
[6] Elena G. de White, Manuscrito 111, 22 de octubre de 1906.
[7] Josef Holzner, San Pablo. Heraldo de Cristo, p. 59.
[8] Elena G. de White, Manuscrito 12a, 1901.
[9] Véase a modo de ejemplo: Elena G. de White, Carta 2, 1889; Carta 105, 1901; Carta 161, 1903; Manuscrito 101, 1906.
[10] Elena G. de White, Historia de la Redención, p. 292.
[11] Elena G. de White, Review and Herald, 4 de febrero de 1902.
[12] Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles, p. 204.
[13] Elena G. de White, Carta 127, 1 de julio de 1903.
[14] Elena G. de White, Mensajes Selectos, p. 46; cf. Comentario Bíblico Adventista, tomo 6, p. 1084).
[15] Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles, p. 422.
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