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viernes, 6 de abril de 2012

El Carpintero Divino

Jesús, el divino carpintero[1]


Todo comenzó así: Avisados por el ángel, José, María y Jesús se trasladaron a Egipto huyendo de la ira de Herodes quien sólo deseaba la muerte del recién nacido rey de los judíos. Habían pasado casi dos años desde el nacimiento de Jesús y en ese país pagano fueron mantenidos por los dones recibidos de los sabios de oriente: oro, incienso y mirra.[2] Con esos recursos se asentaron en alguna colonia judía de Egipto donde rápidamente José logró instalarse con una carpintería. Allí los carpinteros podían vivir en las ciudades y eran parte de clase media de la sociedad egipcia. Su nuevo status les permitió tener una vida un poco más holgada de la que tenían en Belén. Al morir Herodes, José regresó a Nazaret y sería conocido como el tekton, el carpintero. Un tekton era un perito obrero, un artesano hábil en trabajos manuales, capacitado para trabajar con materiales duros como la madera o la piedra, un constructor, un jefe de obra.[3]

En la carpintería de Nazaret
En su humanidad, Cristo condescendió en vivir en un hogar de artesanos y aprender el oficio de su padre terrenal. Todo padre judío estaba obligado a transmitir a sus hijos una profesión. Decían los rabinos: “no hay nadie cuyo oficio Dios no lo adorne de belleza”; “el trabajo es bendición”. Los grandes maestros en los días de Jesús tuvieron su oficio: Hillel fue tallador de madera, Shamai y Gamaliel fueron carpinteros. Para un judío sincero todo trabajo era trabajo para Dios.[4]

Jesús trabajaba fiel y alegremente con sus manos, sin deficiencias ni aún en el manejo de las herramientas. Fue perfecto en su carácter y lo fue también como carpintero, obrero y constructor.[5] “Cada objeto que hizo lo hizo bien, con sus diferentes partes coincidiendo exactamente de manera que todo el objeto podía soportar la prueba.”[6] “Se preocupó porque todo lo que hacía fuera perfecto. A veces sus compañeros lo criticaban por ser tan meticuloso.”[7]

Mientras vivió entre los hombres, el Salvador conoció la abnegación y las privaciones. Dependía del trabajo diario para su sustento. Pero aunque la familia de Nazaret no era rica, sino más bien de clase media, la clase de los carpinteros y artesanos, pudieron haber tenido ciertas comodidades y privilegios propios de su condición. Jesús sabía leer (aunque nunca fue a una escuela rabínica) y el pueblo se admiraba por ello (Juan 7: 15) y su posición de respeto entre los suyos le permitía levantarse en la sinagoga los sábados y leer la Torah (Lucas 4: 16, 17). Además, tener un oficio le granjeaba reconocimiento y consideración. Así, Jesús crecía en gracia para con Dios y con los hombres mientras vivía en Nazaret.

Como carpinteros reconocidos, la sociedad de artesanos compuesta por José, el jefe de obra, y Jesús y sus hermanos, los carpinteros, instalados en el barrio industrial de Nazaret, participaron en la reconstrucción de Séforis, ordenada por Herodes Antipas, a seis kilómetros al noreste de Nazaret.[8] Así, vestido como obrero, Jesús fue visto por los aldeanos recorriendo las calles, yendo y viniendo de su trabajo, subiendo y bajando laboriosamente por las colinas.[9]

“Se hizo pobre, siendo rico”
El plan trazado en las cortes celestiales fue que el Redentor debía descender de su exaltado puesto, nacer en un medio humilde, ser un obrero que se valiera de sus manos y hacerse pobre por amor de nosotros. En Nazaret, Jesús empezó su obra consagrando el oficio del artesano que se gana el pan cotidiano trabajando a sueldo. En Capernaum, Jesús había mostrado a sus discípulos donde moraba (Juan 1: 38, 39), pero en sus recorridos por Palestina, durante su ministerio mesiánico, no tuvo morada fija, ni siquiera tenía dónde recostar su cabeza (Lucas 9: 58). No le importaban los palacios, la posición social, los títulos, la ostentación o los aplausos. El Comandante del Cielo no sólo dejó su corona, su gloria y sus riquezas en su hogar junto al Padre, no sólo humildemente se revistió de humanidad y tomó nuestro lugar (Filipenses 2: 5-8), sino también dejó las comodidades temporales que esta tierra le ofrecía. “Se hizo pobre, siendo rico, para que en su pobreza fuésemos enriquecidos” (2ª Corintios 8: 9). “El mundo nunca vio rico a su Señor.”[10]

El Divino Constructor de todo lo creado (Hebreos 3: 4), no pudo encontrar en su vida terrenal un mejor oficio en qué ocupar su mente y sus manos. El que “construyó su tabernáculo” entre los hombres[11], quien dio forma a la humanidad y al espacio infinito, quien edificó el santuario del Cielo (Hebreos 8: 2), ahora usaba sus manos para ganarse la vida, siendo de utilidad para su prójimo. Muchas puertas, mesas y casas de Nazaret, muchos arados, yugos y torres de los campos vecinos y hasta, quizás, una barca que surcaba el Mar de Galilea, fueron obra de sus manos. En sus discursos, Jesús mencionaba elementos familiares en su trabajo: una puerta, un yugo, un arado, un almud, una cama, una mesa, una viga, una torre, una casa.[12] También los árboles eran parte de sus ilustraciones: la higuera, el sicómoro, el mostazal, el buen árbol, la vid, el árbol de su propia vida[13].

Es privilegio del pescador morir en el mar, del minero morir en las profundidades de la tierra, del soldado morir en la batalla. Para el carpintero de Nazaret fue el más alto orgullo y la más alta prueba de amor por la humanidad morir extendiendo sus brazos, colgado de una viga, golpeado por varas, traspasado por clavos y golpeteado por un martillo. Los materiales y las herramientas que le sirvieron de sustento en las arduas jornadas en el taller de Nazaret fueron los instrumentos de su tormento. La salvación del mundo estaba en manos de los recursos que fueron usados para la manutención terrenal del Hijo de Dios. Así se ganó la vida y así dio su vida para salvar a la humanidad. Sus manos, brazos y hombros engrosados por el esfuerzo físico y el trabajo útil, transportaron el grueso madero hasta el lugar de la ejecución y fueron traspasados por nosotros. Las fuerzas físicas las tenía, pero le faltaban las del alma. “No fue el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús […] Murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia mental. Fue muerto por el pecado del mundo.”[14]

El constructor celestial
Los apóstoles escribieron: “Vosotros sois la familia de Dios, piedras vivas edificadas sobre el fundamento de Jesucristo, los apóstoles y los profetas. En Cristo todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser una templo espiritual y santo para morada de Dios” (1ª Corintios 3: 9-11; Efesios 2: 19-22; 1ª Pedro 2: 5). “El arquitecto angélico ha bajado del cielo con su áurea vara de medir, a fin de que cada piedra sea tallada y puesta a escuadra según las medidas divinas.”[15] El carácter de la iglesia ha de ser edificado a la similitud divina y el maestro celestial está dispuesto a hacerlo. Y mientras nuestro carácter se edifica, el obrero celestial construye para sus hijos un nuevo tabernáculo, la ciudad que tiene fundamentos, la Nueva Jerusalén, cielos nuevos y tierra nueva donde mora la justicia. El constructor de Nazaret prometió: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14: 1-3; Hebreos 11: 10, 16; 2ª Pedro 3: 13; Apocalipsis 21: 1-3).

¡Que hermosa oportunidad! El carpintero divino, el constructor del universo y del santuario celestial, el que construyó su tienda entre los mortales, edifica nuestro carácter a la vez que edifica una ciudad. Allí habitaremos con él y conoceremos al carpintero de Nazaret, a aquel que por nosotros se hizo pobre, que con sus manos nos formó, nos salvó y nos transforma a su imagen (Filipenses 3: 20, 21).


[1] Víctor A. Jofré Araya (2009), Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, MNCh, UCh.
[2] Mateo 2: 1-16; Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 46.
[3] En Mateo 13: 55 y Marcos 6: 3 (cf. Lucas 4: 22), tekton es traducido como carpintero. Cristo era conocido como “Jesús, el carpintero, hijo de José, el carpintero”. Véase: Siegfried H. Horn, Diccionario Bíblico Adventista, pp. 103, 214; W. E. Vine, Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, tomo 1, p. 234; J. D. Douglas (dir.), Nuevo Diccionario Bíblico, p. 131; Mario Seiglie, Jesucristo: los primeros años (en línea), disponible en http://indubiblia.com/JesusPrimeros.pdf. En el AT se mezcla la obra de los carpinteros y de los canteros (2ª Samuel 5: 11; 2ª Reyes 12: 11; 22: 6; 1ª Crónicas 14: 1; 22: 15; 2ª Crónicas 24: 12; 34: 11; Esdras 3: 7).
[4] Alfred Edersheim, Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Jesús, pp. 204-209.
[5] Elena G. de White, Mensajes Selectos, p. 98; El Deseado de todas las gentes, p. 53.
[6] Elena G. de White, Manuscrito 127, 1901.
[7] Elena G. de White, Review and Herald, 1º junio 1905.
[8] Seiglie, op. cit. (en línea).
[9] Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 53, 204.
[10] Elena G. de White, Mensajes Selectos, p. 98.
[11] El término griego skenoo, traducido como “habitar” en Juan 1: 14 y Apocalipsis 21: 3, significa literalmente “construir un tabernáculo, una tienda” (Vine, W. E., Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, tomo 3, p. 31).
[12] Mateo 7: 13, 14, 24; 11: 29; Marcos 4: 21; Lucas 6: 41, 42; 9: 62; 14: 28; 17: 34; 22: 27; Juan 10: 9.
[13] Mateo 7: 17-19; Marcos 13: 28; Lucas 13: 19; 17: 6; 23: 31; Juan 15: 1-5.
[14] Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 717.
[15] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 207.
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