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viernes, 6 de abril de 2012

El Buen Samaritano (2)


La Parábola del samaritano “inclusivo” (Parte 2).[1]

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia” (Lucas 10: 33).

En la persona del samaritano Cristo reflejó una imagen de sí mismo y de su misión a favor de los hombres. “Nuestro Salvador manifestó por nosotros un amor que el amor del hombre nunca puede igualar. Cuando estábamos heridos y desfallecientes, tuvo piedad de nosotros. No se apartó de nosotros por otro camino, y nos abandonó impotentes y sin esperanza, a la muerte […] Contempló nuestra dolorosa necesidad, se hizo cargo de nuestro caso, identificó sus intereses con los de la humanidad. Murió para salvar a sus enemigos”.[2] En el actuar del samaritano, también podemos ver a toda la Divinidad en acción. Todo el cielo trabajando a favor de la salvación de un alma entrampada por Satanás.

Dios el Padre dice: “Me dejaron a mí, fuente de agua viva.” “Dejaron al Eterno, el Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto.” “Dejaron al Eterno, despreciaron al Santo de Israel, le dieron la espalda” (Jueces 2: 12; Isaías 1: 4; Jeremías 17: 13). A pesar de aquello, Jehová “sanará” y “vendará” y “viviremos delante de él” (Oseas 6: 1) y además nos guía y nos pastorea junto a pastos delicados, aguas de reposo y sendas de justicia (Salmo 23: 1-3).

De igual manera, Cristo fue “despreciado y desechado entre los hombres”, “escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos” y “nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” (Isaías 53: 3, 4; cf. Juan 1: 11). Y sin considerar aquello, Jesús bajó de su condición de honor y sanó a la humanidad herida: “Llevó él nuestras enfermedades y nuestros dolores”. “Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. “Por sus llagas fuimos nosotros curados”. “Por la rebelión de mi pueblo fue herido” (Isaías 53: 4, 5, 8). Y así como el samaritano cargó al moribundo, pagó su deuda y le llevó a un lugar seguro, Cristo, el Pastor y el Cordero, nos lleva en sus hombros gozoso hacia fuentes de aguas de vida (Lucas 15: 5, 6; Juan 10: 10, 11; Apocalipsis 7: 17)

Y por otro lado, también el Espíritu Santo atestigua: “Fueron rebeldes, y entristecieron su Espíritu Santo” (Isaías 63: 10; cf. Efesios 4: 30). Las Escrituras atestiguan que rechazar las profecías o a los profetas es despreciar la voz del Espíritu de Dios (Nehemías 9: 30; cf. 1 Tesalonicenses 5: 20, 21). Y aún así, el Santo Espíritu nos guía y restaura (Salmo 143: 10; Isaías 63: 14).

“Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado y arruinado por Satanás, y abandonado para que pereciese; pero el Salvador se compadeció de nuestra condición desesperada. Dejó su gloria, para venir a redimirnos. Nos halló a punto de morir, y se hizo cargo de nuestro caso. Sanó nuestras heridas. Nos cubrió con su manto de justicia. Nos proveyó un refugio seguro e hizo completa provisión para nosotros a sus propias expensas”.[3]

Y a nosotros nos llega a través del tiempo y de la distancia este mismo mandamiento de parte de él: “El que ama a Dios, ame también a su prójimo” (1 Juan 4: 21).

Oh, gran Dios, que la compasión por las almas que perecen me impulse a buscarlas donde quiera que estén. Ayúdame a curar sus heridas y llevarlos en mis brazos hasta tus pies. Gracias por salvarme a mí también.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 310.
[3] White, El Deseado de todas las gentes, p. 465, 466.
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