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jueves, 5 de abril de 2012

Comunicación y disciplina


LA COMUNICACIÓN COMO MÉTODO DE DISCIPLINA

Víctor Jofré Araya
Magíster © en Educación Religiosa
Colegio Adventista de Arica, Chile


“El que desprecia la disciplina se menosprecia a sí mismo;
el que escucha la corrección adquiere inteligencia” (Proverbios 15: 32).

I.             INTRODUCCIÓN

¿Cuál de las siguientes palabras es negativa? AMOR – CALIDEZ – SONRISA – DISCIPLINA

Respuesta: Ninguna. Al contrario de lo que muchos piensan, disciplina no es una palabra negativa. Proviene de un término que significa entrenar. Disciplina es la larga y vigilante tarea de  guiar a un hijo desde la infancia a la edad adulta con el objetivo de alcanzar un nivel de madurez que le permita funcionar responsablemente en la sociedad.

Disciplina significa amar. Disciplina sin amor es hacer funcionar un vehículo son aceite. Por un tiempo podría estar bien, pero el final será un desastre. Un fracaso en la disciplina significa un fracaso en el amor.

Algunos confunden disciplina con castigo. Las diferencias entre ambas podrían resumirse de la siguiente manera:

a.    La disciplina es enseñanza continua; el castigo es una descarga de ira de un momento. Las Escrituras afirman: “Instruye al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22: 6). “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1: 20).

b.    La disciplina razona y piensa las cosas; el castigo es una emoción que arde de enojo y no deja pensar. Dice el sabio: “El corazón del justo piensa para responder; más la boca de los impíos derrama malas cosas” (Proverbios 15: 28).

c.    La disciplina piensa en las necesidades de los hijos; el castigo piensa en las propias necesidades. “Jehová al que ama disciplina, como el padre al hijo a quien quiere” (Proverbios 3: 12).

Como acto de amor, una disciplina adecuada buscará el beneficio de quien la recibe. Mientras más amados se sientan nuestros hijos, más fácil será disciplinarlos. En este ámbito se han propuesto diversos métodos para disciplinar y tener como resultado una modificación del comportamiento de los hijos. Aunque las normas y los métodos varían de una familia a otra, se destacan los siguientes:

a.    El refuerzo: fomentar, elogiar y recompensar las actitudes y comportamientos positivos. Lo contrario se denomina extinción, eliminar la recompensa en caso de que la conducta sea negativa, con el propósito de corregirla.

b.    La imitación: los hijos no serán más de lo que los padres son. “Cuando nuestro comportamiento es el apropiado, nuestros hijos aprenderán buenos hábitos. Cuando actuamos siguiendo a nuestra propia inmadurez, los niños siguen tal pauta o modelo” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, pp. 139, 140). “Cuando los padres ven a sus hijos, finalmente se dan cuenta de que se están mirando a sí mismos” (Ron Hutchcraft, 5 necesidades que deben suplírsele al niño en el hogar, p. 177).

c.    Las consecuencias naturales o consecuencias lógicas: permitir que la experiencia sea la mejor educadora de nuestros hijos. “Este método es efectivo para todo comportamiento que conlleve unos resultados desagradables […] El dolor temporario, de las consecuencias naturales, es un gran preventivo de años posteriores de infelicidad” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, pp. 144, 145).

d.    El castigo físico, como último recurso. “Los niños que han experimentado castigo corporal por parte de sus padres amorosos no tienen dificultad alguna en entender su significado” (James Dobson, Atrévete a disciplinar, p. 69).

Si bien todos los métodos mencionados tienen sus méritos en el accionar paterno, cada una ofrece sus propias limitaciones: fundamentalmente tratan con cambios externos en el comportamiento y poco pueden hacer para alterar la vida interior. Este es el factor crítico del caso. La Biblia nos dice que los actos externos provienen de una situación interna del corazón y de la mente. “El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal” (Lucas 6: 45).

“La experiencia de los psicólogos apoya dicho principio” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, p. 119, 120). La mayoría de quienes cometen acciones no deseables tienen problemas interiores que los impulsan al mal comportamiento. Los métodos de disciplina pueden enseñar buen comportamiento y son vitales en el desarrollo de la personalidad de los hijos, pero no alteran radicalmente la estructura interna de la personalidad.

II.            EN BUSCA DE UNA SOLUCIÓN

Solamente la comunicación puede lograr los resultados deseados al tratar de cambiar la estructura interna de nuestros hijos. La comunicación es vital al mostrar amor y es un requisito previo para obtener el conocimiento. Para ayudar a los hijos a alcanzar madurez, debemos mejorar nuestra habilidad de comunicarnos con ellos, sobre todo, saber escucharlos.

Los métodos arriba mencionados son altamente correctores, aparecen tras los hechos. La comunicación es altamente preventiva, nos ayuda a evitar los hechos. “La comunicación a menudo es el mejor camino hacia la instrucción, dado que el comportamiento negativo es una forma que tiene nuestro hijo de querernos decir algo”. “Nuestro objetivo final es la autodisciplina, y la comunicación supone un primer paso para un autocontrol eficaz” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, pp. 114, 141). “Cuando los niños necesitan el tipo de atención positiva que los hace sentirse amados, ninguna cantidad de castigos, amenazas, sobornos, ira o palizas solucionará de manera efectiva el problema de conducta”. “Satisfacer la necesidad del niño de atención positiva es la principal manera de prevenir, así como de resolver los problemas de conducta” (Kay Kuzma, Obediencia fácil, pp. 48, 50).

Dado que nuestros hijos son diferentes y requieren proporciones diferentes de firmeza y flexibilidad, de dureza y ternura, el saber escucharlos se transforma en un ingrediente sumamente valioso. “Saber escuchar parece un comportamiento curioso al momento de disciplinar, pero los padres que desean ser escuchados por sus hijos se ganan ese derecho cuando han escuchado a sus hijos primero” (Ron Hutchcraft, 5 necesidades que deben suplírsele al niño en el hogar, p. 140). “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4: 19). Desafortunadamente aquellos que se complacen en escuchar son una especie en peligro de extinción en una sociedad tan ocupada y pre-ocupada como la nuestra.

Escuchar es importante para tener una relación y una autoridad saludable con los hijos. Cuando los padres no se toman el tiempo de escuchar las preguntas, perspectivas, opiniones, puntos de vista, planes y sentimientos de sus hijos e hijas están gobernando sobre extraños y arriesgan equivocarse. El consejo de un padre que no sabe escuchar es como la receta de un médico que no conoce los síntomas de su paciente. Las Escrituras lo dicen de la siguiente manera: “Al que responde palabra antes de oír le es fatuidad y oprobio” (Proverbios 18: 13). “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1: 19).

Un padre que no escucha da como resultado un hijo resentido, que no respeta su autoridad; hijos que explotan en lugar de expresarse o que se cierran en sí mismos en lugar de compartir sus emociones. “No debe levantarse una valla de frialdad y retraimiento entre padres e hijos. Intimen los padres con sus hijos; procuren entender sus gustos y disposiciones; compartan sus sentimientos y descubran lo que embarga sus corazones. Padres, demostrad a vuestros hijos que los amáis y que queréis hacer cuanto podáis para asegurar su dicha” (Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 305).

A continuación se expresan algunas preguntas que nos ayudarán a evaluar nuestra habilidad de comunicación con nuestros hijos e hijas, a la vez que se ofrecen directrices para mejorar nuestra relación con ellos.

PREGUNTA 1: “REALMENTE, ¿QUIERO ESCUCHAR? ¿DIRÁN MIS HIJOS QUE FUI UN PADRE QUE SABÍA ESCUCHAR?”

La respuesta afirmativa a esta interrogante nos ayudará a construir una autoridad eficaz. Cuando un padre o una madre escucha genuinamente a su hijo se prepara para disciplinar con comprensión y le predispone para ser dirigido, pues, dirá el hijo, mi padre o mi madre “sabe lo que está sucediendo” o “sabe lo que es mejor para mí”. “Escuchar a un hijo involucra mucho más que la ausencia de palabras. Es un proceso muy activo –una determinación para comprender qué es lo que yace por debajo de su actitud o de sus acciones” (Ron Hutchcraft, 5 necesidades que deben suplírsele al niño en el hogar, p. 142).

Al llegar del colegio, Megan encontró a su madre en el cuarto de lavado. “Tengo algo que decirte, mamá”, dijo en tono confidencial. “Adelante, cariño, te escucho”, dijo su madre mientras continuaba lavando. “Necesito que me escuches, mamá”, enfatizó Megan su necesidad. “Pero si te estoy escuchando”, replicó su madre. Finalmente, con frustración, Megan dijo: “¡Pero tus manos no lo están haciendo!”, y se fue.

“Por lo general, el padre pierde muchas áureas oportunidades de atraer a sus hijos y de vincularlos consigo. Al volver de su trabajo a casa debe considerar como cambio placentero el pasar algún tiempo con sus hijos. Los padres deben… tratar con sus hijos, simpatizar con ellos en sus pequeñas dificultades, vincularlos con su propio corazón mediante fuertes lazo de amor y ejercer sobre sus mentes en desarrollo una influencia tal que sus consejos serán considerados como sagrados” (Elena G. de White, Felicidad y armonía en el hogar, p. 72).

Escuchar de manera genuina involucra todo el ser y todo lo que se hace, no sólo los oídos. Centrarnos en nuestras propias preocupaciones comunica a los hijos que al menos una parte de nosotros no está presente, que hay algo más importante que aquello que nos quieren decir. Escuchar y hacer preguntas asegura nuestra comprensión y permite que un niño se sienta, al menos por unos segundos, de que es la única persona que existe en el planeta.

Esta clase de atención no es posible cuando hay deberes y responsabilidades o cuando el resto de la familia está encima. Si no podemos escuchar inmediatamente se debe tomar un tiempo para hacerlo. Podríamos decir: “Me tomará unos minutos terminar con esto. Si te atiendo ahora, tendrás sólo una parte de mí, pero si eres paciente podrás disponer de mí por completo”. Quizá ese tiempo llegue al día siguiente, pero ojalá no hagamos esperar tanto a nuestros hijos y cumplamos con los plazos prometidos y estemos presentes, pues la necesidad de ser escuchados es de corta duración en los niños. Si no atendemos un hijo en el momento adecuado podremos perder una preciosa oportunidad.

¿Recuerda alguna vez en que ha llegado a casa con una buena noticia y su cónyuge le ha dicho: “Más tarde me cuentas, cariño, ahora no tengo tiempo”? Ese sentimiento de abandono, que desencadena en rabia, daño y rechazo, pues quien más amamos parece habernos dicho: “Lo que tienes para decir no es tan importante”, es exactamente lo que sucede con nuestros hijos cuando no los escuchamos. Cuando quieren hablar, necesitan que se les atienda. 

Todo es asunto de prioridades. No significa salir corriendo o dejar de lado lo que se esté haciendo para atender a un hijo cada vez que abra la boca, pero sí plantearse: ¿La prioridad se centra en la vajilla por lavar, el piso que limpiar, el libro que leer o las noticias que ver o en mejorar la relación afectiva con mi hijo? Desde cierta perspectiva, la mayoría de nuestras actividades son de índole puramente física. En tal caso un hijo no puede esperar. Si son los platos, el piso, el libro o las noticias que deben esperar, los resultados son menos importantes si es un hijo o hija quien está aguardando. Quizá en ellos los resultados de dicha espera no los veamos sino años después. “Cuando nos hallamos demasiado ocupados para atender, para poder escuchar a nuestros hijos, es excesiva nuestra preocupación” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, p. 122).

PREGUNTA 2: “¿PUEDO MOSTRAR RESPETO HACIA MI HIJO(A)?”

Para responder esta pregunta analizaremos un par de casos:

CASO #1: EL AUTO NUEVO

Samuel y su padre pasaron por una exposición de automóviles. Samuel fijó su atención en un elegante deportivo. “Papá, la próxima vez, -dijo en tono de excitación- ¿podremos comprar un convertible?” “Pues claro que no”, repuso con dureza el padre, “esos vehículos son muy caros y peligrosos”. Samuel se quedó en silencio, sintiéndose estúpido por haber hecho esa pregunta.

Por contraste, notemos como pudo haberse desarrollado la misma escena: “Papá, la próxima vez, -dijo Samuel en tono de excitación- ¿podremos comprar un convertible?” “Te gustaría que tuviésemos uno”, le respondió su padre dándose cuenta del buen deseo de su hijo. “Sería fantástico ir por toda la ciudad saludando a los amigos con el techo abierto”, añadió su hijo. “¿Te parece que sería divertido?”, preguntó el padre. “¿Y qué más te gusta de ese auto?” “Bueno, creo que eso nada más”, Samuel respondió vacilante. “Aunque suena divertido, continuó el padre, debes considerar que un vehículo así cuesta mucho dinero y no parecen ser muy seguros. Además en invierno son muy fríos. Son divertidos por un rato, pero piensa en las desventajas”.

CASO #2: LA FIESTA DE FIN DE AÑO

Mariela fue invitada por Marcos a la fiesta de fin de año de su curso y le suplicó a su madre: “Mamá, ¿podré ir a la fiesta?” Su madre rehusó de inmediato: “Claro que no. Ya te lo hemos dicho antes. Somos cristianos y no puedes ir a bailar”. “Pero mamá –reclamó Mariela- yo…”

Veamos un mejor modo de manejar este problema tan común: “Mamá, ¿podré ir a la fiesta?” “Háblame un poco de eso –inquirió su madre-, ¿será pronto?” “Sí, respondió Mariela con entusiasmo, y Marcos me pidió que lo acompañara. Hemos salido un par de veces”. “Mmm… parece que ese joven te agrada, ¿o no? Pero háblame más de esa fiesta”. “Bueno, estarán todos mis amigos ahí y yo nunca puedo ir con ellos”, continuó la hija. “Todos estarán, ¿seguro?”. “Mis amigos de la Sociedad de Jóvenes no irán, pero la mayoría de los chicos ‘interesantes’ estarán allí. Además todos los jóvenes como yo van a esas fiestas y bailan”. “Sé que tienes interés de ir, pero no me parece que sea lo mejor. ¿Qué opinas de los cristianos que van a bailar? Vamos a pensar en algo que sustituya la fiesta de fin de año, quizás no te entusiasme de la misma manera, pero vamos a organizar algo…”

¿Notan la diferencia? Alguien podría decir que eso fue una pérdida de tiempo; decir “No” simplemente hubiese evitado una discusión. Eso depende de cuáles sean los objetivos. Si el objetivo es acabar la comunicación o coartar la expresión de las emociones de nuestros hijos, decir “No” será suficiente. Pero si nuestra intención es desarrollar y reforzar su estima y confianza propia y edificar una relación saludable con ellos, entonces “gastar” un poco de tiempo es de gran valor.

“No hay tiempo, dice el padre. No tengo tiempo para dedicar a la educación de mis hijos, ni a sus placeres sociales y domésticos […] Al no concederles el tiempo que les toca en justicia, los priva de la educación que deberían recibir de Ud.” (Elena G. de White, Fundamentals of Christian Education, pp. 65, 66). “Muchas madres exclaman: ‘No tengo tiempo para estar con mis hijos’… No permitáis que cosa alguna se interponga entre vosotras y los mejores intereses de vuestros hijos” (Elena G. de White, Signs of the Times, 3 de abril de 1901). “Recargadas con muchos cuidados, las madres consideran a veces que no pueden dedicar tiempo alguno para enseñar con paciencia a sus pequeñuelos y demostrarles amor y simpatía. Recuerden empero que si los hijos no encuentran en sus padres ni en el hogar la satisfacción de su deseo de simpatía y de compañerismo, la buscarán en otra parte, donde tal vez peligren su espíritu y su carácter” (Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 302).

El caso mencionado plantea el desafío de respetar los deseos de los hijos y dejar que ellos los expresen libremente. Aunque nuestras posteriores explicaciones no los convenzan ni los conforten, debemos estar dispuestos a escucharlos y ver las cosas desde su punto de vista, demostrando así nuestro respeto por hacia ellos en la medida que sus gustos se van desarrollando. Esto implica conocer a nuestros hijos y controlar nuestras emociones. En este sentido, no debemos confundir con falta de espiritualidad o interés por las cosas espirituales los deseos o gustos normales de cualquier niño o adolescente.

“Algunos padres no los comprenden [a sus hijos], ni los conocen verdaderamente. A menudo hay una gran distancia entre padres e hijos. Si los padres quisieran compenetrarse plenamente de los sentimientos de sus hijos y desentrañar lo que hay en sus corazones, se beneficiarían ellos mismos” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 146).

PREGUNTA 3: “¿ES IMPORTANTE ESTO PARA TI?”

Todo hijo tiene un letrero enorme colgando de su cuello que dice: “¿Es importante para ti lo que te estoy contando?” Un NO cerrará todas las puertas; un SÍ abrirá las puertas de su vida de par en par, pues las palabras tienen un poder extraordinario para comunicar amor a nuestros hijos. Las palabras llenas de cariño, afecto, alabanza y aliento siempre dicen: “Me preocupo por ti” y alimentan en ellos la sensación interna de seguridad y valor. Aunque sean dichas “a la rápida”, no se olvidan y los beneficios son cosechados por los hijos durante toda la vida.

Por el contrario, palabras cortantes, pronunciadas en momentos de frustración pueden herir profundamente la autoestima y la autoafirmación de un niño con heridas que no cicatricen nunca. Dijo el sabio: “La vida y la muerte están en poder de la lengua” (Proverbios 18: 21).

Estudios realizados por psicólogos y la psiquiatras revelan que tanto el beneficio como el daño producido por las palabras que decimos pueden ser mucho más profundos y de mayor impacto en los hijos y las hijas de lo que comúnmente creemos. “A los niños les gusta la compañía y rara vez quieren estar solos. Anhelan simpatía y ternura. Creen que lo que les gusta agradará también a su madre y es natural que acudan a ella con sus menudas alegrías y tristezas. La madre no debe herir sus corazones sensibles tratando con indiferencia asuntos que, si bien son baladíes para ella, tienen una gran importancia para ellos. La simpatía y aprobación de la madre le son preciosas. Una mirada de aprobación, una palabra de aliento o de encomio, serán en sus corazones como rayos de sol que muchas veces harán feliz el día” (Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 301). “Necesitan palabras amables y alentadoras. ¡Cuán fácil es para la madre pronunciar palabras bondadosas y afectuosas que harán penetrar un rayo de sol en el corazón de los pequeñuelos y les harán olvidar sus dificultades!” (Elena G. de White, Review and Herald, 9 de julio de 1911).

PREGUNTA 4: ¿Y SI ES MI HIJO EL QUE NO QUIERE ESCUCHAR?

Algunos padres se quejan de que sus hijos no se comunican. Ellos quieren escuchar, pero sus hijos no dicen nada. Algunas de las razones de tal comportamiento podrían ser:

1.    Puede ser que el padre o la madre han fallado antes en la prueba de las cosas pequeñas. Sus hijos han observado lo que antes ha sucedido. Si los padres parecen estar aburridos o desinteresados al escuchar aquellas cosas “sin mucha importancia”, un hijo puede llegar a la conclusión de que jamás podrá compartir algo importante con ellos.

“Los padres deben animar a sus hijos a confiar en ellos, a presentarles las penas de su corazón, sus pequeñas molestias y pruebas diarias”. “Instruidlos bondadosamente y ligadlos a vuestro corazón. Este es un tiempo crítico para los niños. Los rodearán influencias tendientes a separarlos de vosotros y debéis contrarrestarlas. Enseñadles a hacer de vosotros sus confidentes. Permitidles contaros sus pruebas y goces” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, pp. 136, 141).

2.    Otra reacción que cierra la comunicación es escandalizarse de aquello que los hijos comunican. Al escuchar a su hijo un padre puede experimentar muchas cosas en su interior, pero jamás debería llegar a su boca. La mayoría de los niños tiene tanto temor de desilusionar a sus padres que se retraen a la menor señal de sorpresa de parte de sus padres. Quienes permanecen tranquilos cuando la situación está “ardiendo” tiene más probabilidades de enterarse de detalles de la vida de sus hijos.

“Los niños quedarían a salvo de muchos males si fuesen más familiares con sus padres. Éstos deben estimular en sus hijos una disposición a manifestarse confiados y francos con ellos, a acudir a ellos con sus dificultades, presentarles el asunto tal cual lo ven y pedirles consejo cuando se hallan perplejos acerca de qué conducta es la buena. ¿Quiénes pueden ver y señalarles los peligros mejor que sus padres piadosos? ¿Quién puede comprender tan bien como ellos el temperamento peculiar de sus hijos?” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 142).

3.    Los hijos pueden dejar de hablar si opinan que sus padres contarán a otros lo que se les ha confiado o si la información compartida será usada en su contra en un momento de enojo. Si los padres no mantienen discreción puede hacer que sus hijos se retraigan y dejen de hablar. En tal caso, disculparse y pedir perdón puede reiniciar la comunicación.

No puede sembrarse la semilla de la autoridad en un hijo que está incomunicado. Escuchar crea un clima en que los hijos compartirán sus vidas y respetarán la autoridad y la disciplina de quien les escucha. Puede ser que no siempre estén padres e hijos de acuerdo en sus opiniones, pero se grabará en la mente de hijo que su autoridad y disciplina es justa y digna de confianza.

III.          CONCLUSIÓN

Hasta que un hijo no entienda cuáles son las expectativas acerca de su comportamiento, no estará en condiciones de responder en forma positiva a lo que se espera de él. “Ello significa que toda disciplina deberá empezar con una buena comunicación” (Bruce Narramone, ¡Ayúdeme! Soy padre, p. 141). A veces una simple conversación es todo lo que se necesita. Y aunque en ocasiones deberemos echar mano de alguno de los métodos alternativos (refuerzo, extinción, imitación, consecuencias naturales, consecuencias lógicas, castigo físico), siempre hemos de comenzar mediante la comunicación.

“Podemos llegar a ser canales de comunicación para Satanás, mediante el flujo de palabras que no llevan alegría a ningún corazón. Pero decidamos que este no debe ser así. Decidamos no ser canales mediante los cuales Satanás comunique pensamientos sombríos y desagradables. Que nuestras palabras no lleven un sabor de muerte para muerte, sino de vida para vida” (Elena G. de White, Testimonies for the Church, tomo 6, pp. 62, 63).

“[Los niños] deben ser tratados con franqueza, ternura y amor cristianos. Esto os dará una poderosa influencia sobre ellos y les hará sentir que pueden depositar una influencia ilimitada en vosotros […] A causa de los males que imperan hoy en el mundo y de la restricción que es necesario imponer a los hijos, los padres deben tener doble cuidado de ligarlos a sus corazones y de dejarles ver que desean hacerlos felices” (Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 137).

Que el Señor nos bendiga en la maravillosa aventura de disciplinar a nuestros hijos con amor y de comunicarnos eficazmente con ellos.
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