BIENVENIDOS

Este blog tiene como propósito compartir con mis alumnos y amigos ideas y artículos relacionadas con el mundo de la Religión, la Psicología, la Filosofía y la Educación.

martes, 26 de junio de 2012

Ejemplo de Argumentación: La dialéctica socrática


SÓCRATES Y SU DIALÉCTICA IRÓNICA:
EL HOMBRE DETRÁS DEL DIÁLOGO

Víctor Jofré Araya - Magíster en Educación Religiosa
Colegio Adventista de Iquique

“Una vida sin examen no es digna de ser vivida por un hombre”
Sócrates

INTRODUCCIÓN
Todo buen maestro tiene un buen método para enseñar. Platón fundó la Academia; Aristóteles tenía su peripateia y creó su Liceo. Jesús usaba parábolas, Nietzsche se burlaba de aquello. Sin embargo, qué decir de Sócrates. No poseemos ni una página ni una línea escrita de su parte, cosa que no es novedad, ni tampoco única, sino más bien natural, pues en su época aún predominaba la enseñanza oral. De su vida, hechos y palabras sabemos lo que otros nos han transmitido. Fuentes extra-socráticas nos llevan a la persona y a la mente de este hombre enigmático. Platón, Jenofonte, Aristófanes y Aristóteles se cuenten entre sus secretarios, sus amanuenses espirituales, que nos heredaron anécdotas de su vida, pero principalmente su pensamiento, sus ideas, sus ideales. Tenemos en las obras de estos maestros, opuestos a veces, a veces concluyentes, resquicios del gran filósofo, de su doctrina y de su método para sonsacar la verdad del corazón de los hombres.
El presente ensayo está basado en lo que Platón (principalmente en sus Diálogos y en su Apología), Jenofonte (en su Apología), Aristófanes (en Las Nubes) y Aristóteles (en la Metafísica) nos heredaron por escrito acerca del personaje histórico-literario de Sócrates. Se citarán otros autores cuya lectura también es exigencia de la asignatura cursada, además de otros que consideré pertinentes. Está dividido en: (1) Una breve reseña acerca de los diálogos socráticos como género literario. (2) La visión de Platón, Jenofonte, Aristófanes y Aristóteles del hombre y pensador Sócrates, según las versiones planteadas en sus escritos. (3) Se identifica el quehacer intelectual de Sócrates y su proyección en la historia de la filosofía construido en base a lo que de él se ha escrito. Y (4), a manera de conclusión, se ofrece una interpretación personal de la persona Sócrates, derivada de las reflexiones anteriores.

LOS DIÁLOGOS SOCRÁTICOS: DIALÉCTICA IRÓNICA
Es el diálogo uno de los primeros métodos usados por la Filosofía.[1] La idea principal en este método es que en ir contraponiendo opiniones se va haciendo la luz. Se dice que Sócrates dialogaba en el ágora y en los campos de Atenas con todo tipo de personas a quienes les preguntaba. De sus respuestas surgían nuevas preguntas que conducían a otras respuestas. A través de este proceso surge un diálogo que puede ser realizado entre varias personas o también del propio individuo que dialoga consigo mismo viendo aparecer sus opiniones. Por lo mismo, según Platón, la filosofía es llamada διαλεκτικη τεκνη, arte de la dialéctica, el arte de conversar, el arte del diálogo y de la discusión.[2]
Posterior a la muerte de Sócrates y a raíz de ella, se hizo fecundo en la Grecia clásica a finales del s. IV a. C. un “peculiar género literario”[3], un género en prosa literaria, los diálogos socráticos (Σωκρατικός λόγος o Σωκρατικός διάλογος): conversaciones con Sócrates como protagonista.[4] De acuerdo a un fragmento de Aristóteles, el primer autor de estos diálogos fue Alexemenes de Teos.[5] Los principales diálogos de Sócrates se desarrollaron y fueron preservados por Platón y en la obra socrática de Jenofonte y Aristófanes.[6] En ellos, Sócrates, que “era imbatible en diálogo cruzado de ideas”, y los demás personajes discuten problemas morales y filosóficos para ilustrar el método socrático de dialéctica, ironía y mayéutica. “La actividad de Sócrates era de interpelación constante en torno a temas de moralidad.”[7]
En los diálogos de Sócrates, la dialéctica enlaza y desenlaza las ideas en boca de sus personajes en un encadenamiento de interrogaciones y respuestas. A través de su diálogo cortado de preguntas y respuestas, Sócrates hace frente a los retóricos discursos de los sofistas quienes pretenden demostrar la inexistencia de su presunta ciencia.[8]
El método dialéctico tradicionalmente se estructura del siguiente modo:[9]
  1. Sócrates usa la fórmula τι εστιυ X (“qué es X”), siendo X siempre una virtud. Decía Sócrates: “El mayor bien para un hombre es precisamente éste, tener conversaciones cada día acerca de la virtud.”[10]  Y agrega: “Se ha dicho de uno que durante toda la vida se ha ocupado de la virtud.”[11]  
  2. La pregunta se dirige a quién debiera saber qué es. Por ejemplo, sobre la valentía le preguntará a un general del ejército, sobre la justicia, a un juez. Sin dar su nombre, en la Apología se refiere interrogando a un político.[12] En el Eutifrón, se interroga sobre la piedad[13]; en el Critón, sobre el deber y la justicia[14]; en el Laques sobre el valor; en el Cármides, sobre la moderación.[15]
  3. El interrogado da cuenta de un logos inicial, una opinión manifestativa de su creencia respecto a X (“creo que la valentía es tal cosa”). Pero Sócrates da cuenta de un hecho primordial: el que el sujeto crea que su creencia es verdadera no da pie a que de hecho sea verdadera, entendiendo verdadero como la adecuación entre el pensamiento y la  realidad.[16]
  4. El diálogo se desarrolla con normalidad, hasta que mediante la ειρονεια, ironía, “una actitud intelectual de disimulo”[17], el interpelado es puesto a prueba por Sócrates, y de su refutación (que siempre logra) se sigue un cambio en el estado de disposición del sujeto, el cuál ya no cree saber lo que no sabe. La ironía socrática consiste en llevar al interrogado, seguro de que sabe de qué habla, hasta la ignorancia que se oculta en ese supuesto saber. Sócrates se esconde ingenua, pero maliciosamente, en ese “no-saber” para dejar a su interlocutor ante su propia perplejidad. Esto, por testimonio socrático, irritaba a los atenienses y granjeaba su enemistad.[18]
La ironía socrática es “ingeniosa”. Es algo más que el tono burlón de los cultos atenienses. “Su intención no es de poner en ridículo al otro y aniquilarlo, sino la de ayudarlo. Se propone liberarlo y abrirlo a la verdad”. Es una relación viva con la verdad, que busca agitar y poner en tensión el centro del hombre, para que de él surja el conocimiento y se vuelva atento a la verdad. “La ironía socrática es una supresión de ilusiones con respecto a la realidad del hombre, y a la vez un apasionamiento por las cosas y profunda bondad. Rechaza, pero al mismo tiempo atrae.”[19]
También la ironía tiene algo de paradójico.[20] Es posible encontrar una cierta relación entre la actitud irónica y el lenguaje de la paradoja. Ambas figuras tienen en común la apelación a una metacognición a fin de entender los términos que pueden aparecer como contradictorios. La ironía convierte la doxa (opinión) en paradoxa (contradicción, paradoja).
  1. Así, en el reconocimiento de su propia ignorancia, se es capaz de llegar al conocimiento. Solo entonces se puede comenzar a conocer verdaderamente, cuando el sujeto se libró de las creencias erróneas. Se da a luz la verdad. Es el alumbramiento de las definiciones. Sócrates resume su método de la siguiente manera: “Pues bien, mi mayéutica [arte de dar a luz los espíritus[21]] es igual a la de ellas [las comadronas, como su madre Fenareta], pero difiere en que atiendo a hombres no mujeres, y cuido sus almas cuando están en trabajo, no sus cuerpos. Y el éxito de mi arte estriba en considerar cuidadosamente si el pensamiento que está siendo alumbrado por la mente de un joven es un ídolo falso o un verdadero espíritu […] Muchos me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo no doy ninguna respuesta por mi falta de sabiduría […] Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos pensamientos bellos.”[22]
Para Sócrates, como él mismo lo atestigua, resultaría ser “el colmo de la felicidad” dialogar aún con aquellos semidioses, héroes y amigos que se encuentran en el Hades, con quien espera encontrarse, si “es verdad, como se dice, que allí están todos los que han muerto.”[23]
Más adelante en la Edad Media y el Renacimiento, e incluso en la Modernidad, algunos también crearán diálogos de inspiración platónica: Séneca, Cicerón, San Agustín, Boecio, Berkeley, Galileo Galilei, Voltaire, Rousseau, Diderot, Marciano Capella, Juan y Alfonso de Valdés, Fray Luis de León, entre otros.[24]

VISIONES DE SÓCRATES
Dado que Sócrates nada escribió, la imagen que de él tenemos depende totalmente de los testimonios escritos de sus discípulos o de quienes directa o indirectamente tuvieron roce con el genial filósofo. Aquí recogemos la persona y la doctrina principal de Sócrates fundamentada en diversos escritos y comentarios.

Según Jenofonte
“Sócrates fue casi como un oráculo del joven Jenofonte […] Jenofonte vivió intensamente su religiosidad, y esta clave espiritual lo conecta conscientemente con la figura de Sócrates. Un Sócrates heroico, profético y sobre todo piadoso al estilo trágico.”[25]
En líneas generales[26], el Sócrates de Jenofonte carece del vigor personal y de la brillantez intelectual del Sócrates platónico (de éste hablaré más adelante). Tampoco aparecen explícitamente formuladas en Jenofonte ciertas tesis o doctrinas fundamentales que Platón atribuye a Sócrates. Según algunos, el testimonio de Jenofonte sólo aporta un correlato más bien histórico.[27] “La extensa colección de apuntes de conversaciones de Sócrates con singulares interlocutores, aunque tiene una escasa unidad temática en su conjunto, también es una reconocida fuente de anécdotas históricas y doctrinas socráticas.”[28]
Las obras socráticas de Jenofonte son obras más bien éticas, puesto que sus enseñanzas tipifican un estilo de vida filosófico, cuyo modelo es Sócrates. En sus Recuerdos de Sócrates (conjunto de cuatro obras: Apología, Banquete, Económico y Memorabilia), Jenofonte nos presenta un ciudadano nada conflictivo, honrado, cuya conducta y actividad filosófica no nos permiten imaginar cómo alguien semejante podría ser acusado y condenado a muerte. Nada, o muy poco, hay en él de aquel Sócrates irónico y molesto que ponía al descubierto la ignorancia de ilustres conciudadanos con sus preguntas y refutaciones. Aunque, como lo menciona Jenofonte,[29] en su defensa Sócrates utilizó un cierto lenguaje altanero, lo cual le pareció a su amigo Querofonte algo insensato, aunque se correspondía con su manera de pensar. Sócrates argumenta: “A lo largo de toda mi vida no he cometido ninguna acción injusta, que es precisamente lo que yo considero la mejor manera de preparar una defensa”.[30] El motivo central de los Recuerdos es defender al maestro durante su proceso judicial y dar evidencias de que Sócrates beneficiaba siempre a aquellos que le rodeaban en diversos aspectos.[31]
En cuanto a su vida religiosa, Jenofonte presenta a un Sócrates mucho más conservador, que asume y cumple rigurosamente las leyes y costumbres relativas al culto.[32] Jenofonte también hace referencia a una voz interior, un genio divino.[33] Sin embargo, a ésta Sócrates le atribuye indicaciones más bien positivas respecto al futuro, convirtiéndola en una especia de don de adivinación con la que el sabio favorecía aún a sus amigos que le pedían consejo.[34] Su religiosidad también queda delineada por Jenofonte cuando en su defensa Sócrates afirma que aún Melito podía haberle visto “cuando hacía sacrificios en las fiestas de la ciudad y en los altares comunales.”[35] También Querofonte, al igual que en la Apología de Platón, atestigua de su encuentro con el dios Apolo en el Oráculo de Delfos.
Los rasgos propios de la filosofía de Sócrates, la dialéctica irónica, no aparecen en los textos de Jenofonte. Allí más bien Sócrates aparece adoptando una posición doctrinal constructiva y expositiva.[36]
La imitación de la vida socrática de Jenofonte es también producto de un concepto ideal de ciudadano. P. e. elegir Sócrates morir antes que ir al destierro. En la Apología se describe la muerte más bien como un escape a la vejez que el resultado de seguir la voz interior o las indicaciones del dios. “Una señal inequívoca de su moral cívica fue su buen sentido de la oportunidad para morir.”[37] Según Jenofonte,[38] el kairós de su piedad lo indujo a aprovechar el mejor momento para alcanzar la inmortalidad en la memoria los atenienses. Sócrates arguye: “Puede ocurrir que la divinidad en su benevolencia me esté proporcionando no sólo el momento más oportuno de mi edad para morir, sino también la ocasión de morir de la manera más fácil”.[39] Morir bien y bellamente.
Del legado que Sócrates dejó, Jenofonte hace una afirmación muy interesante: “Cuando pienso en la sabiduría y nobleza de espíritu de aquel hombre, ni puedo dejar de recordarlo ni, al acordarme de él, puedo dejar de elogiarle”. Luego agrega en tono irónico, como si presagiara la imposibilidad de esa posibilidad: “Si alguno de los que aspiran a la virtud tuvo trato alguna vez con alguien más beneficioso que Sócrates, considero que tal hombre debe ser tenido por muy feliz.”[40]

Según Aristófanes
No podemos dejar pasar el enorme valor histórico[41] de la imagen de Sócrates, reflejo de la sociedad de Atenas, en la obra de Aristófanes. Por el 423 a. C., Aristófanes hace a Sócrates protagonista de una comedia destinada a espectadores atenienses: Las Nubes. Dado que su objetivo primario era la comicidad, se entiende que Aristófanes ridiculice a Sócrates presentando a un personaje caricaturesco, distorsionado, desfigurado, hostil.
Del lenguaje grosero y deslenguado con que se refiere Aristófanes al sabio maestro dan testimonio algunos párrafos. En cierto momento Fidípides, el hijo del agricultor ateniense Estrepsíades (en la obra), se refiere a Sócrates y a su amigo Querofonte de Esfeto (el que le acompañó al Oráculo de Delfos) como “desgraciado”,[42] mientras que el propio Estrepsíades se refiere al filósofo como Socratillo[43] y bastardo[44] y burlonamente exclama a un discípulo: “¡Enséñame a Sócrates lo más aprisa que puedas, que quiero ser su discípulo!”[45] También le apoda “Sócrates, el Melio”, por Diágoras de Melos, hombre ateo y enemigo declarado de las creencias religiosas.[46] En otro cuadro, ante la estrepitosa respuesta de Las Nubes al pedido de Sócrates, Estrepsíades explota: “Quiero tirarme pedos en respuesta a los truenos, de tanto que me asusto y tiemblo ante ellos.”[47]
También Sócrates habla deslenguadamente en estos diálogos. A Estrepsíades responde cuando parece no entender su discurso: “¡Vete al cuerno! ¡Qué bruto eres y qué duro de mollera! […] Eres un patán y un imbécil […] ¡Que te parta un rayo!”[48]
En esta obra, Aristófanes hace de Sócrates el prototipo del intelectual descreído y sin escrúpulos, como cuando aconseja: “No hagas girar siempre tu pensamiento alrededor de ti mismo; más bien deja que vuelen por el aire tus ideas, como un abejorro atado por la pata con un cordel”[49]; un físico afanado en descubrir los secretos de la naturaleza, como cuando mide con zapatillas de cera de ínfimo tamaño la distancia de los saltos de una pulga[50] o investiga si los mosquitos cantan por la boca o por al ano[51] o indaga respecto del movimiento del sol mientras conversa con Estrepsíades colgado de un canasto enganchado al techo[52]; y un sofista que cobra a Estrepsíades por enseñarle sus trucos dialécticos.[53]
En este diálogo cómico Sócrates hace de las Nubes celestiales sus diosas predilectas, “grandes diosas de los hombres inactivos, que nos facilitan el pensamiento, la dialéctica, la inteligencia, la expresión de invenciones novedosas, el circunloquio, el desconcertar al auditorio y el tenerlo a raya.”[54] Ellas le enseñan lo que él quiere saber. Lo divino, dice Sócrates, consiste en “entablar diálogo con las Nubes, nuestras divinidades.”[55] En fin, “no parece que Aristófanes estuviera interesado en distinguir a Sócrates del resto de los pensadores y sofistas”.[56]

Según Aristóteles
“Otra fuente de información sobre Sócrates, no por indirecta menos valiosa, es Aristóteles.”[57] Sin embargo ha sido cuestionado como fuente para el conocimiento de las doctrinas de Sócrates por el hecho de que no le conoció en persona, porque se fundamenta principalmente en los diálogos platónicos y en toda la literatura ficcional en torno a la figura de Sócrates y porque interpreta las doctrinas anteriores a él desde la perspectiva de su propio sistema de ideas. A pesar de lo anterior, es posible que algo de información directa pudiera haber recibido Aristóteles gracias a una gran familiaridad con el pensamiento Sócrates en los veinte años de convivencia en la Academia de Platón. Esto en definitiva permite argüir que “Aristóteles suele distinguir (aunque no siempre) el Sócrates real del Sócrates-personaje de los diálogos platónicos.”[58]
La genial penetración aristotélica hace inapreciables todas sus indicaciones; y, además, esta tercera fuente de información es de especial valor para decidir los límites entre las doctrinas socráticas y las del propio Platón. En especial Aristóteles reconoce a Sócrates el “doble mérito” de ser pionero en la búsqueda de las definiciones universales y en el uso de razonamientos inductivos. Sobre esto retomaré más adelante.

Según Platón
Platón era joven, tan sólo de treinta y un años, al momento de la ejecución de Sócrates. Por lo tanto, al escribir sus primeros diálogos mantiene fresca en su memoria y en sus sentimientos la tragedia que envolvió la muerte de su maestro. “Sobre todo, Platón es quién nos ha conservado el pensamiento y la figura viva de un Sócrates que, por cierto, difiere bastante del de Jenofonte. El Sócrates platónico es incomparablemente más rico, profundo y atractivo que el de Jenofonte.”[59]
Se afirma, y con razón, que, al menos en las últimas décadas del s. XX, puede observarse una preferencia generalizada por el Sócrates platónico. Es el testimonio de Platón la tradición triunfante a la hora de decidir qué es lo más importante de la compleja cuestión socrática.[60]
En la obra de Platón hay dos Sócrates[61]: el de los primeros diálogos, Apología, Critón, Cármides, Laques, Eutrifón, Gorgias, Ión, Hipias Menor, Lisis, Menéxeno, Protágoras y República I, es el Sócrates histórico, y el de los diálogos posteriores, opuesto e incompatible, es un portavoz de la doctrina de Platón. Por lo que cualquier caracterización del Sócrates “real” debe hacerse considerando los diálogos primeros.
Según se afirma, es en el Eutifrón donde Sócrates se muestra más claramente irónico. Sin duda, esta cualidad aparece también en los otros diálogos, pero allí “se despliega la ironía con la agilidad y peligrosidad de su fuerza.”[62]  También se afirma que la Apología “es –de punta cabo- profundamente irónico.”[63]
La posible filosofía de Sócrates se encuentra en su famosa Apología. Un aspecto importante de Sócrates es su profunda religiosidad, unida a un compromiso inquebrantable con la razón.[64] “Los ritos religiosos eran para él sagrados.”[65] Su inigualable piedad, virtud que regula la relación de los hombres con los dioses, se desprende de creía, aceptaba y respetaba a los dioses.[66] La religiosidad socrática aparece estrechamente vinculada al dios Apolo. El dios guiaba sus acciones o más bien impedía que se realizaran algunas de ellas. La voz interior, ese genio o demonio divino (δαιμον), le indicada qué no debía hacer, nunca le aconsejaba positivamente alguna conducta. Incluso le disuadía de intervenir en asuntos de política. Esta voz divina, decía Sócrates, “está conmigo desde niño, toma forma de voz y, cuando se manifiesta, siempre me disuade de lo que voy a hacer, jamás me incita. Y es ella quien me aparta de la actividad pública y me parece muy bien que se me oponga […] La advertencia habitual para mí, la del espíritu divino, en todo el tiempo anterior era siempre muy frecuente, oponiéndose aun a cosas muy pequeñas, si yo iba a obrar de forma no recta.”[67]  
Esta voz interior ha sido interpretada con el concepto de “conciencia moral”,[68] “un ropaje mitológico de la razón”. Aunque algunos han visto en ella una suerte de “experiencia religiosa primaria”, una voz profética.[69] También en el Eutifrón,[70] en el Eutidemo y en el Fedro Sócrates hace mención de esta voz demónica, numinosa.[71]
El Oráculo le había señalado como el hombre más sabio y Sócrates interpreta su filosofar como servicio al dios que está en Delfos a favor de los de Atenas.[72] Declara: “Realizar este trabajo me ha sido encomendado por el dios por medio de oráculos, de sueños y de todos los demás medios con los que alguna vez alguien, de condición divina, ordenó a un hombre hacer algo.”[73] En realidad, piensa Sócrates, ha sido escogido como un verdadero paradigma, como un punto de referencia. Es decir, en palabras del filósofo: “El más sabio entre vosotros es el que conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto a la sabiduría.”[74] Se ha conectado acertadamente el servicio al dios con el concepto de piedad que aparece en el Eutifrón.[75]
En cuanto a su doctrina ética no hay diálogo más socrático que el Critón.[76] En este diálogo Sócrates está solo consigo mismo y con su conciencia. “El coloquio del Critón aparece como una manifestación en voz alta de meditaciones que hasta entonces habían permanecido silenciosas.” El diálogo apunta al “sentido existencial de la gran persona Sócrates.”[77] Aquí se describe claramente el razonamiento ético, un método para la toma de decisiones, el cual finalmente justifica su accionar. Sócrates plantea: “Porque yo, no sólo ahora sino siempre, soy de condición de no prestar atención a ninguna otra cosa que al razonamiento que, al reflexionar, me parece el mejor.”[78] Mientras Critón, su amigo de infancia, le presenta la posibilidad de huir y evitar la muerte que le ha tocado injustamente como pena experimentar, él argumenta que está convencido de no cometer injusticia o violencia bajo ninguna circunstancia, pues nunca estará dentro de los límites de la ley devolver mal por mal. Las leyes no sólo existen sino que rigen; no sólo poseen poder, sino altura. El que infringe las leyes suprime su relación con el Estado. Van más allá que la voluntad individual. El juicio que ha llegado a ser válido debe ser cumplido. Esto es justicia.[79] En el Critón muestra Sócrates cómo el compromiso con la justicia determina el compromiso con la polis, con quien se ha establecido un pacto inviolable.[80] Es la reforma moral del individuo lo que ocasionará la reforma de la polis. Por lo mismo, intentaba convencer a los atenienses de que “no se ocupen de sus cuerpos ni de las riquezas antes que del alma, y con tanto afán a fin de que ésta sea lo mejor posible […] No sale de las riquezas la virtud para los hombres, sino de la virtud, las riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados como los públicos.”[81]

¿QUIÉN ERA ESTE SÓCRATES? ¿CUÁL ES SU HERENCIA?
Sócrates, en verdad, como persona fue intachable y como pensador, profundo y enérgico. Tenemos en Sócrates una fusión casi indestructible de persona y doctrina. Su persona, el Sócrates histórico, y su doctrina, el Sócrates de los diálogos. Si bien es cierto, de los escritos que se poseen ha sido una misión titánica dividir a ambos, hay algunos indicios, sobre todo en Aristóteles, que han permitido a los entendidos separar ambas entidades. Del aporte del Sócrates histórico y del Sócrates personaje-literario, rescataremos algunas ideas.

Su persona
“Sócrates es, paradójicamente, el gran ausente de la filosofía… Y, sin embargo, pocas figuras han entrado tan vivas en la historia”.[82] Según el Fedón, Sócrates es “un hombre del cual bien podríamos decir que ha sido el mejor y en general el más inteligente y justo entre todos los que vivieron en su época y que hayamos conocido nosotros.”[83] “Sócrates ha sido, con su peculiaridad, un ser único, que no encajaba en las órdenes de su tiempo […] Obediente a la verdad.”[84]
¿Qué convirtió a Sócrates en el mejor de todos los hombres? Paradójicamente, no fue su vida, sino más bien fue su muerte, dibujada en los diálogos platónicos Eutifrón, Apología, Critón y Fedón, ya comentados. Platón, que habla a través de la Apología por todos sus amigos, debió haberse estremecido a lo sumo ante el absurdo de que su maestro pudiera haber sido acusado de ασεβεια, de impiedad.
Que un maestro de tal envergadura no cobrase por su trabajo, es de igual forma notable. A propósito Sócrates señala: “Y si habéis oído a alguien decir que yo intento educar a los hombres y que cobro dinero, tampoco esto es verdad […] Y si de esto obtuviera provecho o cobrara un salario al haceros estas recomendaciones, [la acusación] tendría alguna justificación razonable… No han podido presentar un solo testigo para afirmar que yo alguna vez cobré o pedí a alguien una remuneración. Ciertamente yo presento, me parece, un testigo suficiente de que digo la verdad: mi pobreza.”[85] “¿Qué hombre veis que sea más libre que yo que no recibo de nadie regalos ni salario? […] Hacía el bien a los que conversaban conmigo, enseñándoles gratis todo lo bueno que podía.”[86]

Su herencia intelectual
Como resultado de un largo proceso de idealización y como símbolo de una humanidad superior por parte de la tradición occidental, “Sócrates es considerado como fundador de la ética filosófica.”[87] Es más, se ha dicho que toda la filosofía griega desde comienzos del siglo IV a. C. tiene una raíz en Sócrates. A pesar de eso, “Sócrates tuvo una aportación doctrinal modesta a la filosofía. No fue probablemente hombre de muchas y profundas ideas metafísicas, como la habían de serlo luego Platón y Aristóteles. Su papel fue prepararlos y hacerlos posibles, situando a la filosofía por segunda vez en la vía de la verdad.[88]
Si nos preguntamos cuál es, en suma, la aportación socrática a la filosofía[89], encontramos un pasaje en Aristóteles[90] en que se dice categóricamente que le debemos dos cosas: los razonamientos inductivos, es decir, ir de lo particular a lo universal, un recurso argumentativo habitual a casos particulares o ejemplos confirmatorios, refutativos o análogos[91]; y la definición universal, es decir, decir lo que algo es o sea, dar la esencia de algo, que más tarde desembocó en la teoría de las Ideas de Platón[92]; y añade Aristóteles que ambas cosas se refieren al principio de la ciencia.
Finalmente, estamos de acuerdo en que la figura que se nos ha heredado de Sócrates, es y debe considerarse el centro de toda la filosofía griega.[93] Existe un antes y un después de Sócrates. Por nada se ha dispuesto de los pensadores pre-socráticos y de los pensadores socráticos. Sin duda, nadie puede poner en tela de juicio o disipar la importancia del impacto de Sócrates en el pensamiento griego y en la interpretación posterior del mismo.

REFLEXIONES FINALES
Tenemos de Sócrates la esencia de su actividad: el no se dedicaba a enseñar, sino más bien parece que se dedicaba a aprender de la gente. Él no enseñaba, él conversaba. Al conversar, aprendía. Su fama viene del hecho de que escuchaba a los demás. Finalmente, esa misma cualidad le llevó a la muerte.
Al escuchar con ironía y continuar su diálogo en la misma línea, obligaba a la gente a usar su sentido común. Haciéndose ignorante podía señalar los puntos débiles de las personas. Independientemente de la condición social o de la edad, un encuentro con Sócrates podría resultar fatal en la reputación personal ante la ciudad. Aquello resultaba significativamente molesto e irritante para quienes sostenían los poderes de la sociedad ateniense. Sócrates mismo señala que él había sido comisionado por el dios sobre la ciudad como un tábano, un molesto moscardón, que aguijonea incesantemente a un caballo noble y grande, pero perezoso, la Grecia de su tiempo, para despertar, estimular y sermonear a cada ateniense, sin cesar, todo el día.[94]
Cabe la pregunta: ¿Qué se hace con un molesto moscardón que me arponea sin parar? El pueblo ateniense decidió darle muerte. A la muerte por vivir como pensaba. Y precisamente tomando de la cicuta con la cabeza en alto, reuniría a millares en torno a sí después de su muerte.
Sócrates es la perfecta unidad entre el mensajero y su mensaje. Tenía un mensaje que no puede ser separado de su coraje personal. En sus diálogos, principalmente en el Fedón, se fusionan “palabra y acción, conocimiento y ser en una unidad perfecta.” Y en la Apología de Platón, “es maravilloso cómo convergen aquí lo religioso, lo filosófico y lo humano en una unidad perfecta.”[95] “Fue lo mismo su ser ético que su pensar. Esta integración plena entre su ser y su saber [una integridad a toda prueba entre sus palabras y sus obras], conocido como intelectualismo ético, es quizá el primer valor de la ética de Sócrates.”[96] ¡Qué piedad en el hombre acusado de impiedad! “Este hombre no es el ‘mejor’ porque provenga de sangre noble o de la tradición de la clase dominante, sino porque ha escogido en sí lo absoluto de los verdadero y bueno en su carácter.”[97]
¿Será que nosotros hablamos más de lo que hacemos? Sócrates diría: Sí.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ARISTÓFANES. Las Nubes (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
ARISTÓTELES. Metafísica. Editorial Distribuidora Alexis, Arequipa, 2007.
CALVO MARTÍNEZ, Tomás. Sócrates. Material de lectura obligatoria del curso Seminario de Historia de las Ideas en la Filosofía, Universidad Adolfo Ibáñez, 2010.
Diálogo (género literario) (en línea). Disponible en http://es.wikipedia.org/wiki/Di%C3%A1logo_(g %C3%A9nero_literario)
Diálogos de Sócrates (en linea). Disponible en http://es.wikipedia.org/wiki/Di%C3%A1logos _de_S%C 3%B3crates
Didáctica de la Filosofía (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
EDWARDS, Luz María y FIGUEROA VELASCO, Adriana. Manual de Filosofía. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 2008.
FIGUEROA VELASCO Adriana. Conociendo a los grandes filósofos. 1ª edición, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1994.
GUARDINI, Romano. La muerte de Sócrates. 4ª edición, Emecé Editores, S. A., Buenos Aires, 1960.
JENOFONTE. Apología de Sócrates (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
LLEDÓ, Emilio, et al. Historia de la Filosofía. Santillana Bachillerato, Madrid, 1997.
MARÍAS, Julián. Historia de la Filosofía. 32ª edición, Biblioteca de la Revista de Occidente, Madrid, 1989.
MORALES TRONCOSO, David Emilio. Arte de vida y modelos éticos en la Ciropedia y Memorabilia de Jenofonte. En Onomazein 6 (2001): 309-326. Material de lectura obligatoria del curso Seminario de Historia de las Ideas en la Filosofía, Universidad Adolfo Ibáñez, 2010.
MORALES TRONCOSO, David Emilio. Sócrates: una ética y un método. Material de lectura obligatoria del curso Seminario de Historia de las Ideas en la Filosofía, Universidad Adolfo Ibáñez, 2010.
MORALES TRONCOSO, David Emilio. Tres modulaciones de la ironía: el vicio, la paradoja y la gnosis. En Onomazein 16 (2007/2): 171-190. Material de lectura obligatoria del curso Seminario de Historia de las Ideas en la Filosofía, Universidad Adolfo Ibáñez, 2010.
PLATÓN. Apología de Sócrates (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
________. Critón (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
________. Eutifrón (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
________. Fedón (en línea). Disponible en http://www.librodot.com
ROSENTAL, M. M. Diccionario Filosófico. Ediciones Huascarán, Lima, 2005.


[1] Luz María Ewards y Adriana Figueroa Velasco, Manual de Filosofía, p. 52-54.
[2] M. M. Rosental, Diccionario Filosófico, pp. 155, 156.
[3] Tomás Calvo Martínez, Sócrates, p. 114.
[4] Emilio Lledó et al., Historia de la Filosofía, p. 34.
[5] Diálogos de Sócrates (en linea). Disponible en http://es.wikipedia.org/wiki/Di%C3%A1logos _de_S%C3%B3crates
[6] Adicionalmente, muchos otros escribieron diálogos socráticos: Antístenes, Aesquines de Espetos, Faedo, Euclides de Megara, Teocritus, Tissafernes y Aristóteles.
[7] David Emilio Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 3.
[8] Julián Marías, Historia de la Filosofía, p. 38.
[9] Didáctica de la Filosofía, p. 117, 118.
[10] Platón, Apología de Sócrates, 38A.
[11] Platón, Critón, 45D.
[12] Platón, Apología de Sócrates, 21C.
[13] Platón, Eutifrón, 5C, 14C
[14] Platón, Critón, 53C-E.
[15] Citado en Calvo Martínez, op. cit., p. 126.
[16] Cf. Platón, Apología de Sócrates, 23C, 29E, 33C, 41B.
[17] Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 3.
[18] Platón, Apología de Sócrates, 21B-22A.
[19] Romano Guardini, La muerte de Sócrates, p. 25-27.
[20] David Emilio Morales Troncoso, Tres modulaciones de la ironía: el vicio, la paradoja y la gnosis, p. 178-185.
[21] Adriana Figueroa Velasco, Conociendo los grandes filósofos, p. 54. Énfasis en el original.
[22] Platón, Teeteto, 148e-150d. Citado en Lledó et al., Historia de la Filosofía, p. 35.
[23] Platón, Apología de Sócrates, 40E-41C.
[24] Diálogos de Sócrates (en linea). Disponible en http://es.wikipedia.org/wiki/Di%C3%A1logos_ de_S%C3%B3crates; Diálogo (género literario) (en línea). Disponible en http://es.wikipedia.org/wiki/ Di%C3%A1logo_(g%C3%A9nero_literario)
[25] Morales Troncoso, David Emilio. Arte de vida y modelos éticos en la Ciropedia y Memorabilia de Jenofonte, p. 312-314.
[26] Calvo Martínez, op. cit., p. 115, 116.
[27] Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 4.
[28] Morales Troncoso, Arte de vida y modelos éticos en la Ciropedia y Memorabilia de Jenofonte, p. 319.
[29] Jenofonte, Apología de Sócrates, 1, 2.
[30] Jenofonte, Apología de Sócrates, 2.
[31] Morales Troncoso, Arte de vida y modelos éticos en la Ciropedia y Memorabilia de Jenofonte, p. 320.
[32] Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, IV, 6, 2. Citado en Calvo Martínez, op. cit., p. 119.
[33] Jenofonte, Apología de Sócrates, 3, 12.
[34] Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, I, 1, 4. Citado en Calvo Martínez, op. cit., p. 120. cf. Jenofonte, Apología de Sócrates, 13.
[35] Jenofonte, Apología de Sócrates, 11.
[36] Calvo Martínez, op. cit., p. 120.
[37] Morales Troncoso, Arte de vida y modelos éticos en la Ciropedia y Memorabilia de Jenofonte, p. 314, 315.
[38] Jenofonte, Apología de Sócrates, 32.
[39] Jenofonte, Apología de Sócrates, 8.
[40] Jenofonte, Apología de Sócrates, 34.
[41] Marías, op. cit., p. 40 (nota al pie de página).
[42] Aristófanes, Las Nubes, 100.
[43] Aristófanes, Las Nubes, 220, 235, 745.
[44] Aristófanes, Las Nubes, 1465.
[45] Aristófanes, Las Nubes, 180.
[46] Aristófanes, Las Nubes, 830.
[47] Aristófanes, Las Nubes, 290-295.
[48] Aristófanes, Las Nubes, 645, 655, 725.
[49] Aristófanes, Las Nubes, 760.
[50] Aristófanes, Las Nubes, 145-150, 830.
[51] Aristófanes, Las Nubes, 155-165.
[52] Aristófanes, Las Nubes, 215ss.
[53] Aristófanes, Las Nubes, 240-245.
[54] Aristófanes, Las Nubes, 315.
[55] Aristófanes, Las Nubes, 250.
[56] Calvo Martínez, op. cit., p. 115.
[57] Marías, op. cit., pp. 39, 40.
[58] Calvo Martínez, op. cit., p. 126.
[59] Marías, op. cit., pp. 39.
[60] Calvo Martínez, op. cit., p. 116; Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 4.
[61] Calvo Martínez, op. cit., p. 117.
[62] Guardini, op. cit., p. 25.
[63] Morales Troncoso, Tres modulaciones de la ironía: el vicio, la paradoja y la gnosis, p. 179. Énfasis en el original.
[64] Calvo Martínez, op. cit., p. 117.
[65] Guardini, op. cit., p. 56.
[66] Platón, Apología de Sócrates, 26B-27A.
[67] Platón, Apología de Sócrates, 31D, 40A; cf. Calvo Martínez, op. cit., p. 120-122. 
[68] Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 5.
[69] Guardini, op. cit., p.  86 (cf. pp. 21, 22).
[70] Platón, Eutifrón, 3B.
[71] Platón, Eutidemo, 273A; Fedro, 242B. Ambos citados en Guardini, op. cit., p. 85.
[72] Platón, Apología de Sócrates, 21E.
[73] Platón, Apología de Sócrates, 23C, 33C.
[74] Platón, Apología de Sócrates, 23B.
[75] Calvo Martínez, op. cit., p. 119, 120.
[76] Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 5.
[77] Guardini, op. cit., pp. 112, 130, 135-137.
[78] Platón, Critón, 46B.
[79] Guardini, op. cit., p. 126.
[80] Calvo Martínez, op. cit., p. 122.
[81] Platón, Apología de Sócrates, 30A-B.
[82] Lledó et al., op. cit., p. 32.
[83] Platón, Fedón, 118.
[84] Guardini, op. cit., p. 58, 73.
[85] Platón, Apología de Sócrates, 29D-E, 31B-C.
[86] Jenofonte, Apología de Sócrates, II, 14; III, 27.
[87] Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 2.
[88] Marías, op. cit., p. 39.
[89] Marías, op. cit., p. 38.
[90] Aristóteles, Metafísica, 27-29, XIII 9; 1086B3-5; I 6, 987B1-10.
[91] Calvo Martínez, op. cit., p. 127.
[92] Aristóteles, Metafísica, XIII 4, 1078B30.
[93] Calvo Martínez, op. cit., p. 128, 129.
[94] Platón, Apología de Sócrates, 30E.
[95] Guardini, op. cit., p. 104, 112.
[96] Morales Troncoso, Sócrates: una ética y un método, p. 4.
[97] Guardini, op. cit., p. 82.
Publicar un comentario