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viernes, 6 de abril de 2012

Siete razones que podrían salvar una vida


¿Por qué nuestros hijos e hijas deberían estudiar
en un Colegio Adventista?[1]

Introducción

Por 1880, un maestro de Oakland, California, comentó a los esposos White, quienes esperaban instalar una pequeña escuela en esa ciudad: “Si los padres conocieran la maldad que se practica aquí, se produciría un temor que ni Uds. ni yo nos imaginamos”.[2]

         Hoy, las condiciones de las escuelas no son mejores: violencia, pandillas, drogas, alcohol, armas, inmoralidad. La lista de amenazas es interminable. Sin embargo, algunos padres piensan que no existe diferencia sustancial entre asistir a una escuela pública o a una cristiana. No ven los peligros a los cuales exponen a sus hijos. Un mejor nivel académico sobrepuja el valor de la educación con un sólido fundamento bíblico.

         Visto así, la cosmovisión educativa adventista provee de razones para hacer de nuestros colegios un ambiente educativo favorable:

1. Continuidad a la educación del hogar

La educación impartida en el hogar[3] encuentra una fiel extensión en nuestras aulas. La formación cristiana es un proceso cooperativo: los padres en el hogar y los maestros en la escuela. Cada estudiante es parte de una comunidad que se interesa por él y le provee de objetivos comunes.

De los maestros de escuelas públicas nuestros hijos no obtienen ideas que armonizan con las Escrituras y no ven la obediencia a su Ley como principio de toda sabiduría, por lo cual no aprecian la vida religiosa.[4]

2. Atmósfera espiritual

Podemos contrarrestar el mal sólo con la fortaleza de Jesús. Las pérdidas debido al descuido de la educación en el hogar “hizo resaltar la necesidad de escuelas donde predominara una influencia religiosa”.[5]

La educación adventista apunta a proporcionar un ambiente que permita el desarrollo integral de las facultades físicas, mentales, espirituales, morales y sociales de cada estudiante. Un Plan Maestro de Desarrollo Espiritual provee los principios a resaltar y direcciona las actividades espirituales de la comunidad estudiantil.

En los cultos al comienzo de cada jornada y durante la semana, en las Semanas de Oración y en los Retiros Espirituales, el estudiante tiene la oportunidad de alabar y agradecer a su Creador, estudiar su Palabra, rogar a Dios por sus necesidades y obtener fortaleza en momentos difíciles.

3. Educación bíblica y cristocéntrica

Los padres cristianos deben educar a sus hijos bajo los principios bíblicos. “Dios ha declarado su propósito de tener un colegio donde la Biblia tenga el lugar que le corresponde en la educación de la juventud”.[6]

La Biblia constituye el texto esencial en nuestras escuelas. Sus principios se reflejan en todo el currículo y proveen al alumno de bases sólidas y puntos de referencias contra los dilemas éticos que enfrentamos: aborto, suicidio, desviaciones sexuales, vicios, etc. En las Escrituras conocen el Plan de Salvación y su destino en una Tierra Nueva para quienes aman a Jesús; aprecian su cuerpo como templo del Espíritu y lo cuidan para su servicio; comprenden la gravedad del pecado; aprenden a tomar decisiones y se consagran al servicio de Cristo mediante el bautismo.

4. Separación del mundo

Dios desea mantener a nuestros hijos alejados del mundo y no exponerlos a sus influencias: placeres, entretención sin propósito, malos hábitos de vida y de alimentación.[7]

Nuestros colegios ofrecen a los alumnos opciones de vida y recreación que edifican y desarrollan el carácter para que, mientras asisten a la escuela o tienen cualquier otro trato, no sientan la influencia de los hábitos corruptos.[8] Por ejemplo, las academias tienen como fin satisfacer las verdaderas necesidades y ocupar las mentes en pensamientos nobles, objetivos elevados y ocupaciones útiles.

5. Disciplina redentora

La educación basada en Cristo y su Palabra provee la oportunidad de alcanzar el gran fin de la educación: restaurar en el hombre la imagen de Dios.[9] Esta imagen se verá reflejada en nuestros alumnos en un ambiente de libertad responsable y disciplina redentora.

Nuestros colegios reconocen la Ley de Dios como el fundamento del gobierno universal. Los estudiantes reconocen sus privilegios y sus deberes y los resultados de su mal proceder. Las normas son una guía para desarrollar su facultad de elección hacia el bien y la justicia, controlando las actitudes más que el comportamiento. La disciplina redentora busca que el alumno se controle a sí mismo y haga elecciones libres que transformen su carácter, centrados en su futuro y no en su pasado. Aunque haga elecciones equivocadas, aprenderá de sus fracasos.

6. Maestros misioneros

Martín Lutero expresó: “Si yo tuviera que renunciar a la predicación y mis otros deberes, no hay otro oficio que buscaría sino el de maestro de escuela. Porque sé que próximo al ministerio pastoral está este otro que es el más útil, grande y mejor”.[10] Cada maestro cristiano es un misionero que lleva la educación formal y el evangelio al corazón del estudiante y colabora en su transformación. El impacto de maestros consagrados sólo será visto en la eternidad.

“En el mundo hay dos clases de educadores.  Una clase está formada por aquellos a quienes Dios convierte en canales de luz y la otra clase por aquellos a quienes Satanás usa como sus agentes”.[11] Una clase contempla el carácter de Dios, la otra está confabulada con el maligno.

7. Preparación para servir

“Nuestras escuelas son los instrumentos especiales del Señor para preparar a los niños y a los jóvenes para la obra misionera”.[12] Nuestros colegios motivan a los estudiantes a ser miembros productivos de la sociedad y la iglesia y así toman parte activa en el Plan de Dios y usan sus dones para servir: comparten el evangelio, llevan a otros a los pies de Jesús, hablan de los peligros del alcohol y las drogas, se convierten en orientadores de los menos aventajados y recolectan recursos para paliar sus necesidades materiales, mientras descubren su vocación que les dará un espacio en este mundo y les preparará para la eternidad.

Conclusión

“Algunos en el pueblo de Dios permiten que sus hijos asistan a las escuelas públicas, donde se mezclan con los que tienen una moralidad corrompida.  Sus hijos ni pueden estudiar la Biblia ni aprender sus principios en estas escuelas…

Aquí están nuestros hijos. ¿Permitiremos que sean contaminados por el mundo, por su iniquidad y desobediencia a los mandamientos de Dios? Pregunto a los que están haciendo planes para enviar a sus hijos a las escuelas públicas donde están expuestos a ser contaminados: ¿cómo podéis afrontar tal riesgo”.[13] El Señor bendiga nuestras elecciones.



[1] Víctor A. Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Magíster (C) en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Inspector General en el Colegio Adventista de Arica, MNCh-UCh.
[2] Elena G. de White, Manuscrito 100, 1902.
[3] Deuteronomio 6: 6, 7.
[4] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, t. 2, pág. 452, 453.
[5] Elena G. de White, Manuscrito 119, año 1899.
[6] 2 Timoteo 3: 15; Elena G. de White, Testimonies for the Church, t. 5, pág. 26.
[7] 1 Juan 2: 15.
[8] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, pág. 166.
[9] Elena G. de White, La Educación, pág. 15, 16.
[10] Citado por George R. Knigth en “¿Por qué tener educación adventista?”, Revista de Educación Adventista, 22 (2006), pág. 5.
[11] Elena G. de White, Fundamentals of Christian Education, pág. 174.
[12] Elena G. de White, Consejos para los Maestros, pág. 115.
[13] Elena G. de White, Discurso a la Iglesia Adventista de Deer Park, California, lunes 14 de julio de 1902.
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