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viernes, 6 de abril de 2012

Música y Adoración

La música adecuada en la adoración[1]

 El privilegio de toda la creación

 “¡Adoración! La prerrogativa del Creador. El privilegio de la creación. El deleite del cielo. La principal ocupación de los ángeles”.[2] Toda la Biblia está permeada de adoración. Desde el día cuando Caín y Abel llegaron ante Dios con sus ofrendas (Génesis 4) hasta la celebración en el mar de vidrio (Apocalipsis 15), desde el Cántico de Moisés (Éxodo 15) hasta el Cántico del Cordero (Apocalipsis 15), la adoración constituye uno de los mayores temas de la Palabra de Dios.

 La adoración refleja el progreso espiritual de la iglesia. Tanto personal como congregacional, constituye un verdadero barómetro de la condición espiritual del pueblo.[3] El pastor A. Aeschlimann[4] destaca que lo necesario e importante no es ir a la casa de Dios para adorarle y rendirle culto, sino que es mucho más importante que aquella adoración y culto, además de ser ofrecidos a Dios, sean aceptos por Él, como ocurrió con la ofrenda de Abel, y no rechazados como sucedió con la de Caín.

 ¿Cómo puede nuestra adoración ser acepta delante de Dios? En primer lugar, la adoración sin presencia de Dios está quebrada y vacía, ahogándose en nuestra futilidad. Actualmente, hemos perdido en muchas de nuestras iglesias un sentido de dependencia en la presencia de Dios. Sin experimentar esta presencia en nuestras vidas y en nuestra adoración no podremos alcanzar nunca, ni como individuos ni como congregación, el progreso que debemos. Es esta presencia la que proveerá la fuerza, la seguridad y la protección que el pueblo adventista necesita para encarar los días finales.

 Ese sentido de la presencia de divina está basado en la revelación de Dios en Cristo Jesús. Aquella revelación nos lleva inevitablemente a los pies de la cruz, a reconocer el gran amor y la misericordia de Dios Padre en su Hijo. Por otro lado, la verdadera adoración sólo puede emanar de la actividad del Espíritu Santo. Por los tanto, cada miembro de la Divinidad debe estar presente en cada acto de nuestra adoración.[5]

 Elena G. de White escribió: “Debemos congregarnos en torno a la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción”.[6] Otro autor a dicho: “No debemos reemplazar la cruz como base de nuestra adoración”.[7] Allí, en ese símbolo del eterno amor de Dios, debe centrarse nuestra alabanza y gloria. El canto, la alabanza, las ofrendas, la oración, la exposición de la Palabra y el testimonio personal serían vanos si no hacemos de la cruz el motivo principal de cada una de las formas en que nuestra adoración se manifiesta ante el Creador.

 “Muchos de nuestros servicios de adoración son como  una coronación sin la presencia del Rey”.[8] Olvidamos que toda nuestra vida debe ser llevada a percibir la ausencia de Dios. Y sólo sentiremos su ausencia cuando hayamos experimentado su presencia.

 En segundo lugar, se nos dice que “la adoración es una actividad corporativa; no es el acto de individuos aislados, sino de toda la iglesia”.[9] En Apocalipsis 14, el ángel que lleva el evangelio eterno llama a toda nación, tribu, lengua y pueblo a adorar a Dios como Supremo Creador del universo. Cada acto de culto, sobre todo si es de toda la congregación, debiera ser una reunión dedicada a Dios mediante el canto y los testimonios personales de los fieles. Nada de nuestros servicios puede ser real, ni nuestra alabanza puede ser relevante, si es un monólogo de creación humana. No puede haber verdadera adoración si pretendemos ser únicos en este privilegio de toda la creación.

 Finalmente, la adoración es la única preparación adecuada de la iglesia como cuerpo de Cristo para su trabajo y testimonio. Cada acto que vaya como ofrenda agradable a Dios debe motivarnos a testificar de su nombre. E. White escribió: “Debería ser un placer adorar al Señor y participar en su obra… El Señor desea que sus hijos encuentren satisfacción en su servicio”.[10] El evangelio se vería grandemente beneficiado si se comprendiera este propósito como centro de la adoración.

 El pastor E. Giller aconseja la adoración en el evangelismo como un medio probado y aprobado en muchas iglesias. Resumiendo, el afirma: “La adoración en el evangelismo es un método poderoso en la ganancia de almas”.[11] Este comentario ilustra la importancia de la verdadera adoración en la predicación del evangelio.

 Es de destacar que la adoración no debe tomarse sólo como entretenimiento, aunque debe ser interesante, ni sólo como compañerismo, aunque deben cultivarse las relaciones mientras adoramos. Adoración no es sólo exponer las Escrituras, aunque deben ser explicadas. No es sólo liturgia, aunque debe haber orden y forma en el culto (cf. 1 Corintios 10: 31; 14: 40).

 Concluyendo, diremos que la verdadera adoración: (1) Tiene como centro la Divinidad y la cruz de Cristo; (2) Es una actividad corporativa; y (3) Es un medio de evangelismo.

 Criterios para una música adecuada en la adoración

 En el ámbito cristiano en general, y adventista en particular, los criterios con respecto a la elección de la música adecuada varían según los autores, pero las opiniones son concluyentes. Músicos, teólogos y la revelación tienen algo que decir. En la siguiente sección se armonizan algunos comentarios.

 Marvin L. Robertson[12], decano del Departamento de Música del Southern Collage en la década del ‘90, afirma que durante siglos las discusiones relacionadas con la música han ocupado el centro del escenario. Músicos y teólogos también han planteado el problema del lugar, la forma y la función de la música en nuestra iglesia. “La música que es aceptable para un cristiano adventista debe ser socialmente adecuada, éticamente incuestionable y teológicamente buena”.[13] La teología del adorador modela su adoración. Otro autor enfatiza que “la música es un medio para la adoración y nunca un fin en sí mismo”.[14] Es más, el problema es aún más serio: Cualquier modo de pensar que vea la música como un fin en sí misma está en problemas teológicos. Es decir, una buena música no es sólo asunto del arte, sino también de la teología. “En la iglesia no se hace música por ‘la música’ misma, o por el bien del arte, sino que toda la música de la iglesia debe tener un propósito mejor y mayor que ella misma”.[15] Visto de otro modo, el propósito de la música en la religión es aplicar el arte y servir como medio para hacerla más espiritual. Si es un medio, persigue un fin.

 Se nos dice: “Su único propósito [de la música] es servir para la adoración y alabanza de nuestro Dios”.[16] Otro agrega: “El hombre siente el valor de la música en su esfuerzo por glorificar a Dios… En la música de la iglesia podemos entregar a Dios nuestra alabanza y adoración”.[17] Otro comenta: “La música no está allí por sí misma, sino con el propósito de realizar y hermosear la experiencia de la adoración […] La clase de música que es apropiada para el uso en la iglesia es aquella que armonizará con la mente y las emociones espirituales del adorador”.[18] Una función de la música es producir ánimo y estimular las emociones guiándolas al espíritu de la adoración. Si produce ánimo y emociones contrarias al espíritu de la adoración, ésta falla.

 La mejor música

 Ante la evidencia y los criterios presentados, no podemos ignorar la importancia de la música en las iglesias donde se reúnen “los que guardan los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús” (Apocalipsis 14: 12). Si tomamos la música como parte integral de la adoración desde los inicios de la humanidad hasta nuestros días, entonces ella debe estar de acuerdo y ser consecuente con los principios expuestos referentes a la adoración. En este sentido la música debería: (1) Tener a Cristo como centro; (2) Debe ser una actividad corporativa, y (3) Debe ser un método de evangelización.

 1. Cristo es el centro de la música en la adoración

 En los acuerdos tomados por el Concilio Anual de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en 1972 y aprobados por la Junta Plenaria de la División Sudamericana el 5 de junio de 1973, se dice respecto a la música como primer principio general: “La música debiera glorificar a Dios y ayudarnos a adorarle en forma aceptable”.[19] Un numeroso grupo de comentadores, músicos y teólogos apoyan este principio. El Comentario Bíblico Adventista enfatiza que la adoración religiosa, y la música como parte de ella, “debe ser dirigida a Dios, de otra manera no es más que una autoexhibición”.[20] Cualquier música que se elija escuchar o interpretar, sea vocal o instrumental, sagrada o secular, debe ser para la gloria de Dios.

 Según I. E. Reynolds la religión, el culto y el servicio de adoración sin la música perderían uno de sus más poderosos auxiliares y la mitad de su eficacia y significado. Afirma que “la música tiene un poder peculiar de guiar la mente a una actitud de oración y adoración solemne”.[21]

 En la ejecución musical, el canto juega un papel de importancia en el acercamiento del alma a Dios. Elena G. de White afirma: “La melodía de la alabanza es la atmósfera del cielo; y cuando el cielo se pone en contacto con la tierra, se oye música y alabanza, ‘acciones de gracias y voz de melodía’ (Isaías 51: 3)”. Para ella, el canto adquiere un significado especial en variadas ocasiones. Ella escribió: “Tributemos alabanza y acción de gracias por medio del canto… Entonemos con fe un himno de acción de gracias a Dios”. Ella asemeja el valor del canto al de la oración y afirma que “más de un canto es una oración”. A través de la oración el alma entra en comunión con el cielo y el canto, como parte de nuestra adoración, es tanto un acto de culto como lo es la oración. “El corazón debe sentir el espíritu del canto para darle la expresión correcta”.[22]

 La música nos ayuda a comenzar nuestra relación con el cielo. “Aquí aprendemos la clave de la alabanza”. “En nuestros cánticos de alabanza deberíamos procurar aproximarnos tanto como sea posible a la armonía de los coros celestiales”. “El alma puede elevarse hasta el cielo en alas de la alabanza. En las mansiones celestiales se adora a Dios con cánticos y música y, al expresarle nuestra gratitud, nos aproximamos al culto de los habitantes del cielo”[23] (Véase Salmo 50: 23; Isaías 51: 3).

 Hacer música para la gloria de Dios involucra a todos los cristianos. Pastores, teólogos, músicos, educadores, laicos y toda la gente de la iglesia debe ponerse seria respecto a la música. Elsie L. Buck, profesora de música en los ’90 del Lake Union College, comenta que tanto el colegio, como el hogar y la familia, tienen su rol en la educación musical.[24] Desde una perspectiva humana, la música provee una vía hacia la verdad. Su rol es ayudar al hombre a encontrar y comunicar el significado de la vida. “El compositor, el ejecutante y el oyente tienen, cada uno, una responsabilidad en descubrir y revelar el significado de la verdad tal como se encuentra en la música”.[25]

 2. La música en la adoración es una actividad corporativa

 El instrumento primario para la adoración musical es la congregación. Nuestro coro más importante está en los bancos de la iglesia. La música confiere una oportunidad única de participación. La participación en la música involucra más directamente a la congregación de lo que lo permite cualquier otro aspecto del servicio de adoración.[26]

 En los acuerdos tomados por el Congreso de la Asociación General (1972) se recomienda la planificación de cada uno de los elementos musicales del culto para que “los miembros de la congregación no sean meros espectadores sino participantes”.[27] En esto la iglesia tiene un papel protagónico. Elena G. de White, dice que rara vez debe recurrirse al canto de unos pocos. “La habilidad del canto es un talento de influencia que Dios desea que sea cultivado por todos y usado para la gloria de Dios”.[28]

 Se nos afirma que la práctica de la música congregacional no se basa en una “tradición humana” o en una institución de origen humano, sino que es una “institución de origen divino” que se remonta a tiempos anteriores a la creación del mundo (cf. 2 de Crónicas 5: 13; Salmos 147: 7; 149: 1).[29] De acuerdo a la evidencia encontrada en las Escrituras, no cabe duda que el canto congregacional es la forma ideal de la música para la adoración de la iglesia. La música participativa será siempre la mejor música.

 Los pastores deberían preocuparse por aumentar la calidad y el fervor del canto congregacional. Ayudando a la congregación a cantar con el entendimiento se les ayudará a cantar con el espíritu. En esta labor, los ministros juegan un papel vital en el desarrollo de un canto de la congregación más espiritual. De esta manera, el canto en las horas de culto será un aporte en la revitalización de la iglesia.[30]

 La música utilizada en el culto debe ser la mejor. Tanto la música como el culto “buscan la verdad”, por lo tanto el canto debe “preparar el camino para el sermón” y el sermón debe “abrir la puerta al canto”.[31] La música nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y al mundo. Así, por medio de la participación en el canto congregacional, los miembros de iglesia aumentarán sus conocimientos en los temas religiosos.

 La música nunca debería elegirse al azar. Siempre los himnos seleccionados deben estar relacionados con la ocasión y el mensaje o tema central de la reunión de adoración y deben inspirar pensamientos y sentimientos deseables.[32] El culto no es una clase de canto. Por esto se deben escoger himnos conocidos por la mayoría de los adoradores y que armonicen con el tema al inicio y al término del servicio. Así se asegura la participación de toda la congregación en la adoración a través de canto. Cualquier música o canto que no armonice con el tema del sermón debería ser excluido del programa de ese culto en particular, pues no preparan la congregación para el sermón ni confirman el mensaje que se presentó. En la adoración se debe enseñar a cantar con “entendimiento, sentimiento y reverencia”.[33] En el momento de determinar la aptitud que la música tiene para ser usada en la congregación es muy importante identificar el significado que ésta tiene para la congregación, no importa si es sagrada o profana.[34]

 La importancia del uso de la música congregacional no descarta su uso en el culto privado, en el hogar, en el colegio o en la música coral. E. White nos exhorta a no pasar por alto el valor del canto como medio educativo. Se debe cantar en el hogar con el propósito de disminuir las palabras de censura y aumentar las de alegría, esperanza y gozo.[35] Además, el uso de himnos en los servicios de la iglesia resulta vital en la educación religiosa de los niños. En los hogares cristianos la experiencia de escuchar y entender la música debe ser un asunto temprano en la vida de los niños. Hacer música en el hogar es un imperativo divino, una prioridad que Dios dio en su Palabra como medio para su honra y gloria.[36]

 Con respecto a la formación de coros, el Manual de Iglesia enfatiza que, tanto sus directores y sus miembros, como los encargados de la música en los servicios de la iglesia, deben ser elegidos con sumo cuidado, pues incontable daño puede hacerse al elegir a miembros no consagrados. Ellos deben ser personas que “representen correctamente los principios de la iglesia”.[37]

 3. La música en la adoración es un método de evangelización

 Se ha afirmado y con razón, que si la música y la teología concuerdan, la participación en la música en la iglesia ofrece la oportunidad de aprender, desarrollar, recordar, reforzar, expresar y transmitir las verdades de la fe evangélica.[38] E. White escribió que el canto es uno de los medios más eficaces para grabar en el corazón la verdad espiritual. Y que la melodía del canto, exhalada de muchos corazones en forma clara y distinta, es uno de los instrumentos de Dios en la obra de salvar almas.[39]

 La música tiene un poder de comunicación que sobrepasa al de la predicación. El don del canto es un medio eficaz para impresionar el corazón y grabar la verdad espiritual. La música ayuda al ser humano a ser más receptivo a los mensajes del Espíritu Santo. Dios ve los motivos y frecuentemente, las palabras de un canto sagrado han abierto los manantiales  de arrepentimiento y de fe en el corazón de los creyentes. Toda una vida puede cambiar de dirección por la influencia de un himno.

 La música religiosa es un medio para la ganancia de almas y dado que no todos tienen el mismo gusto, se nos aconseja que, a fin de no caer en la monotonía, se ofrezcan variedad de estilos a los oyentes. [40] Aún así debe ser música que Dios acepte. Muchos reciben la invitación al evangelio y a Cristo por medio de los himnos de invitación, escuchando a través de la música lo que a menudo evitan oír de los predicadores. Esa influencia motiva al corazón a responder al llamado de Dios.

 Conclusión

 “La música es el único arte del cielo dado a la tierra y el único arte de la tierra que llevaremos al cielo”.[41] El futuro del cristiano está destinado a la música. En la tierra nueva se oirá “el sonido de música y de canto, cual no ha sido oído por oído mortal alguno ni concebido por mente humana alguna, a no ser en visiones de Dios”.[42] Por lo tanto, todos aquellos que deseen estar en el cielo con toda su música, deben comenzar a dar ahora a la música su debido lugar en el corazón y en la vida. La música es uno de los agentes designados por Dios para “preparar a un pueblo para la iglesia celestial, para aquel culto sublime, en el cual no podrá entrar nada que corrompa”.[43]


[1] Adaptado de Víctor Jofré Araya, La problemática de la música en la adoración en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, pp. 1-20. Monografía presentada como cumplimiento de los requisitos de la asignatura Metodología de la Investigación II, Instituto Profesional Adventista de Chile, noviembre 1995.
[2] John M. Fowler, O come, let us worship! En Ministry, agosto 1991, p. 6.
[3] Wintley Phipps, Worship: God´s agent of contact. En Ministry, abril 1993, p. 23.
[4] Alfredo Aeschlimann, La importancia del culto y la adoración. En Ministerio Adventista, marzo-abril 1980, p. 9.
[5] Rex D. Edwards, Threats to worship. En Ministry, agosto 1991, p. 5.
[6] Elena G. de White, El Camino a Cristo, p. 74.
[7] J. David Newman, The cross, the center of worship. En Ministry, agosto 1991, p. 4.
[8] Phipps, op. cit., p. 23.
[9] Edwards, op. cit., p. 5.
[10] White, op. cit., p. 74.
[11] Eion Giller, Evangelism and worship. En Ministry, noviembre 1993, p. 9.
[12] Marvin L. Robertson, ¿Tiene importancia la música que escoges? En Diálogo Universitario, v. 6, n° 1, 1994, p. 9.
[13] Anticipando la música del cielo. En Ministerio Adventista, julio-agosto 1982, p. 6.
[14] Norval F. Pease, And worship Him (Nashville, Tennessee, Southern Publishing Association, 1967), p. 72.
[15] Dina M. de Carro, Biblia y música en la vida de la iglesia. En La Biblia en América Latina, v. 1, 1986, pp. 12, 13.
[16] I. E. Reynolds, El ministerio de la música en la religión (Buenos Aires, Casa Bautista de Publicaciones, 1964), p. 20.
[17] Paul Hamel, The Christian and his music (Washington, D.C., Review and Herald Publishing Association, 1973), p. 58.
[18] Seminario Adventista Latinoamericano de Teología, Música Sacra, (2da. ed., Entre Ríos, Argentina, 1983), p. 61.
[19] Música Sacra, pp. 107, 108.
[20] Francis D. Nichol (editor), Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día (Buenos Aires, Asociación Casa Editora Sudamericana, 1978-1992), v. 6, p. 1034.
[21] Reynolds, op. cit., pp. 34-36.
[22] White, La Educación, pp. 156, 157, 164; El Ministerio de Curación, p. 196; Patriarcas y Profetas, p. 645.
[23] White, La Educación, p. 164; Patriarcas y Profetas, p. 645; El Camino a Cristo, p. 75.
[24] Elsie Landon Buck, Music in the home. En The Lake Union Herald, marzo 1994, p. 12.
[25] Hamel, op. cit., pp. 58, 59.
[26] Lyell V. Hiese, Music and Worship. En Ministry, octubre 1991, p. 21.
[27] Música Sacra, p. 109.
[28] Elena G. de White, Mensajes para los jóvenes, pp. 291, 292.
[29] Hugo Darío Riffel, Reflexiones sobre la música en el Antiguo Testamento. En Ministerio Adventista, noviembre-diciembre 1965, p. 22.
[30] Wayne Hooper, Inspire your congregation’s singing. En Ministry, abril 1990, p. 12.
[31] Walton J. Brown, La música en la iglesia (División Interamericana, Departamento de Educación, 1969), p. 48.
[32] Reynolds, op. cit., p. 161.
[33] Aeschlimann, op. cit., p. 12-16.
[34] Por profana se refiere a los grandes clásicos de la música universal. Ver Hugo Darío Riffel, ¿Sagrado o profano? En Ministerio Adventista, marzo-abril 1968, p. 24.
[35] White, La Educación, pp. 163, 164.
[36] Hamel, op. cit., p. 59; Landon Buck, op. cit., p. 12.
[37] Manual de la Iglesia, pp. 113, 114.
[38] Heise, op. cit., pp. 21, 22; Pease, op. cit., p. 74.
[39] White, La Educación, p. 163; Joyas de los Testimonios, v. 2, p. 195; Mensajes para los jóvenes, p. 215.
[40] Brown, op. cit., p. 10.
[41] Ollie Taylor Gant, Music, its power and place. En Ministry, marzo 1948, p. 41.
[42] White, Profetas y Reyes, p. 539.
[43] White, Joyas de los Testimonios, v. 2, p. 193.
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