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viernes, 6 de abril de 2012

La educación de Jesús

La educación de Jesús:
Un modelo para nuestros días.[1]

Víctor A. Jofré Araya
Magíster (C) en Educación Religiosa
Colegio Adventista de Calama – Chile

“Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2: 52).



Las Sagradas Escrituras no nos entregan mucha información respecto de la educación y la niñez de Jesucristo. Sin embargo, los pocos datos que los Evangelios nos aportan y el auxilio de los descubrimientos arqueológicos son suficientes para recrear cómo pudo haber sido la instrucción de los primeros años en la vida de Jesús. Por ejemplo, sabemos que él sabía leer (Lucas 4: 16), escribir (Juan 8: 6) y contar (Mateo 25: 14, 15). Sabemos que enseñaba con autoridad (Marcos 1: 22) y que la gente sorprendida preguntaba: “¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” (Juan 7: 15), pues Jesús no asistió a las escuelas de los rabinos de su tiempo. Sin embargo, son otras facetas de su educación de las cuales obtendremos algunas lecciones.

Sus padres le enseñaron las Escrituras en el hogar
Jesús nació en Belén, pero fue criado en la aldea de Nazaret. Como perteneciente a una familia judía, desde su más tierna infancia, cada sábado y, según la costumbre, dos veces a la semana, Jesús oía la lectura de la Ley de Moisés o Torah, de los Salmos y de los Profetas. Esta educación la recibió no de parte de los rabinos de la sinagoga de Nazaret, sino de parte de su madre, la virgen María. “Jesús recibió su educación en el hogar. Su madre fue su primer maestro humano.  De los labios de ella, y de los escritos de los profetas, aprendió las cosas del cielo”.[2] Así, Jesús “crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba” (Lucas 2: 40).
Su hogar no era rico, sino más bien de clase media, la clase de los carpinteros y artesanos. Pero sin duda poseía una copia completa de las Escrituras Hebreas en pergaminos o en papiros. Jesús también debió haber ocupado los pequeños rollos destinados para los niños. De la lectura de ellos aprendió la Shemá (Deuteronomio 4: 6–9; 11: 13-21; Números 15: 38-41), que era recitada cada mañana y cada tarde por los varones judíos. A partir de los tres años, en que comenzaba la educación hogareña de los niños judíos, o por lo menos desde los cinco, en que comenzaba la educación de la Torah,[3] su madre le había instruido en las verdades eternas de las Sagradas Escrituras.
Su conocimiento de las Escrituras lo atestiguan la infinidad de veces en que Jesús cita el Antiguo Testamento en sus sermones y enseñanzas y en la forma en que hablaba con autoridad frente al pueblo. Jesús sentía predilección por Isaías y Jeremías. Lucas menciona que los doctores de la Ley judía estaban sorprendidos de escucharle al discutir con ellos en el Templo. “Todos los que le oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas”. Jesús tenía por entonces sólo doce años (Lucas 2: 46, 47). Siendo ya un adulto, al regresar a su aldea, Jesús entró en la sinagoga y fue invitado para hacer la lectura del libro de Isaías. Allí también quedaron todos maravillados (Lucas 4: 16, 17). Aún a Satanás Jesús le hizo frente citando las Escrituras Hebreas diciendo “Está escrito” (Mateo 4: 1-10). Al respecto, exhortó a sus discípulos a escudriñar las Escrituras (Juan 5: 39).

Aprendió un oficio
Cada padre judío estaba obligado a enseñar y transmitir a sus hijos una profesión u oficio. Un principio de los rabinos dice que “todo aquel que no le enseña un oficio a su hijo hace lo mismo que si le enseñara a ser un bandido”. En otros escritos rabínicos se menciona que “no hay nadie cuyo oficio Dios no lo adorne de belleza”; “el trabajo no es ninguna desgracia”; “el trabajo es bendición”. Hillel, Shamai y Gamaliel, grandes maestros judíos en los tiempos de Jesús, tuvieron cada uno su oficio: el primero fue tallador de madera, los otros dos fueron carpinteros. Para un judío sincero, todo trabajo, por humilde que fuera, era realmente trabajo para Dios.[4]
José, el padre de Jesús, se instaló en Nazaret como un carpintero de reputación. Sin embargo, no era un mero carpintero, era un tekton, un jefe de obra. Muy seguramente participó junto a Jesús y sus hermanos mayores en la reconstrucción de Séforis, “el orgullo del Mediterráneo”, una ciudad reconstruida por Herodes Antipas, a pocos kilómetros al noreste de Nazaret. Por su parte, Jesús también llegó a ser un carpintero capacitado y reconocido. Sus contemporáneos lo conocían como el “carpintero” (Marcos 6: 3).
En su humanidad, Cristo condescendió en tomar el oficio de su padre. “Jesús vivió en un hogar de artesanos, y con fidelidad y alegría desempeñó su parte en llevar las cargas de la familia… Aprendió un oficio, y con sus propias manos trabajaba en la carpintería de José… No quería ser deficiente ni aún en el manejo de las herramientas. Fue perfecto como obrero, como lo fue en carácter”.[5]

Lecciones
En lo anterior rescatamos dos principios importantes de la educación de Jesús. En primer lugar, debemos enseñar a nuestros hijos que la verdadera educación tiene como fundamento los principios contenidos en las Sagradas Escrituras y que la Biblia debería ser el principal libro de texto desde la niñez (2 Timoteo 3: 14-16). En segundo lugar, debemos preparar a nuestros hijos para una vida de utilidad y servicio.
Decían los rabinos: “Bueno es el estudio de la Ley, si va acompañado de una ocupación; dedicarse a ambas es mantenerse alejado del pecado”. Jesús reflejó en su vida la esencia de la religión judía: el conocimiento de Dios a través del estudio de las Escrituras y el servicio a los demás a través de una ocupación útil.[6] Jesús “se educó en las fuentes designadas por el Cielo, en el trabajo útil, en el estudio de las Escrituras, en la naturaleza y en las experiencias de la vida, en los libros de texto de Dios, llenos de enseñanza para todo aquel que recurre a ellos con manos voluntarias, ojos abiertos y corazón dispuesto a entender”.[7]
“Todo niño puede aprender como Jesús… Jesús es nuestro ejemplo. Son muchos los que se espacian con interés en el período de su ministerio público, mientras pasan por alto la enseñanza de sus primeros años. Pero es en su vida familiar donde es el modelo para todos los niños y jóvenes… Vivió para agradar, honrar y glorificar a su Padre en las cosas comunes de la vida. Empezó su obra consagrando el humilde oficio del artesano que trabaja para ganarse el pan cotidiano. Estaba haciendo el servicio de Dios tanto cuando trabajaba en el banco del carpintero como cuando hacía milagros para la muchedumbre”.[8]
El deseo de nuestras instituciones dedicadas a la educación primaria, secundaria y superior es que estos principios puedan verse reflejados en la vida de los alumnos y alumnos que día a día pasan por nuestras aulas.


[1] Víctor Jofré Araya, Teólogo Bíblico y Magíster © en Educación Religiosa. Actualmente se desempeña como Director del Colegio Adventista de Calama, Chile.
[2] Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 310.
[3] Fred H. Wight, Usos y costumbres de las tierras bíblicas, p. 127.
[4] Alfred Edersheim, Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Jesús, pp. 204-209.
[5] Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 52, 53.
[6] Edersheim, op. cit., pp. 143, 144.
[7] Elena G. de White, El Ministerio de Curación, p. 311; cf. La Educación, p. 77.

[8] ________, El Deseado de todas las gentes, pp. 53, 54.
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