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viernes, 6 de abril de 2012

El Buen Samaritano (1)


La Parábola del Samaritano “Inclusivo” (Parte 1).[1]

“Mas él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?” (Lucas 10: 29).

En su último viaje de Galilea a Jerusalén, Jesús hizo un alto en Jericó. Pocos días antes había ocurrido un evento que aún estaba fresco en la memoria del pueblo y entre aquellos que se reunieron a escuchar las enseñanzas del Maestro estaban algunos de sus protagonistas: un sacerdote y un levita. Lo que esos oyentes no esperaban era que Jesús se valiera de aquel suceso para responder una gran pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”

Jesús le recordó a su audiencia los incidentes: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó”… De inmediato la mente de los ministros del templo se inquietó y vinieron los recuerdos. Sabían que unos ladrones despojaron y violentaron a un conciudadano, dejándole gravemente herido, como muerto. Ellos pasaron por aquel camino, vieron al hombre en el suelo, pero no quisieron siquiera tocar a la desdichada víctima, pensando que era un enemigo, un extraño. Con indiferencia y desprecio evitaron al malherido. Fueron exclusivistas.

Mientras Cristo continuaba con su historia, el sacerdote y el levita seguían con sus oídos atentos entre el gentío. Y de pronto, ¡sorpresa!, Jesús escoge como héroe en su relato a quien era objeto de la aversión del pueblo. Pudo haber elegido a un judío cualquiera, pero Jesús trae a la escena a un samaritano. “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia”, continuó relatando Jesús. Ambos ministros también sabían cuán amable y bondadosamente un comerciante de Samaria ministró al moribundo, quitándose sus propias vestiduras para cubrirlo, le untó con aceite y vino (remedios caseros comunes en Palestina) para curar, refrescar y vendar al sufriente. Lo alzó sobre su propio animal de carga y lo condujo a paso seguro para mitigar sus dolores. También estaban enterados de que cuidó de su hermano dolorido toda una noche en una reconocida posada y cómo, a la mañana siguiente, pagó por sus cuidados posteriores, encargándole su mejoría a un mesonero de confianza.

Pero sus corazones no habían simpatizado con las necesidades de ese hombre. Todo el cielo estaba atento esperando que sus corazones fuesen enternecidos con el infortunio humano. Sin embargo, aquello no ocurrió y, en su lugar, un samaritano, un ciudadano de un pueblo despreciado, cuidó a su hermano sufriente. Amó a su prójimo como a sí mismo y los trató como él mismo hubiese deseado ser tratado en condiciones similares. Él fue inclusivo.

El hombre herido y despojado representa a cualquier ser humano de cualquier nación que necesite nuestro interés, comprensión, apoyo, compasión y nuestros buenos servicios. Y esto no tiene relación con el color de la piel, la posición social, el nivel educativo o las habilidades o capacidades personales. Puede ser un hombre o una mujer muy encumbrados o puede ser un vagabundo. Puede ser un joven o una señorita muy dotados o puede ser un niño o una niña discapacitados. Puede ser un ignorante o puede ser un intelectual. “Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adversario.  Nuestro prójimo es todo el que pertenece a Dios”.[2]

Señor, Dios Todopoderoso, pon en mi camino a aquellos que han sido maltratados por Satanás. Dame fuerzas para cuidar de ellos y amarles como a mí mismo.



[1] Víctor Jofré Araya (2012), Teólogo Bíblico y Profesor de Educación Religiosa, Magíster © en Educación Religiosa (AIIAS). Actualmente se desempeña como Profesor de Educación Religiosa en el Colegio Adventista de Iquique, Chile.
[2] Elena G. de White, Palabras de vida del Gran Maestro, p. 310. Ver también: Testimonios para la Iglesia, tomo 3, p. 574; tomo 4, p. 224.
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