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domingo, 5 de febrero de 2012

EL BIEN COMÚN

EL BIEN COMÚN

Víctor A. Jofré Araya
Magíster (C) en Educación Religiosa
Colegio Adventista de Iquique, Chile

“Una república es la reunión de una multitud de seres racionales, unidos por el compañerismo y que tienen un mismo objetivo”
(San Agustín, De Civitate Dei, XIX, 24)

INTRODUCCIÓN
Emmanuel Kant había planteado la universalidad de las costumbres. De esta manera se adelantaba a la idea del bien universal o bien común. Su teoría versaba: “obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal”. Al ser un imperativo basado en la universalidad de las leyes, podría formularse también: “obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”.[i] Si hemos de aceptar a Kant, decir obligación y decir moral es, en cierto sentido, una y la misma cosa, pues tal característica es una propiedad de la ley moral. Y dicha propiedad emana, de manera consecuente, del concepto de bien común. En efecto, el fin último de los actos humanos es el bien común trascendente del universo. Dicha actividad es obligatoria, pues su realización o su impedimento redundan en beneficio o perjuicio a los demás seres que necesitan el aporte de cada uno para lograr el bien que se considera común.
Sobre el bien común se han planteado innumerables formulaciones. Algunas tendientes al personalismo, otras, al totalitarismo[ii]. El presente ensayo (1) busca definir el bien común, a la luz del pensamiento filosófico–político de Tomás de Aquino, según lo comentan e interpretan algunos autores. De esta manera, se espera obtener una visión equilibrada del concepto y vislumbrar “la ventaja de centrar el verdadero sentido de lo común”[iii]; (2) se analizará el concepto de bien común en su relación con el bien particular; y (3) se propondrá el bien común como fundamento de la vida moral en la ciudad.
I. BIEN COMÚN: DEFINICIONES Y ALCANCES
Siguiendo a Aristóteles, Santo Tomás define el bien como lo perfecto que todos apetecen, expresándola en términos de una razón de último. “El bien es una noción primera, por lo que no puede ser explicado por algo anterior, sino sólo por algo posterior, es decir, por sus efectos”[iv]. Lo que es finalmente perfecto es llamado bien. “Ser fin sólo puede decirse de modo perfecto del fin último”[v].  El bien común es “un bien que es propio, sin ser particular o exclusivo”[vi]. Considerando bien como perfección a alcanzar, “el bien, que tiene razón de causa final, es tanto mejor cuanto a más se extiende”[vii], es decir, por cuanto es bueno para más seres. Es “algo uno que conviene a varios”[viii]. El fin universal de todas las cosas, como lo diría el mismo Doctor Angélico, será un bien universal. El bien es común cuando ante el bien en general, es concreto y, ante el bien particular e inmediato, es universal y mediato[ix]. La participación tiene una gran importancia en el pensamiento tomista y, en un sentido inmaterial, “la comunidad es la raíz de la participación, y afecta fundamentalmente a los sujetos”[x].
Aristóteles había vislumbrado el bien común al afirmar que éste era “más divino que el particular”[xi] y que el fin de la polis es el mismo que el de sus ciudadanos: “Lo que es bien para un particular es asimismo bien para una república”[xii]. Con esta visión comunitaria del hombre, sostiene que la ciudad es anterior al hombre individual, porque el fin es siempre lo primero, el todo es anterior a sus partes, preexistente[xiii]. La naturaleza pretende que cada ser humano se baste a sí mismo, y el hombre lo logra sólo en la polis: su fin es la ciudad. El estagirita extrema su definición proclamando que aquel que no vive en la polis o es bestia o es dios.
Desde esta perspectiva, todos concuerdan en asignar un mismo fin a la ciudad y al ciudadano: la felicidad. “Así el vulgo, como los más principales, dicen ser la felicidad el sumo bien[xiv]. Santo Tomás agrega que esto sucede porque la naturaleza del hombre y de la ciudad es la misma. Así, según el aquinate, el fin de la política es el fin o bien humano supremo, es decir, la felicidad, fruto de la vida virtuosa, un perfecto aquietamiento del apetito, un estado perfecto de agregación de todos los bienes[xv].
Ahora bien, en un sentido propio y directo, “el bien mejor (universal) es el que lo es por esencia”. Los bienes individuales son buenos por participación. “Cuando algo recibe particularmente lo que a otro pertenece universalmente, se dice que lo participa”[xvi]. Pero en todo el universo creado, no hay bien que no resulte “participativamente bueno”. Por lo tanto, el bien esencial, que es el bien común de todo el universo, es extrínseco a éste, pues nada es bueno sino porque participa de la bondad divina esencial, principio efectivo y final de toda bondad, y por su semejanza de la divina bondad que le es inherente. Consecuentemente, “algo participa del bien en la medida que se asimila a la bondad primera”[xvii]. Nocionalmente, se define el bien común como “el bien de esto o de aquello en cuanto esto o aquello es parte de algún todo”[xviii].
Para Santo Tomás el bien común participado, perfecto, infinito y apetecido, es, de modo eminentísimo y perfectísimo, uno solo: Dios[xix], que no es bueno porque todos lo apetecen, sino que lo apetecen porque es bueno de modo absoluto y, en consecuencia, absolutamente amable[xx]. Dice el Santo: “Dios es el bien común de todo el universo y de todas sus partes […] del que todo bien depende, y por eso todas las cosas se ordenan a Él, como al bien mejor, como a su último fin”[xxi]. “En el reino del ser las partes principales incluyen la perfección de las inferiores, y así se dice que las inferiores participan de la perfección de las superiores… Todas las partes se ordenan a la perfección del todo”[xxii]. Dios no tiene algo que le sea superior, sino que es el perfecto, supremo y común bien de todo el universo.
Es por el alma que se alcanza este bien común y esta inmaterialidad de lo participado (Dios) y de los participantes (el alma humana) permite que este sumo bien sea común: ese algo uno es realmente común a muchos; indiviso, y a la vez participado; inclusivo, pero no exclusivo. Numéricamente “uno”, pero participado por muchos, poseído entero, no dividido en partes; mucho más perfecto y por eso más común, pues es más bueno.[xxiii]
II. BIEN COMÚN Y BIEN PARTICULAR
Alguien replicó: “A lo que usted llama bien común, yo le llamo simplemente bien”. “Efectivamente –fue la respuesta-, si lo común no es bien, no es mejor el bien común que el bien particular; y si es bien, está ya contenido en el concepto mismo del bien”[xxiv]. La tendencia es al bien supremo. Dios quiere el bien de la “universalidad” más que la particularidad, pues expresa mejor la semejanza a su bondad. Cuanto más común es un bien, es tanto más divino. Así resulta el postulado de la primacía del bien común como principio ético[xxv]: El bien común es más amable que el propio y debe ser preferido, pues el bien del todo es el bien de las partes: “No es recta la voluntad de un hombre que quiere algún bien particular si no lo refiere al bien común como un fin”[xxvi].
Quienes participan de algo común forman una comunidad y no podría ser de esa manera “si no tuvieran ya algo de común que hace que otra cosa pueda convenir a todos, serles común”[xxvii]. Por consiguiente, el fin de la comunidad será el fin del individuo, pues el bien del universo es mejor que el bien particular. “El bien común es el mejor bien propio […] En el bien común trascendemos nuestro bien particular”[xxviii].
Todo bien particular participa del bien por esencia, extrínseco y más noble[xxix]. Para ser bien común, debe serlo por participación y por ordenación. Todo bien particular debe conducirse en última instancia al bien común, al último bien, es decir, a Dios, que no sólo es el bien de muchos, sino “el bien mejor de muchos[xxx]. Pero la realidad es una y múltiple y esta pluralidad es la intención del Agente primero[xxxi]. Por medio de diversas criaturas la bondad se muestra en forma múltiple y dividida y conlleva a la perfección. Después de la bondad divina, “el bien principal que existe en las cosas mismas es la perfección del universo”, por lo que “no hay perfección del universo sin la perfección de los seres que lo componen”[xxxii] porque toda perfección encontrada en cualquier ser creado, preexiste y está precontenida en Dios[xxxiii].
La creación, la pluralidad de seres armónicamente ordenados en un todo, está naturalmente integrada a un fin común. De ahí que “el que persigue el bien común de la multitud, en consecuencia persigue también su bien”[xxxiv]. San Agustín decía que “es torpe la parte no congruente con el todo”[xxxv]. Se establecen, por tanto, dos principios que muestran que al buscar el bien común se busca el bien propio: (1) el principio de redistribución: la parte recibe el beneficio del todo; y (2) el principio de integración: la parte se debe al todo y no puede alcanzar su propio fin sino en relación con el todo[xxxvi].
Los bienes propios son bienes materiales, también llamados “sustanciales” y lo fines o bienes comunes son bienes inmateriales, llamados “éticos”[xxxvii] o “espirituales”[xxxviii]. El bien del hombre es según la razón, inmaterial, que comprende todo lo que es bueno. Así “los bienes materiales son siempre menos comunes que los inmateriales”[xxxix].
III. EL BIEN COMÚN: FUNDAMENTO ÉTICO DE LA CIUDAD
El hombre es parte de una civitas y su esencia es la búsqueda del sumo bien participado. “El bien común es el fin de las personas singulares que viven en comunidad”[xl], “es el bien propio de un sujeto en cuanto miembro o partícipe de una comunidad”[xli], “es el bien de la sociedad si se añade que lo es en cuanto tal bien se alcanza en sociedad”[xlii]. Se ha señalado la primacía del bien común como principio ético a punto de “sacrificar el bien particular si se convierte en un obstáculo para alcanzar y gozar el bien común”[xliii]. Donde no es posible la referencia a un bien común, la moral carece de presencia, pues surge con el empeño de vivir y hacer algo en común[xliv].
En cada individuo hay algo mejor que su individualidad: el altruismo. “Todas las cosas singulares aman más el bien de su especie que su bien singular” y “más inclinación tiene uno hacia lo que es el bien universal”. “La parte ama el bien del todo”[xlv], porque ese es bien mayor, pues incluye el de uno y el de otros, ordenados a la perfección común. Sólo amarse a sí mismo resulta en tener como propio un bien común. “Amamos el bien de los demás en la medida en que ese bien se ha convertido en nuestro”, en un “bien nuestro”[xlvi]. De allí que la felicidad humana no puede estar basada en algún bien creado material, pues la felicidad es el bien perfecto. Esta felicidad “no se encuentra en nada creado, sino sólo en Dios… el bien absoluto”[xlvii].
Las normas morales resultan del vivir comunitario. Como señala MacIntyre, “surgen como exigencias prácticas que se derivan de la definición de la actividad común, del bien común”[xlviii]. Es inequívocamente cierto que todo aquel que vive en una sociedad es, de alguna manera, parte y miembro de toda la sociedad y, “lo que el hombre es, es de la comunidad”[xlix]. Ahora bien, cualquiera que hace bien o mal a alguien que está en la sociedad, lo hace a la sociedad entera. Así, cuando alguien hace algo, este algo incide en beneficio del propio bien y, por consecuencia, del bien común[l].
Conviene que exista alguna unión de afectos en alto grado entre aquellos que tienen un mismo fin y es en la ciudad donde los hombres se unen para alcanzar el bien de la república[li]. “Una república es la reunión de una multitud de seres racionales, unidos por el compañerismo y que tienen un mismo objetivo”[lii]. En nuestro prójimo encontramos, por semejanza, nuestro bien. Así el bien de los demás no parece ajeno, pues se tiene algo en común[liii]. La comunión permite difundir la bondad. “Difundir la perfección que se posee en otros, es de la razón de perfecto en cuanto perfecto […] El bien de uno se hace común a muchos, si de uno deriva a otros” [liv]. Así al obrar bien sobre una parte se obra simultáneamente el bien del todo. El hombre se perfecciona a sí mismo cuando realiza acciones por las que tiende a un bien que trasciende su pura individualidad, cuando ayuda a otros a lograr su propia perfección, siendo libre y dignamente útil a los demás[lv].
“De tal manera gobierna Dios las cosas, que ha constituido a algunas de ellas para gobernar a otras”[lvi]. Las autoridades difunden a otros la bondad divina y así todos participan de ella[lvii]. El fin de las leyes impartidas es el bienestar de la comunidad, expresadas como un bien común, no particular, por lo que “el bien común es la fuente de toda obligación o deber”[lviii]. El fin de la comunidad política es el mismo del hombre, porque el tal es parte de aquella, siempre y cuando recoja al hombre en su plenitud. Ésta cumplirá ese ideal en la medida en que esté subordinada al bien común excelente, pues la última causa de mérito o demérito del acto moral es Dios y no la comunidad política[lix]. Al decir que Dios es el fin último del hombre singular, no lo separa de la comunidad humana. “Dios es el fin último de la comunidad política y de cada persona, pero cada persona lo alcanza participando del orden político”[lx].
La felicidad, vivir una vida virtuosa, y no el acopio de bienes materiales, es el bien común de la política. El virtuoso desea y se deleita en el bien común[lxi]. Por lo tanto, la política deberá tener como misión disponer los medios para que los ciudadanos obren el bien. Se participa de la vida política no como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar la perfección, para “acceder en última instancia a la contemplación de Dios, operación que se dará de modo perfecto más allá de la vida política”. “El bien común político, en cuanto se alcanza en la vida política, no es fin último, aunque esté necesariamente en la línea que conduce a él”[lxii].
Santo Tomás afirma: “El bien de la república es principal entre los bienes humanos” y “el bien divino… es mejor que el humano”, así “el fin de la vida humana y de la sociedad es Dios”[lxiii]. Si la sociedad está bien ordenada, por consecuencia natural lleva a los hombres a Dios. El fin político de la persona, lo mismo que el de la comunidad política, es en último término, “metapolítico”. Dios en sí mismo, “no tiene nada de político. Pero sí se puede afirmar que para el hombre, Dios sí es un fin político”: “Dios es el fin natural del hombre y de la comunidad política” al cual se le alcanza mediante fuerzas sobrenaturales, por lo que Dios es también fin “sobrenatural” que excede el ámbito de la filosofía y penetra en el ámbito de la fe[lxiv].
Es imposible el bien común de la ciudad si los ciudadanos no son virtuosos. Una comunidad virtuosa es, por tanto, “una virtuosa ordenación de hombres virtuosos”[lxv], pues “el fin de la comunidad congregada es vivir virtuosamente”[lxvi]. “La perfección moral de un hombre se realiza plenamente como perfección política o ciudadana”[lxvii], aspirando al bien común de la polis.
CONCLUSIONES
Si bien es cierto, la concepción tomista no resuelve fácilmente un sinnúmero de problemas prácticos que la vida en la civitas plantea, me adhiero a que “señala las líneas maestras de una correcta ética político-social, o lo que podríamos llamar los fundamentos metafísicos del orden ético social”[lxviii]. Rescato “el loable intento de rescatar la dignidad de la persona humana ahogada en ese materialismo de hoy”[lxix] que señalan algunos teóricos.  
Sin duda, el maltrato de la dignidad humana predomina en nuestro siglo. Aunque hoy más que nunca el hombre ha alcanzado conciencia del valor de su propia dignidad, sin embargo, ésta está desprovista de Dios. Si el hombre buscara no sólo lo suyo, sino más ardientemente el bien de los demás, que es de igual modo su propio bien; si se volviera altruista, al servicio de otros y pusiera su fin último en donde debe ponerlo, recobraría esa dignidad perdida, por cuanto ésta es “inconmensurablemente mayor que la de cualquier otra criatura del mundo sensible, por el hecho de que participa más perfectamente del ser divino que cualquiera de estas otras”[lxx]. Olvidar esa relación es olvidarlo todo. Esa dignidad quedará sustentada en forma excelente poniendo el acento en su fuente y fundamento, es decir no en el hombre, sino en Dios, el bien común universal. Jesucristo invitó a buscar lo que estimó como el bien mayor y común: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás será añadido”[lxxi].


[i] KANT, Emmanuel, Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Madrid: Alianza Editorial, 2002, p. 104 (cursivas en el original).
[ii] WIDOW, José Luis, Bien común y bien particular. Crítica al personalismo. En Intus Legere, Nº 5, 2002, p. 79, 81 – 85 (Widow revisa en detalle a Jacques Maritain). Al respecto, Bernard Williams ha esbozado una buena crítica al bien común según el utilitarismo (WILLIAMS, Bernard, La ética y los límites de la filosofía. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1997, p. 104, 110, 111).
[iii] CARDONA, Carlos, La Metafísica del Bien Común. Madrid: Ediciones RIALP, S. A., 1966, p. 65. Cardona pretende mostrar “la panorámica general que, a mi parecer (dice él), ofrece la concepción tomista del bien común, tan ajena a las ilegítimas restricciones materialistas” (CARDONA, op. cit., p. 76).
[iv] CRUZ PRADO, Alfredo, ‘Ethos y Polis’. Bases para la reconstrucción de la filosofía política, Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, S. A., sin año, p. 173.
[v] WIDOW, op. cit., p. 93.
[vi] CRUZ PRADO, op. cit., p. 178.
[vii] Tomás de Aquino, citado por CARDONA, op. cit., p. 17.
[viii] CARDONA, op. cit., p. 29.
[ix] CRUZ PRADO, op. cit., p. 178.
[x] CARDONA, op. cit., p. 18, 20.
[xi] WIDOW, op. cit., p. 79.
[xii] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, I, 2. (En línea). Disponible en http://www.psikolibros.org
[xiii] CARDONA, op. cit., p. 29
[xiv] ARISTÓTELES, op. cit., I, 4 y 7.
[xv] Cf. CARDONA, op. cit., p. 37.
[xvi] CARDONA, op. cit., p. 21.
[xvii] CARDONA, op. cit., p. 25–27.
[xviii] CARDONA, op. cit., p. 35.                        
[xix] CARDONA, op. cit., p. 30.
[xx] CARDONA, op. cit., p. 14.
[xxi] Tomás de Aquino, citado en CARDONA, op. cit., p. 36, 40. Tomás de Aquino continúa: “Todo lo que el hombre es, y todo lo que puede y tiene debe ordenarse a Dios” (CARDONA, op. cit., p. 79).
[xxii] CARDONA, op. cit., p. 68.
[xxiii] CARDONA, op. cit., p. 30
[xxiv] CARDONA, op. cit., p. 9.
[xxv] CARDONA, op. cit., p. 44, 45.
[xxvi] CARDONA, op. cit., p. 46, 47.
[xxvii] CARDONA, op. cit., p. 30.
[xxviii] CRUZ PRADO, op. cit., p. 179.
[xxix] CARDONA, op. cit., p. 38.
[xxx] CARDONA, op. cit., p. 48 (cursivas en el original).
[xxxi] CARDONA, op. cit., p. 53, 54.
[xxxii] CARDONA, op. cit., p. 54, 55.
[xxxiii] CARDONA, op. cit., p. 57.
[xxxiv] CARDONA, op. cit., p. 58, 59.
[xxxv] San Agustín, citado en CARDONA, op. cit., p. 59.
[xxxvi] CARDONA, op. cit., p. 59.
[xxxvii] WIDOW, op. cit., p. 87.
[xxxviii] CARDONA, op. cit., p. 89.
[xxxix] CARDONA, op. cit., p. 62, 63.
[xl] CARDONA, op. cit., p. 78.
[xli] CRUZ PRADO, op. cit., p. 179.
[xlii] WIDOW, op. cit., p. 91.
[xliii] WIDOW, op. cit., p. 80. cf. CARDONA, op. cit., p. 85, 86.
[xliv] CRUZ PRADO, op. cit., p. 178, 180.
[xlv] CARDONA, op. cit., p. 64.
[xlvi] CRUZ PRADO, op. cit., p. 177, 178.
[xlvii] Tomás de Aquino, citado en CARDONA, op. cit., p. 69.
[xlviii] CRUZ PRADO, op. cit., p. 179 – 181.
[xlix] Tomás de Aquino, citado en CARDONA, op. cit., p. 77.
[l] Esto es por el principio de redistribución (CARDONA, op. cit., p. 65).
[li] “Es propio de los amigos tener un mismo querer” (CARDONA, op. cit., p. 71, 72).
[lii] SAN AGUSTIN, La Ciudad de Dios, XIX, 24.
[liii] Según la concepción tomista, “si yo sintiese ajenos los bienes de los demás, quizá sería porque los demás me son ajenos, porque no guardo para ellos el mismo amor que para mí mismo” (CARDONA, op. cit., p. 88). Otro agrega: “El bien del otro deja de ser ajeno en la medida en que el otro deja de ser otro” (CRUZ PRADO, op. cit., p. 177).
[liv] CARDONA, op. cit., p. 74.
[lv] WIDOW, op. cit., p. 94.
[lvi] CARDONA, op. cit., p. 74.
[lvii] Tomás de Aquino prevé la posibilidad de que la autoridad se corrompa y reitera la necesidad de que su poder sea limitado (cf. WIDOW, op. cit., p. 91).
[lviii] CRUZ PRADO, op. cit., p. 178.
[lix] WIDOW, op. cit., p. 88.
[lx] WIDOW, op. cit., p. 89.
[lxi] CRUZ PRADO, op. cit., p. 179, 182.
[lxii] WIDOW, op. cit., p. 89, 95.
[lxiii] Tomás de Aquino, citado en CARDONA, op. cit., p. 80, 81. cf. p. 84.
[lxiv] WIDOW, op. cit., p. 88, 89, 91.
[lxv] CARDONA, op. cit., p. 83.
[lxvi] CARDONA, op. cit., p. 84.
[lxvii] CRUZ PRADO, op. cit., p. 189.
[lxviii] CARDONA, op. cit., p. 87.
[lxix] WIDOW, op. cit., p. 83.
[lxx] WIDOW, op. cit., p. 93.
[lxxi] Evangelio Según Mateo, 6, 33.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco. (En línea). Disponible en http://www.psikolibros.org

CARDONA, Carlos. La metafísica del bien común. Madrid: Ediciones RIALP, S. A., 1966.

CRUZ PRADO, Alfredo. ‘Ethos y Polis’. Bases para la reconstrucción de la filosofía política, Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, S. A., sin año.

KANT, Emmanuel. Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

SAN AGUSTÍN. La Ciudad de Dios. (En línea). Disponible en http://www.librosclasicos.org

SANTA BIBLIA. Versión Reina–Valera 1960. Bogotá: Sociedades Bíblicas Unidas, 1998.

WIDOW, José Luis. Bien común y bien particular. Crítica al personalismo. En Intus Legere, Nº 5, 2002, p. 79 – 97.

WILLIAMS, Bernard. La ética y los límites de la filosofía. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1997.
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